Me llevé a mi cuñada y a su hijo de vacaciones y lo lamenté mil veces.
Mi marido y yo solemos ir cada año de vacaciones a la playa. Desde hace unos años, nos unimos a un grupo de amigos, cogemos los coches y nos lanzamos a descubrir alguna cala perdida del litoral español. Somos expertas en acampada libre, de esas que plantan la tienda en cualquier sitio decente y se olvidan del reloj. Pasamos los días bañándonos en el mar, poniéndonos del color de una gamba bajo el sol. Y al caer la noche, nos sentamos junto a una hoguera, guitarra en mano y copa de vino Rioja en la otra, haciendo el ridículo con canciones de Sabina.
Pero este año, se apuntó mi cuñada, Marta. Y claro, no venía sola, que para qué íbamos a tener suerte: arrastró también a su hijo de dos años y medio, un personajillo rubio de esos que parecen sacados de un anuncio de Colacao. Tuvimos ese debate de ¿les dejamos venir o no? Ya sabéis, el clásico ¿seguro que no nos arrepentimos?
Pues claro que nos arrepentimos. Y no fue por el niño. Al revés, el enano era un amor. El problema era Marta. Y la cosa ya empezó mal en el coche: cada hora pedía una parada. Que si me duele la espalda, que si necesito estirar las piernas, que si me apetece un café. Así que llegamos cuando los demás ya estaban tendidos al sol como lagartos y, encima, les dio tiempo a un chapuzón antes de que apareciéramos nosotros.
Y ahí empezó la segunda parte del show. Nada más bajarse del coche, Marta explotó:
¡Yo aquí no me quedo!
Pero, hija, ¿no te dijimos que esto era con tienda de campaña?
Creía que eso quería decir que buscaríamos hostal o pensión en el pueblo, no que dormiríamos en el suelo.
¿Y por qué crees que hemos venido con el coche cargado de sacos de dormir y tiendas? gruñó mi marido.
¡Ah! Yo pensé que era para hacer de campistas por un día.
Total, que tuvimos que buscarle una habitación. Y claro, después mi marido, de chófer personal: que si a recogerla por la mañana para que estuviera con el grupo, que si llevarla de vuelta por la noche, que si súbeme a un café, que si acompáñame al mercado Y mientras, todos pendientes del crío, que tenía menos complicaciones que un gazpacho: se bañaba, corría, comía lo que le dieses y, por las tardes, dormía más profundo que un tronco en la tienda.
El próximo año lo tenemos claro: Marta, ni hablar. Pero al peque, si sus padres nos lo endosan, ¡bienvenido a la acampada! Porque ese sí que es de los nuestros: puro espíritu aventurero… y sin una sola queja.






