¿Lo recuerdo? ¡Imposible olvidar! —Pola, tengo que contarte algo… Bueno, ¿te acuerdas de mi hija ilegítima, Anastasia? —mi marido hablaba en enigmas. Eso ya me inquietaba. —¿Que si me acuerdo? ¡Imposible olvidar! ¿Y qué pasa? —me senté en la silla anticipando problemas. —No sé ni cómo decírtelo… Anastasia ruega que acojamos a su hija, es decir, a nuestra nieta —murmuró mi marido. —¿Y ahora, de pronto, por qué? ¿Qué pasa con el marido de Anastasia? ¿Le ha dado por hacer el vago? —ya empezaba a interesarme el asunto. —Verás, a Anastasia le queda poco de vida. Nunca ha habido marido. Su madre se casó hace años con un extranjero y vive en Estados Unidos. Anastasia no tiene relación con ella, están tremendamente peleadas. Y no le quedan más parientes. Por eso lo pide —Shurik se ruborizaba, sin mirarme a los ojos. —¿Y? ¿Qué vas a hacer? —yo ya tenía claro lo que haría. —Por eso te lo consulto, Pola. Lo que digas, haremos —finalmente Shurik me miró preguntando. —Qué bonito. O sea, pecaste en la juventud, y ahora Pola debe hacerse cargo de la hija ajena. ¿Verdad? —me hervía la sangre por la falta de carácter de mi marido. —Pola, somos una familia. Hay que decidir juntos —Shurik trató de convencerme. —Vaya, ahora te acuerdas de eso. Pero cuando andabas de aventuras, ¿por qué no me consultaste? ¡Soy tu mujer! —rompí a llorar y me fui a otra habitación. …En el colegio salía con mi compañero Valerio, pero en cuanto llegó un nuevo, Alejandro, me olvidé del mundo entero. Pronto corté con Valerio. Alejandro se fijó en mí, me acompañaba a casa, me daba calorosos besos en la mejilla y me regalaba flores robadas del parterre. A la semana ya me llevó a la cama. Ni rechisté. Me enamoré de Shurik para toda la vida. Acabamos el instituto y llamaron a Alejandro a la mili. Le lloré en el andén como una magdalena. Un año intercambiando cartas. Volvió de permiso, yo no sabía ni cómo acogerle de los nervios. Shurik me llenaba de halagos, y yo me los creía todos: —Pola, cuando vuelva, en un año, nos casamos. Pero para mí ya eres como mi esposa. Tras aquellas palabras me inundaba el amor y la ternura… Así será siempre: Shurik me mira dulce de arriba a abajo y yo me derrito como un helado al sol, como chocolate entre las manos. Se fue a la mili, yo le esperaba convencida de ser su prometida. Medio año después llega carta suya: mejor dejarlo, que ha encontrado el amor verdadero en la base y no va a volver. Y yo, con ese hijo suyo pateando en mi barriga. Menuda boda. Tal como decía mi abuela: —No te fíes de la miel en flor, sino del grano en el granero. …Al tiempo nació Iván. Valerio, mi ex, se ofreció a ayudarme y yo, desesperada, acepté. Sí, fui íntima con Valerio. No creí que volvería a ver jamás a Shurik. Desapareció de mi vida, no daba señales. Y de pronto, volvió. Valerio abrió la puerta. —¿Se puede pasar? —sorprendido, preguntó Shurik. —Entra, ya que vienes —Valerio, de mala gana, lo dejó pasar. El niño agarrado a Valerio, llorando, viendo la tensión. —Valerio, llévate a Vanechka de paseo —no sabía cómo actuar. Se fueron. —¿Marido? —preguntó Shurik con celos. —¿A ti qué te importa? ¿Por qué has venido? —me enfadaba, sin adivinar sus intenciones. —Te echo de menos. Ya veo que tienes familia, Polina. Que no me esperaste. Bueno, me voy. Perdón por interrumpir vuestra idílica familia —Shurik se disponía a irse. —Espera, Sacha. ¿A qué has venido? ¿A hacerme daño? Valerio solo me ayuda a no sentirme sola. Por si te interesa, él cría a tu hijo de dos años —intenté retener a Sacha. El amor no muere tan fácil. —He vuelto por ti, Polina. ¿Me aceptas? —Shurik me miró esperanzado. —Pasa, vamos a comer —y el corazón me cayó a los pies. Vuelve a casa, así que no me ha olvidado. ¿Para qué resistirme? Valerio otra vez suplente. Mi Iván necesita a su verdadero padre, no a un padrastro. Después Valerio se casó con una buena mujer y adoptó a sus dos hijos. …Pasaron los años. Shurik jamás quiso a mi hijo como padre, siempre sospechó que era de Valerio. Shurik no sentía nada por él. Lo notaba. Sacha siempre fue de “faldas”. Se encaprichaba y las dejaba fácil. Se lió con mis amigas, con las amigas de mis amigas… Yo lloraba, pero seguía cuidando de nuestra familia, amándolo. Quizás lo tenía más fácil que Shurik. Quien ama, vive en feliz ignorancia. No tenía que inventarme mentiras o excusas. Solo lo amaba. Era mi sol. A veces quería dejarlo, pero por las noches me arrepentía: ¿dónde iba a encontrar otro igual? Sacha sin mí, se pierde. Soy su amante, esposa y madre. …Su madre murió cuando Shurik tenía catorce años. Quizás por eso busca en otras mujeres lo que jamás recibió. Todo, todo se lo perdonaba y lo compadecía. Una vez, tras una fuerte pelea, eché a Sacha de casa. Se fue con la familia y no regresó pasado un mes. Cuando fui a buscarle, su tía me dijo: —¿Para qué quieres a Shurik? Dijo que os habéis divorciado y ahora tiene novia. Gracias a ella, localicé la casa de la nueva y fui a verla. —¿Está Sacha? —le pregunté. Me cerró la puerta en las narices con una sonrisita. …Sacha volvió a casa un año después. La chica tuvo una hija, Anastasia. Siempre me he culpado por haberle echado de casa; quizás esa chica jamás habría tenido ocasión de “pescar” a mi marido y tenerle una hija. A partir de entonces, lo mimé más aún; lo amaba sin medida. Nunca hablábamos de Anastasia, la hija ilegítima. Si salía el tema, parecía que todo se desmoronaría. Callábamos por no despertar el monstruo. Bueno, tenía una hija con otra… ¡Pasa hasta en las mejores familias! Que no se metan las arpías en matrimonios ajenos. Así vivíamos; con los años, Shurik se volvió más apacible, dócil y hogareño. Las amantes desaparecieron. Pasaba más tiempo en casa, viendo la tele. Nuestro hijo se casó joven y nos dio tres nietos. Y de pronto… Aparece, tras años, la hija ilegítima, Anastasia. Pide que acojamos a su hija. Hay que pensar. ¿Cómo explicar a Iván la llegada de una chica extraña? No sabe nada de las aventuras juveniles de su padre. …Por supuesto, nos hicimos cargo legalmente de la pequeña Alina, de cinco años. Anastasia murió, con tan solo treinta. Toda tumba la cubre la hierba, pero la vida sigue. Shurik habló con Iván de hombre a hombre. Nuestro hijo, tras escuchar la confesión de su padre, sentenció: —Papá, lo pasado, pasado está. No soy juez. Pero la niña es de la familia, hay que acogerla. Suspiramos de alivio, Sacha y yo. Nuestro hijo es bueno y generoso. …Alina tiene hoy dieciséis años. Adora a su abuelo Sacha, le cuenta sus secretos, me llama abuela y dice que de joven era igual a ella. Y yo, por supuesto, le doy la razón sin dudarlo…

¿Me acuerdo yo? ¡No puedo olvidar!
María, verás Pues eso, ¿te acuerdas de mi hija ilegítima, Carmen? mi marido hablaba con medias palabras, siempre tan esquivo. Ya empiezo a ponerme en guardia.
¿Que si me acuerdo? ¡Eso no se olvida! ¿Y qué pasa? me siento en la silla, anticipando que vienen mal dadas.
No sé ni cómo decírtelo Carmen me ha suplicado que nos llevemos a su hija, o sea, a mi nieta musita Javier, mi marido.
¿Y eso por qué, Javier? ¿Y el padre de Carmen, qué pinta? ¿Se ha vuelto loco? ahora sí me despierta la curiosidad, estoy intrigada.
Mira, a Carmen no le queda mucho tiempo de vida. Nunca estuvo casada. Su madre se fue hace años a Francia, se casó allí y vive en Lyon, apenas se hablan por una discusión tremenda. Carmen no tiene más familia. Por eso nos pide esto Javier apenas me mira, parece un niño pillado en una travesura.
¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? ¿Qué decides? la decisión en realidad ya me ronda la cabeza.
Por eso quería hablarlo contigo, María. Lo que digas, se hace por fin levanta la mirada y busca mi aprobación.
Vaya, qué listo. O sea, tú cometiste tus pecados de juventud y ahora, María, te comes el marrón y llevas sobre tus hombros a una niña que ni tuya es. ¿Eso, no? me saca de mis casillas tanta falta de temple.
María, somos una familia, se decide entre los dos Javier intenta ser firme.
¡Venga ya! Cuando te liabas con esa chica, bien que no viniste a consultarme, ¿eh? ¡Y eso que ya era tu mujer! no contengo las lágrimas y me encierro en otra habitación.

En el instituto salía con un compañero, Luis. Pero cuando llegó aquel nuevo, Alejandro, me olvidé del mundo entero. Le di puerta a Luis enseguida. Alejandro se fijó en mí, empezó a acompañarme a casa, me besaba con pasión en la mejilla y me traía flores robadas del parque. Una semana después, pues de cabeza a la cama. Ni rechisté. Me quedé colgada de Javier para siempre. Acabamos el Bachillerato y él se fue a la mili. Yo llorando a lagrimón partido en la estación, despidiendo al amor de mi vida. Hacía el servicio militar en Salamanca.
Nos escribimos un año entero y después Alejandro volvió de permiso. Yo estaba loca de contenta, no sabía qué hacer para agradarle más. Era como un perrito a sus pies. Javier me llenaba de piropos, yo era toda oídos:
María, cuando termine la mili volvemos y nos casamos. Qué más da, si ya eres mi mujer.
Después de esas palabras una oleada de ternura me invadía Así fue y sería siempre: Javier me miraba con esa dulzura que me derretía más rápido que el chocolate al sol.
Alejandro volvió a Salamanca y yo me sentía novia prometida, esperándole con ansia. Medio año más tarde, recibo una carta de él. Dice que todo terminó, que ha encontrado el amor verdadero en la base militar, que no piensa regresar a Madrid.
Y yo, con el hijo de Alejandro pateando en mi vientre. Pues mira qué boda. Como decía mi abuela: No creas lo que promete el trigo en abril, sino lo que deja en la era.
Llegó el momento, nació Juan. Hay que decirlo: Luis, el antiguo novio, se brindó para ayudarme y, por pura desesperación, acepté. Sí, me uní a Luis. No esperaba volver a ver a Javier.
Él desapareció por completo. Y de repente, un día aparece. Luis abrió la puerta. Delante estaba Alejandro.
¿Se puede pasar? Javier se mostró desconcertado.
Si ya has venido, pasa Luis lo deja entrar a regañadientes.
Juan, sintiendo el ambiente tenso, se echó a llorar y se abrazó a Luis.
Luis, ve a dar una vuelta con Juan, anda yo no sabía ni qué hacer ni qué decir.
Se fueron.
¿Es tu marido? preguntó Javier, hiriente, celoso.
¿A ti qué te importa? ¿A qué has venido? yo estaba furiosa, sin idea de sus intenciones.
Te echaba de menos, nada más. Ya veo que te has arreglado la vida, María. Familia tienes. Está claro que no me esperaste. Bueno, me voy. Perdona la intromisión en vuestra felicidad Javier se disponía a irse.
Espera, Alejandro. ¿Para qué has venido? ¿Sólo para herirme? Luis me ayuda a sobrellevar la soledad. Y está criando a tu hijo de dos años, por cierto yo trataba de que se quedara, seguía enamorada de él.
He vuelto para ti, María. ¿Me aceptas? Javier me mira esperanzado.
Anda, pasa, que tenemos comida me tembló todo el cuerpo, me invadió esa sensación de triunfo y alegría. Volvió, no me olvidó. ¿Qué sentido tenía negarme?
Luis otra vez quedó fuera. A mi Juan lo crió su verdadero padre y no un padrastro. Luego, Luis se casó con una buena mujer, madre de dos hijos.
Pasaron los años. Javier nunca logró querer a Juan como propio. Siempre lo trató como ajeno, convencido de que Juan era de Luis.
Javier, en el fondo, nunca tuvo remordimientos con su hijo. Yo lo sentía. La verdad, Alejandro siempre fue un mujeriego empedernido. Se encaprichaba y se desenamoraba al instante. Me engañó mil veces, con amigas mías y hasta con amigas de mis amigas Yo sufría, lloraba ríos, pero seguía enamorada, quería salvar la familia.
Tal vez era más fácil para mí que para él. Quien ama es dichoso en la ignorancia. No tenía que mentir ni inventar excusas inútiles. Amaba y punto. Mi esposo era mi sol. Por las noches, cuando pensaba en dejarlo todo, me machacaba la cabeza: ¿a dónde ir? ¿Dónde encontraría yo otro como él? Sin mí, Alejandro se perdería. Yo era para él amante, esposa y madre.
Javier perdió a su madre con catorce años, murió mientras dormía. Quizá por eso él buscó toda la vida el cariño que le faltó, incluso con otras mujeres. Yo, por mi parte, le perdonaba siempre, le comprendía, lo quería aún más. Una vez nos peleamos de verdad. Tanto, que lo eché de casa. Cogió sus cosas y se fue a casa de unos parientes.
Pasó un mes y ni recordaba el motivo de la pelea, pero Javier no regresaba. Al final, me fui a buscarlo. Su tía se quedó alucinada al verme.
María, ¿para qué quieres a Javier? Dice que os habéis separado. Ahora tiene una novia nueva.
La tía, sin querer, me dio la dirección de la chica. Allí fui directamente.
Buenos días. ¿Está Alejandro? intenté ser amable.
La chica me miró desafiante y cerró la puerta en mis narices. Me fui sin decir nada.
Alejandro regresó al cabo de un año. Y la chica tuvo una hija, Carmen. Siempre me he reprochado haberlo echado de casa entonces. Igual, si no lo hubiera hecho, esa chica no lo habría atrapado y no habría nacido Carmen. Desde entonces intenté tratar mejor a Javier, darle todo mi cariño, amarle sin condiciones.
Nunca mencionamos el tema de la hija ilegítima. Parecía que si hablábamos de ella, nuestra familia se desmoronaba como un castillo de naipes. Silencio, mejor no despertar fantasmas.
Vaya cosa, una hija con otra. ¿A quién no le pasa? Que dejen de meterse en camas ajenas y punto.
Con los años, Javier se volvió más tranquilo, sumiso y dócil. Las amantes desaparecieron. Veía la tele en casa, pasaba tiempo conmigo. Nuestro hijo se casó joven y nos regaló tres nietos. Y ahora esto
Aparece Carmen, la hija ilegítima, después de tantos años. Nos pide que cuidemos de su hija.
¿Y ahora qué? ¿Cómo explicarle a Juan la llegada de una chica extraña a la familia? Él ni sospecha las historias de su padre.
Por supuesto, organizamos la tutela para la pequeña, que se llama Alba. Carmen murió joven, a los treinta años. La vida sigue y toda herida se cura con el tiempo.
Javier fue quien habló con nuestro hijo, de hombre a hombre. Juan, escuchando la confesión, resumió:
Papá, mamá, el pasado es pasado, yo no soy quién para juzgaros. A la niña hay que acogerla, es de la familia.
Javier y yo respiramos aliviados. Qué hijo más noble y bondadoso tenemos.
Hoy Alba tiene dieciséis años. A su abuelo Javier lo adora, son confidentes. A mí me llama abuela y dice que se parece a mí de joven. Yo, claro, asiento feliz.

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MagistrUm
¿Lo recuerdo? ¡Imposible olvidar! —Pola, tengo que contarte algo… Bueno, ¿te acuerdas de mi hija ilegítima, Anastasia? —mi marido hablaba en enigmas. Eso ya me inquietaba. —¿Que si me acuerdo? ¡Imposible olvidar! ¿Y qué pasa? —me senté en la silla anticipando problemas. —No sé ni cómo decírtelo… Anastasia ruega que acojamos a su hija, es decir, a nuestra nieta —murmuró mi marido. —¿Y ahora, de pronto, por qué? ¿Qué pasa con el marido de Anastasia? ¿Le ha dado por hacer el vago? —ya empezaba a interesarme el asunto. —Verás, a Anastasia le queda poco de vida. Nunca ha habido marido. Su madre se casó hace años con un extranjero y vive en Estados Unidos. Anastasia no tiene relación con ella, están tremendamente peleadas. Y no le quedan más parientes. Por eso lo pide —Shurik se ruborizaba, sin mirarme a los ojos. —¿Y? ¿Qué vas a hacer? —yo ya tenía claro lo que haría. —Por eso te lo consulto, Pola. Lo que digas, haremos —finalmente Shurik me miró preguntando. —Qué bonito. O sea, pecaste en la juventud, y ahora Pola debe hacerse cargo de la hija ajena. ¿Verdad? —me hervía la sangre por la falta de carácter de mi marido. —Pola, somos una familia. Hay que decidir juntos —Shurik trató de convencerme. —Vaya, ahora te acuerdas de eso. Pero cuando andabas de aventuras, ¿por qué no me consultaste? ¡Soy tu mujer! —rompí a llorar y me fui a otra habitación. …En el colegio salía con mi compañero Valerio, pero en cuanto llegó un nuevo, Alejandro, me olvidé del mundo entero. Pronto corté con Valerio. Alejandro se fijó en mí, me acompañaba a casa, me daba calorosos besos en la mejilla y me regalaba flores robadas del parterre. A la semana ya me llevó a la cama. Ni rechisté. Me enamoré de Shurik para toda la vida. Acabamos el instituto y llamaron a Alejandro a la mili. Le lloré en el andén como una magdalena. Un año intercambiando cartas. Volvió de permiso, yo no sabía ni cómo acogerle de los nervios. Shurik me llenaba de halagos, y yo me los creía todos: —Pola, cuando vuelva, en un año, nos casamos. Pero para mí ya eres como mi esposa. Tras aquellas palabras me inundaba el amor y la ternura… Así será siempre: Shurik me mira dulce de arriba a abajo y yo me derrito como un helado al sol, como chocolate entre las manos. Se fue a la mili, yo le esperaba convencida de ser su prometida. Medio año después llega carta suya: mejor dejarlo, que ha encontrado el amor verdadero en la base y no va a volver. Y yo, con ese hijo suyo pateando en mi barriga. Menuda boda. Tal como decía mi abuela: —No te fíes de la miel en flor, sino del grano en el granero. …Al tiempo nació Iván. Valerio, mi ex, se ofreció a ayudarme y yo, desesperada, acepté. Sí, fui íntima con Valerio. No creí que volvería a ver jamás a Shurik. Desapareció de mi vida, no daba señales. Y de pronto, volvió. Valerio abrió la puerta. —¿Se puede pasar? —sorprendido, preguntó Shurik. —Entra, ya que vienes —Valerio, de mala gana, lo dejó pasar. El niño agarrado a Valerio, llorando, viendo la tensión. —Valerio, llévate a Vanechka de paseo —no sabía cómo actuar. Se fueron. —¿Marido? —preguntó Shurik con celos. —¿A ti qué te importa? ¿Por qué has venido? —me enfadaba, sin adivinar sus intenciones. —Te echo de menos. Ya veo que tienes familia, Polina. Que no me esperaste. Bueno, me voy. Perdón por interrumpir vuestra idílica familia —Shurik se disponía a irse. —Espera, Sacha. ¿A qué has venido? ¿A hacerme daño? Valerio solo me ayuda a no sentirme sola. Por si te interesa, él cría a tu hijo de dos años —intenté retener a Sacha. El amor no muere tan fácil. —He vuelto por ti, Polina. ¿Me aceptas? —Shurik me miró esperanzado. —Pasa, vamos a comer —y el corazón me cayó a los pies. Vuelve a casa, así que no me ha olvidado. ¿Para qué resistirme? Valerio otra vez suplente. Mi Iván necesita a su verdadero padre, no a un padrastro. Después Valerio se casó con una buena mujer y adoptó a sus dos hijos. …Pasaron los años. Shurik jamás quiso a mi hijo como padre, siempre sospechó que era de Valerio. Shurik no sentía nada por él. Lo notaba. Sacha siempre fue de “faldas”. Se encaprichaba y las dejaba fácil. Se lió con mis amigas, con las amigas de mis amigas… Yo lloraba, pero seguía cuidando de nuestra familia, amándolo. Quizás lo tenía más fácil que Shurik. Quien ama, vive en feliz ignorancia. No tenía que inventarme mentiras o excusas. Solo lo amaba. Era mi sol. A veces quería dejarlo, pero por las noches me arrepentía: ¿dónde iba a encontrar otro igual? Sacha sin mí, se pierde. Soy su amante, esposa y madre. …Su madre murió cuando Shurik tenía catorce años. Quizás por eso busca en otras mujeres lo que jamás recibió. Todo, todo se lo perdonaba y lo compadecía. Una vez, tras una fuerte pelea, eché a Sacha de casa. Se fue con la familia y no regresó pasado un mes. Cuando fui a buscarle, su tía me dijo: —¿Para qué quieres a Shurik? Dijo que os habéis divorciado y ahora tiene novia. Gracias a ella, localicé la casa de la nueva y fui a verla. —¿Está Sacha? —le pregunté. Me cerró la puerta en las narices con una sonrisita. …Sacha volvió a casa un año después. La chica tuvo una hija, Anastasia. Siempre me he culpado por haberle echado de casa; quizás esa chica jamás habría tenido ocasión de “pescar” a mi marido y tenerle una hija. A partir de entonces, lo mimé más aún; lo amaba sin medida. Nunca hablábamos de Anastasia, la hija ilegítima. Si salía el tema, parecía que todo se desmoronaría. Callábamos por no despertar el monstruo. Bueno, tenía una hija con otra… ¡Pasa hasta en las mejores familias! Que no se metan las arpías en matrimonios ajenos. Así vivíamos; con los años, Shurik se volvió más apacible, dócil y hogareño. Las amantes desaparecieron. Pasaba más tiempo en casa, viendo la tele. Nuestro hijo se casó joven y nos dio tres nietos. Y de pronto… Aparece, tras años, la hija ilegítima, Anastasia. Pide que acojamos a su hija. Hay que pensar. ¿Cómo explicar a Iván la llegada de una chica extraña? No sabe nada de las aventuras juveniles de su padre. …Por supuesto, nos hicimos cargo legalmente de la pequeña Alina, de cinco años. Anastasia murió, con tan solo treinta. Toda tumba la cubre la hierba, pero la vida sigue. Shurik habló con Iván de hombre a hombre. Nuestro hijo, tras escuchar la confesión de su padre, sentenció: —Papá, lo pasado, pasado está. No soy juez. Pero la niña es de la familia, hay que acogerla. Suspiramos de alivio, Sacha y yo. Nuestro hijo es bueno y generoso. …Alina tiene hoy dieciséis años. Adora a su abuelo Sacha, le cuenta sus secretos, me llama abuela y dice que de joven era igual a ella. Y yo, por supuesto, le doy la razón sin dudarlo…