Llegó el primo de mi marido: Reflexiones sobre hospitalidad, tradiciones y el arte de ser invitado e…

Vino el primo de mi marido.

A lo mejor soy anticuada, puede que hoy en día las cosas se hagan de otra manera, pero sinceramente no lo creo.

Mi madre nunca me dijo cuando vayas a visitar a los familiares, lleva algún detalle, ella no me lo enseñó. Sin embargo, yo lo tengo grabado a fuego, como quien aprende las tablas de multiplicar. No sé de dónde viene, tal vez de la educación autodidacta que saqué de los libros, el cine o alguna obra de teatro.

Este sábado nos visitó el primo de mi marido. Venía a Madrid por el entierro de un tío suyo, aunque de la familia de la otra parte.

Nos lo consultaron de antemano y no tuvimos problema: les dijimos que podrían quedarse a pasar la noche en casa, que no se preocuparan.

Por la tarde llegaron los tres: él, su hijo y la nuera. Yo preparé la comida, asé una bandeja entera de carne, hice varias ensaladas y todo lo necesario. Nos sentamos para brindar por el reencuentro, que hacía muchos años que no nos veíamos. Después acomodé a cada uno en su habitación, y por la mañana les preparé el desayuno tostadas, té, café.

Tras desayunar se fueron al funeral. Al regresar, estuvieron un rato más y luego regresaron a su ciudad.

Todo parecía normal. Pero vinieron con las manos vacías; ni una simple botella de vino de La Rioja trajeron a casa.

El padre de mi marido, que en paz descanse, fue el padrino de bautizo de este primo. Su esposa, es decir, mi suegra, vive ahora con nosotros y él lo sabe de sobra. No es que seamos pobres, pero ¿qué le costaba traerle a la señora una cajita de bombones? Mi suegra estuvo el sábado entero asomada a la ventana, esperando ilusionada. Incluso se le escapó una lágrima de emoción.

Eso es lo que habría hecho yo en su lugar.

Para empezar, habría traído un par de botellas de algún buen licor. A los pequeños y a los mayores seguro que les habría llevado algunos dulces, y algún recuerdo pensado para cada uno. Me habría preocupado por elegir los regalos con esmero.

Y, por supuesto, habría traído mis propias sábanas para no dar molestias.

No es que ellos tengan problemas económicos; si así fuera, no me molestaría. Pero este primo viene de pascuas a ramos y siempre igual, con las manos vacías. Otra vez vino por un viaje de negocios, llegó un domingo por la noche y el lunes por la mañana se marchó. También sin traer nada.

Durante toda la estancia, no paró de contarme historias sobre pescar truchas y lucios, cuántos pescan y de qué tamaño. A mí me habría hecho ilusión que nos hubiera traído aunque fuera uno.

De verdad, no me duele la comida ni el trabajo cuando recibo visitas, pero me queda un sabor amargo, como si me hubieran utilizado.

Lo cierto es que siempre ocurre lo mismo. Y en estas ocasiones, uno recuerda que los detalles y la gratitud nunca pasan de moda. Porque un pequeño gesto puede alegrar el corazón de quien te abre la puerta de su casa.

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