Lo más importante La fiebre de Lidia subió de golpe. El termómetro marcó 40,5 y, casi al instante, comenzaron las convulsiones. El cuerpo de la niña se arqueó con violencia, tanto que Irene se quedó paralizada un segundo, sin dar crédito a lo que veía, para después lanzarse hacia su hija, controlando como podía el temblor. Lidia empezó a ahogarse entre espuma, la respiración se le atragantaba, como si algo la asfixiara desde dentro. Irene trató de abrirle la boca —los dedos se le resbalaban, no le respondían— pero al final lo consiguió. La niña, de pronto, cayó inerte, perdiendo el conocimiento. Cinco o diez minutos —nadie podría decirlo con certeza. El tiempo no pasaba en segundos, sino a latidos en las sienes de Irene. Estaba atenta a que la lengua no obstruyese la respiración, sujetando la cabeza de Lidia cuando las convulsiones la sacudían con más fuerza que cualquier descarga eléctrica. Irene no era capaz de ver nada más que un objetivo: Lidia tenía que volver a respirar. Lidia tenía que regresar. Gritaba —a la cocina, a las paredes, al vacío, al cielo. Gritaba el nombre de su hija en el teléfono del 112 con tanta desesperación, que era como si con su grito la retuviera en la vida. Llamó a Marcos y, llorando y con hipo, sólo pudo pronunciar: —Lidia… Lidia casi se muere… Pero por el teléfono, Marcos escuchó otra palabra —corta y aterradora: muerta. Se llevó la mano al pecho, el dolor era tan agudo como si le clavasen un cuchillo al rojo. Las piernas se le doblaron y, despacio, casi sin fuerzas, se escurrió de la butaca al suelo, como quien de pronto se queda sin todo: fuerzas, pensamientos, futuro… Intentaron levantarle, sujetándole por los codos, pero el cuerpo no respondía. Alguien le acercó un vaso de agua, otro unas gotas, otro le acarició la espalda —todos decían palabras de consuelo, pero las palabras rebotaban contra su desesperación como las olas contra un muro de hormigón. Marcos no podía recomponerse. Los dedos se le agitaban en calambres, el vaso tintineaba contra sus dientes y, en vez de palabras, apenas brotaban fragmentos, como de una máquina estropeada: —Mu… muer… ta… Li-di-a… muerta… Los labios pálidos, la respiración cortada, las manos ya ajenas. El jefe, don Víctor, sin perder un segundo, sujetó a Marcos por debajo de los brazos y casi lo arrastró hasta su enorme todoterreno. La puerta se cerró de golpe, resonando como un trueno por dentro. —¿A dónde? ¿A dónde hay que ir? —gritaba en su cara, intentando devolver a Marcos a la realidad. Este se quedó como ciego, con los ojos abiertos de par en par, sin entender nada. Tardó en parpadear, como si estuviera atrapado entre la realidad y una pesadilla. —Al hospital infantil… el hospital municipal… —acertó, finalmente, a susurrar Marcos, como si cada palabra le desgarrara la garganta de dolor y miedo. El hospital quedaba demasiado lejos —demasiado lejos para quien acababa de escuchar la palabra más terrible de su vida. Don Víctor pisó a fondo. El todoterreno de un carril a otro; los semáforos, manchas de color sin sentido. Rojo, verde —¡qué más daba! En un cruce, un jeep negro apareció de lado justo delante, como salido de la nada. Les salvaron unos centímetros del choque. Don Víctor giró el volante, derraparon, las ruedas chillaron, saltaron chispas bajo los frenos. El otro jeep desapareció, dejando olor a quemado y la sensación de que la muerte les había rozado, casi tocado. Marcos ni lo notó. Las lágrimas no paraban. Encogido, con el puño en la boca para no romper a llorar. Y de pronto… una ráfaga. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos. Lidia tiene tres años. Una amigdalitis tan fuerte que el termómetro marca cifras de escalofrío. El 112 pone una inyección, recomienda supositorios. La pequeña Lidia, de pie sobre la cama en su pijama de conejitos, ardiendo de fiebre y de llanto. Irene lleva media hora intentando convencerla. Lidia solloza, se frota los ojos y al final cede: —Vale, ponlo… pero ¡no lo enciendas! Marcos se tiró al suelo de la risa. Hacía dos días que habían estado en la iglesia. Y ella recordaba que las velas se encienden. Don Víctor salió al paseo: largo, frío como una navaja y lleno de luces vespertinas. El recuerdo golpeó de nuevo. Semanas después, Lidia se trepa a lo alto del armario. Pequeña mona, ágil y desobediente. Ya está casi en el techo y grita orgullosa. Y, de repente, el armario se inclina, pesadísimo. ¡Bum! Cae como un piano. Irene grita; Marcos se lanza, pero es tarde. El estruendo parte la casa. Lidia sobrevivió. Moratones, lágrimas, un susto enorme y una tableta de chocolate para calmarle el llanto. Al verla, Lidia se pasó enseguida —como si alguien apretara un botón secreto. Dejó de llorar, se limpió la nariz con la manga y preguntó: —¿Me das dos? El chocolate: su botón mágico de la felicidad. Marcos pensó entonces que si dieran chocolate en los hospitales, la humanidad habría inventado la vida eterna. Y después… El silencio de casa, la lámpara encendida al caer la tarde. Irene dice: —Mañana vamos a la iglesia. Pondremos una vela por la salud. Y Lidia, seria como nunca: —¿En el culo, o qué? Irene se tapa la cara, Lidia les mira como diciendo: “¿Y a vosotros qué os hace tanta gracia?” Ahora, en el coche, esa frase absurda se le clava en el corazón. Porque la vida está hecha de esas tonterías. Su vida. El jefe logró llevar a Marcos al hospital. Llegaron de golpe, como si el coche tuviera miedo de perder un segundo. —Lidia está viva —fue lo primero que oyó Marcos—. La han llevado directo a UCI, llevan horas sin decir nada. Dejaron pasar a Irene. A Marcos solo le quedaba rezar y esperar… —– Era la una de la madrugada, esa hora en la que el mundo parece detenerse y volverse infinitamente solitario. Marcos levantó la cabeza y fijó la mirada en la ventana del segundo piso, donde luchaba su niña por la vida. En la ventana, como en una mala película, apareció Irene. Quietísima, brazos pegados al cuerpo, la mirada atravesando el cristal, justo hasta él. Ni un gesto, ni un suspiro, ni deslizar el móvil. Le hizo señas, como si pudiera ahuyentar el miedo. Llamó —no contestó. Solo miraba, sombra, fantasma del amor que teme desaparecer si se mueve. Y entonces sonó su móvil. Breve. Brusco. Le dijeron solo: —Pase. Y colgaron enseguida. El pánico le envolvió tan denso, que el aire era sirope. Intentó levantarse —las piernas no respondían. El cuerpo no quería obedecer, como si el suelo intentara retenerlo a la fuerza, para evitarle escuchar lo peor. Sabía que tenía que entrar, pero el terror lo paralizaba. En ese momento, salió una enfermera. Joven y cansada, con unos zuecos blandos destrozados. Se acercó a él. Marcos la miraba y, por dentro, todo se vino abajo. Ya está. Fin. Lo va a decir. La enfermera se inclinó y le dijo, suave pero firme, como si dictara una sentencia —de esperanza: —Va a vivir. Ya ha pasado el peligro… Y el mundo se tambaleó. Los labios le temblaban, como si no fueran suyos. Sentado, intentaba pronunciar algo, aunque fuera un “gracias”, un “Dios mío”, al menos respirar hondo. Pero solo le temblaban las comisuras, las manos, y le caían lágrimas —calientes, vivas. —– A partir de esa noche, para Marcos, muchas cosas perdieron valor. Ya no le daba miedo perder el trabajo, ni hacer el ridículo ni parecer despistado. Solo una cosa, de verdad, le anclaba la vida: el recuerdo de aquella noche. La certeza de que el mundo podría romperse de golpe en cualquier segundo. De que alguien por quien serías capaz de mover montañas puede desaparecer de un soplo… Todo lo demás dejó de pesar. Como si el mundo de antes y el de después quedasen separados por una delgada línea de miedo. Todos los demás temores se disolvieron, como un ruido innecesario antes de la llegada del verdadero silencio.

Lo más importante

La fiebre de Lucía subió de repente. El termómetro marcó 40,5 grados y casi al instante empezaron las convulsiones. El cuerpo de la niña se arqueó con tal fuerza que Irene, su madre, se quedó paralizada un segundo, incrédula, y luego corrió hacia ella conteniendo el temblor de sus manos.

Lucía comenzó a ahogarse en espuma, su respiración se volvía entrecortada, como si se la estrangulase desde dentro.

Irene intentó abrirle la bocalos dedos resbalaban, no respondíanpero finalmente lo logró. La niña perdió la fuerza de golpe y cayó en la inconsciencia. Cinco o diez minutos, nadie hubiera podido decirlo, porque el tiempo no corría en segundos, sino al ritmo de los latidos que retumbaban en las sienes de Irene.

Vigilaba que la lengua de Lucía no obstruyera el aire, le sujetaba la cabeza cuando las convulsiones la sacudían peor que un calambrazo.

Irene no sentía nada excepto una cosa: Lucía debía volver a respirar. Lucía tenía que regresar.

Gritóhacia la cocina, las paredes, la nada y el cielo. Gritó su nombre al 112 por teléfono con tal desesperación, como si con ello pudiera sostenerla en la vida.

Al llamar a Javier, llorando y con hipo, apenas pudo pronunciar:

Lucía Lucía casi se nos va…

Pero al otro lado, Javier sólo oyó una palabra corta y terrorífica: muerta.

Se llevó la mano al pecho; el dolor punzante era como si le hubieran clavado un hierro candente. Las piernas le fallaron y, despacio, casi sin fuerza, resbaló del sillón al suelo, como si de repente se hubiera vaciado de fuerzas, pensamientos y de futuro…

Le intentaron levantar, uno le sostenía por los codos, otro le acercó agua, otro le palmoteó la espaldatodos decían palabras de consuelo, pero eran olas inútiles contra el muro de su desesperanza.

Javier no lograba recomponerse. Los dedos le temblaban con espasmos, el vaso tintineaba contra los dientes, y de su garganta no salían más que sonidos incoherentes, como de máquina rota:

Mu-mu-mu… muerta… Lu-ci-a… mu-muerta…

Los labios pálidos, el aire cortado, las manos ajenas.

El jefe, don Ángel Hernández, reaccionó sin perder tiempo. Levantó a Javier y prácticamente lo metió a empujones en su todoterreno. La puerta se cerró con tal golpe que retumbó por dentro.

¡¿Adónde?! ¿Dónde quieres ir? le gritó directamente al rostro, intentando hacerlo reaccionar.

Javier estaba ahí, ciego, ojos abiertos sin comprender nada, como atrapado entre la realidad y una pesadilla.

Al Hospital Infantil municipal al fin acertó a decir, como si cada palabra le desgarrara la garganta.

El hospital estaba lejos, demasiado para quien acaba de oír la palabra más terrible del mundo.

Ángel pisó el acelerador; el coche volaba por la Castellana, cruzando carriles y pasando los semáforos en rojo o en verde, ¿qué más daba?

Una vez, en un cruce, un todoterreno negro surgió de la nada junto a ellos.

Por centímetros rozaron el accidente. Ángel giró el volante, el coche giró sobre sí mismo, los neumáticos chillaron soltando chispas.

El otro coche pasó dejando olor a goma quemada y la certeza de que la muerte acababa de rozarles, apenas sin verse.

Javier no se enteró.

Las lágrimas no cesaban. Encogido, oprimía el puño contra los labios para no romper a llorar a gritos.

Y entonces, un destello. Como si alguien encendiera por un segundo el proyector de los recuerdos.

Lucía tenía tres años. Una angina tan fuerte que el termómetro marcaba cifras que congelan la sangre. El SAMUR le pinchó un antitérmico y recomendaron supositorios.

La pequeña Lucía, en pijama de conejitos, sudada y caliente, lloraba en la cama. Irene llevaba media hora convenciéndola. Lucía sollozando, frotándose los ojos, al fin se rinde y dice triste:

Vale, ponlo pero que no lo enciendas.

A Javier casi se le desencaja la risa. Unos días antes habían ido a la iglesia, y Lucía recordaba bien que allí las velas se encienden.

Ángel sacó el coche al Paseo del Prado, brillante de luces, tan frío como una hoja de navaja.

La memoria golpeó con otra escena.

Semanas después, Lucía trepó al gran armario del dormitorio. Una pequeña mona, traviesa y ágil. Casi junto al techo, gritaba desafiante.

El armario empezó a tambalearse Un estruendo. Irene chilló, Javier saltó hacia adelante, pero era tarde. El golpe sacudió la casa.

Lucía sobrevivió. Golpes, llanto, susto y una chocolatina gigante para calmarla.

Al ver el chocolate, Lucía se recompuso como si le dieran la vida: dejó de llorar, se secó la nariz con la manga y preguntó:

¿Puedo tomarme dos?

El chocolate era su botón secreto de felicidad.

Javier pensó entonces que si repartieran chocolatinas en los hospitales, la humanidad ya habría inventado la vida eterna.

Después

Silencio en casa, la lámpara con luz cálida.

Irene dice:

Mañana iremos a la iglesia. Pondremos una vela por tu salud.

Y Lucía, seria como nunca, pregunta:

¿En el culo también?

Irene se tapa la cara resignada; Lucía los mira, ofendida: ¿De qué os reís?

En el coche, esa ocurrencia le apuñaló el corazón.

Porque justo en esas tonterías estaba la vida misma.

Su vida.

Ángel logró llegar al hospital. Frenó tan bruscamente como si el coche tuviera miedo de quedarse un solo segundo más.

La niña está viva fue lo primero que oyó Javier. La han llevado directa a cuidados intensivos; los médicos no nos dicen nada desde hace horas.

Dejaron pasar a Irene junto a la niña. Javier sólo podía esperar y rezar…

—–

Era la una de la madrugada; ese momento en que el mundo parece detenerse, inmenso y solitario. Javier alzó la mirada y buscó con los ojos la ventana del segundo piso, donde su niña luchaba por la vida.

En el cristal, como en una película de terror, apareció Irene. Quieta, brazos pegados al cuerpo, mirada fija a través del vidrio. Ni un gesto, ni un suspiro, ni tocar el móvil.

Él agitó la mano, como si pudiera así ahuyentar el miedo. Llamó, pero ella no contestó. Sólo miraba, como un espectro mudo de amor, temerosa de desaparecer si se movía.

Entonces sonó el teléfono. Corto, seco.

Pase dijeron simplemente.

Y colgaron.

El terror le invadió tan denso que el aire se volvió almíbar. Intentó levantarselas piernas no reaccionaban. El suelo parecía resistirse a soltarle, impedir que escuchara lo irremediable.

Sabía que tenía que entrar, pero el miedo lo paralizaba.

En ese instante, apareció una enfermera joven, exhausta, con unos zuecos desgastados. Caminó hacia él.

Javier la miró y sintió cómo todo se derrumbaba por dentro.

Ya está. Se acabó. Ahora lo dice.

La enfermera se acercó, se inclinó un poco y dijo con la voz baja pero nítida, como si dictara sentenciapero luminosa:

Vivirá. Ya ha pasado lo peor…

Y el mundo giró.

Los labios le temblaban, incontrolables, como si no fueran suyos. Sentado, sólo intentaba articular algo, aunque fuera gracias, Dios mío, o simplemente exhalar con normalidad. Pero solo se movían los extremos de la boca, le temblaban las manos y las lágrimas le corríanvivas, calientes.

—–

Después de aquella noche, Javier dejó de temer por las cosas de siempre.

Ya no le importaba perder el trabajo. Ni hacer el ridículo, ni parecer torpe o vulnerable.

Lo único que de verdad le ataba era el recuerdo de aquella noche. Saber, con una certeza nueva, que el mundo puede romperse en un segundo. Que una persona por la que moverías montañas puede desaparecer de un soplo…

El resto perdió peso.

Como si una línea invisible de miedo dividiera la vida en Antes y Después.

Todos los otros miedos se desvanecieron, como un ruido innecesario antes del verdadero silencio.

Y así entendió que lo más importante no es lo que tememos perder, sino a quién estamos dispuestos a no dejar ir nunca.

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MagistrUm
Lo más importante La fiebre de Lidia subió de golpe. El termómetro marcó 40,5 y, casi al instante, comenzaron las convulsiones. El cuerpo de la niña se arqueó con violencia, tanto que Irene se quedó paralizada un segundo, sin dar crédito a lo que veía, para después lanzarse hacia su hija, controlando como podía el temblor. Lidia empezó a ahogarse entre espuma, la respiración se le atragantaba, como si algo la asfixiara desde dentro. Irene trató de abrirle la boca —los dedos se le resbalaban, no le respondían— pero al final lo consiguió. La niña, de pronto, cayó inerte, perdiendo el conocimiento. Cinco o diez minutos —nadie podría decirlo con certeza. El tiempo no pasaba en segundos, sino a latidos en las sienes de Irene. Estaba atenta a que la lengua no obstruyese la respiración, sujetando la cabeza de Lidia cuando las convulsiones la sacudían con más fuerza que cualquier descarga eléctrica. Irene no era capaz de ver nada más que un objetivo: Lidia tenía que volver a respirar. Lidia tenía que regresar. Gritaba —a la cocina, a las paredes, al vacío, al cielo. Gritaba el nombre de su hija en el teléfono del 112 con tanta desesperación, que era como si con su grito la retuviera en la vida. Llamó a Marcos y, llorando y con hipo, sólo pudo pronunciar: —Lidia… Lidia casi se muere… Pero por el teléfono, Marcos escuchó otra palabra —corta y aterradora: muerta. Se llevó la mano al pecho, el dolor era tan agudo como si le clavasen un cuchillo al rojo. Las piernas se le doblaron y, despacio, casi sin fuerzas, se escurrió de la butaca al suelo, como quien de pronto se queda sin todo: fuerzas, pensamientos, futuro… Intentaron levantarle, sujetándole por los codos, pero el cuerpo no respondía. Alguien le acercó un vaso de agua, otro unas gotas, otro le acarició la espalda —todos decían palabras de consuelo, pero las palabras rebotaban contra su desesperación como las olas contra un muro de hormigón. Marcos no podía recomponerse. Los dedos se le agitaban en calambres, el vaso tintineaba contra sus dientes y, en vez de palabras, apenas brotaban fragmentos, como de una máquina estropeada: —Mu… muer… ta… Li-di-a… muerta… Los labios pálidos, la respiración cortada, las manos ya ajenas. El jefe, don Víctor, sin perder un segundo, sujetó a Marcos por debajo de los brazos y casi lo arrastró hasta su enorme todoterreno. La puerta se cerró de golpe, resonando como un trueno por dentro. —¿A dónde? ¿A dónde hay que ir? —gritaba en su cara, intentando devolver a Marcos a la realidad. Este se quedó como ciego, con los ojos abiertos de par en par, sin entender nada. Tardó en parpadear, como si estuviera atrapado entre la realidad y una pesadilla. —Al hospital infantil… el hospital municipal… —acertó, finalmente, a susurrar Marcos, como si cada palabra le desgarrara la garganta de dolor y miedo. El hospital quedaba demasiado lejos —demasiado lejos para quien acababa de escuchar la palabra más terrible de su vida. Don Víctor pisó a fondo. El todoterreno de un carril a otro; los semáforos, manchas de color sin sentido. Rojo, verde —¡qué más daba! En un cruce, un jeep negro apareció de lado justo delante, como salido de la nada. Les salvaron unos centímetros del choque. Don Víctor giró el volante, derraparon, las ruedas chillaron, saltaron chispas bajo los frenos. El otro jeep desapareció, dejando olor a quemado y la sensación de que la muerte les había rozado, casi tocado. Marcos ni lo notó. Las lágrimas no paraban. Encogido, con el puño en la boca para no romper a llorar. Y de pronto… una ráfaga. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos. Lidia tiene tres años. Una amigdalitis tan fuerte que el termómetro marca cifras de escalofrío. El 112 pone una inyección, recomienda supositorios. La pequeña Lidia, de pie sobre la cama en su pijama de conejitos, ardiendo de fiebre y de llanto. Irene lleva media hora intentando convencerla. Lidia solloza, se frota los ojos y al final cede: —Vale, ponlo… pero ¡no lo enciendas! Marcos se tiró al suelo de la risa. Hacía dos días que habían estado en la iglesia. Y ella recordaba que las velas se encienden. Don Víctor salió al paseo: largo, frío como una navaja y lleno de luces vespertinas. El recuerdo golpeó de nuevo. Semanas después, Lidia se trepa a lo alto del armario. Pequeña mona, ágil y desobediente. Ya está casi en el techo y grita orgullosa. Y, de repente, el armario se inclina, pesadísimo. ¡Bum! Cae como un piano. Irene grita; Marcos se lanza, pero es tarde. El estruendo parte la casa. Lidia sobrevivió. Moratones, lágrimas, un susto enorme y una tableta de chocolate para calmarle el llanto. Al verla, Lidia se pasó enseguida —como si alguien apretara un botón secreto. Dejó de llorar, se limpió la nariz con la manga y preguntó: —¿Me das dos? El chocolate: su botón mágico de la felicidad. Marcos pensó entonces que si dieran chocolate en los hospitales, la humanidad habría inventado la vida eterna. Y después… El silencio de casa, la lámpara encendida al caer la tarde. Irene dice: —Mañana vamos a la iglesia. Pondremos una vela por la salud. Y Lidia, seria como nunca: —¿En el culo, o qué? Irene se tapa la cara, Lidia les mira como diciendo: “¿Y a vosotros qué os hace tanta gracia?” Ahora, en el coche, esa frase absurda se le clava en el corazón. Porque la vida está hecha de esas tonterías. Su vida. El jefe logró llevar a Marcos al hospital. Llegaron de golpe, como si el coche tuviera miedo de perder un segundo. —Lidia está viva —fue lo primero que oyó Marcos—. La han llevado directo a UCI, llevan horas sin decir nada. Dejaron pasar a Irene. A Marcos solo le quedaba rezar y esperar… —– Era la una de la madrugada, esa hora en la que el mundo parece detenerse y volverse infinitamente solitario. Marcos levantó la cabeza y fijó la mirada en la ventana del segundo piso, donde luchaba su niña por la vida. En la ventana, como en una mala película, apareció Irene. Quietísima, brazos pegados al cuerpo, la mirada atravesando el cristal, justo hasta él. Ni un gesto, ni un suspiro, ni deslizar el móvil. Le hizo señas, como si pudiera ahuyentar el miedo. Llamó —no contestó. Solo miraba, sombra, fantasma del amor que teme desaparecer si se mueve. Y entonces sonó su móvil. Breve. Brusco. Le dijeron solo: —Pase. Y colgaron enseguida. El pánico le envolvió tan denso, que el aire era sirope. Intentó levantarse —las piernas no respondían. El cuerpo no quería obedecer, como si el suelo intentara retenerlo a la fuerza, para evitarle escuchar lo peor. Sabía que tenía que entrar, pero el terror lo paralizaba. En ese momento, salió una enfermera. Joven y cansada, con unos zuecos blandos destrozados. Se acercó a él. Marcos la miraba y, por dentro, todo se vino abajo. Ya está. Fin. Lo va a decir. La enfermera se inclinó y le dijo, suave pero firme, como si dictara una sentencia —de esperanza: —Va a vivir. Ya ha pasado el peligro… Y el mundo se tambaleó. Los labios le temblaban, como si no fueran suyos. Sentado, intentaba pronunciar algo, aunque fuera un “gracias”, un “Dios mío”, al menos respirar hondo. Pero solo le temblaban las comisuras, las manos, y le caían lágrimas —calientes, vivas. —– A partir de esa noche, para Marcos, muchas cosas perdieron valor. Ya no le daba miedo perder el trabajo, ni hacer el ridículo ni parecer despistado. Solo una cosa, de verdad, le anclaba la vida: el recuerdo de aquella noche. La certeza de que el mundo podría romperse de golpe en cualquier segundo. De que alguien por quien serías capaz de mover montañas puede desaparecer de un soplo… Todo lo demás dejó de pesar. Como si el mundo de antes y el de después quedasen separados por una delgada línea de miedo. Todos los demás temores se disolvieron, como un ruido innecesario antes de la llegada del verdadero silencio.