Lo recogí un martes por la tarde, cuando volvía andando a casa después de otro día infinito. Estaba allí, justo al lado del contenedor de basura en una callecita casi vacía de Salamanca, empapado y tan delgado que parecía hecho de sombra y hueso. Temblaba como si la misma brisa lo amenazara con llevárselo. Y simplemente… no fui capaz de marcharme. Me agaché, le susurré palabras suaves, y él sólo agitó la cola, pidiéndome con los ojos una tregua. Lo recogí con cuidado, lo llevé a mi pequeño piso y lo sequé con una toalla antigua de mi abuela, impregnada todavía de olor a lavanda. No sospechaba que aquello desencadenaría una tormenta tan extraña como las que uno sólo sueña en duermevela.
Al día siguiente, la corriente de comentarios empezó como la lluvia que parece no tener principio ni fin. Una vecina me detuvo en la escalera:
Espero que ese perro no sea peligroso.
Otra, subida en el ascensor, dejó caer al aire, fingiendo hablar sola:
Ya cualquiera recoge cualquier cosa de la calle.
La cosa se torció de verdad cuando el presidente de la comunidad don Jerónimo, siempre con su ordenador bajo el brazo vino a llamar a mi puerta para contarme que algunos vecinos decían que el perro desentonaba con la estética del edificio. Reí, un poco histérica. ¿Estética? Pero si era un ser vivo, no un jarrón opaco.
Al doblar una esquina, otro vecino sentenció, mirando el suelo:
No es coincidencia que el barrio esté tan dejado últimamente.
Dos señoras del primero vinieron a quejarse porque el perro, llamado Canelo ya en mi cabeza, había ladrado cuando un repartidor pasó demasiado cerca con la moto. Cada vez que salía a pasear con él, las ventanas del patio, una tras otra, se cerraban a nuestro paso. Como si lleváramos el invierno pegado al lomo.
Un mediodía, mientras bordeaba la plaza con Canelo, una mujer de pelo gris se me acercó arrastrando las sílabas y dijo que el perro traerá pulgas, que mejor lo devuelva a donde pertenece. Le pregunté si acaso recordaba dónde estaba ese lugar, y se encogió de hombros, como quien despeja migas molestas de la mesa para que siga el café.
Pronto, comenzaron a aparecer notas anónimas pegadas con celo en mi puerta:
Ese perro no es de este barrio.
Piensa en los demás.
Esto es una comunidad tranquila.
Incluso alguno escribió que quiero convertir el edificio en una perrera.
Pero Canelo solo quería dormir, comer y mirarme con esos ojos de barro y luz que nadie veía salvo yo. Lo llevé al veterinario, lo bañé con esmero, y cada día se volvía más fuerte, más tierno, menos miedo y más sueño. Y sin embargo, la gente tejía mi historia como si fuera una amenaza para el vecindario.
Un vecino llegó a decir que yo traía malas vibraciones al bloque. Curiosamente, cuando vio a mi hija Lucía jugar con Canelo en el patio, cambió de repente:
Ah, bueno, si juega la niña, entonces no pasa nada.
Fue ahí cuando me golpeó la certeza de un sueño disparatado: el problema nunca fue el perro. El problema eran ellos, enredados en una idea de perfección tan asfixiante que cualquier cosa ajena debía borrarse, barrerse, extinguirse. Hipocresía, pero con acento castellano.
Hoy Canelo sigue aquí, en casa. El veterinario dice que está gordito ya, los ojos le brillan y duerme sin sobresaltos, como si la ciudad nunca fuera amenaza. Los vecinos no dicen nada, pero sus miradas siguen siendo cuchillos suaves cada vez que pasamos.
Pero yo sé que haría lo mismo mil veces: prefiero soportar esos gestos torcidos un millón de pesetas antes que dejar que un animal inocente se pierda en la noche de la ciudad.







