Los hijos desamparan a su anciano padre en el bosque, pero el lobo hizo algo que dejó a todos boquiabiertos

**Miércoles, 15 de noviembre**

El bosque estaba envuelto en una oscuridad espesa. Junto a un viejo alcornoque, con la tierra húmeda bajo sus pies, se sentaba don Alfonso Robles. Su respiración era agitada, las manos le temblaban por el frío, y en sus ojos, ya apagados, había una tristeza infinita. Sus propios hijos, Rodrigo y Martina, lo habían traído hasta allí para dejarlo como si fuera un saco viejo, inservible.

Llevaban años contando los días, esperando su muerte para repartirse la herencia: una casa en Toledo, tierras en La Mancha y unos cuantos miles de euros. Pero don Alfonso, terco como una mula, seguía resistiendo. Así que decidieron acelerar el proceso. Lo abandonaron en mitad de ese bosque de Cuenca, sin pan ni agua, para que los lobos o el frío terminaran el trabajo. La Guardia Civil lo daría por un accidente, un anciano perdido.

Don Alfonso, apoyado contra el árbol, sentía cómo cada ruido le helaba la sangre. Entre los silbidos del viento, creyó escuchar algo más: el aullido de un lobo. Sabía que el final estaba cerca.

Dios mío, ¿así va a terminar todo? murmuró, juntando las manos en un último rezo.

De pronto, un crujido. Luego otro. Algo se acercaba. Intentó levantarse, pero sus piernas no respondían. Entre los arbustos, apareció una sombra: un lobo gris, enorme, con el pelaje brillante bajo la luna. Sus ojos, como dos ascuas, lo miraban fijamente.

«Ya está», pensó. Cerró los ojos y rezó en voz baja, esperando el dolor de los colmillos.

Pero entonces, ocurrió lo impensable.

El lobo no lo atacó. Se acercó, olfateó su ropa y, tras un momento, bajó la cabeza y aulló suavemente, como si le hablara.

Don Alfonso, confundido, alargó una mano temblorosa. Para su sorpresa, el animal no se apartó. Al contrario, dejó que le acariciara el lomo.

Y entonces lo recordó. Hacía décadas, siendo joven, había encontrado un lobezno atrapado en un cepo de cazadores furtivos. Sin pensarlo, lo había liberado, arriesgándose a que el animal, asustado, lo atacara. El lobo huyó sin mirar atrás pero al parecer, nunca lo olvidó.

Ahora, aquella bestia salvaje se inclinaba ante él como ante su salvador. Con un gesto claro, el lobo se agachó aún más: «Súbete».

Con las pocas fuerzas que le quedaban, don Alfonso se aferró al cuello del animal. El lobo avanzó entre los árboles, firme, mientras el viento aullaba a su alrededor. En la distancia, otras sombras se movían, pero ninguna se atrevió a acercarse.

Tras horas de camino, aparecieron luces: era un pueblo. Los vecinos, alertados por los ladridos de los perros, salieron corriendo y vieron algo que jamás olvidarían. Un lobo, grande como un ternero, depositaba con cuidado a un anciano frente a la iglesia.

Cuando don Alfonso, ya bajo techo, rodeado de gente compasiva, comprendió lo ocurrido, rompió a llorar. No de miedo, sino al darse cuenta de que una bestia había sido más humana que su propia sangre.

**Lección del día:** A veces, la bondad que sembramos en el pasado regresa cuando menos lo esperamos. Y otras, los monstruos no tienen colmillos, sino apellidos.

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Los hijos desamparan a su anciano padre en el bosque, pero el lobo hizo algo que dejó a todos boquiabiertos