Lo más difícil de vivir con un cachorro no es lo que la mayoría de la gente imagina.
No es sacarlo a pasear cuando llueve en Madrid, cuando el frío cala hasta los huesos y las calles están desiertas, cuando apenas has dormido o el alma te anda revuelta.
No es rechazar viajes familiares a Segovia o cenas con amigos en Salamanca porque te dicen: Ven, pero sin él.
No es tener pelos en las sábanas, en el abrigo favorito, ni encontrarlos en la sopa de garbanzos.
Tampoco es fregar el suelo de la casa una y otra vez, sabiendo que en media hora volverá a estar igual.
No son las facturas del veterinario, ni el miedo constante a que se te escape algo importante sobre su salud.
No es perder una pizca de libertad, porque la libertad se convierte en un nosotros.
Y tampoco es entregar tu corazón, que deja de ser solo tuyo.
Todo eso es amor.
Todo eso es vida.
Todo eso fue elección tuya.
Lo realmente duro llega con lentitud, como ese dolor de huesos que anuncia en Castilla que el tiempo va a cambiar, o como el frío que, al principio, solo se nota en la calle, pero acaba calando hasta el fondo.
Un día te das cuenta, simplemente:
ya no puede como antes.
Lo intenta pero ya no puede.
Corre hacia ti, como siempre pero algo ha cambiado.
Sus ojos siguen siendo los tuyos, pero ahora en ellos brilla esa luz cansada que parece decir:
Aquí sigo, pero cada día me cuesta un poco más.
Te acuerdas de cómo era.
Y lo miras tal como es ahora enteramente tuyo, habiéndote dado su confianza hasta el final.
Siempre creyó en ti:
que estarías a su lado,
que le ayudarías,
que le salvarías.
Y así fue.
Pero ahora no puedes salvarle de los años, del tiempo, del destino.
Lo más doloroso es saber que para ti, él fue consuelo
pero tú fuiste para él TODO:
su vida entera,
su cielo completo,
todas sus esperanzas.
Y no estás preparado.
No estás preparado para dejarle ir.
No estás preparado para ver cómo se apaga quién te enseñó a amar sin medida.
Luego llega el silencio.
Un silencio denso, que ocupa el aire.
El hueco en la almohada.
El cuenco que nadie remueve ya con la lengua.
Y tu corazón hecho trizas.
Sales a la calle de nuevo.
Pero ya no va contigo.
Y te sorprendes diciendo al viento:
Vamos, chiquitín
Y si pudiera retroceder el tiempo
lo elegiría otra vez.
Elegiría el cansancio, la tristeza, la entrega.
Porque este amor es verdadero.
Tener un perro es invitar el fuego a tu vida.
Un fuego que te calienta para siempre,
incluso cuando ya no está.
Porque el perro solo tiene una misión en este mundo:
regalarte, por entero, su corazón.







