Llegué con una noticia difícil, pero mis padres me dejaron aún más atónito.
Diego viajaba en un autobús viejo por caminos polvorientos hacia la casa de sus padres en las afueras de Toledo, con el corazón encogido por la pena. Debía darles una noticia que les cambiaría la vida: su divorcio de Alicia. Pero lo que escuchó en aquel hogar fue un golpe aún mayor. Sus padres mayores, a quienes siempre consideró ejemplo de unión, anunciaron que ellos también se divorciarían, eclipsando por completo lo que él iba a decir. Ahora, Diego se encontraba ante una decisión que alteraría su vida, mientras en su pecho batallaban el miedo, la culpa y la confusión.
La idea de divorciarse de Alicia no había sido fácil. Podría haber callado, pero en su pequeño pueblo los rumores volaban. Ella, por rabia, podía llamar a sus padres, o su hermano o hermana soltarían algún comentario sin querer. Diego prefirió hablar antes que justificarse después. Sabía que la vida era impredecible y que nadie estaba libre de errores.
Subió las escaleras familiares y tocó el timbre. Su padre, Vicente Martínez, abrió con el semblante sombrío, como si ya supiera el motivo de su visita.
—Hola —gruñó—. Menos mal que viniste. Pasa.
—Hola, padre —respondió Diego, sintiendo un escalofrío—. ¿Está mamá en casa?
—Sí, sí —contestó con irritación—. ¿A dónde va a ir? Ahí está, sentada como una señorita fina.
—¿Qué pasa contigo? —preguntó Diego, desconcertado.
—¡Que ya está bien! —estalló el padre, girándose y marchándose hacia el salón, respirando con furia.
Atónito, Diego lo siguió. En el salón, su padre se dejó caer en el sofá, cruzando los brazos. Su madre, Carmen López, que solía estar tejiendo, no estaba. Al asomarse al dormitorio, la vio junto a la ventana, el rostro más oscuro que una tormenta.
—¿Viniste? —preguntó fría—. ¿Ya te separaste de Alicia o solo lo piensas?
—¿Cómo sabes eso? —el corazón de Diego dio un vuelco.
—Porque necesito saber si alquilaste un piso o no —replicó con dureza.
—¿Qué piso? —se perdió.
—¡El que ocuparás tras el divorcio! —declaró tajante.
—Aún no lo he hecho —respondió—. Pero ¿cómo supieron que me divorcio?
—Lo supimos —murmuró la madre—. Así que, hijo, busca algo pronto, porque ¡me voy a vivir contigo!
—¿Qué? —Diego se quedó helado.
—¡No! —rugió desde el salón la voz de su padre, apareciendo en la puerta, rojo de ira—. ¡Con Diego viviré yo! ¡Tú quédate aquí, el piso está a tu nombre!
—¡Ni loca! —chilló la madre—. No me quedaré en esta casa llena de tu tozudez.
—¡Basta! —Diego miraba de uno a otro—. ¿De qué hablan? ¿Adónde se van?
—¡Contigo! —afirmó el padre—. Bien hecho, hijo, pensar en divorciarte. ¡Qué listo!
—¿Por qué bien hecho? —Diego sentía que el suelo cedía bajo sus pies.
—¡Porque viene como anillo al dedo! —gritó el padre—. ¡Tu madre y yo también nos divorciamos!
—¿Qué? —Diego se quedó sin palabras. Esperaba reproches, no esta revelación.
—¡Se acabó! —prosiguió su padre—. Eres adulto. Tu madre y yo estamos hartos, igual que tú y Alicia. Me voy contigo, viviremos solos, como hombres.
—¡No! Con él viviré yo —interrumpió la madre—. Tú me necesitas, hijo. Sin esposa, estarás perdido, y yo aún cocino bien. ¿Verdad, Diego? ¿Te gustan mis croquetas?
—¿Y yo no sé cocinar? —se encendió el padre—. ¡Hago mejor paella y cocido que nadie!
—¡Ja! —se burló la madre—. ¿Cuándo fue la última vez que cocinaste? ¿Hace medio siglo?
—¡Y qué! Los hombres lo hacemos todo. Solo necesitamos lavadora, microondas y nevera grande para comprar comida. ¡Las mujeres sobran!
—¿Eso le enseñas a tu hijo? —se indignó ella.
—¡Silencio! —rugió Diego—. ¿Se han vuelto locos? Casi octogenarios, discutiendo como niños. ¡Mírense!
—¡Y tú! —gritaron al unísono—. Cincuenta años y actúas como un crío. ¡No nos regañes! Déjanos elegir con quién vivirás.
—¿Quién dijo que me iba? —explotó—. Alicia y yo tenemos piso propio.
—¿Cómo? —se sorprendió la madre—. Pero ¿no te divorcias?
—¿Quién les contó?
—Alicia. Tu hermana dijo que le llamaste y se lo contaste.
—¡No me divorcio! —declaró firme—. Era una broma.
—¿Broma? —su padre se descolocó—. Y nosotros ya hacíamos planes… ¿Y ahora todo al traste?
—Sí, Diego —refunfuñó la madre—. No es gracioso. Nos ilusionaste con cambios y era mentira… Bueno, seguiremos aguantándonos.
—Pero escucha —añadió—, si cambias de idea y te divorcias, tu padre y yo seremos los primeros en mudarnos contigo. ¿Entendido?
—Entendido —asintió él, sombrío. Su divorcio, ahora, parecía improbable—. Me voy.
—¿Adónde? —se alarmó su madre—. ¿No viniste por algo? ¿Quieres comer?
—No —rechazó—. Solo quería verlos. Y valió la pena. Dejen de pelear. Deberían darnos ejemplo. Pero ustedes… Bueno, hasta luego.
Al salir, sus padres se miraron y suspiraron aliviados.
—¿Funcionó? —preguntó el padre.
—Creo que sí —respondió ella, dubitativa—. Ojalá Alicia no tarde en reconciliarse.
—No tardará —suspiró él—. Tu hermana dijo que el divorcio fue idea de Diego. Él dará el paso.
—Ojalá —susurró la madre, tomando sus agujas—. Ve a la cocina.
—¿Por qué?
—Dijiste que cocinabas mejor que nadie. Demuéstralo. Fríeme unas patatas, hace siglos que no las como.
—Vale —sonrió—. Te haré unas que chuparás los dedos.
Diego caminaba hacia casa, preguntándose: «¿Lo planearon todo para que no dejara a Alicia?». El amor y la astucia de sus padres le dieron una oportunidad de reflexionar. Pero el miedo persistía: ¿y si al final perdía a su familia?







