Lo que necesitas no es una esposa, sino una asistenta: La historia de una madre española que se cansó de ser la única que sostiene a su familia —¡Mamá, Michelle ha vuelto a morderme el lápiz! Polina irrumpió en la cocina con el trozo de un lápiz de colores en la mano y el labrador, culpable y moviendo la cola, la seguía de cerca. Eugenia apartó la vista de la vitro, donde burbujeaba el puchero y chisporroteaban las croquetas, y suspiró. Tercer lápiz del día. —Tírale al cubo y coge otro del cajón. ¿Maxi, has acabado las mates? —¡Casi! —se oyó desde la habitación infantil. En el «casi» de su hijo de doce años Eugenia leía perfectamente que estaba con el móvil y el cuaderno seguía cerrado. Pero ahora tenía que sacar las croquetas, remover el puchero, interceptar a Arti, que con cuatro años gateaba hacia el cuenco del perro, y no olvidarse de la lavadora. …Treinta y dos años. Tres hijos. Un marido. Una suegra. Un labrador. Y ella, el único motor que movía todo ese engranaje. Rara vez caía enferma, no por salud de hierro, sino porque simplemente no podía permitírselo. ¿Quién iba a dar de comer a la familia? ¿Quién prepararía a los niños para el cole? ¿Quién pasearía a Michelle? La respuesta era obvia: nadie. —Eugenia, ¿falta mucho para la cena? Ahí estaba Ana, la suegra, de ochenta y cinco años, mente despierta, buen apetito, pero poca ayuda en casa. —En diez minutos, Ana. La anciana asintió y se fue al salón. Muy de vez en cuando le leía a Arti un cuento, casi siempre “Gallinita Roja” o el “Panecillo”, repertorio limitado pero que encantaba al niño. El resto del tiempo, telenovelas y esperar la siguiente comida. Al dar las seis sonó la llave en la puerta: llegó Damián, cara de haber corrido una maratón. —¿Está la cena? Ni un simple «hola». Eugenia señaló la mesa puesta. Él al baño, se lavó, se sentó en su sitio. Encendió la tele, como siempre. —Hoy Polina ha sacado un sobresaliente en lectura. —Hmm. —A Maxi le tienes que ayudar con el proyecto de ciencias. —Hmm. Ese era el máximo diálogo. Cenaba y después, directo al sofá. Su jornada terminaba, misión cumplida: traía dinero a casa. Lo demás, asunto de ella. Por la noche, con los niños dormidos, Eugenia abría el portátil: su trabajo remoto con la tienda online, gestionando pedidos, atendiendo clientes, organizando entregas. No era mucho, pero era suyo. Y la renta del piso que llevaba alquilando cuatro años. “Debería mudarme”, pensó como siempre. Y, como siempre, las excusas: Maxi está bien en el cole, Polina ya va a la guarde, perdería el ingreso… Cerró el ordenador. Mañana. Todo mañana. Diciembre trajo no solo la locura navideña, sino gripe. Treinta y nueve de fiebre en cuestión de horas. Cuerpo destrozado, garganta de fuego, cabeza estallando. Eugenia apenas llegó a su cama. —Mamá, estás malita —comprobó Maxi, asomado. Apareció Damián, cara de preocupación, pero no por ella. —Procura que no contagies a la abuela. Es delicado a su edad. Cerró los ojos. Por supuesto. Ana era lo importante. Los tres siguientes días, una pesadilla de fiebre. Nadie —ni marido, ni niños, ni abuela— fue capaz de llevarle un vaso de agua. Diez pasos a la cocina, que recorría por sí misma agarrándose a las paredes. Solo preocupados por la abuela. “No pases a la habitación, que mamá está mala”. “Póntela mascarilla si vas cerca.” “¿No debería dormir en otra habitación?” Ella era el foco contagioso, la amenaza para los realmente importantes. Una semana después, cayó el resto: primero Arti (llorón, caliente), luego Polina, y finalmente Damián, muy melodramático con sus escasos 37,2º. Ana también, con el mayor dramatismo de todos. Eugenia, sin haberse recuperado, volvió a caminar: caldo de pollo, farmacia, termómetro, limpiar, poner lavadoras. Todo igual, ahora a medio gas. —Damián, quédate con Arti una hora, tengo que ir a la farmacia. Él levantó los ojos con hartazgo, pero aceptó. Cumplida la hora, el niño volvía a su madre. —Estoy cansado, que yo también estoy malo. Treinta y seis y ocho. Eugenia comprobaba. La primavera tampoco fue amable: nuevo virus, niños enfermos, noches sin dormir. Ana exigía menús especiales. Y, en medio del caos, Damián, perfectamente sano. —Damián, ayuda con los niños. —Julia, ya les ayudé el otro día, pero era finde. Hoy trabajo y acabo destrozado. Se encogía de hombros. Cuando llegaba, mesa, tele, cena. El desorden, niños malos o ella agotada —no iban con él. Una noche, cuando Arti por fin dormía y los mayores hacían deberes, se acercó a Damián (rumor de fútbol en la tele): —¿Por qué nunca me ayudas? ¿Por qué nunca? Ni la miró ni contestó. Solo subió el volumen. Se quedó de pie un minuto, mirándole la nuca. Entonces lo entendió todo, clarísimo. Al día siguiente, sacó las bolsas grandes. Ropa de los niños, juguetes, documentos. Maxi se asomó: —Mamá, ¿nos vamos? —A casa de la abuela Inés. —¿Por mucho? —Ya veremos. Polina saltaba de alegría —abuela Inés siempre hacía empanadillas—, Arti arrastraba su peluche sin saber qué pasaba. Se acordó a última hora del otro miembro imprescindible: Michelle, que iría con ellos. Damián, tirado en el sofá, ni parpadeó ante las maletas, los niños abrigados, los bultos. Seguramente, al oír la puerta cerrarse tras ellos, solo cambió de canal… Inés, su madre, acogió a todos sin preguntas. Los abrazó y alimentó. Cincuenta y ocho años, profesora jubilada con treinta de experiencia: lo entendía todo. —Vive aquí lo que necesites. Al tercer día empezó a sonar el móvil: Damián. —Vuelve, por favor. Esto es un caos. No hay comida, todo sucio, la abuela exige cosas. Ni “te echo de menos” ni “estoy mal sin vosotros”. Solo las molestias prácticas. —Damián, lo que te hace falta no es una mujer, es una asistenta. —¿Eh? ¿Qué dices…? —¿Has echado en falta a tus hijos? Silencio. Largo, elocuente. —Yo traigo dinero. ¿Qué quieres más? Colgó. Se sintió, por fin, aliviada. Todo había terminado. En dos semanas, el inquilino dejó libre el piso de Eugenia. Mudanza en un día. Nuevo colegio para Maxi, nueva guarde para Polina —todo se resolvió fácilmente. …El siguiente y último diálogo fue definitivo. Todo lo tragado, callado, soportado sola noche tras noche, mientras cuidaba a los demás sin nadie que la cuidara a ella, salió de golpe. —¡Llevo doce años siendo tu sirvienta gratis! —gritaba por teléfono—. ¡Ni una sola vez, ni UNA, me has preguntado cómo estoy! ¡Tú…! ¡Ya basta! Bloqueó el número. Y pidió el divorcio. La vista judicial duró veinte minutos. Damián no discutió. Firmó la pensión, asintió al juez, se marchó. Quizá entendió algo. Seguramente solo estaba cansado de discutir. …Por la noche, Eugenia descansaba en la cocina de su piso, de vuelta a la vida. Maxi leía en su cuarto. Polina pintaba, sacando la lengua de concentración. Arti jugaba con piezas por la alfombra. Tranquilidad. Michelle tumbada a sus pies. Seguía cocinando, limpiando y trabajando por las noches. Pero ahora era para su verdadera familia. Y se ocuparía en educarlos bien, para que no fueran como su padre. —Mamá —dijo Polina, levantando la cabeza—, ahora te veo sonreír más. Eugenia volvió a sonreír. Polina tenía razón.

¡Mamá, que Celiña ha vuelto a morderme el lápiz!

Claudia irrumpió en la cocina agitando lo que quedaba de un lápiz de colores; tras ella, una labradora color crema movía el rabo como si danzara en una fiesta de San Isidro. Beatriz, frente a la vitrocerámica donde burbujeaba el puchero y chisporroteaban unas albóndigas, soltó un suspiro. Era el tercer lápiz del día.

Tíralo a la papelera y coge uno nuevo del cajón, tesoro. Mateo, ¿has terminado los deberes de mates?
¡Casi! gritó desde su cuarto.

Casi, con Mateo de doce años, quería decir que andaba enfrascado en el móvil, con el cuaderno abierto solo para que aireara las hojas. Beatriz lo sabía, pero pasar revista a los deberes era lo de menos ahora: tenía que retirar las albóndigas, remover el puchero, interceptar a Nico, el pequeño de cuatro añitos, que gateaba como una salamandra rumbo al bebedero de la perra, y, entre todo ello, no olvidar que la lavadora pitaba para ser atendida.

Treinta y dos años. Tres criaturas. Un marido. Una suegra anciana. Una perra. Y ella: la única bisagra que conseguía mantener esa casa en pie como una casa antigua de la judería.

Beatriz enfermaba de Pascuas a Ramos, no porque fuera de acero, sino porque no podía permitirse ni media décima de fiebre. ¿Quién les haría la comida? ¿Quién vestiría de uniforme a los niños? ¿Quién sacaría a pasear a Celiña? Nadie. Esos eran sus dominios y los defendía sola.

Bea, ¿falta mucho para cenar?

Soledad, la abuela ochenta y seis años, mente viva, apetito de reloj apareció apoyada en su bastón. En todos estos cinco años bajo el mismo techo, Beatriz podía contar con los dedos de una mano las veces que la anciana había colaborado en algo en casa.

En diez minutos, doña Sol.

La mujer asintió satisfecha y arrastró las zapatillas rumbo al salón. A veces, muy de cuando en cuando, le leía cuentos a Nico antes de dormir: La ratita presumida, Caperucita Roja Repertorio breve, pero el pequeño los devoraba con devoción. El resto del tiempo, doña Sol arrullaba el mando a distancia, enganchada a sus telenovelas, esperando la próxima comida.

…El reloj de la pared marcaba las cinco y media cuando giró la llave en la cerradura. Iván pisó el recibidor con el aire derrotado de quien ha subido corriendo la Gran Vía entera.

¿Está la cena?

Sin un buenas. Beatriz señaló la mesa ya puesta. Iván fue al baño, se lavó las manos, tomó asiento y el mando de la tele le nació en la mano.

Hoy Claudia ha sacado un diez en lectura intentó Beatriz.
Ajá.
Y a Mateo hay que echarle un cable con el proyecto de ciencias.
Ajá.

Ajá. Eso era todo lo que nunca recibiría. Después de cenar, Iván se derrumbaba en el sofá. Su jornada acababa ahí. Ya había traído el dinero a casa; el resto, que lo manejen otros.

Más tarde, cuando el silencio reconquistaba la casa, Beatriz abría el portátil: teletrabajo para una tienda online, gestionando pedidos y resolviendo dudas. No era gran cosa, pero era suyo. Aquello y el alquiler del piso del centro, que llevaba arrendando cuatro años, creaban el pequeño oasis donde guardaba sus sueños.

Habría que mudarse… La idea revoloteaba una y otra vez, ahuyentada por mil excusas: Mateo feliz con su colegio, Claudia con su profe de infantil, el dinero del alquiler Beatriz cerraba el portátil. Mañana. Siempre mañana.

Diciembre trajo el aroma de turrón y el virus de la gripe. La fiebre saltó a cuarenta en un abrir y cerrar de ojos. Cada hueso pesaba como plomo, la garganta escocía, la cabeza latía. Beatriz a duras penas llegó a la cama.

Mamá, estás mala diagnosticó Mateo.

Iván asomó tras él, la preocupación pintada en la cara, aunque no por ella.

No contagies a la abuela. A su edad, una gripe es cosa seria.

Beatriz cerró los ojos. Claro, doña Sol. ¿Cómo pudo olvidarse de la pieza clave?

Los tres días siguientes se fundieron en una grotesca zarzuela: fiebre, sudor frío, la almohada inundada, labios secos. Ni marido, ni suegra, ni hijos le acercaron ni un vaso de agua. La tetera brillaba en la cocina, diez pasos que se convertían en viaje por el desierto, y Beatriz los cruzaba sola, medio arrastrándose por las paredes.

Todos vivían pendientes de la abuela. No entres, es el cuarto de mamá y está infectada. Ponte mascarilla si pasas por delante. ¿Y si duerme en otra habitación? Ella, Beatriz, se convirtió en una mancha a evitar; la portadora, la amenaza a los de verdad importantes.

A la semana, el virus fue pasando ronda: primero Nico, mocoso y llorón; luego Claudia; Iván, por su parte, se tumbó en la cama con un modesto 37,2 como quien se encierra a esperar al apocalipsis. Doña Sol cayó la última y, como en una tragedia lorquiana, con el máximo dramatismo.

Beatriz, aún tambaleante, se levantó. Hizo un caldo de gallina, fue a la farmacia, puso termómetros, limpió, lavó, siguió su rutina; solo que ahora flaqueando de fuerzas.

Iván, encárgate una horita de Nico. Tengo que salir a por medicamentos.

Él rodó los ojos como si remara en el Guadalquivir, pero aceptó. Sesenta minutos exactos, cronometrados, después trajo a Nico de vuelta.

Estoy agotado. Yo también tengo fiebre.

Treinta y seis con ocho, midió Beatriz.

La primavera fue igual de ingrata: otro virus, niños febriles, más noches sin dormir. Nico lloraba; Claudia se negaba a tomar el jarabe; doña Sol exigía menú especial cada día. Entre ese caos, Iván, sorprendentemente fresco como una lechuga.

Iván, ¿me ayudas un poco con los niños?
Bea, te ayudé el finde pasado. Ahora trabajo. Llego molido.

Se encogió de hombros. Gesto sencillo que explicaba siglos de repartos domésticos en la península ibérica. Por las noches se sentaba a cenar y esperaba. Hijos enfermos, esposa exhausta, desorden. No era asunto suyo.

Una noche, cuando Nico por fin se quedó dormido y los mayores hacían ejercicios, Beatriz se plantó ante Iván. La televisión rumoreaba algo de fútbol.

¿Por qué no me echas una mano nunca? ¿Por qué nunca, nunca me ayudas?

Iván ni volteó. Subió el volumen. Beatriz contempló su nuca. Todo quedó claro, como si sonara una campana en la meseta.

Al día siguiente, sacó las maletas. Ropa de niños, juguetes, papeles importantes. Mateo, inmóvil en el umbral:

¿Nos vamos, mamá?
A casa de la yaya Inés.
¿Por mucho tiempo?
Ya veremos.

Claudia brincó de alegría: la abuela siempre tenía empanadillas recién horneadas. Nico, sin comprender nada, metía su conejo de peluche en la bolsa, por si acaso.

Antes de salir, se acordó de un miembro más: Celiña. Iría con ellos.

Iván seguía tumbado. Maletas, niños con anorak, nada le arrancó de la pantalla. Cuando la puerta se cerró, seguro que solo cambió de canal…

Inés Gutiérrez acogió a su hija y nietos sin preguntar. Los alimentó, los abrazó. Cincuenta y ocho años, maestra jubilada; ella lo entendía todo.

Vive aquí el tiempo que necesites.

El teléfono sonó al tercer día: era Iván.

Bea, volved Esto es un desastre. No hay nada limpio. Nada de comer. La abuela no para de pedir cosas.

Ni os echo de menos. Ni aquí no soy nada sin vosotros. Solo que no se apañaba con la casa.

Iván, a ti no te hace falta esposa. Te hace falta una asistenta.
¿Qué dices?
¿Has preguntado alguna vez si echas de menos a tus hijos?
Silencio largo. Grave.

Yo llevo el dinero a casa dijo, al fin, él. ¿Qué más quieres?

Beatriz colgó. Ya todo había terminado. La sensación fue un extraño alivio.

Quince días después, los inquilinos dejaron libre el piso de Beatriz. Mudarse se hizo en veinticuatro horas. Otro colegio para Mateo, nueva guardería para Claudia: resultó mucho más fácil de lo que ella soñaba.

…La última conversación fue la definitiva. Todo lo callado, todo lo tragado, todas esas noches solas con el termómetro y el miedo salieron a borbotones, imparables.

¡Doce años he sido la criada gratis! gritó en el móvil. ¡Y ni una sola vez preguntaste cómo estaba, cómo vivía! ¡Tú ¡Tú…! ¡Se acabó!

Bloqueó su número. Y pidió el divorcio.

La audiencia judicial duró veinte minutos. Iván no protestó. Firmó papeles de manutención, saludó al juez y se largó. Quizá entendía. Más bien, estaba cansado de pelear.

Por la noche, Beatriz contemplaba la cocina de su piso nuevo-viejo. Mateo leía en su cuarto. Claudia dibujaba en la mesa, la lengua fuera, concentradísima. Nico jugaba en la alfombra con bloques de madera.

Paz. Sosiego. Celiña dormitaba a sus pies, el hocico entre las patas.

Había que limpiar, cocinar, trabajar por las noches igual que antes. Pero ahora todo era para quienes realmente formaban su familia. Y a educarles, sí, ella misma, para que nunca repitieran la historia de su padre.

Mamá Claudia levantó la mirada del dibujo, ahora sonríes mucho más.

Y Beatriz, por primera vez en mucho tiempo, volvió a sonreír de verdad.

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MagistrUm
Lo que necesitas no es una esposa, sino una asistenta: La historia de una madre española que se cansó de ser la única que sostiene a su familia —¡Mamá, Michelle ha vuelto a morderme el lápiz! Polina irrumpió en la cocina con el trozo de un lápiz de colores en la mano y el labrador, culpable y moviendo la cola, la seguía de cerca. Eugenia apartó la vista de la vitro, donde burbujeaba el puchero y chisporroteaban las croquetas, y suspiró. Tercer lápiz del día. —Tírale al cubo y coge otro del cajón. ¿Maxi, has acabado las mates? —¡Casi! —se oyó desde la habitación infantil. En el «casi» de su hijo de doce años Eugenia leía perfectamente que estaba con el móvil y el cuaderno seguía cerrado. Pero ahora tenía que sacar las croquetas, remover el puchero, interceptar a Arti, que con cuatro años gateaba hacia el cuenco del perro, y no olvidarse de la lavadora. …Treinta y dos años. Tres hijos. Un marido. Una suegra. Un labrador. Y ella, el único motor que movía todo ese engranaje. Rara vez caía enferma, no por salud de hierro, sino porque simplemente no podía permitírselo. ¿Quién iba a dar de comer a la familia? ¿Quién prepararía a los niños para el cole? ¿Quién pasearía a Michelle? La respuesta era obvia: nadie. —Eugenia, ¿falta mucho para la cena? Ahí estaba Ana, la suegra, de ochenta y cinco años, mente despierta, buen apetito, pero poca ayuda en casa. —En diez minutos, Ana. La anciana asintió y se fue al salón. Muy de vez en cuando le leía a Arti un cuento, casi siempre “Gallinita Roja” o el “Panecillo”, repertorio limitado pero que encantaba al niño. El resto del tiempo, telenovelas y esperar la siguiente comida. Al dar las seis sonó la llave en la puerta: llegó Damián, cara de haber corrido una maratón. —¿Está la cena? Ni un simple «hola». Eugenia señaló la mesa puesta. Él al baño, se lavó, se sentó en su sitio. Encendió la tele, como siempre. —Hoy Polina ha sacado un sobresaliente en lectura. —Hmm. —A Maxi le tienes que ayudar con el proyecto de ciencias. —Hmm. Ese era el máximo diálogo. Cenaba y después, directo al sofá. Su jornada terminaba, misión cumplida: traía dinero a casa. Lo demás, asunto de ella. Por la noche, con los niños dormidos, Eugenia abría el portátil: su trabajo remoto con la tienda online, gestionando pedidos, atendiendo clientes, organizando entregas. No era mucho, pero era suyo. Y la renta del piso que llevaba alquilando cuatro años. “Debería mudarme”, pensó como siempre. Y, como siempre, las excusas: Maxi está bien en el cole, Polina ya va a la guarde, perdería el ingreso… Cerró el ordenador. Mañana. Todo mañana. Diciembre trajo no solo la locura navideña, sino gripe. Treinta y nueve de fiebre en cuestión de horas. Cuerpo destrozado, garganta de fuego, cabeza estallando. Eugenia apenas llegó a su cama. —Mamá, estás malita —comprobó Maxi, asomado. Apareció Damián, cara de preocupación, pero no por ella. —Procura que no contagies a la abuela. Es delicado a su edad. Cerró los ojos. Por supuesto. Ana era lo importante. Los tres siguientes días, una pesadilla de fiebre. Nadie —ni marido, ni niños, ni abuela— fue capaz de llevarle un vaso de agua. Diez pasos a la cocina, que recorría por sí misma agarrándose a las paredes. Solo preocupados por la abuela. “No pases a la habitación, que mamá está mala”. “Póntela mascarilla si vas cerca.” “¿No debería dormir en otra habitación?” Ella era el foco contagioso, la amenaza para los realmente importantes. Una semana después, cayó el resto: primero Arti (llorón, caliente), luego Polina, y finalmente Damián, muy melodramático con sus escasos 37,2º. Ana también, con el mayor dramatismo de todos. Eugenia, sin haberse recuperado, volvió a caminar: caldo de pollo, farmacia, termómetro, limpiar, poner lavadoras. Todo igual, ahora a medio gas. —Damián, quédate con Arti una hora, tengo que ir a la farmacia. Él levantó los ojos con hartazgo, pero aceptó. Cumplida la hora, el niño volvía a su madre. —Estoy cansado, que yo también estoy malo. Treinta y seis y ocho. Eugenia comprobaba. La primavera tampoco fue amable: nuevo virus, niños enfermos, noches sin dormir. Ana exigía menús especiales. Y, en medio del caos, Damián, perfectamente sano. —Damián, ayuda con los niños. —Julia, ya les ayudé el otro día, pero era finde. Hoy trabajo y acabo destrozado. Se encogía de hombros. Cuando llegaba, mesa, tele, cena. El desorden, niños malos o ella agotada —no iban con él. Una noche, cuando Arti por fin dormía y los mayores hacían deberes, se acercó a Damián (rumor de fútbol en la tele): —¿Por qué nunca me ayudas? ¿Por qué nunca? Ni la miró ni contestó. Solo subió el volumen. Se quedó de pie un minuto, mirándole la nuca. Entonces lo entendió todo, clarísimo. Al día siguiente, sacó las bolsas grandes. Ropa de los niños, juguetes, documentos. Maxi se asomó: —Mamá, ¿nos vamos? —A casa de la abuela Inés. —¿Por mucho? —Ya veremos. Polina saltaba de alegría —abuela Inés siempre hacía empanadillas—, Arti arrastraba su peluche sin saber qué pasaba. Se acordó a última hora del otro miembro imprescindible: Michelle, que iría con ellos. Damián, tirado en el sofá, ni parpadeó ante las maletas, los niños abrigados, los bultos. Seguramente, al oír la puerta cerrarse tras ellos, solo cambió de canal… Inés, su madre, acogió a todos sin preguntas. Los abrazó y alimentó. Cincuenta y ocho años, profesora jubilada con treinta de experiencia: lo entendía todo. —Vive aquí lo que necesites. Al tercer día empezó a sonar el móvil: Damián. —Vuelve, por favor. Esto es un caos. No hay comida, todo sucio, la abuela exige cosas. Ni “te echo de menos” ni “estoy mal sin vosotros”. Solo las molestias prácticas. —Damián, lo que te hace falta no es una mujer, es una asistenta. —¿Eh? ¿Qué dices…? —¿Has echado en falta a tus hijos? Silencio. Largo, elocuente. —Yo traigo dinero. ¿Qué quieres más? Colgó. Se sintió, por fin, aliviada. Todo había terminado. En dos semanas, el inquilino dejó libre el piso de Eugenia. Mudanza en un día. Nuevo colegio para Maxi, nueva guarde para Polina —todo se resolvió fácilmente. …El siguiente y último diálogo fue definitivo. Todo lo tragado, callado, soportado sola noche tras noche, mientras cuidaba a los demás sin nadie que la cuidara a ella, salió de golpe. —¡Llevo doce años siendo tu sirvienta gratis! —gritaba por teléfono—. ¡Ni una sola vez, ni UNA, me has preguntado cómo estoy! ¡Tú…! ¡Ya basta! Bloqueó el número. Y pidió el divorcio. La vista judicial duró veinte minutos. Damián no discutió. Firmó la pensión, asintió al juez, se marchó. Quizá entendió algo. Seguramente solo estaba cansado de discutir. …Por la noche, Eugenia descansaba en la cocina de su piso, de vuelta a la vida. Maxi leía en su cuarto. Polina pintaba, sacando la lengua de concentración. Arti jugaba con piezas por la alfombra. Tranquilidad. Michelle tumbada a sus pies. Seguía cocinando, limpiando y trabajando por las noches. Pero ahora era para su verdadera familia. Y se ocuparía en educarlos bien, para que no fueran como su padre. —Mamá —dijo Polina, levantando la cabeza—, ahora te veo sonreír más. Eugenia volvió a sonreír. Polina tenía razón.