Lo más doloroso que me ocurrió en el año 2025 flotaba entre nubes extrañas, cuando descubrí que mi marido me engañaba… y que mi hermano, mi primo y mi padre lo sabían desde siempre.
Habíamos estado casados durante once años, navegando entre sueños y rutinas. La mujer con la que mi esposo tenía ese vínculo de sombras trabajaba como secretaria en la empresa de mi hermano, en una ciudad que parecía Madrid pero no era exactamente Madrid; quizás era una versión difusa de Salamanca pintada por Dalí.
Su relación empezó porque mi hermano los presentó en un pasillo donde los relojes se derretían y las paredes susurraban secretos. No fue por casualidad. Coincidían en oficinas donde los expedientes bailaban flamenco, en reuniones llenas de miradas y en eventos de negocios donde las copas tintineaban como castagnetas. Mi primo también frecuentaba estos lugares, todos rodeados de jamón y brisas de otoño. Cada uno conocía el otro, todos se veían en fiestas familiares y siempre parecían estar a un paso de decirme la verdad, pero nunca lo hicieron.
Durante meses mi marido siguió viviendo conmigo, como si el tiempo estuviera congelado. Seguía las costumbres de los domingos con mi familia, charlaba con mi hermano, mi primo y mi padre, ignorando que ellos llevaban en sus bolsillos la llave del secreto. Ningún aviso, ningún susurro por los pasillos escondidos de la casa. Nadie me preparó para el despertar; simplemente me dejaron dormir entre dudas.
En octubreen ese mes donde la luz es naranja y los sueños se mezclan con la realidaddescubrí la infidelidad. Hablé primero con mi marido, y él confesó despacio, como si las palabras fueran aceitunas demasiado verdes. Después confronté a mi hermano, preguntándole directamente si había sabido. Sí, me dijo, como si contestara a un acertijo absurdo. ¿Desde cuándo?, insistí. Desde hace unos meses, respondió, y sus palabras flotaron como hojas en el viento. ¿Por qué no me lo dijiste?, exigí saber. No era asunto mío; esas cosas son entre pareja… entre hombres no se comentan, contestó, como si tuviera un refrán antiguo en la boca.
Después busqué la mirada de mi primo. Le hice las mismas preguntas y sus respuestas salieron de su boca como burbujas de vino tinto. Sí, yo lo sabía; los mensajes y las miradas lo decían todo; pero no quise meterme donde no me llamaban, no era mi papel entrometerme en asuntos ajenos, rezó, casi como si recitara poesía rota.
Mi padre fue el último. ¿Tú también lo sabías?, pregunté. Sí, admitió, con el tono de quien dice algo intrascendente. ¿Desde cuándo? Desde hace tiempo, murmuró. ¿Por qué jamás me dijiste nada? No quería conflictos; los asuntos de pareja se resuelven entre esposos; yo no me metía. Todos repetían el mismo estribillo, como si fuera una nana melancólica.
Me marché de la casa, dejando atrás los muebles y los recuerdos, y ahora el hogar está en venta por números que ya no significan nada, tal vez ciento diez mil euros, aunque en el sueño el precio era incierto. No hubo escándalos bajo los faroles de la calle ni enfrentamientos; me negué a rebajarme, ni por orgullo ni por rabia. La mujer sigue trabajando en la empresa de mi hermano, tomando café y riéndose suavemente. Mi hermano, mi primo y mi padre continúan con sus vidas, sus relaciones intactas, como si nada hubiera pasado en el teatro de sombras.
En Navidad y Nochevieja, mi madre me invitó a celebrar con ellos en una mesa alargada, donde el aire olía a turrón y tristeza. Estarían mi hermano, mi primo y mi padre, sentados juntos como los personajes de una obra imposible. Le expliqué que no podía compartir el vino y el pan con quienes callaron mientras mi mundo se desmoronaba. Ellos festejaron, moviendo copas y contando anécdotas. Yo no estuve en ninguna de esas fechas mágicas.
Desde octubre no he cruzado palabra con ninguno de los tres. No encuentro la puerta del perdón; parece escondida en una calle sin nombre, bajo la luna de Castilla.







