¿Me acuerdo yo? ¡No puedo olvidar!
María, verás Pues eso, ¿te acuerdas de mi hija ilegítima, Carmen? mi marido hablaba con medias palabras, siempre tan esquivo. Ya empiezo a ponerme en guardia.
¿Que si me acuerdo? ¡Eso no se olvida! ¿Y qué pasa? me siento en la silla, anticipando que vienen mal dadas.
No sé ni cómo decírtelo Carmen me ha suplicado que nos llevemos a su hija, o sea, a mi nieta musita Javier, mi marido.
¿Y eso por qué, Javier? ¿Y el padre de Carmen, qué pinta? ¿Se ha vuelto loco? ahora sí me despierta la curiosidad, estoy intrigada.
Mira, a Carmen no le queda mucho tiempo de vida. Nunca estuvo casada. Su madre se fue hace años a Francia, se casó allí y vive en Lyon, apenas se hablan por una discusión tremenda. Carmen no tiene más familia. Por eso nos pide esto Javier apenas me mira, parece un niño pillado en una travesura.
¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? ¿Qué decides? la decisión en realidad ya me ronda la cabeza.
Por eso quería hablarlo contigo, María. Lo que digas, se hace por fin levanta la mirada y busca mi aprobación.
Vaya, qué listo. O sea, tú cometiste tus pecados de juventud y ahora, María, te comes el marrón y llevas sobre tus hombros a una niña que ni tuya es. ¿Eso, no? me saca de mis casillas tanta falta de temple.
María, somos una familia, se decide entre los dos Javier intenta ser firme.
¡Venga ya! Cuando te liabas con esa chica, bien que no viniste a consultarme, ¿eh? ¡Y eso que ya era tu mujer! no contengo las lágrimas y me encierro en otra habitación.
En el instituto salía con un compañero, Luis. Pero cuando llegó aquel nuevo, Alejandro, me olvidé del mundo entero. Le di puerta a Luis enseguida. Alejandro se fijó en mí, empezó a acompañarme a casa, me besaba con pasión en la mejilla y me traía flores robadas del parque. Una semana después, pues de cabeza a la cama. Ni rechisté. Me quedé colgada de Javier para siempre. Acabamos el Bachillerato y él se fue a la mili. Yo llorando a lagrimón partido en la estación, despidiendo al amor de mi vida. Hacía el servicio militar en Salamanca.
Nos escribimos un año entero y después Alejandro volvió de permiso. Yo estaba loca de contenta, no sabía qué hacer para agradarle más. Era como un perrito a sus pies. Javier me llenaba de piropos, yo era toda oídos:
María, cuando termine la mili volvemos y nos casamos. Qué más da, si ya eres mi mujer.
Después de esas palabras una oleada de ternura me invadía Así fue y sería siempre: Javier me miraba con esa dulzura que me derretía más rápido que el chocolate al sol.
Alejandro volvió a Salamanca y yo me sentía novia prometida, esperándole con ansia. Medio año más tarde, recibo una carta de él. Dice que todo terminó, que ha encontrado el amor verdadero en la base militar, que no piensa regresar a Madrid.
Y yo, con el hijo de Alejandro pateando en mi vientre. Pues mira qué boda. Como decía mi abuela: No creas lo que promete el trigo en abril, sino lo que deja en la era.
Llegó el momento, nació Juan. Hay que decirlo: Luis, el antiguo novio, se brindó para ayudarme y, por pura desesperación, acepté. Sí, me uní a Luis. No esperaba volver a ver a Javier.
Él desapareció por completo. Y de repente, un día aparece. Luis abrió la puerta. Delante estaba Alejandro.
¿Se puede pasar? Javier se mostró desconcertado.
Si ya has venido, pasa Luis lo deja entrar a regañadientes.
Juan, sintiendo el ambiente tenso, se echó a llorar y se abrazó a Luis.
Luis, ve a dar una vuelta con Juan, anda yo no sabía ni qué hacer ni qué decir.
Se fueron.
¿Es tu marido? preguntó Javier, hiriente, celoso.
¿A ti qué te importa? ¿A qué has venido? yo estaba furiosa, sin idea de sus intenciones.
Te echaba de menos, nada más. Ya veo que te has arreglado la vida, María. Familia tienes. Está claro que no me esperaste. Bueno, me voy. Perdona la intromisión en vuestra felicidad Javier se disponía a irse.
Espera, Alejandro. ¿Para qué has venido? ¿Sólo para herirme? Luis me ayuda a sobrellevar la soledad. Y está criando a tu hijo de dos años, por cierto yo trataba de que se quedara, seguía enamorada de él.
He vuelto para ti, María. ¿Me aceptas? Javier me mira esperanzado.
Anda, pasa, que tenemos comida me tembló todo el cuerpo, me invadió esa sensación de triunfo y alegría. Volvió, no me olvidó. ¿Qué sentido tenía negarme?
Luis otra vez quedó fuera. A mi Juan lo crió su verdadero padre y no un padrastro. Luego, Luis se casó con una buena mujer, madre de dos hijos.
Pasaron los años. Javier nunca logró querer a Juan como propio. Siempre lo trató como ajeno, convencido de que Juan era de Luis.
Javier, en el fondo, nunca tuvo remordimientos con su hijo. Yo lo sentía. La verdad, Alejandro siempre fue un mujeriego empedernido. Se encaprichaba y se desenamoraba al instante. Me engañó mil veces, con amigas mías y hasta con amigas de mis amigas Yo sufría, lloraba ríos, pero seguía enamorada, quería salvar la familia.
Tal vez era más fácil para mí que para él. Quien ama es dichoso en la ignorancia. No tenía que mentir ni inventar excusas inútiles. Amaba y punto. Mi esposo era mi sol. Por las noches, cuando pensaba en dejarlo todo, me machacaba la cabeza: ¿a dónde ir? ¿Dónde encontraría yo otro como él? Sin mí, Alejandro se perdería. Yo era para él amante, esposa y madre.
Javier perdió a su madre con catorce años, murió mientras dormía. Quizá por eso él buscó toda la vida el cariño que le faltó, incluso con otras mujeres. Yo, por mi parte, le perdonaba siempre, le comprendía, lo quería aún más. Una vez nos peleamos de verdad. Tanto, que lo eché de casa. Cogió sus cosas y se fue a casa de unos parientes.
Pasó un mes y ni recordaba el motivo de la pelea, pero Javier no regresaba. Al final, me fui a buscarlo. Su tía se quedó alucinada al verme.
María, ¿para qué quieres a Javier? Dice que os habéis separado. Ahora tiene una novia nueva.
La tía, sin querer, me dio la dirección de la chica. Allí fui directamente.
Buenos días. ¿Está Alejandro? intenté ser amable.
La chica me miró desafiante y cerró la puerta en mis narices. Me fui sin decir nada.
Alejandro regresó al cabo de un año. Y la chica tuvo una hija, Carmen. Siempre me he reprochado haberlo echado de casa entonces. Igual, si no lo hubiera hecho, esa chica no lo habría atrapado y no habría nacido Carmen. Desde entonces intenté tratar mejor a Javier, darle todo mi cariño, amarle sin condiciones.
Nunca mencionamos el tema de la hija ilegítima. Parecía que si hablábamos de ella, nuestra familia se desmoronaba como un castillo de naipes. Silencio, mejor no despertar fantasmas.
Vaya cosa, una hija con otra. ¿A quién no le pasa? Que dejen de meterse en camas ajenas y punto.
Con los años, Javier se volvió más tranquilo, sumiso y dócil. Las amantes desaparecieron. Veía la tele en casa, pasaba tiempo conmigo. Nuestro hijo se casó joven y nos regaló tres nietos. Y ahora esto
Aparece Carmen, la hija ilegítima, después de tantos años. Nos pide que cuidemos de su hija.
¿Y ahora qué? ¿Cómo explicarle a Juan la llegada de una chica extraña a la familia? Él ni sospecha las historias de su padre.
Por supuesto, organizamos la tutela para la pequeña, que se llama Alba. Carmen murió joven, a los treinta años. La vida sigue y toda herida se cura con el tiempo.
Javier fue quien habló con nuestro hijo, de hombre a hombre. Juan, escuchando la confesión, resumió:
Papá, mamá, el pasado es pasado, yo no soy quién para juzgaros. A la niña hay que acogerla, es de la familia.
Javier y yo respiramos aliviados. Qué hijo más noble y bondadoso tenemos.
Hoy Alba tiene dieciséis años. A su abuelo Javier lo adora, son confidentes. A mí me llama abuela y dice que se parece a mí de joven. Yo, claro, asiento feliz.







