Lo vi con mis propios ojos Cerraba la caja en la contabilidad cuando la jefa asomó la cabeza por el despacho y le preguntó si podía encargarse mañana del informe de proveedores. Su tono era una suave orden de las que no se rechazan. Ella asintió, aunque en su cabeza ya sumaba la lista: recoger al hijo del colegio, pasar por la farmacia por las pastillas de su madre, revisar los deberes en casa. Hacía tiempo que vivía así: sin discutir, sin llamar la atención, sin dar motivos. En el trabajo lo llamaban fiabilidad; en casa, tranquilidad. Esa tarde caminaba desde la parada hasta casa, apretando la bolsa de la compra contra el costado. El hijo iba al lado, absorto en el móvil, y de vez en cuando pedía “cinco minutos más”. Ella respondía “luego”, porque el luego siempre llegaba. Al cruzar la avenida junto al centro comercial, esperó al verde de peatones. Los coches parados en dos filas; alguno tocaba el claxon de forma nerviosa. Ella pisó el paso de cebra justo cuando de la derecha salió disparado un todoterreno oscuro, adelantó a todos los parados y quiso colarse con el semáforo titilando. El golpe sonó seco, como si se hubiera caído un armario pesado. El todoterreno chocó contra un “Seat Ibiza” blanco que cruzaba el cruce. El Ibiza giró, y la parte trasera se fue al paso de peatones. La gente se echó atrás. Ella sólo pudo agarrar a su hijo por la manga y tirar de él consigo. Un segundo y todo se detuvo. Después alguien gritó. El conductor del Ibiza estaba encorvado, tardó en levantar la cabeza. Del todoterreno saltaron los airbags y tras el cristal vislumbró la cara de un hombre que ya intentaba salir. Ella dejó la bolsa en el asfalto, sacó el móvil y marcó el 112. La voz al otro lado era serena, como si aquello no sucediera allí. —Accidente en el cruce junto al centro comercial, hay heridos —dijo tratando de hablar claro—. El coche blanco está en el paso, no sé si el conductor está consciente. Su hijo, pálido, la miraba como si de repente fuera realmente adulta. Mientras hablaba con la operadora, otro joven corrió al Ibiza, abrió la puerta, habló con el conductor. El hombre del todoterreno salió rápido, seguro, miró alrededor y dijo algo por teléfono. Iba bien vestido, sin gorro, con la actitud de quien cree que todo es un pequeño contratiempo. Llegaron la ambulancia y la policía. El agente pidió que levantara la mano quien había visto el choque. Ella la levantó, era lo natural; estaba justo allí. —Sus datos, por favor —dijo el agente—. Cuéntenos cómo fue. Ella dio apellido, dirección, teléfono. Las palabras salían secas y precisas. Explicó que el todoterreno salió de la derecha, que el Ibiza iba con su luz, que había gente en el paso. El agente asentía, anotaba. El hombre del todoterreno se acercó, casualmente. La miró breve, sin amenaza, pero con un aire incómodo. —¿Está segura? —preguntó en voz baja, como de pasada—. Hay cámara, se ve todo. —Vi lo que ocurrió —respondió ella. De inmediato lamentó el tono, demasiado firme. Él sonrió apenas y se fue. El hijo tiró de su manga. —Mamá, vámonos a casa —pidió. El agente le devolvió el DNI y dijo que podría recibir otra llamada para concretar detalles. Ella asintió, recogió la bolsa y llevó al niño por el patio. En casa, se lavó las manos largo rato aunque estaban limpias. El hijo, callado, le preguntó si iban a meter en la cárcel al señor. —No lo sé —respondió—. Eso no lo decidimos nosotros. Esa noche soñó el sonido seco del impacto y el todoterreno empujando el aire. Al día siguiente, en el trabajo, las cifras no la dejaban concentrarse; la mente volvía una y otra vez al cruce. Tras comer, recibió una llamada de número desconocido. —Buenas tardes, usted presenció el accidente ayer —dijo un hombre, educado, sin presentarse—. Le llamo de parte de los implicados. Queremos tranquilizarla. —¿Quién es usted? —preguntó ella. —No importa. La situación es complicada. Sabe usted que a los testigos los presionan, los llevan a juicios. ¿Le merece la pena? Tiene un hijo, trabajo. Hablaba suave, como quien recomienda un detergente. Así daba más miedo. —Nadie me está acosando —dijo ella, notando temblar la voz. —Ni falta que hace —respondió—. Sólo diga que no está segura, que fue todo rápido. Así todos estarán más tranquilos. Colgó y se quedó mirando la pantalla antes de guardar el móvil en el cajón, como si así escondiera toda la conversación. Por la tarde recogió a su hijo, fue a visitar a su madre. Vivía en el barrio de al lado, en un quinto sin ascensor. La recibió en bata, quejándose del médico y la tensión. —Mamá —dijo mientras le daba las pastillas—, si hubieses visto el accidente y te pidieran que no te metieras, ¿qué harías? La madre la miró cansada. —No me metería —respondió—. No necesito heroísmos a mi edad. Tú tampoco. Tienes un hijo. Era casi una frase de cariño, pero a ella le dolió, como si dudara de su fortaleza. Al día siguiente la llamada se repitió, número distinto. —Nos preocupa la situación —dijo la misma voz—. Sabe usted, ese señor tiene familia, trabajo. Un error, a cualquiera le pasa. Los testigos acaban en juicios años. ¿Para qué exponerse? Quizá debería poner que no vio el momento del impacto. —Lo vi —afirmó ella. —¿Está segura de que quiere complicarse? —el tono se enfrió—. ¿En qué colegio estudia su hijo? Sintió un nudo en el estómago. —¿Cómo lo sabe? —preguntó. —El mundo es pequeño —replicó calmado—. No somos enemigos. Queremos tranquilidad para usted. Colgó y se quedó en la cocina mirando la encimera. El hijo hacía los deberes en su cuarto. Luego puso la cadena a la puerta, aunque sabía que no servía de nada frente a llamadas. Unos días después la paró en el portal un hombre sin distintivos. —¿Es usted del piso veintisiete? —preguntó. —Sí —respondió automáticamente. —Por el accidente, no se asuste —alzando las manos en gesto pacífico—. Soy amigo de unos amigos. No querrá que la lleven a juicios, ¿verdad? Se puede arreglar. Diga simplemente que no está segura y ya. —No quiero dinero —le salió sin pensar. Ella misma se sorprendió. —Nadie habla de dinero —respondió, sonriendo—. Hablamos de su tranquilidad. Tiene usted un hijo. El ambiente está tenso. En la escuela, en el trabajo… ¿Para qué complicarse? Dijo “complicarse” como si fuese basura que se puede sacar. Ella pasó junto a él sin responder, subió a casa y sólo entonces notó que las manos le temblaban. Dejó la bolsa, se quitó la chaqueta y fue a buscar a su hijo. —Mañana espérame en la puerta del colegio, no salgas solo —le pidió tranquilo—. Te recogeré yo. —¿Ha pasado algo? —preguntó el niño. —Nada —mintió ella, sabiendo que esa mentira ya vivía aparte. El lunes recibió la citación. Tenía que ir a comisaría a declarar y reconocer al conductor del accidente. El papel era oficial, con sello. Lo guardó entre los documentos, sentía que guardaba una piedra. Esa tarde la jefa la retuvo. —Oye —dijo cerrando la puerta—. Han venido preguntando por ti. Muy educados. Dijeron que eres testigo y sería mejor que no te estresaras. No quiero que vengan por mis empleadas. Ten cuidado. —¿Quién vino? —preguntó. —No se presentaron. Pero… seguros —encogió hombros—. Te lo digo como persona: quizá sería mejor no meterse. Tenemos informes, inspecciones. Si empiezan las llamadas, nos entorpecen. Salió del despacho sintiendo que no sólo le quitaban la palabra, sino también el refugio donde se escondía entre números. En casa se lo contó todo a su marido. Comía sopa sin decir nada. Luego apartó la cuchara. —¿Sabes que esto puede acabar mal? —preguntó. —Lo sé. —¿Entonces por qué? —no era brusco, hablaba cansado—. Tenemos hipoteca, tu madre, el niño. ¿Quieres que nos revuelvan la vida? —No quiero. Pero lo vi. Él la miró como si hubiera dicho algo infantil. —Olvida que lo viste —sentenció—. No le debes nada a nadie. Ella no discutió. Discutir habría sido admitir que tenía elección, y la elección pesaba más que las amenazas. El día de la citación se levantó temprano, preparó el desayuno del hijo, comprobó que llevaba el móvil cargado. Echó en el bolso el DNI, la citación, un cuaderno. Avisó a una amiga: adónde iba y a qué hora debía regresar. Su amiga respondió: “Vale. Avísame cuándo salgas”. La comisaría olía a papel y alfombras húmedas. Se quitó la chaqueta y fue al mostrador. Le indicaron el despacho del investigador. Era joven, rostro cansado. Le ofreció una silla, encendió la grabadora. —¿Es consciente de la responsabilidad de mentir en su declaración? —preguntó. —Sí —respondió. Preguntaba tranquilo. ¿Dónde estaba, qué luz había, de qué lado venía el todoterreno, velocidad? Ella respondía sin añadir nada. En un momento levantó la vista. —¿Alguien la ha contactado? Ella dudó. Contarlo era admitir que la habían tocado. No contarlo era quedarse sola. —Sí. Han llamado y me han parado en el portal. Me pidieron que dijera que no estaba segura. El investigador asintió, como si lo esperara. —¿Tiene los números? Ella mostró el móvil. Él los anotó, le pidió capturas y que las enviara al correo oficial. Lo hizo, aunque los dedos no respondían bien. Después le pidieron esperar para el reconocimiento. Sentada en un banco, con el bolso en el regazo. La puerta al fondo se abrió y vio al hombre del todoterreno. Venía con el abogado, murmurando algo. Al pasar, miró hacia ella un instante. Tranquilo, cansado, como quien está acostumbrado a que todo se solucione. El abogado se paró junto a ella. —¿Es usted la testigo? —preguntó amable. —Sí. —Le recomiendo cuidado al declarar —dijo, igual de suave—. En tensión, la gente se equivoca. No querrá tener que responder por ello después. —Sólo quiero decir la verdad. Él alzó levemente una ceja. —La verdad… cada uno tiene la suya —replicó, y se apartó. En el despacho, le mostraron fotos, tuvo que señalar al conductor. Lo hizo. Firmó el acta. El trazo de la pluma en el papel la tranquilizaba: el rastro quedaba, no se borraba con una llamada. Al salir ya era de noche. Caminó hasta la parada, mirando alrededor aunque nadie la seguía. En el autobús se sentó cerca del conductor, como hacen quienes buscan protección. En casa, el marido la recibió en silencio. El hijo salió al pasillo. —¿Cómo ha ido? —He dicho lo que vi. El marido suspiró hondo. —¿Sabes que ahora no van a dejarte en paz? —Lo sé. Esa noche no durmió. Escuchaba los portazos en el portal, pasos en la escalera. Todo movimiento era señal. Por la mañana llevó al hijo al cole; pidió a la tutora que no se lo entregase a desconocidos, por mucha “mamá” que dijeran. La profesora la miró fija, sin preguntas, y asintió. En el trabajo, la jefa fue más seca. Le encargaban menos, como si fuese peligrosa. Notaba miradas esquivas; a su alrededor se abrió un vacío. Dejaron de llamarla una semana; después llegó un mensaje: “Piensa en tu familia”. Sin firma. Lo enseñó al investigador como le indicó. Él respondió: “Registrado. Si pasa algo más, avise”. No se sintió protegida, pero sí que sus palabras no se disolvían. Un día la vecina la alcanzó en el ascensor. —Me han dicho que te has metido en un lío —susurró—. Mi marido suele estar en casa, cualquier cosa, llama, ¿vale? Y hace tiempo queríamos poner cámara en el portal, ¿nos juntamos y la ponemos? Lo dijo fácil, sin épica. A ella le picó el llanto en la garganta. Al mes la volvieron a llamar. El investigador le informó de que el caso iría a juicio, que habría sesiones, que podían requerirla. No prometía justicia, hablaba de procedimientos y expertos. —¿La han amenazado de nuevo? —No, pero siempre lo espero. —Es normal —dijo él—. Intente vivir como antes. Y avise de cualquier cosa. Salió y el “normal” sonaba extraño. La vida ya no era igual. Era más precavida: cambiaba la ruta, no dejaba al hijo solo, grababa las llamadas, avisaba a la amiga. No se sentía fuerte, sólo alguien que aguanta para no caer. En el juicio vio de nuevo al del todoterreno. Sentado, serio, anotando. No la miró. Eso fue peor que el contacto visual: como si fuera simple trámite. Cuando le preguntaron si estaba segura, sintió el miedo ahogarla. Imaginó al hijo en la puerta del colegio, la jefa seria, la madre aconsejando no meterse. Pero contestó: —Sí, estoy segura. Salió del juzgado y se detuvo en las escaleras. Tenía las manos frías, con guantes. Su amiga escribió: “¿Estás bien?”. Respondió: “Estoy. Voy a casa”. Entró en la tienda y compró pan y manzanas, porque hacía falta cenar. Era curioso: el mundo no se había parado, exigía tareas simples. En casa, su hijo la esperaba en la puerta. —Mamá, ¿vienes a la reunión hoy? —preguntó. Ella lo miró. Por esa pregunta se había sostenido. —Sí, pero antes cenamos. Al cerrar después con dos vueltas y la cadena, lo hizo sin miedo: era rutina de nueva vida. El precio era ese equilibrio reaprendido. No ganó, ni fue heroína. Pero le quedó una certeza sencilla y dura: no retrocedió en lo que había visto, y ya no tenía que esconderse de sí misma.

Yo esto lo vi

Estaba apagando la terminal en la contabilidad cuando la jefa se asomó por la puerta y preguntó si al día siguiente podría recoger el informe de proveedores. Su tono era una exigencia tersa, de esas que no se rechazan.

Asintió, aunque en su cabeza brotó al instante la lista: recoger a su hijo en el Colegio Cervantes, pasar por la farmacia por medicamentos para su madre, revisar los deberes en casa. Había aprendido a no discutir, a no llamar la atención, a no dar motivos. En la oficina lo llamaban fiabilidad, en casa serenidad.

Aquella tarde caminaba desde la parada hacia el portal, apretando contra el costado una bolsa con compras del Día. Su hijo iba al lado, embebido en el móvil, preguntando de vez en cuando si podía cinco minutos más. Ella respondía después, confiando en que el después siempre se presenta por sí solo.

En la esquina frente al Centro Comercial Príncipe, se detuvo al ver el semáforo verde de peatones. Los coches se agolpaban en doble fila, alguien tocaba el claxon de forma nerviosa. Dio un paso en el paso de cebra, justo cuando de la derecha surgió un todoterreno negro, como salido de la nada, adelantando al resto y acelerando para cruzar antes de que el ámbar terminase.

El golpe sonó seco, igual que cuando cae un armario pesado. El todoterreno embistió a un Seat Ibiza blanco que entraba al cruce. El Seat giró sobre sí mismo, su parte trasera impulsada hacia el paso. La gente retrocedió asustada; ella sólo pudo tirar del brazo de su hijo, acercándolo a ella.

Un instantey todo quedó quieto. Después alguien gritó. El conductor del Ibiza permanecía doblado, sin levantar aún la cabeza. En el todoterreno las bolsas de aire se dispararon y vio el rostro de un hombre tras el cristal, estirando la mano hacia la puerta.

Dejó su bolsa sobre el asfalto, sacó el móvil y marcó el 112. La voz del operador era neutra, como si no estuviera ocurriendo.

Accidente en el cruce frente al Príncipe, hay heridos dijo, procurando ser clara. El coche blanco acabó en el paso, el conductor no sé si está consciente.

Su hijo se mantenía a su lado, pálido, mirándola como si de pronto hubiese crecido de golpe.

Mientras respondía a las preguntas del operador, un muchacho corrió hasta el Ibiza, abrió la puerta, habló con el conductor. El hombre del todoterreno salió firme y tranquilo, observó, habló por teléfono. Iba en abrigo caro, sin gorro, como si aquello fuera solo un retraso de tren, no una colisión.

Llegó la ambulancia, después la Policía Local. El agente preguntó quién había visto el choque. Alzó la mano porque habría resultado extraño no hacerlo: ella se encontraba justo allí.

Su nombre y datos, por favor dijo el agente, sacando una libreta. Cuénteme cómo fue.

Ella recitó su apellido, dirección en la calle Ávila, el móvil. Las palabras salían secas y firmes. Explicó cómo el todoterreno surgió del carril derecho, el Ibiza circulaba con su semáforo, que había gente en el paso. El agente asentía y anotaba.

El hombre del todoterreno se acercó, fingiendo casualidad. La miró breve, sin amenaza, pero lo suficiente para inquietarla.

¿Está segura? preguntó bajo, casi en confidencia. Hay cámaras, todo se ve.

Yo lo vi respondió, y de inmediato lamentó su tono: demasiado recto.

Él sonrió apenas y se dirigió al policía. Su hijo tiró del abrigo.

Mamá, vámonos a casa suplicó.

El agente le devolvió el DNI, que ella sacó del bolso, y dijo que podrían llamarla para ampliar la declaración. Asintió y, con la compra en mano, atravesó el patio junto a su hijo. En casa se lavó las manos largo rato, aunque estaban limpias. Su hijo callaba, luego preguntó:

¿Van a meter a ese señor en la cárcel?

No lo sé respondió. No es cosa nuestra.

Aquella noche soñó el ruido del golpe, y la forma en que el todoterreno parecía arrastrar el aire consigo.

Al día siguiente, en el trabajo, intentó sumergirse en los números, pero sus pensamientos regresaban al cruce. Tras la comida, le llamaron desde un número desconocido.

Buenas tardes, estuviste ayer en el accidente dijo una voz masculina, cortés y sin presentación. Soy de quienes estuvieron allí. Queremos que no te preocupes.

¿Quién es? preguntó.

No importa. La situación es incómoda, pero todo es menos claro de lo que parece. Entiende que a los testigos les agobian, les llevan meses de juicio. ¿Te compensa meterte en eso? Tienes niño, tienes trabajo.

Hablaba con suavidad, como quien aconseja en una compra de detergente, y eso resultaba inquietante.

Nadie me presiona dijo ella, sintiendo que la voz le titilaba.

Mejor así concordó él. Basta con decir que no estás segura, que todo fue muy repentino. Es lo mejor para todos.

Colgó y miró la pantalla unos segundos. Luego guardó el móvil en el cajón como queriendo esconder también la conversación.

Aquella tarde recogió a su hijo en el colegio y fue a ver a su madre en su piso antiguo de Vallecas. Le abrió la puerta en bata y comenzó a lamentarse por su tensión y por errores en el centro de salud.

Mamá dijo, ayudándole con las pastillas, si tú vieras un accidente y te pidieran no meterte, ¿qué harías?

Su madre la miró cansada.

No me meteríadijo. Ya no estoy para heroicidades. Tú tampoco te metas. Tienes al niño.

Las palabras eran sencillas, casi afectuosas, pero le dolió, sintiendo que su madre dudaba de sus fuerzas.

Al día siguiente volvió la llamada. Otro número.

Sólo nos preocupa esto dijo la voz. Hay que entender, el conductor tiene familia, trabajo. Fue un error, pasa. Pero arrastran a los testigos por años. ¿Para qué meterte? Quizá puedas escribir que no viste el golpe exacto.

Yo lo vi respondió.

¿De verdad quieres meterte en esto? el tono se volvió levemente frío. ¿Dónde estudia tu hijo?

Sintió cómo se le contraía el estómago.

¿Por qué lo sabe? preguntó.

Madrid es pequeño contestaron tranquilos. No somos enemigos. Solo queremos tu tranquilidad.

Cortó y se sentó largo rato en la cocina, mirando la encimera. Su hijo, en la habitación, pasaba los cuadernos. En algún momento se levantó, cerró la puerta con la cadena aunque sabía que la cadena no protege de llamadas.

A los pocos días, un hombre sin distintivos le paró frente al portal.

¿Eres la de la puerta veintisiete? preguntó.

Sí respondió, casi sin pensar.

Vengo por el accidente, no te asustes alzando las manos. Soy amigo de amigos. No quieres pasar años en tribunales. Se puede resolver de forma civilizada. Solo di que no lo tienes claro.

Yo no acepto dinero se le escapó. Ni supo por qué.

Nadie habla de dinero sonrió él. Hablamos de tranquilidad. Tienes hijo, lo sabes. Estamos todos nerviosos. En los colegios hay de todo, y en el trabajo más. ¿Para qué líos?

Dijo líos como quien habla de basura que hay que sacar.

Pasó de largo, sin respuesta. Subió a casa, abrió la puerta, notó que le temblaban las manos. Dejó la bolsa en la entrada, el abrigo en el perchero, y fue a ver a su hijo.

Mañana no salgas solo del colegio dijo, esforzándose en sonar natural. Voy a buscarte yo.

¿Ha pasado algo? preguntó el niño.

No mintió. Y sintió que esa mentira comenzaba a crecer por sí sola.

El lunes recibió la citación. Debía ir a comisaría a declarar y reconocer al conductor. El papel, con sello y membrete, lo guardó entre los documentos, sintiendo que era una piedra más en la cartera.

Por la tarde, la jefa la retuvo antes de irse.

Mira cerrando la puerta. Han venido a preguntar por ti. Muy educados. Dicen que eres testigo y que no te conviene ponerte nerviosa. No me gusta que vengan por mi gente. Ten cuidado.

¿Quién fue? preguntó.

No se presentaron. Pero muy seguros encogiéndose de hombros. Te lo digo como persona. Mejor déjalo estar. Tenemos informes, auditorías. Si empiezan los líos, nos afectan a todos.

Salió del despacho con la sensación de que le arrancaban no sólo el derecho a expresarse, sino también aquel refugio entre números.

En casa lo contó todo a su esposo. Él cenaba sopa y la escuchaba en silencio. Aparte la cuchara.

¿Sabes que esto puede terminar mal? preguntó.

Lo sé dijo ella.

¿Para qué entonces? hablaba sin dureza, más bien resignado. Tenemos hipoteca, tu madre, el niño. ¿Quieres que nos agiten la vida?

No quiero respondió. Pero lo vi.

Él la miró como si hubiera dicho algo infantil.

Olvídalo dijo. No debes nada a nadie.

No discutió. Discutir sería admitir una elección, y el peso de elegir le aplastaba más que las amenazas.

El día de la declaración se levantó temprano, preparó desayuno, verificó el móvil con batería, metió en el bolso el DNI, la citación, el cuaderno. Escribió a su amiga: a dónde iba y la hora prevista. Ella respondió: Ok. Avísame cuando acabes.

En la comisaría olía a papeles y felpudos húmedos. Dejó el abrigo, fue al mostrador. La llevaron al despacho del inspector.

Era joven, de rostro cansado. Le ofreció una silla, encendió la grabadora.

¿Es consciente de la responsabilidad de sus palabras? preguntó.

Sí contestó.

Él preguntó sin presión: dónde estaba, qué semáforo, de qué lado vino el todoterreno, si vio la velocidad. Contestó escueta, sin añadir.

En un momento, él alzó la vista.

¿Alguien la ha contactado?

Ella dudó. Decirlo era reconocer que la tocaban. Callarlo, dejarlo en soledad.

Sí dijo. Me llamaron. Y me esperaron en el portal. Querían que dijera que no estaba segura.

El inspector asintió, como si ya lo esperara.

¿Guarda los números?

Sacó el móvil y mostró las llamadas. Él los anotó, pidió capturas y que las enviara al correo policial. Lo hizo ahí mismo, los dedos torpes.

Después le pidieron esperar en el pasillo para el reconocimiento. Sentada en el banco, sujetaba el bolso. Al fondo abrió la puerta y vio al hombre del todoterreno. Pasaba junto a un abogado, murmurando. Cuando la vio, giró apenas la cabeza; su mirada tranquila, incluso cansada, como quien espera que todo se resuelva.

El abogado se detuvo.

¿Es usted testigo? sonriendo.

Sí respondió.

Le sugiero que tenga cuidado con las palabras dijo, con amabilidad. Bajo tensión, muchos confunden. No querrá cargar luego con errores.

Quiero decir la verdad afirmó.

El abogado alzó las cejas.

Cada uno tiene la suya replicó, alejándose.

La llamaron al despacho. Le mostraron fotos, pidió señalar al conductor. Lo hizo. Firmó la declaración. La pluma trazaba líneas nítidas, algo que le daba calma: el trazo quedaba, no se podía borrar con una llamada.

Al salir era ya de noche. Caminó hacia la parada mirando atrás, aunque nadie la seguía. En el autobús se sentó cerca del conductor, como hacen quienes buscan sentir amparo.

En casa, su marido sólo asintió al verla. Su hijo salió del cuarto.

¿Qué tal? preguntó.

He contado lo que vi dijo.

Su esposo suspiró hondo.

¿Sabes que seguirán? murmuró.

Lo sé repitió.

No durmió. Escuchaba puertas en el portal, pasos por la escalera. Cada ruido era alerta. Al día siguiente llevó a su hijo al colegio ella misma, aunque trastocaba horarios. Pidió a la tutora que no dejaran salir al niño con extraños, ni aunque dijeran ser familia. La profesora miró seria, sin preguntar, y asintió.

En el trabajo, la jefa adoptó un tono más seco. Le recortaron tareas, como si resultase peligrosa. Percibía miradas de los compañeros, que evitaban sostenerle. No había palabras, pero el vacío se formaba alrededor.

Las llamadas desaparecieron unos días; luego llegó un mensaje de un número desconocido: Piensa en la familia. Sin firma. Lo enseñó al inspector, como le había pedido. Él respondió breve: Queda registrado. Si hay más, avisa.

No se sentía protegida, pero sí que sus palabras ya no se perdían.

Un día, la vecina del primero la interceptó en el ascensor.

Me han dicho que estás metida en líos susurró. Si necesitas, mi marido está en casa a menudo. Llama sin miedo. Y de instalar cámara en el portal, llevamos tiempo pensándolo. Podríamos poner dinero entre todos.

Hablaba natural, como quien cambia el interfono. Eso le hizo escocer los ojos.

Al mes volvió la citación. El inspector explicó que el caso sería juzgado, vendrían sesiones, podría ser llamada de nuevo. No prometía que el culpable recibiría lo que para ella era justo. Hablaba de trámites, peritajes, croquis.

¿Le han amenazado más? preguntó él.

No dijo. Pero siempre lo espero.

Es normal contestó. Intente vivir como antes. Y avise si ocurre algo.

Al salir, sintió que normal sonaba extraño. Su vida ya no era la misma. Caminaba con más precaución, alternaba los trayectos, no dejaba solo al hijo en el patio, grababa las llamadas, avisó a su amiga si llegaba a casa. No se sentía fuertese sentía alguien que sostiene la línea para no caer.

En el juzgado volvió a ver al conductor del todoterreno. Recto en su asiento, escuchando, anotando, sin mirarla. Eso dolía más que mirarla: como si fuese un trámite inevitable.

Al preguntarle si estaba segura de sus palabras, una ola de miedo la recorrió. Vio a su hijo en la puerta del colegio, a la jefa, a la madre que le dijo que no se metiera. Y aún así respondió:

Sí. Estoy segura.

Tras la audiencia salió y se detuvo junto a los peldaños. Las manos frías, pese a los guantes. Su amiga escribió: ¿Cómo estás? Contestó: Viva. Voy a casa.

Al pasar por el supermercado compró pan y manzanas; había que cenar igual. Eso la reconfortó: el mundo no se detenía, exigía gestos sencillos.

En casa, su hijo la esperaba en la puerta.

Mamá, ¿vas hoy a la reunión del cole? preguntó.

La miró y comprendió que ese tipo de preguntas le daba fortaleza.

Claro que voy dijo. Pero comamos primero.

Más tarde, al cerrar con los dos cerrojos y comprobar la cadena, notó que no lo hacía con miedo, sino con la serenidad nueva que había aprendido. El precio era ese sosiego, duro, reeducado. No había ganado nada, ni agradecimientos, ni se convirtió en heroína. Sólo le quedó una verdad modesta y pesada: no se apartó de lo que vio, y ya no tenía que esconderse de sí misma.

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MagistrUm
Lo vi con mis propios ojos Cerraba la caja en la contabilidad cuando la jefa asomó la cabeza por el despacho y le preguntó si podía encargarse mañana del informe de proveedores. Su tono era una suave orden de las que no se rechazan. Ella asintió, aunque en su cabeza ya sumaba la lista: recoger al hijo del colegio, pasar por la farmacia por las pastillas de su madre, revisar los deberes en casa. Hacía tiempo que vivía así: sin discutir, sin llamar la atención, sin dar motivos. En el trabajo lo llamaban fiabilidad; en casa, tranquilidad. Esa tarde caminaba desde la parada hasta casa, apretando la bolsa de la compra contra el costado. El hijo iba al lado, absorto en el móvil, y de vez en cuando pedía “cinco minutos más”. Ella respondía “luego”, porque el luego siempre llegaba. Al cruzar la avenida junto al centro comercial, esperó al verde de peatones. Los coches parados en dos filas; alguno tocaba el claxon de forma nerviosa. Ella pisó el paso de cebra justo cuando de la derecha salió disparado un todoterreno oscuro, adelantó a todos los parados y quiso colarse con el semáforo titilando. El golpe sonó seco, como si se hubiera caído un armario pesado. El todoterreno chocó contra un “Seat Ibiza” blanco que cruzaba el cruce. El Ibiza giró, y la parte trasera se fue al paso de peatones. La gente se echó atrás. Ella sólo pudo agarrar a su hijo por la manga y tirar de él consigo. Un segundo y todo se detuvo. Después alguien gritó. El conductor del Ibiza estaba encorvado, tardó en levantar la cabeza. Del todoterreno saltaron los airbags y tras el cristal vislumbró la cara de un hombre que ya intentaba salir. Ella dejó la bolsa en el asfalto, sacó el móvil y marcó el 112. La voz al otro lado era serena, como si aquello no sucediera allí. —Accidente en el cruce junto al centro comercial, hay heridos —dijo tratando de hablar claro—. El coche blanco está en el paso, no sé si el conductor está consciente. Su hijo, pálido, la miraba como si de repente fuera realmente adulta. Mientras hablaba con la operadora, otro joven corrió al Ibiza, abrió la puerta, habló con el conductor. El hombre del todoterreno salió rápido, seguro, miró alrededor y dijo algo por teléfono. Iba bien vestido, sin gorro, con la actitud de quien cree que todo es un pequeño contratiempo. Llegaron la ambulancia y la policía. El agente pidió que levantara la mano quien había visto el choque. Ella la levantó, era lo natural; estaba justo allí. —Sus datos, por favor —dijo el agente—. Cuéntenos cómo fue. Ella dio apellido, dirección, teléfono. Las palabras salían secas y precisas. Explicó que el todoterreno salió de la derecha, que el Ibiza iba con su luz, que había gente en el paso. El agente asentía, anotaba. El hombre del todoterreno se acercó, casualmente. La miró breve, sin amenaza, pero con un aire incómodo. —¿Está segura? —preguntó en voz baja, como de pasada—. Hay cámara, se ve todo. —Vi lo que ocurrió —respondió ella. De inmediato lamentó el tono, demasiado firme. Él sonrió apenas y se fue. El hijo tiró de su manga. —Mamá, vámonos a casa —pidió. El agente le devolvió el DNI y dijo que podría recibir otra llamada para concretar detalles. Ella asintió, recogió la bolsa y llevó al niño por el patio. En casa, se lavó las manos largo rato aunque estaban limpias. El hijo, callado, le preguntó si iban a meter en la cárcel al señor. —No lo sé —respondió—. Eso no lo decidimos nosotros. Esa noche soñó el sonido seco del impacto y el todoterreno empujando el aire. Al día siguiente, en el trabajo, las cifras no la dejaban concentrarse; la mente volvía una y otra vez al cruce. Tras comer, recibió una llamada de número desconocido. —Buenas tardes, usted presenció el accidente ayer —dijo un hombre, educado, sin presentarse—. Le llamo de parte de los implicados. Queremos tranquilizarla. —¿Quién es usted? —preguntó ella. —No importa. La situación es complicada. Sabe usted que a los testigos los presionan, los llevan a juicios. ¿Le merece la pena? Tiene un hijo, trabajo. Hablaba suave, como quien recomienda un detergente. Así daba más miedo. —Nadie me está acosando —dijo ella, notando temblar la voz. —Ni falta que hace —respondió—. Sólo diga que no está segura, que fue todo rápido. Así todos estarán más tranquilos. Colgó y se quedó mirando la pantalla antes de guardar el móvil en el cajón, como si así escondiera toda la conversación. Por la tarde recogió a su hijo, fue a visitar a su madre. Vivía en el barrio de al lado, en un quinto sin ascensor. La recibió en bata, quejándose del médico y la tensión. —Mamá —dijo mientras le daba las pastillas—, si hubieses visto el accidente y te pidieran que no te metieras, ¿qué harías? La madre la miró cansada. —No me metería —respondió—. No necesito heroísmos a mi edad. Tú tampoco. Tienes un hijo. Era casi una frase de cariño, pero a ella le dolió, como si dudara de su fortaleza. Al día siguiente la llamada se repitió, número distinto. —Nos preocupa la situación —dijo la misma voz—. Sabe usted, ese señor tiene familia, trabajo. Un error, a cualquiera le pasa. Los testigos acaban en juicios años. ¿Para qué exponerse? Quizá debería poner que no vio el momento del impacto. —Lo vi —afirmó ella. —¿Está segura de que quiere complicarse? —el tono se enfrió—. ¿En qué colegio estudia su hijo? Sintió un nudo en el estómago. —¿Cómo lo sabe? —preguntó. —El mundo es pequeño —replicó calmado—. No somos enemigos. Queremos tranquilidad para usted. Colgó y se quedó en la cocina mirando la encimera. El hijo hacía los deberes en su cuarto. Luego puso la cadena a la puerta, aunque sabía que no servía de nada frente a llamadas. Unos días después la paró en el portal un hombre sin distintivos. —¿Es usted del piso veintisiete? —preguntó. —Sí —respondió automáticamente. —Por el accidente, no se asuste —alzando las manos en gesto pacífico—. Soy amigo de unos amigos. No querrá que la lleven a juicios, ¿verdad? Se puede arreglar. Diga simplemente que no está segura y ya. —No quiero dinero —le salió sin pensar. Ella misma se sorprendió. —Nadie habla de dinero —respondió, sonriendo—. Hablamos de su tranquilidad. Tiene usted un hijo. El ambiente está tenso. En la escuela, en el trabajo… ¿Para qué complicarse? Dijo “complicarse” como si fuese basura que se puede sacar. Ella pasó junto a él sin responder, subió a casa y sólo entonces notó que las manos le temblaban. Dejó la bolsa, se quitó la chaqueta y fue a buscar a su hijo. —Mañana espérame en la puerta del colegio, no salgas solo —le pidió tranquilo—. Te recogeré yo. —¿Ha pasado algo? —preguntó el niño. —Nada —mintió ella, sabiendo que esa mentira ya vivía aparte. El lunes recibió la citación. Tenía que ir a comisaría a declarar y reconocer al conductor del accidente. El papel era oficial, con sello. Lo guardó entre los documentos, sentía que guardaba una piedra. Esa tarde la jefa la retuvo. —Oye —dijo cerrando la puerta—. Han venido preguntando por ti. Muy educados. Dijeron que eres testigo y sería mejor que no te estresaras. No quiero que vengan por mis empleadas. Ten cuidado. —¿Quién vino? —preguntó. —No se presentaron. Pero… seguros —encogió hombros—. Te lo digo como persona: quizá sería mejor no meterse. Tenemos informes, inspecciones. Si empiezan las llamadas, nos entorpecen. Salió del despacho sintiendo que no sólo le quitaban la palabra, sino también el refugio donde se escondía entre números. En casa se lo contó todo a su marido. Comía sopa sin decir nada. Luego apartó la cuchara. —¿Sabes que esto puede acabar mal? —preguntó. —Lo sé. —¿Entonces por qué? —no era brusco, hablaba cansado—. Tenemos hipoteca, tu madre, el niño. ¿Quieres que nos revuelvan la vida? —No quiero. Pero lo vi. Él la miró como si hubiera dicho algo infantil. —Olvida que lo viste —sentenció—. No le debes nada a nadie. Ella no discutió. Discutir habría sido admitir que tenía elección, y la elección pesaba más que las amenazas. El día de la citación se levantó temprano, preparó el desayuno del hijo, comprobó que llevaba el móvil cargado. Echó en el bolso el DNI, la citación, un cuaderno. Avisó a una amiga: adónde iba y a qué hora debía regresar. Su amiga respondió: “Vale. Avísame cuándo salgas”. La comisaría olía a papel y alfombras húmedas. Se quitó la chaqueta y fue al mostrador. Le indicaron el despacho del investigador. Era joven, rostro cansado. Le ofreció una silla, encendió la grabadora. —¿Es consciente de la responsabilidad de mentir en su declaración? —preguntó. —Sí —respondió. Preguntaba tranquilo. ¿Dónde estaba, qué luz había, de qué lado venía el todoterreno, velocidad? Ella respondía sin añadir nada. En un momento levantó la vista. —¿Alguien la ha contactado? Ella dudó. Contarlo era admitir que la habían tocado. No contarlo era quedarse sola. —Sí. Han llamado y me han parado en el portal. Me pidieron que dijera que no estaba segura. El investigador asintió, como si lo esperara. —¿Tiene los números? Ella mostró el móvil. Él los anotó, le pidió capturas y que las enviara al correo oficial. Lo hizo, aunque los dedos no respondían bien. Después le pidieron esperar para el reconocimiento. Sentada en un banco, con el bolso en el regazo. La puerta al fondo se abrió y vio al hombre del todoterreno. Venía con el abogado, murmurando algo. Al pasar, miró hacia ella un instante. Tranquilo, cansado, como quien está acostumbrado a que todo se solucione. El abogado se paró junto a ella. —¿Es usted la testigo? —preguntó amable. —Sí. —Le recomiendo cuidado al declarar —dijo, igual de suave—. En tensión, la gente se equivoca. No querrá tener que responder por ello después. —Sólo quiero decir la verdad. Él alzó levemente una ceja. —La verdad… cada uno tiene la suya —replicó, y se apartó. En el despacho, le mostraron fotos, tuvo que señalar al conductor. Lo hizo. Firmó el acta. El trazo de la pluma en el papel la tranquilizaba: el rastro quedaba, no se borraba con una llamada. Al salir ya era de noche. Caminó hasta la parada, mirando alrededor aunque nadie la seguía. En el autobús se sentó cerca del conductor, como hacen quienes buscan protección. En casa, el marido la recibió en silencio. El hijo salió al pasillo. —¿Cómo ha ido? —He dicho lo que vi. El marido suspiró hondo. —¿Sabes que ahora no van a dejarte en paz? —Lo sé. Esa noche no durmió. Escuchaba los portazos en el portal, pasos en la escalera. Todo movimiento era señal. Por la mañana llevó al hijo al cole; pidió a la tutora que no se lo entregase a desconocidos, por mucha “mamá” que dijeran. La profesora la miró fija, sin preguntas, y asintió. En el trabajo, la jefa fue más seca. Le encargaban menos, como si fuese peligrosa. Notaba miradas esquivas; a su alrededor se abrió un vacío. Dejaron de llamarla una semana; después llegó un mensaje: “Piensa en tu familia”. Sin firma. Lo enseñó al investigador como le indicó. Él respondió: “Registrado. Si pasa algo más, avise”. No se sintió protegida, pero sí que sus palabras no se disolvían. Un día la vecina la alcanzó en el ascensor. —Me han dicho que te has metido en un lío —susurró—. Mi marido suele estar en casa, cualquier cosa, llama, ¿vale? Y hace tiempo queríamos poner cámara en el portal, ¿nos juntamos y la ponemos? Lo dijo fácil, sin épica. A ella le picó el llanto en la garganta. Al mes la volvieron a llamar. El investigador le informó de que el caso iría a juicio, que habría sesiones, que podían requerirla. No prometía justicia, hablaba de procedimientos y expertos. —¿La han amenazado de nuevo? —No, pero siempre lo espero. —Es normal —dijo él—. Intente vivir como antes. Y avise de cualquier cosa. Salió y el “normal” sonaba extraño. La vida ya no era igual. Era más precavida: cambiaba la ruta, no dejaba al hijo solo, grababa las llamadas, avisaba a la amiga. No se sentía fuerte, sólo alguien que aguanta para no caer. En el juicio vio de nuevo al del todoterreno. Sentado, serio, anotando. No la miró. Eso fue peor que el contacto visual: como si fuera simple trámite. Cuando le preguntaron si estaba segura, sintió el miedo ahogarla. Imaginó al hijo en la puerta del colegio, la jefa seria, la madre aconsejando no meterse. Pero contestó: —Sí, estoy segura. Salió del juzgado y se detuvo en las escaleras. Tenía las manos frías, con guantes. Su amiga escribió: “¿Estás bien?”. Respondió: “Estoy. Voy a casa”. Entró en la tienda y compró pan y manzanas, porque hacía falta cenar. Era curioso: el mundo no se había parado, exigía tareas simples. En casa, su hijo la esperaba en la puerta. —Mamá, ¿vienes a la reunión hoy? —preguntó. Ella lo miró. Por esa pregunta se había sostenido. —Sí, pero antes cenamos. Al cerrar después con dos vueltas y la cadena, lo hizo sin miedo: era rutina de nueva vida. El precio era ese equilibrio reaprendido. No ganó, ni fue heroína. Pero le quedó una certeza sencilla y dura: no retrocedió en lo que había visto, y ya no tenía que esconderse de sí misma.