Montañas de casualidades
Víctor, abogado de treinta y cinco años, detestaba la Nochevieja. Para él, aquello no era fiesta sino un triatlón con confeti.
Todo era un trajín: buscar el regalo perfecto para unos compañeros de trabajo que, con suerte, le caían neutros, y, por supuesto, el inevitable evento de empresa. Este año a la dirección le había dado por tirar la casa por la ventana, alquilando un club campestre perdido en la Sierra de Madrid.
Víctor conducía hasta allí en su reluciente coche negro, escuchando un podcast sobre reformas fiscales y repasando el plan: aparecer, dejarse ver una hora, tomarse una copa de cava, saludar al jefe y, con un poco de arte, marcharse sin hacer ruido.
A su llegada, el club ya rugía como la Puerta del Sol en plenos carnavales. Por todas partes revoloteaba gente vestida con colores absurdos, fingiendo alegría a base de carcajadas ensayadas.
Víctor agarró su copa y se aposentó en la pared como si le hubieran contratado de estatua viviente, observando aquel carrusel de entusiasmo obligatorio. Se sentía más desubicado que un cactus en la Antártida: en ese planeta parecía que la única ley era ser feliz por decreto.
***
Entonces la vio a ella. La desconocida no era la que más deslumbraba ni la que más gritaba. Estaba a cierta distancia del bullicio, junto a la ventana, mirando cómo la tormenta de nieve cubría todo.
Vestía un sencillo vestido azul marino y sujetaba un vaso de zumo. Pero en vez de radiar soledad o tristeza, se notaba que estaba cómodamente inmersa en sus pensamientos.
Víctor se sorprendió al caer en que ella tenía el mismo aspecto con el que él se sentía.
Mala noche para volver a la capital dijo, acercándose sin plan alguno.
(Era lo primero que le vino a la cabeza).
Ella giró y sonrió. No como todos los demás, con sonrisas de anuncio; la de ella era franca y cálida.
Pero míralo, qué bonito está respondió señalando afuera. Cuando la ciudad queda tapada de nieve, parece que todos los líos desaparecen bajo el manto blanco.
A eso Víctor ya no sabía qué replicar. Esperaba cualquier respuesta, menos esa.
Víctor se presentó.
Carmen le tendió la mano. De contabilidad. Diría que alguna vez hemos coincidido en el ascensor.
Callaron. Y, sorprendentemente, aquel silencio reconfortaba.
La ventisca fuera arreciaba. Por megafonía comunicaron que las carreteras quedaban bloqueadas y había que pasar la noche allí.
Un suspiro colectivo recorrió el salón, mitad rabia, mitad histeria.
Víctor maldijo por dentro. Su plan estaba tan enterrado como Madrid bajo la nevada de Filomena.
Bueno, letrado, ¿preparado para dormir en camastro? ironizó Carmen.
Esto en la facultad no me lo enseñaron bromeó él. ¿Y tú?
Siempre vengo preparada, con buen cargador y una novela bajo el brazo. Así que los desastres, ya ves, los llevo bastante bien sonrió Carmen.
Y fue esa noche, sin esquemas ni filtros, cuando realmente empezaron a hablar.
Descubrió que a Carmen le encantaban las pelis antiguas en blanco y negro, mientras que Víctor no podía con ellas, pero prometió darle una oportunidad si ella le explicaba el misterio del encanto.
Supieron que Víctor soñaba con dejar la toga y abrir una cafetería pequeña, y Carmen, en secreto, pintaba acuarelas pero nunca las enseñaba a nadie.
Se apartaron en un rincón, ajenos al ruido, y, en vez de burbujear cava, se compartieron un termo de té calentito que, sorpresa, Carmen llevaba en el bolso por si acaso.
Le habló de su gato, Ulises, un filósofo peludo que jugaba con los copos en la ventana. Él, de su abuela, que le enseñó a preparar tarta de miel.
Cuando sonaron las campanadas, nada de gritar ¡Feliz Año! o sacar serpentinas. Se miraron, simplemente.
Feliz año, Víctor susurró Carmen.
Feliz año, Carmen contestó él.
Esa noche no durmieron en suites de lujo, sino en el saloncito, en dos camas plegables que el personal trajo para la tropa varada. Juntos, cuchicheando hasta el amanecer, mientras fuera el temporal iba dándose por vencido.
Por la mañana, cuando despejaron las calles, salieron fuera. Todo era blanco, impoluto y silencioso. El sol cegaba rebotando en los montones de nieve.
¿Y ahora a dónde vas? preguntó Víctor.
Al bus. Toca volver a casa.
Bueno podría acercarte en coche.
Carmen le lanzó una mirada pícara, con sonrisa en los ojos.
¿Y si te digo que me gusta este mundo callado y congelado? Prefiero andar un trecho hasta la parada.
Víctor lo entendió. Aquella noche no había sido casualidad.
Había comenzado algo nuevo, y esta vez, de verdad.
Pues voy contigo afirmó, sin titubear.
Y caminaron por la nieve fresca, los dos solos, en el primer día del año, dejando sus huellas hacia el futuro. Un futuro incierto, pero lleno de luz.
Dan ganas de creer que, a veces, los comienzos realmente buscan la forma más insospechada de encontrarnos.







