Los parientes del pueblo llegaron a visitarnos en manada: cinco personas durante una semana en nuestro humilde apartamento de una habitación. Les recibí toda cubierta de lunares verdes como si tuviera la varicela.
Mi mañana de sábado empezó diferente: no con café, sino con una llamada inquietante. En la pantalla del móvil apareció: «Tía Consuelo».
¡Isabelita, que vamos para allá! Su voz enérgica resonaba más fuerte que cualquier despertador. ¡Ya vamos en camino, mañana a primera hora estamos en tu casa! Hemos querido darte una sorpresa: conocer la capital y de paso veros. ¡Qué somos familia, no extraños!
Me incorporé sobre el colchón, intentando digerir la noticia. Lo más alarmante era ese nosotros.
¿Pero quiénes somos nosotros, tía Consuelo? pregunté con cautela mientras pateaba bajo la sábana a mi marido, para que espabilase cuanto antes.
¡Pues quiénes! Yo, el tío Raúl, Merche con su marido y nuestro nieto. Pero no te inquietes, hija, que somos de fácil conformar: solo necesitamos donde dormir, el resto del tiempo andaremos recorriendo la ciudad.
Cinco. Más nosotros dos. En nuestro piso de treinta y tres metros, donde el único espacio libre era la alfombrilla del recibidor y el pasillo entre el sofá y la tele.
Colgué en silencio y le miré a mi marido. Su cara era pura desolación, y se le notaba la secreta fantasía de huir fuera de España o al menos bajar a por pan y volver una semana después.
Peor que robar: la sencillez
Al momento, recordé su última visita hace tres años. Solo venían tres entonces, y aún sueño a veces que repiten. El tío Raúl fumaba en la terraza ceniza sobre mis plantas diciendo: ¡Esto es abono, mujer!. Tía Consuelo me corregía el cocido, pegada en mi cocina diminuta: Así no se pica, mira cómo se hace. Mi marido y yo dormíamos en un colchón hinchable que amanecía desinflado y acabábamos casi en el suelo mientras ellos, muy dignos, ocupaban el sofá como si fueran duques.
Ahora venían cinco. Merche con su marido, ruidosos; y Dani, su hijo de siete años, una tromba de niño que convertía cada no se puede en un reto personal.
Hay que decirles que no, afirmó mi marido, mirando resignado el techo.
¿Cómo lo hacemos? suspiré yo. ¡Ya están de camino! Si les decimos que no, tía Consuelo nos va a soltar el sermón de siempre: la sangre, que yo te crié de chiquitita, ahora que eres de capital. Y en el pueblo no se hablaría de otra cosa, a mamá le faltaría el valium del disgusto.
Cuando la diplomacia no sirve
Nos sentamos en la cocina, a tomar café y repasar opciones, cada cual más destartalada. Pagarles un hostal estaba descartado: después de arreglar el coche, no nos quedaba ni un euro. Cederles piso e irnos nosotros a casa de algún amigo sería rendición total, y ¿quién nos aguanta una semana? ¿No abrir la puerta? Tocarían hasta cansar al portero o llamarían a los bomberos.
Y entonces, una idea brillante. Algo incuestionable, razón de peso. De esas que hacen huir hasta a los más valientes.
La varicela, susurré.
¿Cómo? mi marido no lo pillaba.
Varicela. Cuarentena. Para adultos es terrible: fiebre, complicaciones, cicatrices.
Él dudó:
¿Y si ya la tuvieron?
Tía Consuelo y tío Raúl seguro que no. Mi madre me lo ha contado mil veces. Merche no sé, pero con el niño no se van a arriesgar.
Verde camuflaje
Cuatro horas quedaban para que llegara su tren; pasamos a la acción. Busqué un viejo frasco de mercromina.
Ponme bien de manchas le ordené, sacando la cara Aquí, frente, mejillas, cuello, brazos cuanto más tétrico, mejor.
Mi marido, aguantando la risa, me llenaba de lunares verdes. En el espejo parecía una criatura de Picasso desvelada. Me enfundé una bata, alboroté el pelo y me enrosqué una bufanda al cuello.
¿Y yo, qué hago? preguntó él.
Tú: contacto directo. Un incubador andante, aún peor.
Ensayamos nuestro drama: fiebre desde ayer, el médico pasó, cuarentena estricta y advertencia de virus mutante.
¿Un té, aunque sea?
La puerta sonó puntual. Detrás, bullicio de maletas, voces y el chillido de Dani. Yo interpreté el papel de cisne moribundo y mi marido entornó la puerta taponando la entrada.
¡Raúl, hombre! ¿Y ese recibimiento? tío Raúl ya quería colarse.
¡Quietos ahí! exclamó mi marido No paséis. Que nos ha caído una buena.
Salí renqueando, apoyada en la pared, arrastrando las zapatillas y resollando.
Buenas carraspeé Lo siento. Tengo varicela, y de las chungas. El médico dice que se pega hasta por el respiradero.
El silencio fue de entierro. Cinco pares de ojos fijos en mis manchas verdes.
¿¡Varicela!? Merche se protegió al instante a su hijo. ¡¿A los treinta años!?
Inmunidad mala gemí Fiebre secuelas
Vi a la tía Consuelo debatirse interiormente entre el piso gratis y miedo al hospital.
Raúl, ¿tú la pasaste?
Creo que no o no me acuerdo tío Raúl reculaba hacia el ascensor.
¡Yo tampoco! saltó Merche. Mamá, nos vamos al hotel.
¿Y el marido? Tía Consuelo, entre suspicaz y resignada.
Soy el siguiente afirmó mi marido fatalista Dormimos juntos. Cuestión de tiempo.
Suficiente. La idea de compartir el cubículo con apestados fue superior al ahorro.
Mejorías rezongó tío Raúl, apretando el botón del ascensor. ¿Estas cosas nos las llevamos, no? En el hotel nos servirán.
El ascensor se fue, con maletas, botes y nuestro lío.
Milagro médico
Cerramos la puerta y mi marido se deslizó contra la pared muerto de risa. Yo, al verme en el espejo, le acompañé.
Encontraron alojamiento sin problemas. Dinero tenían, claro solo que gastar el propio no es lo mismo que quedarse en casa ajena.
Al par de días, me llamó mamá:
Isabel, hija, ¿por qué no me contaste? ¡Consuelo dice que estás verde como un lagarto!
Ya me repongo, mamá respondí animada Esas cosas modernas de la medicina.
No quise confesar la verdad. Mejor piensen que de salud voy corta, que de corazón.
La mercromina se fue y pasamos el finde a solas, pidiendo pizza, disfrutando cada centímetro de nuestro pequeño pero reconquistado reino.




