Los parientes aparecieron justo después de que terminé de levantar mi casa junto al mar.
Nací en un pueblecito de la provincia de CastillaLa Mancha, en la sierra de Cuenca. Ahora tengo veintidós años. Mis padres, Juan y Dolores Fernández, fallecieron hace apenas unos meses, así que pude partir de mi tierra natal sin sentirme atado. Los funerales fueron muy sobrios; casi nadie de la familia asistió, aunque mi madre y mi padre tenían decenas de hermanos.
Cuando se acabó el entierro, todos mis parientes tenían asuntos urgentes que atender. Que Dios los acompañe, pensé. Después de la ceremonia decidí que lo mejor era alejarme, porque los recuerdos eran demasiado dolorosos.
En mi pueblo no había mucho futuro. Desde la secundaria, los compañeros me aprovechaban, y al terminar los estudios y conseguir trabajo, siempre terminé siendo el chico de los recados para los jefes. Tras mucho meditar, opté por intentar la suerte en otro sitio. Vendí la casa de mis progenitores y me mudé a la Costa de Almería, donde compré una pequeña parcela y edifiqué una vivienda de ciento cincuenta metros cuadrados.
Al concluir la obra, subí fotos de la casa a Instagram, Facebook y a los foros de la zona. Durante la construcción llamaba a muchos familiares para preguntarles cosas, pero todos alegaban no saber nada. Ninguno me echó una mano, ni siquiera me dio un consejo útil.
Cuando llegó el verano, los mismos parientes empezaron a llamarme diciendo que habían decidido pasar la temporada en la playa y me pedían permiso para alojarse en mi casa. Podía aceptarles, pero ¿por qué?
Tras el funeral, mis familiares no pudieron venir y, económicamente, ninguno me ayudó; me decían que apenas podían llegar a fin de mes. Ahora, sin embargo, venían a pasar sus vacaciones conmigo, lo cual, a decir verdad, no es un gasto barato.
Ese verano descubrí que, a decir de los demás, tengo una familia numerosa que me quiere y me echa de menos. Incluso antiguos compañeros de clase comenzaron a escribirme, halagarme y pedir que los reciba.
Cansado de su hipocresía, publiqué en redes que se trataba de un engaño inocente o un sueño, como prefirieran llamarlo. Después subí una foto de la vieja casita de campo y dije que había perdido todo el dinero de la casa de mis padres y que sólo pude permitirme esa rudería, añadiendo que no veía la hora de que me visitaran y, tal vez, me ayudaran a reparar el hogar. Al instante, los parientes y amigos desaparecieron otra vez, alegando nuevos asuntos urgentes; resultó que todos estaban tan pobres como ratas de iglesia.
Ahora me pregunto: ¿por qué la gente es tan falsa y el mundo tan cruel? Paso los días tumbado bajo el sol en la playa, pensando en volver a subir fotos a mi página. Pero he decidido no agitar la capa roja delante del toro para provocar envidias. Quizá el próximo año publique una foto de mi verdadera casa y vea qué tal está mi familia.






