Los Montes de la Fortuna Marcos, abogado madrileño de treinta y cinco años, detestaba la Nochevieja. Para él no era una fiesta, sino una auténtica maratón. El ajetreo, la búsqueda del “regalo perfecto” para compañeros a los que apenas soportaba y, por supuesto, la temida cena de empresa. Este año, su bufete había decidido celebrar a lo grande, alquilando todo un club rural en las afueras de Madrid. Marcos conducía su impecable coche negro, mientras escuchaba un pódcast sobre legislación fiscal y repasaba mentalmente su plan: aparecer durante una hora, brindar con una copa de cava, mantener charla educada con los jefes y escabullirse a casa sin ser visto. Al llegar, el club bullía como una colmena inquieta. Había gente por todas partes, con ropa llamativa y risas forzadas animando el ambiente. Marcos cogió su copa, se apostó junto a la pared como un centinela, y empezó a observar esa feria de alegría fingida. Se sentía como un marciano, varado en un planeta donde la única ley era ser feliz por decreto. *** Entonces la vio a ella. Una desconocida que no era la más llamativa ni la más alborotadora. Se encontraba junto a una ventana, algo apartada, contemplando la ventisca tras el cristal. Vestía un sencillo vestido azul oscuro y tenía un vaso de zumo en la mano. Y, sin embargo, no estaba triste ni sola. Más bien absorta en sus pensamientos. Marcos se sorprendió pensando que ella parecía sentirse como él. —Mala noche para volver a casa —dijo, acercándose a la desconocida. (Lo primero que le vino en mente). Ella se giró y sonrió. Una sonrisa auténtica y cálida, nada que ver con la de los demás. —¡Pero qué bonito está todo! —respondió, asintiendo hacia la ventana—. Cuando nieva así en la sierra da la impresión de que los problemas desaparecen bajo el manto blanco. Marcos no se lo esperaba. —Marcos —se presentó. —Elena —le estrechó la mano—, soy de Contabilidad. Creo que alguna vez hemos coincidido en el ascensor. Se hizo el silencio. Un silencio acogedor, casi arropador. La tormenta arreció fuera. Por megafonía, anunciaron que la carretera estaba cortada; tendrían que quedarse hasta la mañana siguiente. Una oleada de decepción, mezclada con nerviosismo, recorrió el salón. Marcos maldijo en silencio. Su plan había saltado por los aires. —Bueno, abogado, ¿preparado para una noche en litera? —preguntó Elena, entre irónica y divertida. —Para eso mi carrera no me entrenó —sonrió él—. ¿Y tú? —Yo siempre llevo buen cargador y un libro. Previsión ante todo —contestó, sonriendo. Y así, esa noche sin rutinas ni máscaras, empezaron a conversar. Resultó que Elena adoraba las películas clásicas en blanco y negro, mientras Marcos las detestaba, aunque aceptó ver una a cambio de que ella le explicase su encanto. Resultó que Marcos soñaba con dejarlo todo y abrir una cafetería pequeña algún día, y Elena pintaba acuarelas en secreto y nunca había mostrado un cuadro a nadie. Sentados en un rincón, olvidaron el jaleo, compartiendo no cava, sino té caliente de un termo que, sorprendentemente, Elena llevaba consigo. Le habló de su gato fascinado por las nieves, él de su abuela, que le enseñó a hornear roscones. Llegada la medianoche, no gritaron “¡Feliz Año!”, solo se miraron. —Feliz Año Nuevo, Marcos —susurró Elena. —Feliz Año, Elena —respondió él. Esa noche no durmieron en una suite, sino en la sala común, sobre dos literas traídas para los atrapados. Cercanos. Susurrando hasta el amanecer, mientras la ventisca amainaba. Por la mañana, tras despejar las carreteras, salieron al exterior. El mundo era blanco, puro, tranquilo. El sol brillaba sobre los montes nevados. —¿A dónde vas ahora? —preguntó Marcos. —Al bus. A casa. —…Puedo acercarte si quieres. Elena lo miró y sus ojos sonrieron. —¿Y si te digo que me apetece caminar por este mundo helado y silencioso? ¿Ir andando hasta la parada? Marcos lo entendió. Aquella noche no fue casualidad. Era el principio de algo nuevo, de verdad. —Entonces voy contigo —dijo convencido. Y caminaron sobre la nieve intacta, juntos, en el primer día del año, dejando huellas hacia ese futuro incierto y luminoso. Ojalá todo fuese tan sencillo…

Montañas de casualidades

Víctor, abogado de treinta y cinco años, detestaba la Nochevieja. Para él, aquello no era fiesta sino un triatlón con confeti.

Todo era un trajín: buscar el regalo perfecto para unos compañeros de trabajo que, con suerte, le caían neutros, y, por supuesto, el inevitable evento de empresa. Este año a la dirección le había dado por tirar la casa por la ventana, alquilando un club campestre perdido en la Sierra de Madrid.

Víctor conducía hasta allí en su reluciente coche negro, escuchando un podcast sobre reformas fiscales y repasando el plan: aparecer, dejarse ver una hora, tomarse una copa de cava, saludar al jefe y, con un poco de arte, marcharse sin hacer ruido.

A su llegada, el club ya rugía como la Puerta del Sol en plenos carnavales. Por todas partes revoloteaba gente vestida con colores absurdos, fingiendo alegría a base de carcajadas ensayadas.

Víctor agarró su copa y se aposentó en la pared como si le hubieran contratado de estatua viviente, observando aquel carrusel de entusiasmo obligatorio. Se sentía más desubicado que un cactus en la Antártida: en ese planeta parecía que la única ley era ser feliz por decreto.

***

Entonces la vio a ella. La desconocida no era la que más deslumbraba ni la que más gritaba. Estaba a cierta distancia del bullicio, junto a la ventana, mirando cómo la tormenta de nieve cubría todo.

Vestía un sencillo vestido azul marino y sujetaba un vaso de zumo. Pero en vez de radiar soledad o tristeza, se notaba que estaba cómodamente inmersa en sus pensamientos.

Víctor se sorprendió al caer en que ella tenía el mismo aspecto con el que él se sentía.

Mala noche para volver a la capital dijo, acercándose sin plan alguno.

(Era lo primero que le vino a la cabeza).

Ella giró y sonrió. No como todos los demás, con sonrisas de anuncio; la de ella era franca y cálida.

Pero míralo, qué bonito está respondió señalando afuera. Cuando la ciudad queda tapada de nieve, parece que todos los líos desaparecen bajo el manto blanco.

A eso Víctor ya no sabía qué replicar. Esperaba cualquier respuesta, menos esa.

Víctor se presentó.

Carmen le tendió la mano. De contabilidad. Diría que alguna vez hemos coincidido en el ascensor.

Callaron. Y, sorprendentemente, aquel silencio reconfortaba.

La ventisca fuera arreciaba. Por megafonía comunicaron que las carreteras quedaban bloqueadas y había que pasar la noche allí.

Un suspiro colectivo recorrió el salón, mitad rabia, mitad histeria.

Víctor maldijo por dentro. Su plan estaba tan enterrado como Madrid bajo la nevada de Filomena.

Bueno, letrado, ¿preparado para dormir en camastro? ironizó Carmen.

Esto en la facultad no me lo enseñaron bromeó él. ¿Y tú?

Siempre vengo preparada, con buen cargador y una novela bajo el brazo. Así que los desastres, ya ves, los llevo bastante bien sonrió Carmen.

Y fue esa noche, sin esquemas ni filtros, cuando realmente empezaron a hablar.

Descubrió que a Carmen le encantaban las pelis antiguas en blanco y negro, mientras que Víctor no podía con ellas, pero prometió darle una oportunidad si ella le explicaba el misterio del encanto.

Supieron que Víctor soñaba con dejar la toga y abrir una cafetería pequeña, y Carmen, en secreto, pintaba acuarelas pero nunca las enseñaba a nadie.

Se apartaron en un rincón, ajenos al ruido, y, en vez de burbujear cava, se compartieron un termo de té calentito que, sorpresa, Carmen llevaba en el bolso por si acaso.

Le habló de su gato, Ulises, un filósofo peludo que jugaba con los copos en la ventana. Él, de su abuela, que le enseñó a preparar tarta de miel.

Cuando sonaron las campanadas, nada de gritar ¡Feliz Año! o sacar serpentinas. Se miraron, simplemente.

Feliz año, Víctor susurró Carmen.

Feliz año, Carmen contestó él.

Esa noche no durmieron en suites de lujo, sino en el saloncito, en dos camas plegables que el personal trajo para la tropa varada. Juntos, cuchicheando hasta el amanecer, mientras fuera el temporal iba dándose por vencido.

Por la mañana, cuando despejaron las calles, salieron fuera. Todo era blanco, impoluto y silencioso. El sol cegaba rebotando en los montones de nieve.

¿Y ahora a dónde vas? preguntó Víctor.

Al bus. Toca volver a casa.

Bueno podría acercarte en coche.

Carmen le lanzó una mirada pícara, con sonrisa en los ojos.

¿Y si te digo que me gusta este mundo callado y congelado? Prefiero andar un trecho hasta la parada.

Víctor lo entendió. Aquella noche no había sido casualidad.

Había comenzado algo nuevo, y esta vez, de verdad.

Pues voy contigo afirmó, sin titubear.

Y caminaron por la nieve fresca, los dos solos, en el primer día del año, dejando sus huellas hacia el futuro. Un futuro incierto, pero lleno de luz.

Dan ganas de creer que, a veces, los comienzos realmente buscan la forma más insospechada de encontrarnos.

Rate article
MagistrUm
Los Montes de la Fortuna Marcos, abogado madrileño de treinta y cinco años, detestaba la Nochevieja. Para él no era una fiesta, sino una auténtica maratón. El ajetreo, la búsqueda del “regalo perfecto” para compañeros a los que apenas soportaba y, por supuesto, la temida cena de empresa. Este año, su bufete había decidido celebrar a lo grande, alquilando todo un club rural en las afueras de Madrid. Marcos conducía su impecable coche negro, mientras escuchaba un pódcast sobre legislación fiscal y repasaba mentalmente su plan: aparecer durante una hora, brindar con una copa de cava, mantener charla educada con los jefes y escabullirse a casa sin ser visto. Al llegar, el club bullía como una colmena inquieta. Había gente por todas partes, con ropa llamativa y risas forzadas animando el ambiente. Marcos cogió su copa, se apostó junto a la pared como un centinela, y empezó a observar esa feria de alegría fingida. Se sentía como un marciano, varado en un planeta donde la única ley era ser feliz por decreto. *** Entonces la vio a ella. Una desconocida que no era la más llamativa ni la más alborotadora. Se encontraba junto a una ventana, algo apartada, contemplando la ventisca tras el cristal. Vestía un sencillo vestido azul oscuro y tenía un vaso de zumo en la mano. Y, sin embargo, no estaba triste ni sola. Más bien absorta en sus pensamientos. Marcos se sorprendió pensando que ella parecía sentirse como él. —Mala noche para volver a casa —dijo, acercándose a la desconocida. (Lo primero que le vino en mente). Ella se giró y sonrió. Una sonrisa auténtica y cálida, nada que ver con la de los demás. —¡Pero qué bonito está todo! —respondió, asintiendo hacia la ventana—. Cuando nieva así en la sierra da la impresión de que los problemas desaparecen bajo el manto blanco. Marcos no se lo esperaba. —Marcos —se presentó. —Elena —le estrechó la mano—, soy de Contabilidad. Creo que alguna vez hemos coincidido en el ascensor. Se hizo el silencio. Un silencio acogedor, casi arropador. La tormenta arreció fuera. Por megafonía, anunciaron que la carretera estaba cortada; tendrían que quedarse hasta la mañana siguiente. Una oleada de decepción, mezclada con nerviosismo, recorrió el salón. Marcos maldijo en silencio. Su plan había saltado por los aires. —Bueno, abogado, ¿preparado para una noche en litera? —preguntó Elena, entre irónica y divertida. —Para eso mi carrera no me entrenó —sonrió él—. ¿Y tú? —Yo siempre llevo buen cargador y un libro. Previsión ante todo —contestó, sonriendo. Y así, esa noche sin rutinas ni máscaras, empezaron a conversar. Resultó que Elena adoraba las películas clásicas en blanco y negro, mientras Marcos las detestaba, aunque aceptó ver una a cambio de que ella le explicase su encanto. Resultó que Marcos soñaba con dejarlo todo y abrir una cafetería pequeña algún día, y Elena pintaba acuarelas en secreto y nunca había mostrado un cuadro a nadie. Sentados en un rincón, olvidaron el jaleo, compartiendo no cava, sino té caliente de un termo que, sorprendentemente, Elena llevaba consigo. Le habló de su gato fascinado por las nieves, él de su abuela, que le enseñó a hornear roscones. Llegada la medianoche, no gritaron “¡Feliz Año!”, solo se miraron. —Feliz Año Nuevo, Marcos —susurró Elena. —Feliz Año, Elena —respondió él. Esa noche no durmieron en una suite, sino en la sala común, sobre dos literas traídas para los atrapados. Cercanos. Susurrando hasta el amanecer, mientras la ventisca amainaba. Por la mañana, tras despejar las carreteras, salieron al exterior. El mundo era blanco, puro, tranquilo. El sol brillaba sobre los montes nevados. —¿A dónde vas ahora? —preguntó Marcos. —Al bus. A casa. —…Puedo acercarte si quieres. Elena lo miró y sus ojos sonrieron. —¿Y si te digo que me apetece caminar por este mundo helado y silencioso? ¿Ir andando hasta la parada? Marcos lo entendió. Aquella noche no fue casualidad. Era el principio de algo nuevo, de verdad. —Entonces voy contigo —dijo convencido. Y caminaron sobre la nieve intacta, juntos, en el primer día del año, dejando huellas hacia ese futuro incierto y luminoso. Ojalá todo fuese tan sencillo…