Los padres de mi marido no dejan de entrometerse: intentan reconciliarle con su exmujer – “¿Es que n…

Los padres de mi esposo nunca llegaron a aceptar la realidadtodavía buscaban reconciliarlo con su exmujer. ¿Es que no te das cuenta? ¡Tienen un hijo en común! se lamentaba mi suegra, suspirando con pesar.

Recuerdo bien aquellos años en Madrid. Me convertí en la esposa de un hombre cuyos padres no admitían, ni tras el paso de cuatro años, que su hijo ya era oficialmente divorciado. Seguían, con obstinación, intentando reconstruir lo irreparable. Él y yo nos casamos hace tres años, llevamos desde entonces una vida sosegada y dichosa.

Para mi suegra, su hijo había cometido una locura, obrando sin pensar. Según ella, debía luchar con todas sus fuerzas por restablecer la relación con su antigua familia. Al fin y al cabo, el niño seguía formando parte de ese hogar.

Cuando conocí a Rodrigo, ya llevaba tiempo separado. Me contó que fue una decisión mutua y, de hecho, su exesposa, Lucía, había rehecho su vida y se había vuelto a casar felizmente. Quizás fue un amante el origen de su ruptura, aunque nunca quise ahondar en lo pasado.

Puede que erráramos al casarnos tan pronto. Mi propia madre, Encarnación, nos animó a formalizar nuestra relación. Lucía quedó embarazada y Rodrigo, pese a no estar enamorado entonces, se casó por responsabilidad. Sólo salía con ella, nada más. Si no se hubiera dado aquel embarazo, creo que nunca me habría casado, me confesó un día Rodrigo, con mirada triste.

Nunca sentí celos de la anterior mujer de mi esposo. Al principio, lo observé con cautela y pronto comprendí que no añoraba en nada a su antigua familia; su relación con Lucía era indolente, casi distante. Ella, por su parte, tampoco mostraba interés alguno: estaba felizmente casada de nuevo y únicamente contactaban por asuntos de su hijo, Jacobo.

La única que no soportaba esa situación era mi suegra, Carmen. Ni mi suegro, Rafael, lo asimilaba. Una y otra vez intentaban forzar la unión familiar, viendo con malos ojos mi historia con Rodrigo.

Sois muy jóvenes, aún os queda todo por delante. ¿Por qué querrías meterte en una familia partida? me preguntó Carmen, cuando estábamos solas.

Le respondí que, de estar Rodrigo casado todavía, jamás me habría interpuesto. Pero ahora estaba libre. Carmen quiso añadir algo, pero en ese momento entró Rodrigo y mi suegra guardó silencio. Comprendí en aquel instante que no sería posible mantener una relación cordial. Pero aquello no me pesó en exceso.

Nos casamos y nos instalamos juntos en un piso de Lavapiés. La relación con mis suegros se limitaba a los encuentros familiares en Navidad o en alguna fiesta de San Isidro. En esas ocasiones, sí que tenía que escuchar sus quejas sobre la exfamilia de Rodrigo. Él siempre procuraba que su madre no me incordiase, pero los comentarios volvían una y otra vez.

No teníamos prisa en ampliar la familia. Yo no me veía como madre, y Rodrigo ya tenía a Jacobo. Eso bastaba para mi suegra: se sentía abuela, y bendecía esa sangre compartida.

Recuerdo que, tras el divorcio, Carmen tomó bajo su protección a Lucía. La invitaba a cenar en Nochebuena, la encumbraba en cuanto podía. ¡Eran una pareja tan bonita!, solía exhalar con un deje de nostalgia.

Pero a Lucía le traía sin cuidado: acudía y punto, manteniéndose siempre discreta. Esa neutralidad se percibía en el ambiente.

Carmen no desistía: intentaba provocar celos en Rodrigo o sembrar inquietudes en mí. A veces llamaba para preguntar si sabía dónde estaba mi marido; si contestaba que no, suponía que se encontraba con su exmujer. En otras ocasiones insistía para que Rodrigo fuera a ver a Lucía o al niño. Cada día era una invención distinta.

Yo no era celosa, pero toda esa situación acababa agotándome. Era evidente, para quien tuviese ojos, que Rodrigo y Lucía estaban completamente desligados, salvo por el vínculo de Jacobo. Rodrigo pasaba su pensión puntualmente: 500 euros al mes, conversaba a veces con el hijo y lo traía los fines de semana. Lucía nunca interfería, no reclamaba dinero ni complicaba ninguna visita: todo transcurría con normalidad. Se manejaban con respeto y madurez. Lo que fue, fue; cada cual había seguido su camino.

Solo Carmen no lograba aceptarlo. Seguía maquinando, atizando rencores antiguos. ¿Cuándo cesaría esa tormenta? ¿Cuándo comprendería al fin? Rodrigo confiaba en que, si algún día le dábamos un nieto, cesarían las intrigas. Yo, en cambio, dudo mucho que algún día ese anhelo se cumpla.

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MagistrUm
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