Llegar a las bodas de oro
Durante veinticinco años han compartido su vida Carmen y José. Ella ya tiene cincuenta años, y su marido le lleva dos. Viven en un pueblo de Castilla como cualquier otra familia: casa, huerto, animales, trabajo. Su hijo, Alberto, ya es adulto, vive en Madrid, terminó un ciclo superior y ahora trabaja en una fábrica de automóviles.
Un fin de semana apareció en casa con una chica hermosa.
Papá, mamá, os presento a Isabel. Tenemos pensado casarnos, en cuanto podamos vamos al ayuntamiento a presentar la solicitud.
Encantada, saludó con timidez Isabel, mientras se le sonrojaban las mejillas.
Bienvenida, preciosa, pasa y siéntete como en casa, aquí todo es sencillo, no te cortes, respondía Carmen mientras preparaba la mesa con esmero.
La joven dejó muy buena impresión a los padres, y pronto volvieron a la capital. Luego Alberto llamó a su madre y le contó que para el verano celebrarán la boda. Carmen recibió la noticia con alegría, se la contó a José, y ambos se sintieron felices…
Todo iba bien, pero lo que preocupaba de verdad a Carmen era algo que jamás habría imaginado: a sus cincuenta años se había enamorado de su vecino, y para más inri, amigo de su marido, Miguel.
Miguel suele pasar por casa con una botella de brandy bajo el brazo. Su esposa, Marina, trabaja como revisora en los trenes de largo recorrido y suele pasarse semanas fuera. Marina siempre ha confiado en su marido: él nunca le ha dado motivos para dudar de su fidelidad.
La hija de ellos, Verónica, vive también en Madrid; algunas veces vuelve a visitar a su padre y le trae víveres, sobre todo cuando Marina está de viaje. Así, las llamadas telefónicas mantienen a la familia conectada hasta el regreso de Marina, cuando pasa solo unos días en casa y vuelve a marcharse.
Migue, mira qué taladro he conseguido en el mercadillo del pueblo. Era hora de comprar uno, ¡es una maravilla! exclamó José, levantándose para ir a buscarlo al trastero.
En cuanto José salió, Miguel abrazó con fuerza la cintura redondeada de Carmen y besó con ansia su cuello. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Carmen oyó la puerta de la galería abrirse y se apartó de un salto, hundiendo la cabeza y fingiendo limpiar la mesa con la bayeta, evitando mirar a su marido. Sus ojos brillaban; lo sentía perfectamente.
José, sin notar el rubor en la cara de su mujer ni el nerviosismo del amigo, alargó la caja hacia Miguel.
Es buen aparato, sí, hacía falta. Habrá que celebrarlo dijo, sirviendo orujo en los vasos. ¿Te unes, Carmen?
No, chicos, hoy me encuentro cansada, voy a descansar un rato dijo, y se fue a la habitación, deteniéndose un momento ante el espejo.
Ay, Carmen, pareces una cría, con los ojos así de encendidos… susurró mientras se lanzaba una sonrisa coqueta.
Carmen, a sus cincuenta, estaba algo más rellena, el escote generoso, la cara redonda, pero mantenía sus rasgos dulces y los ojos de un azul profundo que siempre la habían hecho especial. Había envejecido, sí, pero seguía siendo guapa.
Sabía cómo arreglarse, un buen vestido, unos zapatos de tacón y era, sin exagerar, la más atractiva del pueblo. La atracción por Miguel le venía de lejos; alto, robusto y con cierta rudeza, la miraba siempre con esa chispa en los ojos, y recientemente ella descubrió que a él también le gustaba desde hacía años.
Miguel tiene cincuenta y cuatro años y lleva toda la vida casado con Marina, mantienen buena relación con los vecinos. Un día, Carmen va al supermercado, cuando Miguel la llama desde la puerta de su casa:
Carmen, ven un momento, échame una mano con las empanadillas, que no sé cómo hacerlas.
Ay, Migue, estoy apurada, que voy al súper, contestó Carmen, echando de menos no haberse pintado ni alisado el pelo.
Sin embargo, inesperadamente, entró al patio de Miguel, subió a la entrada y, en cuanto cruzó el umbral, él la atrajo hacia él, cerrando la puerta.
Los besos de Miguel la hacían perder la cabeza, ninguno de los dos pensaba ya en poner freno a los deseos reprimidos.
El súper puede esperar susurró Miguel, ¡no tengo ni idea cuántos minutos hay que cocer las empanadillas!
Con diez minutos basta acertó a responder Carmen. ¿En serio es la primera vez que las cocinas?
Ultimamente me estreno en muchas cosas bromeó él. Sin Marina, soy un desastre.
¿Quieres que te ayude de verdad?
No, contigo tengo otros asuntos pendientes y la abrazó aún más fuerte que la vez anterior en la cocina de Carmen.
Él le quitó el abrigo, apoyando la cabeza contra su escote.
Ay, Migue, que estoy casada.
Y yo también, pero… me gustas demasiado y parece que tú también vienes buscándome. Iván no te mima y en la vida os falta alegría.
Carmen ya no pretendía disimular. Su marido hacía tiempo que no admiraba su belleza, ni le dedicaba palabras amables. ¿No tenía ella derecho a vivir algo así? Siguieron besándose, hasta caer, por primera vez, en la infidelidad. Carmen no sintió culpa, y hasta se convenció a sí misma de que lo hacía por la felicidad que también merecía.
Qué guapa eres, Carmen. Viviría contigo decía Miguel. A Marina ya solo la oigo por teléfono, cuando se va a Galicia ni se la espera. Aquí a mi lado tengo a una mujer maravillosa. No me sorprendería que Marina también tenga su propio romance, pasa demasiado tiempo fuera. Igual se ha liado con el maquinista o con otro revisor…
Los besos apasionados de Miguel la hacían olvidarlo todo, pero de repente recordó las compras y se puso la chaqueta, ya saliendo por la puerta cuando oyó la voz de Verónica, la hija de Miguel.
¡Ay, tía Carmen, buenos días! se turbó un instante, pero se recompuso rápido.
Hola, Verónica. Solo venía a explicarle a tu padre cómo se hacían empanadillas, que sin Marina está algo despistado.
Papá, que ya te lo he explicado mil veces protestó Verónica, sacando los ingredientes de la bolsa. Ya sé que sin mamá estás perdido, así que te he traído comida.
Bueno, me marcho, Verónica te pondrá al día, se despidió Carmen.
La sangre le bullía. Se había enamorado del vecino al que siempre había visto atractivo y distante. Ahora Miguel, el hombre más apuesto del pueblo, le pertenecía.
Empezaron a verse a menudo. Pronto empezaron los rumores en todo el pueblo.
Vas al supermercado y tardas demasiado le soltó con sorna José un día. Carmen ni captó el motivo. ¿Y qué hacías en casa de Miguel?
Ay, no puede ni cocerse unos raviolis sin Marina, fui a explicarle. Además, justo en ese momento llegó Verónica, que también piensa casarse.
Miguel iba más lejos:
Si nos pillan, diremos que nos amamos. Marina, que se vaya con su amante, e Iván… y la besaba antes de terminar la frase.
Ay, Migue, qué locura hacemos, con cincuenta vueltas al sol y aquí estamos, como adolescentes.
El amor no tiene edad, Carmen le respondió él, abrazándola.
Se desvaneció la última pizca de pudor; Carmen sentía que tenía derecho a esa pasión.
Estas citas duraron dos semanas y un día José casi la sorprende en casa del vecino; ella tuvo que esconderse en el cobertizo mientras ellos charlaban en el patio.
Aquella misma tarde José le echó en cara lo que sabía.
Ya lo sé todo… Me lo contó Tomás. Te vio entrar en casa de Miguel. Dentro de tres días celebraremos nuestro aniversario en el restaurante del pueblo, todo está pagado y tú…
José, perdóname, de verdad dijo con la cabeza agachada. No sé qué me ha pasado… pero los hombres también… ya sabes un desliz…
José la insultó en voz baja.
Llámame como quieras, ni yo lo entiendo. Perdóname, José.
En fin, haremos la fiesta, como si no pasara nada y después nos separamos. Se lo explicas tú a Alberto. En breve será su boda, y su madre está por ahí brincando de uno a otro.
En el día del aniversario, todos se reúnen en el restaurante del pueblo. Carmen va preciosa con su vestido nuevo y un collar de perlas. Desde su sitio junto a José mira disimuladamente a Miguel, que ha venido solo; su mujer está a punto de regresar de un viaje.
No le preocupan los murmullos, piensa: ellos no tienen ni idea de lo que sentimos Miguel y yo.
La mesa rebosa platos y bebidas; han acudido muchos amigos. Algunos lanzan miraditas y sonrisas maliciosas: en todo el pueblo corren rumores sobre Carmen y Miguel, pero ella finge no darse por enterada.
Que piensen lo que quieran se dice. No saben de nuestro amor… Qué sabrán ellos sobre el amor de verdad.
Pronuncian brindis y hasta Miguel levanta su copa:
Que vivan otros veinticinco años más, y con salud. Espero que dentro de veinticinco años volvamos a reunirnos todos y se toma de un trago la copa de orujo; los demás aplauden y le siguen.
Tras la fiesta José decide hablar en serio con su mujer sobre el divorcio. No puede seguir así: su mujer paseándose con su amigo a ojos de todo el pueblo. Incluso evita a Miguel.
Hablamos esta noche se dice a sí mismo José, ocupado en el patio.
Carmen sale rumbo al supermercado, pero decide antes pasar por casa de Miguel en busca de consuelo.
Entra al patio y Miguel aparece desde la cuadra, levantando la mano.
Ha vuelto Marina le dice en voz baja.
¿Aún no le has dicho nada?
¿Y qué se supone que debo decirle?
Pues que estamos juntos.
Baja la voz le murmura Miguel, mirando con miedo hacia la casa. Carmen, mira, ya no somos unos críos. Lo nuestro ha estado bien, pero ya está. Yo quiero a Marina. En cuanto llegó, se notó. He entendido que no tiene a nadie más y me quiere, y yo a ella…
¿Y yo qué? José sabe lo nuestro, ya lo saben todos en el pueblo. Y yo me he arreglado así solo para ti.
Bueno, a José que le gustes. Eres maravillosa, Carmen, pero no eres para mí. Ya tengo a mi Marina, que cocina de maravilla y es una señora de los pies a la cabeza.
Carmen no quiso oír más y salió del patio con rapidez. Esa noche hablaron Carmen y José.
He decidido divorciarme, Carmen. Me has hecho sentir vergüenza.
Carmen no pudo contener las lágrimas. José era su compañero de toda la vida. Sí, quizá les faltaba pasión, pero se conocían como nadie y había cariño de sobra…
Perdóname, José, tenías razón cuando me insultaste. Llevaba la cabeza al revés. Ya he entendido todo, te lo prometo. Lo nuestro puede volver a ser como antes. ¿Y qué va a decir nuestro hijo? Me muero de vergüenza… Dentro de dos meses se casa… Esperemos juntos a los nietos, por favor
Sabía que José tenía buen corazón y la seguía queriendo a su manera. Al cabo del tiempo, la perdonó. Siguen viviendo juntos, con dos nietos preciosos, que les alegran las visitas del hijo y la nuera.
Miguel, mientras tanto, tras cada marcha de su mujer, andaba correteando por todo el pueblo, visitando a la viuda Antonia y otras vecinas. Nunca volvió a casa de José, ni han vuelto a ser amigos. Y ahora que Marina se ha jubilado, discute con ella a menudo, los gritos se oyen desde la calle. Pero son sus cosas. Al fin y al cabo, en cada casa suena una melodía diferente…
Gracias por leer, por vuestros comentarios y vuestro apoyo. ¡Suerte y alegría a todos!







