Los padres de mi marido no dan su brazo a torcer, siguen empeñados en reconciliarle con su exmujer. Mi suegra no para de repetir: ¿Es que no lo entiendes? ¡Si tienen un hijo en común!
Te cuento: soy la esposa de un hombre cuyos padres aún no han digerido que su hijo está divorciado. Ya han pasado más de cuatro años desde que se separaron, pero ellos insisten en arreglar lo que ya no tiene arreglo. Nosotros, Álvaro y yo, nos casamos hace tres años y vivimos felices, de verdad.
Pero mi suegra sigue pensando que su hijo metió la pata hasta el fondo y que, por narices, tiene que arreglar la relación con la familia de la exmujer, sobre todo por su hijo, que sigue viviendo con ella.
Cuando conocí a Álvaro, ya estaba divorciado desde hacía un tiempo. Me contó que lo dejaron de mutuo acuerdo y que su exmujer, Lucía, ya se había vuelto a casar. Vamos, que todo indicaba que había otro hombre en la historia y por eso todo se fue al garete.
A veces pienso que igual nosotros también fuimos un poco impulsivos al casarnos. Mi madre, que si no, que nos casáramos, que era lo mejor. Su exmujer se quedó embarazada, y según Álvaro ni siquiera estaba enamorado, que solo salió con ella por compromiso, por cumplir. Y que si ella no hubiera estado embarazada, ni se habría casado.
La verdad, no me intimidaba la figura de su exmujer. Al principio, preferí observar a Álvaro y ver si de verdad tenía el pasado resuelto. Me di cuenta de que estaba totalmente indiferente ante su antigua familia, que no sentía nada por Lucía. Y ella por él tampoco, vaya. Ella ya había rehecho su vida, sólo se hablaban por asuntos del niño.
Sin embargo, mi suegra no soportaba esa indiferencia. Ni su marido tampoco. Venga a intentarlo, venga a querer juntarles como si nada hubiese pasado. Y claro, nuestro matrimonio fue como una bofetada para ellos.
Me acuerdo cuando ella me preguntó: Sois jóvenes, la vida entera por delante ¿Para qué te vas a meter en una familia ajena? Nada más nos quedamos solas, me lo soltó.
Yo se lo dejé claro: si Álvaro estuviera casado, no me metería. Pero ahora está solo. Ella quería decirme más cosas, pero en ese momento apareció Álvaro y se calló. Ahí entendí que nunca iba a tener una relación de confianza con mi suegra, y oye, tampoco me quitaba el sueño.
Nos casamos y nos fuimos a vivir juntos. No mantuve prácticamente ninguna relación con mi suegra, salvo en los típicos eventos familiares. Ahí, sí, tenía que aguantar sus comentarios sobre la exfamilia de mi marido. Álvaro intentaba frenarla, tampoco le hacía ninguna gracia, pero siempre acabábamos igual.
Por ahora, no hemos tenido prisa por tener hijos. No me veo como madre, la verdad. Y claro, mi marido ya tiene un hijo, así que mi suegra va sobrada de nietos.
Cuando se divorciaron, mi suegra no tardó nada en actuar. Invitó enseguida a la exnuera a pasar la Nochebuena, venga a suspirar recordando lo buena pareja que hacían, y todo el día hablando maravillas de ella.
Lo curioso es que Lucía ni pinchaba ni cortaba: venía porque la invitaban y poco más. Era como si le diera igual todo, pasiva total.
Mi suegra intentaba despertar celos en Álvaro hacia Lucía y, de paso, en mí hacia él. Me llamaba al móvil preguntando si sabía dónde estaba mi marido. Si no tenía ni idea, lo daba por hecho: claro, estaría con Lucía. O a veces casi lo mandaba a casa de la ex, una detrás de otra.
Yo no soy celosa, te lo juro, pero tanta historia acaba cansando. Si vieras a Álvaro y Lucía juntos desde fuera, es que ni se miran, ni se hablan más allá del niño. Pero claro, tener un hijo en común complica todo. Álvaro le pasa una pensión cada mes, de vez en cuando habla con su hijo por videollamada, y algunos fines de semana lo trae a casa. Lucía nunca pone pegas, no pide dinero, no pone trabas. Es muy normal, todos se comportan como personas civilizadas. No funcionó su pareja, ¿y qué? Cada uno siguió su camino y se respetan.
Pero mi suegra no lo acepta, y sigue liando todo. A veces me pregunto cuándo parará, cuándo le entrará un poco de sensatez. Álvaro piensa que la cosa se tranquilizará si algún día le damos un nieto, pero yo no termino de creerloA veces tengo la fantasía de que un día, sin avisar, mi suegra se va a dar cuenta de que está perdiendo el tiempo. Que somos una familia distinta, moderna, quizás complicada para su generación, pero feliz a nuestra manera. A veces pienso que basta una conversación tranquila, una tarde cualquiera, para que lo entienda. Otras, simplemente me resigno. Quizá nunca acepte que su hijo ya no es el niño que ella quiere recomponer.
La última vez que coincidimos todos fue el cumpleaños del hijo de Álvaro. Yo, como siempre, fui, sonreí y ayudé a montar los bocatas. Lucía llegó con su marido, un tipo muy simpático, y saludó a todos. Álvaro estaba pendiente de su hijo, se reía con él jugando a la pelota. En ese instante, mi suegra apareció a mi lado fregando vasos y, con una expresión seria, murmuró: Sois muy diferentes todos. Pero al final, parece que el niño es el único que lo entiende todo.
No contesté. No hacía falta.
Por primera vez, me sentí cómoda, como si ya no hicieran falta explicaciones. Puede que no nos entienda del todo, pero ahí estábamos, cada uno en su sitio, sin intentar cambiar el pasado. Quizá el truco esté en dejar de luchar por lo que no fue y aprender a disfrutar, simplemente, de lo que sí es.
Salí al jardín a buscar a Álvaro. Lo encontré dándole patadas suaves al balón con su hijo, ambos riéndose a carcajadas. Me acerqué, y al verme, el niño soltó el balón y vino corriendo hacia mí, abrazándome con fuerza.
En ese momento, comprendí que al final, quienes entienden cómo funciona la vida, suelen ser los más pequeños. Y que, pese a todos los intentos de mi suegra por volver atrás, el único futuro real es este: el que nosotros vamos construyendo, día tras día, aunque a ella le cueste abrir los ojos.







