Javier llegó con una noticia difícil, pero sus padres lo dejaron más impactado aún.
Viajaba en un autobús viejo por caminos polvorientos hacia la casa de sus padres en las afueras de Sevilla, con el corazón apretado por la angustia. Iba a darles la noticia que cambiaría su mundo: el divorcio con su esposa. Pero lo que escuchó en casa de sus padres fue un golpe aún mayor. Sus padres, a quienes siempre consideró un ejemplo de matrimonio sólido, anunciaron que ellos también se divorciaban. Ese drama eclipsó todo lo que él planeaba decir. Ahora, Javier enfrentaba una decisión que transformaría su vida, mientras una tormenta de miedo, culpa y confusión rugía dentro de él.
El anuncio del divorcio con Lucía no le resultaba fácil. Podría haber callado, pero en su pueblo pequeño los rumores volaban. Lucía podía llamar a sus padres por rencor, o su hermano soltar algo sin querer en alguna visita. Javier prefirió ser honesto para no tener que justificarse después. Sabía que la vida era impredecible y que nadie estaba libre de errores.
Subió las escaleras familiares y tocó el timbre. La puerta la abrió su padre, Antonio Martínez, con el rostro sombrío, como si ya supiera por qué estaba allí.
—Hola—gruñó—. Menos mal que has venido. Pasa.
—Hola, papá—respondió Javier, pero una punzada de ansiedad lo atravesó: «¿Alguien ya les ha dicho?». ¿Mamá está?
—Está, está—replicó su padre, irritado—. ¿A dónde va a ir? Ahí sentada, como una señorita consentida.
Javier frunció el ceño.
—¿Qué te pasa?
—Pues que estoy harto—estalló su padre, dándose la vuelta y marchándose hacia el salón, resoplando de rabia.
Desconcertado, Javier lo siguió. En el salón, su padre se dejó caer en el sofá, cruzando los brazos. Su madre, Carmen, que solía estar tejiendo, no estaba. Al asomarse al dormitorio, la vio junto a la ventana, el rostro oscuro como una tormenta.
—¿Ya llegaste?—preguntó fríamente—. ¿Ya te separaste de Lucía o todavía lo estás pensando?
Javier sintió un vuelco en el pecho.
—¿Cómo sabes eso?
—¡Porque necesito saber si has alquilado ya piso o no!—contestó ella, tajante.
—¿Qué piso?—se aturdió él.
—¡El que necesitarás después del divorcio!—exclamó su madre.
—Pues no—dijo Javier—. Pero… ¿cómo os enterasteis de que me divorcio?
—Nos enteramos—masculló ella—. Pues mira, hijo, búscate un piso rápido, porque yo me voy a vivir contigo.
—¿Qué?—Javier se quedó petrificado.
—¡No!—rugió su padre desde el salón, apareciendo en la puerta, furioso—. ¡Con Javier me voy yo! ¡Tú quédate aquí, el piso está a tu nombre!
—¡Ni hablar!—chilló su madre—. ¡No me quedo en esta casa llena de tu terquedad!
—¡Basta!—Javier miraba de uno a otro, desorientado—. ¿De qué estáis hablando?
—¡De lo mismo que tú!—declaró su padre—. ¡Bien hecho, hijo, plantearse el divorcio a tiempo! ¡Qué listo eres!
—¿Listo?—sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¡Claro! ¡Nosotros también nos divorciamos!—soltó su padre.
—¿¡Qué!?—Javier se quedó paralizado. Esperaba reproches, no esta bomba.
—¡Se acabó!—continuó su padre—. Eres mayor, no le debo nada a nadie. Tu madre y yo estamos hartos, como tú y Lucía. ¡Me voy contigo y viviremos como hombres, solos!
—¡No, con mi hijo me voy yo!—lo interrumpió su madre—. Yo te sirvo, Antonio. A ti te sobro, pero él me necesita. Sin esposa, se perderá, y yo aún cocino bien. ¿Verdad, Javi? ¿Te gustan mis croquetas?
—¿Y yo no sé cocinar?—saltó su padre—. ¡Sé hacer de todo! Paella, cocido… ¡Todo!
—¡Ja!—se burló su madre—. ¿Cuándo fue la última vez que cocinaste? ¿En el siglo pasado?
—¡Da igual! ¡Los hombres nos apañamos solos! Solo hace falta lavadora, microondas y una nevera grande para no tener que ir al súper cada semana—dijo él, desafiante.
—¡No le enseñes tonterías al niño!—protestó su madre.
—¡Basta ya!—Javier explotó—. ¿Os habéis vuelto locos? ¡Casi ochenta años y os portáis como niños!
—¡Y tú no te quedas atrás!—gritaron al unísono—. ¡Cincuenta años y comportándote como un crío! ¡El que debe elegir eres tú! ¡A quién te llevas!
—¿Quién os ha dicho que me voy a mudar?—Javier se exasperó—. ¡Lucía y yo tenemos nuestra casa!
—¿Cómo?—su madre parpadeó—. ¿No os divorciáis?
—¡No!—afirmó con fuerza—. ¡Era una broma!
—¿Una broma?—su padre se desinfló—. ¿Y nosotros aquí planeando una vida nueva y todo por nada?
—Sí, Javier—murmuró su madre—. No está bien bromear así. Nos ilusionaste con cambios y ahora… Bueno, seguiremos aguantándonos.
—Pero escucha—añadió—, si al final te divorcias, somos los primeros en irnos contigo. ¿Entendido?
—Entendido—asintió, sombrío. Ahora estaba claro: el divorcio con Lucía, que tanto lo atormentaba, quizá no ocurriría. —Me voy.
—¿Tan pronto?—su madre frunció el ceño—. ¿No viniste a comer?
—No—rechazó—. Solo a veros. Y veo que tenía razón. Dejad de pelear. Se supone que debéis darnos ejemplo, no… Bueno, hasta luego.
Al salir, sus padres se miraron y suspiraron aliviados.
—¿Ha funcionado?—preguntó su padre.
—Creo que sí—respondió su madre, dudosa—. Ojalá Lucía no tarde en reconciliarse.
—No tardará—dijo él—. Tu hermana dijo que lo del divorcio fue idea de Javier. Él mismo volverá.
—Ojalá—susurró su madre, tomando sus agujas de tejer—. Ahora ve a la cocina.
—¿Para qué?—preguntó él.
—Dijiste que cocinabas de maravilla. Demuéstralo. Hazme unas patatas, hace siglos que no las comes.
—Vale—sonrió su padre—. Te las preparo tan ricas que te chuparás los dedos.
Javier caminaba de vuelta a casa, preguntándose: «¿Habrán tramado todo esto para que no deje a Lucía?». El amor, la astucia y el cuidado de sus padres le dieron una oportunidad de recapacitar. Pero el miedo persistía: ¿y si al final perdía a su familia?





