LO QUE CORTES, NO LO PODRÁS DEVOLVER
Cuando Teresa enseñaba sus fotos de boda a las amigas, siempre exclamaba entre risas:
¡Madre mía, cuánto sufrí con este vestido! Era precioso, sí, pero pesadísimo y nada cómodo. La próxima vez que me case, llevaré un vestido de novia ligero como una brisa de verano.
Todos pensábamos que Teresa bromeaba, y reíamos con ella. Y era cierto, lo decía de broma. Porque todos sabían que Teresa se había casado movida por un amor real y correspondido. Aquello fue, simplemente, un romance de verano. Teresa tenía entonces 21 años y Luis, su ahora marido, 28.
…Era agosto en Cádiz, la brisa suave del Atlántico, vino manzanilla, cielos sembrados de estrellas El hechizo lo fue envolviendo todo y de ahí a formalizar la unión en el Registro Civil de la ciudad solo hubo un paso. Antes, eso sí, Luis tuvo que poner fin a su segundo matrimonio, mientras Teresa hacía las maletas para mudarse a la ciudad natal de su prometido.
MadridCádizMadrid. Así fue el trayecto que, durante diez años, se convirtió para Teresa en rutina, casi un camino grabado en su memoria.
Pero al principio, claro, tocó buscar piso de alquiler. Luis había cedido su propia vivienda a su segunda exmujer, que montó bastante drama, diciendo que se quitaría la vida, que arrojaría ácido sobre la tercera esposa, que saltaría por la ventana con tal de no perderlo. Pero, pasado un tiempo, aquella mujer se evaporó, se volvió invisible. Quizá Luis le prometió volver a sus brazos De la primera esposa, mejor no hablar: aquello no había durado ni dos años, se divorciaron sin apenas ruido y, poco después, Luis tuvo el detalle de buscarle marido entre sus amigos. Así hizo feliz a todosy también a sí mismo.
La segunda esposa duró algo más. Bastaron tres años para que Luis comprendiera la verdadera naturaleza de la dama, que se refería a los hijos como crías humanas y no tenía interés alguno en formar familia.
A Teresa, sin embargo, todo aquello le resultaba indiferente. Se sentía autosuficiente, ambiciosa, segura de su inteligencia y belleza única. Luis la adoraba como si hubiera descubierto el cielo en la tierra. Cuando le traía flores, lo hacía a manos llenas; si compraba abrigos, traía tres de golpe. ¿Zapatos? Teresa podía cambiárselos cada día según le apeteciera. Viajaron juntos a Londres, a París, al Mediterráneo, ampliando horizontes y llenando el baúl de recuerdos antes de que llegara el primer hijo.
Pronto nació su hija Elvira, y mientras Teresa la cuidaba con mimo, Luis compró una casa y la llenó de todo lo necesario para sus queridas mujeres.
Celebraron la mudanza, Elvira pasó a la guardería, y Teresa se volcó en su formación personal. Pero prefería estudiar en Madrid. Allí tenía a sus amigas, a su madre, y hasta los desconocidos parecían amables. Bajo los tilos de su calle siempre lo contaba sentía el alma en paz.
Dejaba a Elvira con la suegra, que adoraba a la niña, y durante cada periodo de exámenes, Teresa volvía a su querido Madrid. Luis la celaba profundamente y viajaba a menudo hasta la capital, planeando encuentros absurdos y celadas, como si vivir en otra ciudad no implicara distancia. Dicen que Teresa no daba motivo para ello, pero a saber. Lo cierto era que ella ansiaba huir de las tareas cotidianas. Prefería estudiar sin descanso antes que fregar platos, barrer el suelo, cuidar a su esposo o educar a su hija. Sentía que la vida pasaba de largo, y no entendía por qué, siendo tan lista y guapa, debía ocuparse de tareas menores.
Con el tiempo, Teresa acumuló tres títulos universitarios, todos con matrícula de honor. Su especialidad era psicología, y los llevaba siempre en el bolso, emocionada buscando trabajo. Luis se oponía rotundamente:
¿No tenemos suficiente dinero, Teresa? Yo me volvería loco esperándote de la oficina cada tarde. ¿Por qué no tenemos otro hijo? Me da igual que sea niño o niña, solo quiero tenerte cerca.
Teresa no se veía de nuevo madre en mucho tiempo. Creía haber cumplido su parte: le dio una hija a su marido, regaló la vida a Elvira. ¿Qué más? Viendo la actitud de su nuera, la suegra propuso quedarse con Elvira mientras maduraba Teresa. Según la abuela, la niña necesitaba amor y atención permanente, y no una madre distraída soñando con nubes. Teresa no dudó: aceptó, se marchó de nuevo a Madrid y ni siquiera avisó a Luis. Pensó llamarle desde allí.
Pero en Madrid estaba Luis. Ya conocía todos los trucos de su esposa.
Teresa, ¿dónde está Elvira? ¿Por qué no estás en Cádiz? ¿Hay algún admirador? preguntó furioso.
Tranquilo, Luis, no hay admiradores. Es solo que contigo me aburro. ¿Lo entiendes? Busco libertad contestó Teresa, serena.
¿Libertad? ¿De mí y de tu hija? ¿Dónde quedó el amor? ¿Desapareció? Igual estás pasando una crisis y juntos podremos superarla. No es nada, Tere intentó convencerla Luis.
No lo superaremos zanjó Teresa.
Luis acudió a la madre de Teresa en busca de ayuda. Ella levantó los hombros:
¿Y yo qué puedo hacer? Arreglaos entre vosotros. Mi hija es firme como una roca.
Luis volvió solo a Cádiz, sin saber qué hacer ni cómo reunir de nuevo a su familia. Por hacer el bien, salí mal parado, pensaba triste, sintiéndose ajeno en su casa.
Pasaron los días, las semanas Teresa seguía lejos, contestando seca al teléfono: Todo bien por aquí.
Llegado un momento, Luis tomó una decisión: vendería la casa, recogería a Elvira y se mudaría a Madrid. Todo por recuperar a su familia.
Pero Teresa no lo recibió con entusiasmo. Intentó disuadirle: ¿para qué cambiarle la vida a la niña, cambiar de colegio y separar a la nieta de su abuela? Eran solo excusas. Teresa se sentía liberada y no quería renunciar a esa vida. Volar libre como las golondrinas, esa era su filosofía. Abrió un negocio propio, una pequeña sastrería, se alquiló un piso y no le faltaban pretendientes. De pronto, la idea de marido e hija le sobraba, como si su vida anterior perteneciera a otra mujer.
Luis no atendió a las razones de Teresa y se mudó a Madrid con Elvira. Mantenía la esperanza de reunir a su familia. Su amor sufría, pero seguía vivo.
Durante un tiempo fue a recoger a Teresa del trabajo, llevaba a la niña idéntica a su madre, decían, pero fue inútil. Teresa era una estatua de hielo, nada perturbaba su calma. Y finalmente, se lo dejó claro:
Luis, déjame en paz. Ya toca divorciarnos. Si quieres, que Elvira se quede conmigo.
Elvira ya tenía once años y no necesitaba refugio. Tenía un padre que la adoraba, y una abuela que velaba por ella día y noche. Elvira seguía queriendo a su madre, sin entender por qué se alejó voluntariamente.
El tiempo, implacable, siguió su curso. La vida recomponía los trozos de cada quien.
Luis dejó de intentar lo imposible. Supo que nunca volvería a acercarse al corazón de Teresa. La vida le llevó a conocer a una mujer sencilla, con los pies en la tierra, sin ansias de volar alto. Vivieron juntos en un pueblo, donde ella tenía dos hijos de un matrimonio anterior. No necesitaba viajes, ni abrigos de piel, ni cien pares de zapatos. ¡Con unas botas de agua y una chaqueta gruesa para el campo basta!, repetía.
Luis se sintió por fin en paz, arropado, feliz junto a esa mujer. (Donde reina la sencillez, cien ángeles moran; donde hay enredos, ninguno se acerca). Pronto tuvieron una hija y Luis, en su cuarto intento, conoció la dicha verdadera y pura. Prefería no recordar sus tres primeros matrimonios.
…Teresa vivía con su madre, en casa materna. Un socio del taller de costura le prometió el oro y el moro, y acabó engañándola. El negocio terminó y los pretendientes desaparecieron. Todo el mundo parecía haberse esfumado. Finalmente, Teresa puso en práctica lo aprendido: ejerce como psicóloga en un colegio. Por fin le servía de algo tanto estudio. Dice no lamentar nada, aunque… el alma humana es un pozo sin fondo. Quizá un día quién sabe se despierte en ella una chispa de arrepentimiento.
…Elvira, ya mayor y casada (sí, el tiempo pasó y la niña creció), vive con su abuela en Cádiz, la misma que la crió.
El día de su boda, Elvira llevó un vestido de novia ligerísimo, casi volando. Un vestido que su madre, Teresa, le regaló…







