¿Cuarenta años bajo el mismo techo y ahora, con sesenta y tres, te propones cambiar de vida? decía María, sentada en su butaca de orejas favorita, mirando por la ventana al caer la tarde y tratando de olvidar el sobresalto de aquel día. No hacía mucho que preparaba la cena, esperando ansiosa el regreso de Tomás de su jornada de pesca. Sin embargo, Tomás volvió sin capturas y sí con unas noticias que llevaba tiempo queriendo confesar, aunque nunca hallaba el valor.
Quiero separarme, María, y solo te pido comprensión soltó Tomás con la mirada perdida en la calle. Las hijas son adultas; lo entenderán. Los nietos, en esto, no tienen parte, y podríamos cerrar todo esto como personas civilizadas, sin dramas.
¿Después de toda una vida juntos, ahora decides darle la vuelta a todo? replicaba María, sin entender. Tengo derecho a saber qué será de nosotros.
Te quedarás con el piso de Madrid; yo me iré a la casa del pueblo en Segovia respondió Tomás, dejando claro que ya lo tenía decidido. No hay nada que dividir; después, de todas formas, todo será para las chicas.
¿Cómo se llama? preguntó María resignada, sabiendo muy bien a qué venía el cambio.
A Tomás se le tiñeron las mejillas de rojo; empezó a rebuscar entre sus cosas y fingió no haber oído la pregunta. Con esa reacción, María supo lo que siempre temió: había otra mujer. En su mocedad no experimentó angustias semejantes y nunca imaginó que, de mayor, terminaría sola porque su marido prefería a otra.
Seguro que todo acaba por arreglarse, mamá la consolaban sus hijas, Carmen y Rosario. No le des vueltas al comportamiento de papá.
Ya no hay nada por arreglar suspiraba María. Cambiar nada tiene sentido; viviré lo que me queda y procuraré alegrarme con vuestra felicidad.
Carmen y Rosario fueron hasta la casa de Segovia para hablar con su padre. Volvieron apesadumbradas y, aunque no contaron toda la verdad, cambiaron de tono y trataron de convencer a María de las ventajas de vivir sola, sin tener que cuidar de nadie más. Ella asumió el mensaje. Procuraba seguir adelante, aunque la curiosidad de familiares y vecinos, con preguntas indiscretas, hacía la tarea difícil.
Vaya, tantos años juntos y ahora, que los achaques llegan, se te escapa el marido tras otra murmuraban las vecinas en la escalera. ¿Es más joven o tiene más dinero que tú?
María nunca sabía qué responder. En realidad, no paraba de preguntarse quién sería la rival y anhelaba conocerla. Por pura curiosidad, aprovechó una excusa recoger unas mermeladas caseras y sin avisar, apareció en la casa del pueblo. Y, por supuesto, dio de bruces con la nueva compañera de Tomás.
Tomás, ¿no dijiste que tu ex no vendría por aquí? protestaba una mujer extravagante, de maquillaje exagerado e inconfundible acento de Madrid. Pensé que ya habíais resuelto todo y ella no tenía nada que hacer aquí.
¿De verdad me cambias por esto? preguntó María, contemplando a la atrevida señora.
¿Piensas dejar que esta mujer me insulte? chillaba la dama. Además, apenas soy unos años mayor que vosotras, pero luzco mucho mejor.
Si a su edad cree que la apariencia es lo más valioso… murmuró María, buscando la mirada avergonzada de su esposo.
De camino a la parada del autobús, escuchó los gritos de la “Barbie” entrada en años y se esforzó por no llorar. Ya en casa, llamada a su hermana, pidió compañía.
Ya está bien le decía Nina mientras preparaba té de menta. Según tú, no es tan guapa y parece menos espabilada de lo que presume.
¿Y si es cierto lo que dice, y yo aparento más edad de la que tengo? dudaba María.
Estás estupenda para tu edad le respondía Nina con sinceridad. Lo que sí es un error, a estas alturas, ir con leggings de leopardo o minifaldas. Una mujer es bella cuando sabe presentarse y viste con elegancia acorde a sus años.
María se miró al espejo y reconoció la razón en Nina. Estaba en buena forma y gozaba de salud. Vestía bien; sus hijas le regalaban cosméticos, y nunca fue vulgar, ni pensaba parecer un papagayo. Jamás se comportaría como aquella rival.
Ya está insistía Nina. Ahora que eres una mujer libre, vive a tu gusto; tus hijas son autónomas, hay formas de disfrutar la cultura y pasarlo bien, y yo no pienso dejarte caer.
Nina cumplió su palabra y arrastraba a María a teatros, conciertos y paseos por El Retiro. Pronto reunieron un grupo de amigos de la misma edad, donde incluso surgió un caballero que buscaba agradar a María. Ella, sin embargo, paró los pies al hombre y rehusó citas a solas.
Dicen que ahora te dedicas al teatro, que tienes amigos nuevos… ¿No pensarás casarte otra vez? le soltó Tomás, al coincidir en la frutería del barrio.
¿Y tú qué haces aquí? ¿No hay tiendas más cerca del pueblo, o es que tu mujer nueva no cocina? preguntó María.
Siempre he comprado aquí, y a esta edad cuesta cambiar de costumbres gruñía Tomás.
María no continuó; se excusó y se fue a casa. Ese día, Tomás sintió el impulso de correr tras ella y confesarle cuánto lamentaba todo. Siempre había vivido junto a su esposa y sus hijas, pero se dejó envolver por la vitalidad de Leticia, y cayó en su vorágine de emociones.
Al principio fue divertido; después, descubrió que Leticia odiaba las tareas de casa, nunca se interesaba en nada doméstico. Prefería los chismorreos, los hombres y las cenas ruidosas.
Con el tiempo, Tomás deseaba volver a Madrid. Tras ver a María, el deseo se intensificó. Maria no le daba escenas, no discutía ni indagaba, solo mostraba nobleza y orgullo, sobreviviendo a la nueva realidad. Había tranquilidad y ese calor hogareño que solo encontraba junto a María.
Has vuelto a comprar orejones; yo te pedí ciruelas pasas regañaba Leticia mientras rebuscaba en las bolsas. El queso no es el que quería y ni te acuerdas de la mayonesa.
Antes la compra la hacía María, o íbamos juntos, y ahora quieres que lo haga yo solo respondía Tomás, harto.
¿Otra vez comparándome con tu ex? gritaba Leticia. ¿Vas a decir que te arrepientes de haberla dejado?
Lo cierto es que Tomás sí se arrepentía, aunque sabía que ya no tenía sentido decirlo. María nunca suplicó su regreso, ni lo intentó. Solo siguió siendo ella misma mientras Tomás añoraba el perdón imposible.
Sabía bien que no podía esperar reconciliación. Varias veces tuvo la tentación de llamarla y, finalmente, tras una pelea con Leticia, acudió a la puerta del antiguo piso.
¿Vienes a recoger tus cosas? preguntó María sin dejarlo pasar del umbral.
Querría hablar… ¿tienes un momento? murmuró Tomás, percibiendo el inconfundible aroma de la empanada de ciruelas, su favorita.
No tengo tiempo, ni ganas, ni ocasión contestó María serena. Toma lo que necesites; estoy esperando invitados.
Tomás no tenía nada que recoger, pero miles de palabras deseaban salir. Volvió a Segovia y preparó la cena solo, pues Leticia andaba de juerga por el pueblo. Cuando regresó divertida, Tomás comprendió que había tomado una decisión definitiva y le dio tiempo para coger sus cosas.
Tras la última disputa, volvió a pensar en llamar a María, pero se contuvo y alcanzó la paz. Conocía demasiado bien a su antigua esposa como para alimentar esperanzas de reconciliación.
Quizá, con el tiempo, pudiese pedir perdón y charlar, aunque sin reparar lo pasado. Necesitaba ese gesto para hallar tranquilidad. Sabía que María jamás le aceptaría de nuevo. Lo supo desde el primer día con Leticia.
Ahora él sobrevivía en el pueblo y María tejía su vida en Madrid, rodeada de hijas, nietos y tardes de teatro. Para el marido que fue, simplemente ya no había sitio en su mundo.






