He invitado a mi cuñada y a su hijo a unas vacaciones y me he arrepentido mil veces.
Mi marido y yo estamos de vacaciones en la costa. Desde hace algunos años vamos con amigos, cada uno en su coche, y acampamos cerca del mar. Ya somos expertas. Elegimos un tramo del litoral, montamos nuestras tiendas y pasamos allí los días. Durante la jornada nos damos baños, tomamos el sol. Y cuando cae la noche, cantamos canciones acompañadas de guitarra junto a una hoguera, degustando una copa de vino tinto. Este año se nos ha unido mi cuñada, Lucía, junto a su niño de dos años y medio. Dudamos mucho: ¿los llevamos o no?
Desgraciadamente, nos dejamos convencer. Mirando atrás, no fue el niño quien dió problemas, sino Lucía. Todo empezó ya por el camino. Lucía pedía parar cada hora. Decía que estaba agotada y necesitaba estirarse. Así que llegamos tardísimo, cuando nuestros amigos ya estaban extendidos en la arena y hasta habían tenido tiempo de bañarse. Por fin llegamos. Y entonces comenzó el segundo acto. Mi cuñada estaba indignada:
¡No pienso quedarme aquí!
¿Por qué? Avisamos de que íbamos a acampar
Pensé que nos referíamos a buscar alojamiento allí, no a reservar un hotel.
¿Y por qué crees que traemos sacos de dormir y tiendas de campaña? gruñó mi marido.
Creía que era una forma de hablar.
Tuvimos que alquilarle una habitación a última hora. Además, mi marido tenía que llevarla y recogerla cada día, y volver a llevarla por la noche. Y por si fuera poco, acercarla a las cafeterías y a los mercados; y hacerse cargo del niño mientras ella se tomaba un respiro de su tarea.
Entre todos cuidábamos al pequeño. Y en realidad, el niño no era complicado: obedecía, corría, jugaba en el agua, comía de todo y dormía pacíficamente en la tienda durante la siesta. Todo lo contrario a su madre. El año que viene, sin duda, no la volveremos a invitar. Pero al peque sí que lo traeríamos, si sus padres nos dejan. Él es el campista ideal para venir de acampada.







