¡Llévatelo donde quieras, haz lo que quieras con él, ya no puedo más!

Una noche, mientras hacía mi turno en la oficina de la Universidad Complutense, escuché sin querer la conversación telefónica de mi compañero Alberto. Con tono irritado decía:
¡Llévatelo donde quieras, haz lo que te dé la gana, ya no soporto más a ese perro!
Me picó la curiosidad y le pregunté de qué hablaba. Alberto respondió que estaba a punto de entregar una perra pastor alemán.
¿Por qué? le pregunté.
Porque es un caos despachó. Por las noches aúlla, se escapa de la cadena, su pelo es un mares de pelos sueltos, el patio acaba cubierto de mugre y no hace nada por cuidar la casa.
Sentí lástima por el animal. Llamé a mi padre, Antonio, y le pregunté si necesitaba un perro para vigilar su finca en Ávila. Tras unos minutos, Antonio devolvió la llamada y me dijo que podía pasar a recogerla.

Llegó el día señalado. Subimos al coche, llevamos un vendaje por si hacía falta amarrarle la boca, pues nos dirigíamos a buscar a «la bestia salvaje».
Al llegar, nos recibió Alberto junto a la perra: demacrada, delgada, con el pelaje enmarañado, sangre en la cabeza y una almohadilla delantera rasgada. Sus ojos reflejaban una tristeza tal que parecía a punto de lágrimas.
La perra, llamada César, se lanzó al asiento trasero sin gruñir, tranquila, sin mostrarnos la mínima agresión. A su lado se sentó Luis, el marido de mi hermana Almudena, y todo el trayecto la perra durmió en silencio.
En casa decidimos comprarle primero un collar y una correa, y darle un buen baño. Mamá María y Almudena, asomadas por la puerta, nos miraban con recelo, pensando que habíamos traído a una fiera.
Mientras conducíamos, mamá preparó una sopa de fideos con carne. Cuando la comida estuvo tibia, le ofrecimos un trozo de pan. Resultó más doloroso observar sus heridas que ver cómo se abalanzaba con avidez sobre ese simple trozo de pan.
Una pastor alemán sana suele pesar unos 35kilogramos; ella apenas llegaba a los 20. Cuando le pusimos el cuenco con comida, lo devoró en un instante y se tiró al rincón indicado.
Al cabo de un rato, mamá tomó el cuenco para lavarlo, sujetándolo por detrás. De pronto sintió que alguien lo retiraba con delicadeza. Era César, que lo tomó entre los dientes y lo volvió a colocar a su lado, como diciendo: «Esto es mío, yo lo vigilo».
No teníamos pensado alojar a un macho adulto de cinco años en nuestro piso; pensábamos que mamá se opondría. Pero el palpitar de su corazón cambió todo, y entregar a ese perro tan leal ya no fue una opción.
Tras el baño y el cepillado, César quedó como nuevo. Al día siguiente lo llevé al veterinario de la zona. Nos explicaron cómo curar sus heridas, compré los medicamentos y, en unas dos semanas, le puse todas las vacunas. No culpé a sus antiguos dueños; quién sabe, quizá realmente escapara y sufriera en la calle.
Cuando ya estaba recuperado, iniciamos un curso de adiestramiento. En verano, mis padres lo llevaban a la finca de su familia en Segovia, donde se convirtió en un auténtico guardián: nadie se acercaba al cercado sin su mirada atenta. Con sus 40kilogramos de presencia, imponía respeto.
Han pasado ya ocho años. César ha superado dos operaciones: primero una hernia inguinal y después complicaciones postoperatorias. Le dolen las articulaciones, le ha salido artrosis, pero lo tratamos, lo cuidamos, lo mimamos. Hoy es un anciano. Padre lo llama cariñosamente «hijo», y mamá lo consiente como a un niño.
No entiendo cómo alguien pudo no amar a ese perro y abandonarlo. En él hay una entrega y ternura sin límites. Sí, cuidar de un animal exige esfuerzo, pero ahora ninguno de nosotros puede imaginar el hogar sin él. Si el padre no está o alguno de nosotros se marcha, César se entristece, no come, espera.
Un par de años después de que César llegara, falleció nuestra gata, que había vivido con nosotros más de dieciocho años. El destino, caprichoso, hizo que en nuestro portal unos inquilinos dejaran un gatito. Los vecinos le dieron de comer, pero yo comprendí que no podía dejar al pequeño en el frío de noviembre. Así nació Eva, una gatita pícara y astuta, que ahora ronronea en nuestro salón.
Gente, sed más amables con los animales. Sienten todo: el dolor, el cariño. Elegid el amor y dejad que esa ternura os devuelva la dicha. Porque, al final, el respeto y la compasión son los verdaderos guardianes de cualquier corazón.

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MagistrUm
¡Llévatelo donde quieras, haz lo que quieras con él, ya no puedo más!