Por algún motivo extraño, muchas mujeres creen que cumplir los cuarenta y haber pasado por uno o dos divorcios es motivo suficiente para echar el cierre a la vida. Yo me encuentro justo ahí, flotando en esa bruma. Me casé en dos ocasiones. La primera, siendo una muchacha casi transparente de tan joven; de ese suspiro quedó una hija, que ahora se me vuelve a mí misma reflejada en otro cuerpo. La segunda vez, tenía treinta años. Nunca llegaron ambas alianzas a durar más de dos lunas largas, tumbadas de lado, una tras otra en mi memoria. Siempre parecía que algo se deslizaba torcido en los hombres.
Por supuesto, tras el segundo divorcio hubo hombres, historias como retales sueltos que no alcanzaron a cuajar en matrimonio. Ahora tengo 45 años y entre encajes y días nublados sigo creyéndome merecedora de felicidad y que, en algún rincón de este mundo, vaga mi alma gemela como una sombra baja al atardecer. Recortando las formas, hace apenas un mes apareció un hombre, en mitad de una calle con edificios de fachadas antiguas y relojes parados. Se llama Alberto, tiene 49 años. Paseaba por el Retiro, yo tan cuidada y elegante como un pueblecito al sol, y decidí sentarme en una terraza a tomar un café solo cortado.
Alberto se acercó a presentarse su voz sonaba como saliendo de una radio dentro de un sueño. No era mi tipo perfecto, pero tenía cierta elegancia aseada y gestos de ordenado. Me invitó a otro café, y charlamos con palabras que parecían desvanecerse en cuanto se decían. Como en los sueños lógicos, le pregunté si tenía pareja o esposa. Su respuesta fue niebla en una mañana fría. Se notaba que tenía algún tipo de vínculo. Sin embargo, le invité a mi piso para seguir la charla, con la excusa de que probase el roscón casero que había horneado el día anterior. Sí, puedes pensar que fue demencial invitar a un desconocido, pero estábamos a la vista de muchos conocidos del barrio, y además, Alberto no me pareció ningún peligro.
Subimos a mi piso en Chamberí, cruzamos el recibidor y él me miró alrededor con ojos de niño frente a un tren de juguete:
Tienes una casa enorme Da la sensación de que no ha sentido el temblor de una reforma en quince años.
Me hice la olvidadiza. Lo cierto es que la última vez que pinté las paredes y cambié las baldosas fue hace una década, pero mi piso sigue estando bien, como un abrigo sobre los hombros en primavera. ¿Para qué invertir en paredes o en techos si puedo invertir en mí? ¿De verdad está mal pensado?
Le llevé el té y las pastas, y mientras bebíamos, él oscilaba otra vez sobre el piso. Le contesté clara, como se hablan las sombras en los sueños cuando ya no aguantan más:
¿Qué importa el piso si no me invitas tú al tuyo?
Y de pronto, silencio, un pájaro que se cayese entre las ramas. No hubo más. Se marchó y prometió llamarme en una semana.
Pasó la semana como pasa el viento por la Puerta del Sol, sin ninguna llamada, sin un solo mensaje, y el sábado por la noche casi cuando Madrid duerme me escribió diciendo que vendría a verme. Le respondí que justo en ese momento necesitaba ayuda con la reforma, que si venía sería para empapelar paredes. Y entonces, como si recordase el final del sueño, él dijo que se le había olvidado algo urgente y llamaría la semana siguiente. Supongo que es un hombre casado, buscando un segundo acto casi cómico con una mujer rica, pero yo no encajo en ese papel de comedia. Y, bueno, tampoco me preocupa. Lo importante es que, en el fondo, solo compartíamos camaradería, como los gatos que duermen en los portales. Estoy segura de que encontraré el amor; de eso no tengo duda. Y querría darles un consejo a las mujeres: si un hombre no mueve un dedo por ti, ¿para qué lo quieres en tu vida, como si fuese una sombra sin nombre?





