La madre viene? ¡Cancela! ¡Va a venir mi ex!
Elena estaba frente a la cocina cuando el aroma de la carne asada y las especias inundó el aire. Era una de esas raras noches en las que tenía tiempo para cocinar algo más elaborado que unos huevos fritos. Se secó el sudor de la frente, se giró y gritó:
—Javier, ¿te acuerdas de que mañana viene mi madre?
Unos segundos después, él apareció en la puerta, despeinado y con ojos soñolientos.
—¿Qué madre? —preguntó, mirándola confundido—. ¿Me lo dijiste?
—¡Claro! ¡Hace días! —Elena frunció el cejo—. Quedamos en que vendría el domingo.
De pronto, Javier se puso nervioso y soltó:
—Cancélalo. Mañana no puede venir. De ninguna manera.
—¿Y eso por qué? —Elena se tensó.
—Porque mañana viene… Laura.
—¿Qué Laura?
—Bueno… mi ex —susurró él.
Un silencio denso llenó la habitación. Hasta que la tos de Elena lo rompió, sin saber si reírse o gritar.
—¿En serio? ¿Quieres que mañana se quede en nuestra casa tu ex? ¿Justo cuando viene mi madre?
—¡No es así! No se queda a vivir, solo una noche. Discutió con su novio y no tiene dónde ir. Solo unos días, en serio. ¡Hace mucho que no estamos juntos, ya lo sabes! Laura solo es alguien en apuros.
—¿Y no piensas en cómo se verá? Mi madre llegará y ahí estará tu “amiga” del pasado paseándose por la casa. ¡Qué espectáculo!
—Le diremos que es tu amiga. Eres buena actriz, se lo creerá.
Elena puso los ojos en blanco, pero en el fondo ya imaginaba la escena: Laura llegando y llamándola “la dueña de la casa” nada más entrar. Le daba asquito, pero también curiosidad.
Al anochecer, sonó el timbre. En la puerta estaba Laura: alta, segura, con un corte de pelo moderno y un bolso de diseñador. Echó un vistazo a Elena, evaluándola.
—Ah, así que tú eres la oficial. Entiendo… Tranquila, solo serán un par de días, no me interesa tu marido.
Elena contuvo el impulso de replicar. Solo dijo:
—La habitación es a la derecha. Mañana viene mi madre, no te dejes ver mucho.
Laura entró, y Elena volvió a la cocina, donde la comida ya se enfriaba.
—Laura, ¿cenarás con nosotros?
—¡Claro! ¿Has hecho un pastel? No me digas que es casero. Se nota que es masa comprada y mermelada, ¿verdad?
—No hace falta que lo comas —respondió Elena, aunque sus labios temblaron en una sonrisa irónica.
Sin perder el ritmo, Laura dijo de pronto:
—¿Quieres que te enseñe a hornear de verdad? Mi abuela era cocinera, crecí entre fogones.
Así comenzó una noche que ambas recordarían. Hacia la madrugada, charlaban como viejas amigas, hablando de hombres, recetas y hasta moda. Elena sintió, por primera vez, que no era solo “la esposa”, sino una mujer capaz de impresionar. Laura no era una enemiga, sino una aliada.
Por la mañana, Laura se fue al trabajo, y llamaron a la puerta: era la madre de Elena, Carmen. Al entrar, el olor del asado recién hecho la dejó boquiabierta.
—¿Tú has hecho esto? —sus ojos se abrieron—. No me lo esperaba…
Elena asintió, ocultando su orgullo. Sabía a quién debía agradecérselo: a esa “ex” inesperada.
Por la noche, Laura llamó:
—Elena, ya estoy en casa. He vuelto con Luis. Gracias por el vestido y por el apoyo. Se quedó de piedra cuando me vio en la cena… Dijo que ahora me llevará a todas sus reuniones. Ah, y hemos firmado el contrato. Eres increíble. Mañana paso por mis cosas… ¡y te daré un abrazo de amiga!
Elena colgó y miró a Javier:
—Tenías razón. Es buena gente. Y tal vez ahora sé quién soy. No solo una esposa. Sino la dueña de la casa. Y una mujer con algo que ofrecer.
—¡Si hasta te has hecho amiga de Laura, no entiendo nada de este mundo! —Javier levantó las manos.
—Solo no estorbes —sonrió Elena— y todo irá bien.




