Los más queridos del alma. Relato Así es la vida, quién lo diría. Todo pudo haber sido distinto. La vecina se asombra de la suerte que han tenido: los hijos ayudan, los nietos los visitan siempre. Hoy mismo viene el nieto mediano, Vovita. El abuelo le ayuda con matemáticas. Y en el parque, en la barra de dominadas, le está enseñando a hacer ejercicio. Ana Yanovna y Pablo Ilich apenas sobrepasan los setenta. ¡Son jóvenes aún! Y tienen tres nietos maravillosos. Por la tarde, junto a sus dos nietas, la pequeña Mila y la mayor Svetlana, Ana Yanovna horneó galletas. Tendrán algo rico para la merienda y para agasajar al nieto mediano, Vova. – Anita, tenemos que comprar un globo terráqueo –le comentó su marido interrumpiendo sus pensamientos–. Vova y Milita no se aclaran bien con el mapa. ¡Hace falta uno bien grande! Y también hace falta un balón. Vimos en el parque cómo los chicos jugaban al baloncesto con Vova. Él también quiere. Tocaron al timbre. Vova llegó después del colegio: – ¡Hola, abuela! ¡Hola, abuelo! Os he traído vuestras magdalenas favoritas con semillas de amapola. Se quitó el abrigo, fue directo a lavarse las manos. Ya sabe hacer todo tal como le enseñó la abuela. – ¿Qué tal en el cole? ¿Cómo fueron las notas?, –preguntó Pablo Ilich. – Abuelo, saqué dos cincos en mates. Abuelo, ¿me ayudarás a entenderlo? –se notaba en los ojos del nieto su disgusto–, ¡me he liado, abuelo! – ¿Y eso? Si lo repasamos la última vez… Bueno, vamos a estudiar y ver dónde está el problema. – Pablito, acaba de llegar, deja que coma y ya después os ponéis a trabajar. – Yo también quiero un poco de borscht con nata, –Pablo Ilich guiñó un ojo al nieto con complicidad. Después de comer Vova se fue con el abuelo a estudiar. Ana Yanovna los miró marchar con ternura. Pronto comenzará la temporada de veraneo en el campo. ¡Qué bendición! El aire fuera de la ciudad es puro y dulce. Los nietos pequeños, Mila y Vovita, estarán con ellos en la casa de campo. La mayor, Svetlanka, suele venir los fines de semana con sus padres. Ya es toda una señorita, pronto cumplirá diecisiete. Svetlanka estudia en la escuela de enfermería, está de prácticas en el hospital. Le encanta. Quiere seguir estudiando después. Sueña con ser médico, ayudar a los demás. Buena muchacha, fuerte y de buen corazón. Seguro que lo conseguirá. Ana Yanovna se acercó al aparador y tomó entre sus manos un marco con una foto: – Ay, hijito mío, Yuri mío, ¡si pudieras ver cómo vivimos! Perdónanos, hijo, quizá tu padre y yo tuvimos culpa. Algo debimos hacer mal. No pudimos ayudarte, no supiste superar los problemas, –Ana Yanovna levantó la barbilla y parpadeó–, No, hijo, no lloro. Espero, confío, que puedas ver cómo vivimos y que te alegres. La vida es para todos diferente; nos da de todo, alegrías y tristezas. Poco pudiste conocer, hijo, pero ya es tarde para lamentar nada. – Anita, ¿no oyes? Yulia y Max ya están aquí. Y Mila con ellos. – ¡Abuelita!, –la nieta pequeña se colgó de su cuello y la abrazó con sus manitas cálidas. – Mírame, abuela, –Mila tomó el rostro de Ana Yanovna con sus manitas–, ¿ves qué peinado tan bonito tengo? Igual que tú, porque me parezco a ti. Te quiero muchísimo, abuela, –y la abrazó fuerte. A Ana Yanovna casi se le saltaron las lágrimas. – No agobies a la abuela, –sonreían Yulia y Máximo viéndolas–. ¿No recuerdas el regalo que tenías para ella? – ¡Ah! Abuela, dame un momento –saltó de los brazos de Ana Yanovna y buscó en el bolso de mamá una hoja–. Mira, lo dibujé en el cole. Aquí estás tú, el abuelo, mamá y papá, Svetlana, Vova y yo. Es para vosotros, abuelos. Nuestra gran familia. ¿A que mola, abuela? ¿Te gusta? – Me encanta. ¡Y además qué bien lo has hecho! Pablo, ven a ver el dibujo tan precioso que nos ha regalado la nieta. Lo pondré en un marco para contemplarlo siempre: la familia entera. – Bueno, Ana Yanovna, nos vamos ya. ¿Preparado, Vova? No te olvides la mochila. Ana Yanovna, Pablo Ilich, os esperamos mañana a comer en casa. Los niños han preparado un pequeño recital. Hasta mañana, gracias, ¡nos vemos! La puerta cerrada. Ana Yanovna y Pablo Ilich se sentaron a tomar el té. – Qué suerte tenemos, Pablo, de tener una familia tan grande. – Sí, Ana. – ¿Recuerdas cuando Yuri trajo a Yulia a casa? Yo me ilusioné tanto… Creí que Yuri sentaría cabeza. Todo fue bien un año. Disfruté tanto… Y luego, todo volvió a lo de antes. Las malas compañías, esa gente… – No, Ana, no llores, –Pablo Ilich la abrazó. – Y luego Julia se fue. Y a Yuri en una pelea lo acuchillaron y todo terminó. Nuestro hijo ya no está. – ¿Qué te pasa hoy, Anita?, –Pablo Ilich secó sus lágrimas. – Nada, Pablo, es que Mila me regaló ese dibujo. Y he pensado qué suerte tuvimos de encontrar a Yulia embarazada cuando Yuri ya no estaba. Que luego conoció a Máximo y así, además de Svetlanka, tenemos a Vovita y Milita. Todos nos son igual de queridos, pase lo que pase. Y ¿sabes? Si nuestro destino era superar todas esas pruebas, te confieso que somos los abuelos más felices del mundo. ¡Y nuestra gran familia, esos son nuestros seres más queridos del alma! Donde hay amor y unión, no hay lugar para la tristeza.

Así es la vida. Pero podría haber sido distinta. Nuestra vecina siempre se sorprende de la suerte que tenemos. Los hijos nos ayudan y los nietos nos visitan constantemente.

Hoy viene el nieto mediano, Álvaro. Con el abuelo estudia matemáticas, y juntos aprenden a hacer dominadas en la barra que hay en el patio de nuestro bloque.

Ana Valentina y Pablo Ignacio apenas pasan de los setenta. ¡Son jóvenes todavía! Y tienen tres nietos maravillosos.

La tarde anterior, Ana Valentina horneó galletas con sus nietas, la pequeña Lucía y la mayor, Estrella. Así tendrán algo rico para acompañar el té y para invitar a Álvaro cuando venga.

Anuska, deberíamos comprar un globo terráqueo le interrumpió Pablo Ignacio sus pensamientos. Álvarito y Lucía se lían mucho sólo con el mapa. Hace falta uno grande.

Y también hace falta un balón. Álvaro y yo vimos a unos chicos jugando al baloncesto en el patio, y él tiene ganas de aprender.

Llamaron al timbre. Álvaro venía del colegio.

¡Hola, abuela! ¡Hola, abuelo! dijo. He comprado vuestras napolitanas favoritas, las de chocolate.

Se quitó la chaqueta y fue directo a lavarse las manos, como le enseñó su abuela.

¿Cómo van las clases? ¿Qué tal las notas? preguntó Pablo Ignacio.

Abuelo, saqué dos sietes en mates ¿me ayudas, verdad? Estoy hecho un lío, abuelo se le notaba la cara de disgusto.

¿Pero qué ha pasado? Si la otra vez ya lo entendiste todo. Bueno, venga, después de comer lo vemos y lo aclaramos.

Pablo, deja que el niño coma primero, que acaba de llegar. Luego ya os ponéis.

Pues yo también quiero un plato de cocido con un poco de nata dijo Pablo Ignacio guiñando el ojo a su nieto.

Después de comer subieron juntos a estudiar. Ana Valentina los miró marcharse con mucha ternura.

Pronto comenzará la temporada en la casa de campo. ¡Eso sí es un placer! Se respira diferente, el aire huele dulce allá en la sierra. Los nietos pequeños, Lucía y Álvaro, pasaran días con los abuelos allí; la mayor, Estrella, suele ir los fines de semana con sus padres. Ya va para diecisiete años.

Estrella estudia en la escuela de enfermería, este año hace prácticas en un hospital y le gusta mucho. Quiere seguir formándose para ser médica y ayudar a los demás. Es una chica maravillosa, fuerte y generosa. Seguro que cumplirá su sueño.

Ana Valentina fue hasta el mueble y cogió una foto enmarcada entre las manos:

Ay, hijo mío, Eduardo, si pudieras ver cómo vivimos Perdónanos, hijo, quizás tu padre y yo cometimos errores. Tal vez no supimos ayudarte, ni tú supiste pedir ayuda. Ana Valentina levantó el mentón, tragó fuerzas y pestañeó. No, hijo, no lloro. Espero que puedas vernos y alegrarte por nosotros. La vida es así de extraña, tiene de todo. Alegrías y penas. Apenas pudiste saborearla, hijo. Ya no sirve de nada lamentarse, es tarde. No hay vuelta atrás.

Ana, ¿no oyes? Acaban de llegar Julia y Mario con Lucía.

¡Abuelita! la pequeña saltó al cuello de Ana Valentina y la abrazó con sus bracitos cálidos.

Mira qué peinado llevo hoy, abuela dijo Lucía, girándole la cara. ¡Igual que el tuyo! Porque me parezco a ti. Te quiero mucho, abuelita dijo, abrazándola fuerte.

Déjala respirar, Lucía decía Julia divertida, sonriendo con Mario. Oye, ¿no querías darle algo a la abuela?

¡Ay sí! Lucía se descolgó y rebuscó en el bolso de su madre. Mira, este dibujo lo hice en la guardería. Aquí eres tú, está el abuelo, mamá, papá, Estrella, Álvaro y yo. Lo he hecho para vosotros, para ti y para el abuelo. Somos una gran familia, ¿verdad, abuela? ¿Te gusta?

¡Muchísimo! ¡Qué bien nos has dibujado a todos! Pablo, ven a ver lo que nos ha regalado nuestra nieta. Lo pondré en un marco y lo tendré siempre a la vista. ¡Qué suerte tener una familia tan grande!

Bueno, Ana Valentina, nos tenemos que ir. Álvaro, ¿tienes todo? No olvides la mochila. Ana Valentina, Pablo Ignacio, venid mañana a comer a casa. Los niños han preparado un espectáculo. Gracias por todo, hasta mañana.

Ana Valentina y Pablo Ignacio se sentaron a tomar el té.

Qué suerte la nuestra, Pablo, de tener una familia tan grande.

Así es, Anita.

¿Te acuerdas de cuando Eduardo nos presentó a Julia en casa? Yo tenía esperanza, pensé que él cambiaría. Fue un año feliz Y luego todo volvió a lo mismo. Aquellos amigos, esa mala vida…

No hables más de eso, Ana. Pablo Ignacio la abrazó.

Al final Julia se marchó, y a Eduardo lo apuñalaron en una pelea. Ya no está nuestro hijo…

¿Qué te pasa hoy, Anita? Pablo Ignacio le secó las lágrimas.

Nada, Pablo. Lucía me ha regalado el dibujo y he pensado lo afortunados que fuimos de reencontrar a Julia, ya embarazada, cuando nuestro hijo ya no estaba; y luego de conocer a Mario y de que, además de Estrella, llegaran Álvaro y Lucía a nuestras vidas. Todos son nuestra familia, por encima de todo.

Y mira, si nos ha tocado pasar por todo esto, te digo que no hay abuelos más felices que nosotros.

Nuestra gran familia, sí, la más querida del mundo.

Donde hay amor y unión, no caben las penas.

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MagistrUm
Los más queridos del alma. Relato Así es la vida, quién lo diría. Todo pudo haber sido distinto. La vecina se asombra de la suerte que han tenido: los hijos ayudan, los nietos los visitan siempre. Hoy mismo viene el nieto mediano, Vovita. El abuelo le ayuda con matemáticas. Y en el parque, en la barra de dominadas, le está enseñando a hacer ejercicio. Ana Yanovna y Pablo Ilich apenas sobrepasan los setenta. ¡Son jóvenes aún! Y tienen tres nietos maravillosos. Por la tarde, junto a sus dos nietas, la pequeña Mila y la mayor Svetlana, Ana Yanovna horneó galletas. Tendrán algo rico para la merienda y para agasajar al nieto mediano, Vova. – Anita, tenemos que comprar un globo terráqueo –le comentó su marido interrumpiendo sus pensamientos–. Vova y Milita no se aclaran bien con el mapa. ¡Hace falta uno bien grande! Y también hace falta un balón. Vimos en el parque cómo los chicos jugaban al baloncesto con Vova. Él también quiere. Tocaron al timbre. Vova llegó después del colegio: – ¡Hola, abuela! ¡Hola, abuelo! Os he traído vuestras magdalenas favoritas con semillas de amapola. Se quitó el abrigo, fue directo a lavarse las manos. Ya sabe hacer todo tal como le enseñó la abuela. – ¿Qué tal en el cole? ¿Cómo fueron las notas?, –preguntó Pablo Ilich. – Abuelo, saqué dos cincos en mates. Abuelo, ¿me ayudarás a entenderlo? –se notaba en los ojos del nieto su disgusto–, ¡me he liado, abuelo! – ¿Y eso? Si lo repasamos la última vez… Bueno, vamos a estudiar y ver dónde está el problema. – Pablito, acaba de llegar, deja que coma y ya después os ponéis a trabajar. – Yo también quiero un poco de borscht con nata, –Pablo Ilich guiñó un ojo al nieto con complicidad. Después de comer Vova se fue con el abuelo a estudiar. Ana Yanovna los miró marchar con ternura. Pronto comenzará la temporada de veraneo en el campo. ¡Qué bendición! El aire fuera de la ciudad es puro y dulce. Los nietos pequeños, Mila y Vovita, estarán con ellos en la casa de campo. La mayor, Svetlanka, suele venir los fines de semana con sus padres. Ya es toda una señorita, pronto cumplirá diecisiete. Svetlanka estudia en la escuela de enfermería, está de prácticas en el hospital. Le encanta. Quiere seguir estudiando después. Sueña con ser médico, ayudar a los demás. Buena muchacha, fuerte y de buen corazón. Seguro que lo conseguirá. Ana Yanovna se acercó al aparador y tomó entre sus manos un marco con una foto: – Ay, hijito mío, Yuri mío, ¡si pudieras ver cómo vivimos! Perdónanos, hijo, quizá tu padre y yo tuvimos culpa. Algo debimos hacer mal. No pudimos ayudarte, no supiste superar los problemas, –Ana Yanovna levantó la barbilla y parpadeó–, No, hijo, no lloro. Espero, confío, que puedas ver cómo vivimos y que te alegres. La vida es para todos diferente; nos da de todo, alegrías y tristezas. Poco pudiste conocer, hijo, pero ya es tarde para lamentar nada. – Anita, ¿no oyes? Yulia y Max ya están aquí. Y Mila con ellos. – ¡Abuelita!, –la nieta pequeña se colgó de su cuello y la abrazó con sus manitas cálidas. – Mírame, abuela, –Mila tomó el rostro de Ana Yanovna con sus manitas–, ¿ves qué peinado tan bonito tengo? Igual que tú, porque me parezco a ti. Te quiero muchísimo, abuela, –y la abrazó fuerte. A Ana Yanovna casi se le saltaron las lágrimas. – No agobies a la abuela, –sonreían Yulia y Máximo viéndolas–. ¿No recuerdas el regalo que tenías para ella? – ¡Ah! Abuela, dame un momento –saltó de los brazos de Ana Yanovna y buscó en el bolso de mamá una hoja–. Mira, lo dibujé en el cole. Aquí estás tú, el abuelo, mamá y papá, Svetlana, Vova y yo. Es para vosotros, abuelos. Nuestra gran familia. ¿A que mola, abuela? ¿Te gusta? – Me encanta. ¡Y además qué bien lo has hecho! Pablo, ven a ver el dibujo tan precioso que nos ha regalado la nieta. Lo pondré en un marco para contemplarlo siempre: la familia entera. – Bueno, Ana Yanovna, nos vamos ya. ¿Preparado, Vova? No te olvides la mochila. Ana Yanovna, Pablo Ilich, os esperamos mañana a comer en casa. Los niños han preparado un pequeño recital. Hasta mañana, gracias, ¡nos vemos! La puerta cerrada. Ana Yanovna y Pablo Ilich se sentaron a tomar el té. – Qué suerte tenemos, Pablo, de tener una familia tan grande. – Sí, Ana. – ¿Recuerdas cuando Yuri trajo a Yulia a casa? Yo me ilusioné tanto… Creí que Yuri sentaría cabeza. Todo fue bien un año. Disfruté tanto… Y luego, todo volvió a lo de antes. Las malas compañías, esa gente… – No, Ana, no llores, –Pablo Ilich la abrazó. – Y luego Julia se fue. Y a Yuri en una pelea lo acuchillaron y todo terminó. Nuestro hijo ya no está. – ¿Qué te pasa hoy, Anita?, –Pablo Ilich secó sus lágrimas. – Nada, Pablo, es que Mila me regaló ese dibujo. Y he pensado qué suerte tuvimos de encontrar a Yulia embarazada cuando Yuri ya no estaba. Que luego conoció a Máximo y así, además de Svetlanka, tenemos a Vovita y Milita. Todos nos son igual de queridos, pase lo que pase. Y ¿sabes? Si nuestro destino era superar todas esas pruebas, te confieso que somos los abuelos más felices del mundo. ¡Y nuestra gran familia, esos son nuestros seres más queridos del alma! Donde hay amor y unión, no hay lugar para la tristeza.