Por algún motivo incomprensible, muchas mujeres piensan que, si han pasado de los cuarenta y llevan uno o dos divorcios a la espalda, ya está, vida acabada y hay que colgar el abrigo para siempre. Yo también me encuentro en esa encrucijada envuelta en una bruma extraña, caminando por calles empedradas de Madrid que a veces no llevan a ninguna parte. Me llamo Lucía Álvarez. He estado casada dos veces. La primera, en mis veinte, de donde nació mi hija, un ser a veces etéreo, a veces hecho de luz y de voz. La segunda, cuando andaba por los treinta, en un tiempo de relojes derretidos y tardes interminables de café con leche. Ninguno de aquellos matrimonios duró más de dos primaveras. Algo fallaba con los hombres, o quizá con el aire de la ciudad.
Después de la segunda boda, claro, tuve relaciones encuentros breves como trenes fantasma atravesando la estación de mi vida pero jamás me llevaron de vuelta al altar. Ahora rozo los cuarenta y cinco. Y pese a lo que el eco de la soledad murmuraba en los azulejos fríos de mi casa, continúo agarrada a la esperanza de que en algún rincón del universo habrá alguien, mi mitad perdida entre la niebla de los sueños.
Hace apenas un mes, ocurrió: topé con un hombre extraño en una calle de Salamanca. Se llama Diego Fernández. Tiene cuarenta y nueve años y el porte grisáceo de los que han cruzado muchas fronteras, reales o imaginarias. Paseaba por el Retiro, yo solita, vestida pulcramente, el bolso colgado como una promesa y decidí sentarme en la terraza de una cafetería antigua, de esas donde el tiempo parece dormirse.
Diego se acercó a mí mientras las farolas se encendían como luciérnagas. No era el hombre ideal de mis sueños oníricos, pero mantenía esa compostura de quien se peina cada mañana. Se presentó y me invitó a un café con churros, como si ya nos conociéramos de otro mundo. Por supuesto, le pregunté enseguida si tenía pareja o alguna sombra bajo el sombrero, y me respondió enredando las palabras, como si no quisiera despertar a la verdad. Intuí que había una historia oculta tras su mirada.
Aun así, le sugerí continuar la charla en mi casa ese piso amplio y algo desordenado en Chamberí, invitándole a un té y una tarta de almendras que había horneado yo el día previo, como si fuera la abuela de un cuento imposible. Sí, probablemente penséis que invitar así a un desconocido roza la locura, pero figuras conocidas del barrio nos vieron, así que la calma reinaba. Además, Diego no tenía pinta de villano.
Al entrar en el recibidor, Diego miró a su alrededor y soltó una carcajada que sonó como un saxofón desafinado:
Vaya, tienes un piso enorme. Parece que no ha sentido el roce de una brocha nueva desde hace quince años.
Me hice la despistada, como cuando sueñas que corres y no avanzas. Es cierto, la última reforma fue hace diez años, pero el hogar brilla a su manera. ¿Por qué invertir en muros cuando puedes invertir en ti misma? ¿Acaso hay error en esa lógica etérea?
Serví el té y el bizcocho, y mientras saboreábamos cada bocado, él volvió a quejarse de la decoración, los colores, como si fuera un crítico en una ciudad sumergida en el olvido. Finalmente, le corté en seco: “¿Y qué importa cómo sea mi casa? ¿Por qué no me invitas tú a la tuya?” Él se quedó mudo, su boca cerrada como la puerta a un laberinto en el que ya no quería entrar. Al poco, se marchó a su mundo y prometió que llamaría la semana siguiente.
Pasó la semana entera y nada. Ni mensaje, ni llamada, solo el silencio que a veces brilla como las monedas de un euro bajo el asfalto mojado. El sábado, pasada la medianoche, me escribió prometiendo aparecer. Respondí que la única manera sería si venía a ayudarme con la reforma del piso, pegando papel pintado en paredes que son como sueños sin terminar. Entonces recordó de repente que tenía algo urgente, como si el tiempo corriera en otra dirección, y prometió llamar después.
Creo que es un hombre casado, cazador de historias secundarias con mujeres ricas, o quizá de espejismos. Yo sencillamente no encajo en ese papel, no soy parte de esa función. Pero no pasa nada. Al final, lo que importa es la cercanía, el tomar un café soñando juntos aunque sea solo un instante. Mi amor llegará, flotando en alguna corriente surrealista. Estoy segura de ello. Y os digo a todas: si un hombre no mueve ni una mano a tu favor, ¿para qué quieres a ese hombre en tu sueño?





