Los padres de mi marido nos invitaron a una barbacoa, justo cuando nos habían encargado un sinfín de deberes para casa. Pero esa no fue la única razón por la que decidimos asistir.

Pues mira, todo empezó un domingo por la mañana, a las siete. Clara y su marido, después de haber salido el sábado por la noche a cenar con unos amigos, habían vuelto a casa bastante tarde y solo querían dormir un poco más. Pero la calma les duró poco porque la suegra de Clara llamó de pronto, invitándoles al pueblo para hacer una barbacoa en familia. Intentaron decir que no varias veces, pero la suegra no cedía ni un milímetro, insistiendo en que ya había dejado marinada suficiente carne para todo el mundo y que sería una pena desaprovecharla. Al final, como era de esperar, no les quedó otra que aceptar.

No iban a estar únicamente los suegros, sino también el cuñado de Clara y su esposa, que llevaban casados solo desde hacía dos meses. Clara y su marido ya llevaban tres años de matrimonio, y ninguno de los dos hermanos tenía hijos aún.

Te juro que, después de haber convivido con su suegra durante un año entero, a Clara ya le había quedado clarísimo cómo era: muy agarrada, quejándose todo el rato de lo poco que le llegaba la pensión, y siempre haciendo cuentas. Al final, Clara y su marido alquilaron un piso para alejarse y poder respirar tranquilos, y justo después sus propios padres se mudaron al piso de la abuela de Clara, que les dejó en herencia, liberándoles a ellos de la pesada hipoteca.

Llegó el día de la dichosa barbacoa y echaron las dos horas de carretera hasta llegar al pequeño pueblo donde les esperaban todos. Pero nada más llegar, ni hablar de relajarse: a trabajar. Entre arreglar la valla del huerto, plantar aromáticas, y cuidar las flores, no pararon ni un segundo. Y mira que Clara tenía un hambre ya, pero la suegra parecía disfrutar más mandándoles tareas de la casa que cocinando lo prometido.

En un momento dado, el marido de Clara no pudo más y soltó que tenía un hambre de lobo. Eso encendió una discusión con su madre, y la cosa se puso tensa. Por fin, cuando ya caía la tarde, se sentaron para hacer la barbacoa, pero de banquete nada. La suegra apareció con apenas dos chorizos por cabeza. Vamos, que nos quedamos todos con la sensación de haber trabajado a cambio de hambre y con cara de tontos.

De verdad, si la suegra les hubiese dicho que necesitaba ayuda de mano de obra, ellos habrían ido igual, e incluso habrían hecho compra y llevado comida en condiciones. Pero el saber que les llamaba solo para hacerles currar gratis pues les dejó bastante tocados y la relación terminó todavía más fría.

La semana siguiente, mira tú por dónde, la suegra volvió a llamar para montar otra barbacoa. Pero esta vez, el suegro cogió a Clara a parte y le dijo clarito: No te fíes, lo que quiere tu madre es que le hagáis el trabajo otra vez, no hay barbacoa pendiente ni nada. Y él sí que la conoce bien.

Clara y su marido, hartos de tanto jaleo y mentirijillas, decidieron apagar móviles y poner el timbre en silencio durante unos días, buscando por fin un poco de descanso y la paz que tanta falta les hacía.

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MagistrUm
Los padres de mi marido nos invitaron a una barbacoa, justo cuando nos habían encargado un sinfín de deberes para casa. Pero esa no fue la única razón por la que decidimos asistir.