Lucía observó la fotografía enmarcada con detalle y dejó escapar un suspiro. Dos años habían pasado desde la muerte de su esposo. Un absurdo accidente: la nieve acumulada en el tejado, el golpe repentino… y Javier desapareció de su vida.
Solo compartieron dos años de matrimonio, sin tiempo para formar una familia. Del amor de su vida quedaban recuerdos, imágenes y su suegra, Carmen Rodríguez.
Ella visitaba a Lucía, lloraba, se quejaba e incluso la culpaba por no haber dado un heredero a la familia.
—Si fueras una mujer de verdad, al menos tendríamos un nieto —repetía. Lucía encogía los hombros. El dolor la ahogaba, pero no aceptaba culpas. Antes de ser padres, ambos querían estabilizarse: resolver lo del piso, mudarse. Pero Javier no llegó a verlo.
Tras su muerte, Lucía se refugió en el trabajo. Asumía proyectos extras, horarios interminables. Al cumplir treinta, dejó el alquiler y compró un pequeño estudio. Su padre, orgulloso, la apoyó hasta que un infarto lo arrebató un año después.
Lucía perdió a su único familiar. La soledad se instaló, pero Carmen no cejaba en sus «visitas de consuelo».
Apareció tras el funeral y, desde el umbral, soltó:
—Haz testamento, Lucía. Ahora que puedes —dijo la suegra, seria.
La taza en sus manos estuvo a punto de caer.
—Hablo en serio. La vida es impredecible. Hoy estás sana, mañana… quién sabe.
—¿A qué viene esto?
—Tienes treinta, sin familia. Piensa en los demás.
—Tranquila, Carmen. No soy ministra; mis ahorros cubrirán hasta el final —respondió, disimulando la irritación con ironía.
—Burlas, pero es grave. Yo, en tu lugar, dejaría el piso a tus sobrinos.
—¿Propone traspasar mis bienes a los hijos de Andrés? —arqueó una ceja. Andrés, el hermano menor de Javier, mantenía una vida caótica: dos divorcios, tres hijos y una nueva esposa, Raquel.
—No digo traspasar, pero haz testamento. ¡O todo irá al Estado!
—Carmen… quizá deba descansar. Está agotada.
—Andrés y Raquel ocupan mi casa —confesó—. No quiero molestarlos. Esperaba quedarme en el piso de tu padre. Ya tengo inquilinos: Marta, con su bebé…
—¿Marta? ¿La nueva mujer de Andrés?
—Sí, es encantadora. Cuidaré al nieto, ahorraré viajes…
—¿Y el alquiler?
—¿¡Yo!? —estalló Carmen—. ¡Soy como tu madre! ¿Me pides dinero? Javier jamás imaginó…
—Lo siento, pero no la alojaré, ni gratis ni pagando. Y si hago testamento, será para mi hijo. Todavía tengo una vida por delante.
—¿Hijo? ¡A tus treinta es tarde! ¿Y de quién? ¡Estás sola! ¡La avaricia te hundirá! ¡Acabarás con un palmo de narices! —Carmen, contrahecha, parecía una bruja. Lucía deseó echarla. Tal vez toda la hostilidad nacía de la envidia, del rencor por su felicidad perdida.
—Váyase. Sé lo que hago. Prefiero que el Estado herede antes que usted.
Carmen murmuró maldiciones y se marchó. Al día siguiente, Andrés la llamó, gritando: su madre había caído enferma «por su culpa».
Lucía entendió que la paz requería cortar todo lazo. Puso en venta su piso, compró uno más grande con el dinero de la herencia paterna y se mudó. Su nueva dirección, un secreto, le permitió reconstruir su futuro lejos de «la familia».
¿Actuó correctamente Lucía? ¿Debió ceder el piso a su suegra?





