¿Pero qué dices? ¡¿Una residencia de mayores?! ¡Anda ya! ¡No pienso dejar mi casa por nada del mundo! El padre de Elvira Sánchez le lanzó una taza, intentando acertarle en la cabeza. Ella, por costumbre, esquivó el golpe sin inmutarse.
Esto no podía seguir así. Tarde o temprano, él acabaría haciéndole realmente daño, y ella ya ni sabría por dónde le vendrían los disgustos. Aun así, mientras firmaba los papeles para llevar a su padre a la residencia, Elvira solo sentía un inmenso cargo de conciencia, a pesar de estar haciendo muchísimo más de lo que él jamás había hecho por ella.
Cuando lo metieron en el coche, el padre se resistía, gritaba e insultaba a gritos a todos los que participaban en su traslado.
Elvira se quedó en la ventana, mirando cómo el coche se alejaba calle abajo. No era la primera vez que le tocaba vivir algo así. Pero la vez anterior era solo una niña y no entendía qué le deparaba la vida.
Elvira era hija única. Su madre no se atrevió a tener otro hijo, porque su marido era un tirano doméstico que convirtió la existencia de su familia en un infierno.
El padre de Elvira, Ramón Sánchez, ya era un hombre bien entrado en años cuando ella nació, pasados los cuarenta.
Ramón solo se casó por conveniencia profesional. Nunca le interesó el matrimonio por amor ni por formar familia. Nadie ocupó jamás en su corazón un lugar más importante que él mismo. Si dio el paso fue para forjarse la imagen de hombre respetable y familiar, algo imprescindible para progresar en su carrera pública.
No tardó en encontrar la ocasión perfecta entre las conocidas: una estudiante joven, Marisol, hija de un matrimonio de obreros de fábrica. Ideal como esposa ejemplar de servidor público. Para la familia de Marisol, emparentar con alguien de esa relevancia era todo un ascenso social. Nadie preguntó a la novia qué opinaba; la boda fue un gran evento, aunque los padres de la novia ni siquiera asistieron, porque su posición social no era “apropiada”.
Marisol fue a vivir a la casa de Ramón nada más casarse. Para que no metiera la pata y aprendiera rápido a comportarse, le asignaron a una señora que le instruía en los buenos modales y en saber callar ante lo evidente si no recibía permiso para comentarlo.
¿Qué, cómo ha ido el día? preguntaba Ramón sentándose en el butacón del salón.
Todo en orden. He practicado el protocolo de mesa y he empezado a estudiar inglés, respondía Marisol, sabiendo que lo primordial era no dar motivos para que su marido se disgustara.
¿Y? ¿Eso es todo? ¿Y la casa, quién la ha llevado mientras tanto?
Yo, claro… He hecho el menú de la semana con la cocinera, he hecho la compra y también he limpiado la casa.
Bueno, vale, aceptamos barco por hoy. Pero que te vea siempre bien arreglada, ¿eh? No vayas hecha una pueblerina. Si te portas bien, tal vez te ponga chofer y asistenta. Pero aún no te lo has ganado.
Por mucho que Marisol intentara agradar, los días en que no pasaba nada desagradable eran contados. Ramón llegaba tarde, enfadado y extenuado, descargaba todo con su mujer, porque a la servidumbre no podía, ya que podían largarse o irse de la lengua. Marisol, sin padres cerca, no tenía a quién contarle sus penas, y tampoco tenía opción de marcharse.
La primera bofetada llegó al mes de casados. Ni siquiera por algún fallo grave, sino simplemente para dejar claro quién mandaba. A partir de entonces, los malos tratos se sucedieron. Las palizas eran expertas: evitaba las marcas visibles, para que nada se notara en el exterior. Marisol ocultaba hematomas bajo la ropa, recibiendo sonriente a los amigos y conocidos de Ramón.
Al cumplir un año de casados, los amigos comenzaron a presionar a Ramón sobre por qué no tenían hijos aún:
Ramón, tío, ¡menudo hombre saludable que eres tú! ¿Cómo es que tu mujer, con lo joven y guapa, no ha salido aún embarazada? ¿No será que la defectuosa es ella? Deberías hacerla ir al médico, que no está el mundo para perder el tiempo…
No estábamos buscando. Ella sigue en sus estudios, contestó seco Ramón.
¿Estudios? ¿Y eso para qué? ¡Si las mujeres tienen que estar en casa, hombre! ¡Hijos, familia, listo! Haz que deje la clasecita y ve al médico. Si quieres, le digo a la mía que le busque doctores buenos. Y ojo, que los hijos son obligatorios ¡serás el ejemplo del barrio, Ramón!
Y entonces comenzó la etapa de exámenes y pruebas médicas infinitas para Marisol. Hasta el punto de que Ramón dejó de pegarle para que ningún doctor notara heridas extrañas.
Pasaron meses, y tras muchas pruebas, se demostró que Marisol estaba sana, perfectamente capaz de tener hijos. Así que todos sabían de dónde venía el problema. Un médico lo insinuó con tacto y recomendó a Ramón que también se dejara mirar.
¿Yo? ¿Tú sabes con quién hablas? Bastan dos llamadas mías y acabas curando gatos en algún pueblo perdido…
Aunque consigas que me despidan, tu problema seguiría ahí le contestó el médico, ya curtido en lidiar con personajes importantes.
Entonces, ¿qué hago? masculló Ramón.
Lo mínimo, hacerse pruebas.
A las pocas semanas, el resultado: Ramón tenía escasas probabilidades de ser padre. Solo un milagro podía cambiar aquello.
Cuantos más comentarios oía, y al ver cada día a su joven esposa, más rabia y frustración sentía Ramón. Marisol cada vez mostraba menos reacción a sus malos tratos: antes al menos lloraba; ahora se quedaba quieta, como si no existiera.
Por distraerse, Ramón se buscó una amante durante un tiempo. Así consiguió desconectar de la frustración.
Pasaron más de dos años y, por fin, Marisol se quedó embarazada. Nació Elvira, clon de su padre. Aun así, Ramón no mostró el menor cariño. Fue la madre y la niñera quienes se encargaron siempre de la niña; el padre ni se molestaba en verla durante semanas.
A medida que Elvira crecía, más le molestaba y más le costaba a Ramón no pegarle una torta al mínimo capricho. La primera vez que le levantó la mano, Elvira tenía cinco años. La niña estaba protestando por alguna chuchería justo después de que Ramón llegara cabreado de un mal día en el ayuntamiento. La lanzó de tal forma que atravesó media habitación y acabó contra la pared. El susto fue tal que Elvira ni lloró. El padre, tan campante, se tumbó en el sofá y encendió la tele.
De ahí aprendió la lección: no provocar. Aunque a partir de aquel día, a Ramón le daba igual que hubiera testigos; si le apetecía humillarla o abofetearla delante de otros, lo hacía. Ya a esas alturas era bastante influyente y ya no tenía que fingir que era el padre perfecto.
Ramón Sánchez, he oído que tu Elvirita es una gran violinista. ¿No podríamos pedirle que toque algo para nosotros?
¿Violinista? Pero si esa torpe ni sabe cómo agarrar el instrumento, ¡os vais a arrepentir! ¡Elvira! ¿No me oyes? Anda, coge el violín y toca algo.
Colorada de vergüenza, Elvira obedecía. Tocar frente a la gente le daba terror, pero su padre le daba aún más miedo.
De ese trauma nunca se recuperó: después de terminar el conservatorio, Elvira nunca más volvió a tocar. El miedo escénico, grabado a fuego.
De pequeña creía que todas las familias eran como la suya. Veía ilustraciones de familias felices y no entendía por qué a ella le había tocado un padre incapaz de querer.
Su madre tampoco fue el ejemplo de cariño: nunca llegó a querer a una hija engendrada con un hombre al que temía y detestaba. Cuando Elvira tenía trece, su madre murió en un accidente de coche. O al menos, eso fue la versión oficial, porque en casa nadie explicó nada. Tras eso, Elvira se hizo aún más reservada.
Terminó el instituto y se metió en la carrera universitaria que escogió su padre, una de las últimas decisiones que él tomó por ella. Luego, ya metido Ramón en toda clase de líos en el trabajo y sin apenas patrimonio (había perdido casi todo el dinero en tapar sus ilegalidades y zafarse de la cárcel), Elvira ya ni lo veía. Se fue a vivir a la casa de campo que le quedaba, y ella dejó de tener contacto.
Solo, sin posibilidad de descargar su mal genio en nadie, la salud mental de Ramón empeoró. Los vecinos empezaron a llamar a Elvira preocupados porque ya no estaba bien de la cabeza. No le quedó otra que llevárselo a casa.
Al principio, Ramón se animó; con la hija cerca, tenía nueva víctima. Armaba broncas, rompía cosas, gritaba e insultaba. Al final, Elvira le puso un cerrojo en la habitación. Pero ni así mejoró la situación. El médico diagnosticó los primeros signos de demencia. No entendía lo que hacía, pero el odio a la hija seguía igual, como si nada.
A Elvira no le quedó más remedio que empezar a visitar residencias. Al final eligió la que le pareció más decente, aunque el precio era una burrada: más de la mitad de su sueldo y teniendo que buscarse chapuzas para llegar a fin de mes.
Cuando finalmente Ramón se marchó a la residencia, Elvira estuvo varios días medio aturdida. Recordaba la única vez que, de pequeña, huyó con su madre. Ramón las obligó a volver, y poco después su madre murió. A pesar de todo, cada vez que visitaba al padre, Elvira lloraba de pena y culpa, como si esos fueran los únicos sentimientos que sus padres le habían enseñado.
Y así, con la conciencia marchita y la salud empezando a resentirse, Elvira se iba enfrentando cada día a una vida donde el cariño y la ternura siempre le resultaron extraños, aunque, muy dentro de ella, seguía deseando encontrar una pizca de paz.







