¿Madrugada? recordé la noche en que sonó el teléfono, desconocido, y contesté con las manos todavía húmedas por los platos.
Buenos días, ¿señora María? preguntó una voz femenina, joven, serena, con un leve acento de la frontera occidental.
Sí, dime.
No cuelgue es importante. Tengo un hijo con su marido.
En la primera fracción de segundo pensé que no había oído bien; en la siguiente, que era una broma. En la tercera, mi cuerpo se heló como el hielo de los Pirineos. Me aferré al mostrador para no desplomarme.
¿Qué dice? musité.
Miguel el conductor del camión. Va a Alemania. Nos vimos más de un año. Creía que estaba solo.
Hablaba despacio, como quien ha ensayado cada palabra. Cada sílaba golpeaba como una piedra. Mi esposo, el mismo que anoche me había enviado un SMS: «Me quedaré más tiempo, el descargue se alarga», en ese momento llevaba otra familia.
El pequeño tiene siete meses continuó la mujer. No quiero dinero, sólo que usted lo sepa.
El móvil se me escapó de la mano; el estrépito del golpe partió el silencio como cristal roto. Miré la cocina, la foto familiar en la nevera, y sentí que mi vida se desmoronaba en mil pedazos.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí sentada en el suelo, recostada contra el armario. El tiempo dejó de existir. En mi cabeza resonaba una frase: «Tengo un hijo con su marido». La repetía en mi interior, como si pudiera disipar su significado, pero cada repetición dolía más.
Al atardecer volvió a llamar Miguel, su tono inmutable.
Ya terminé, mañana vuelvo. ¿Le traigo algo? preguntó, como si hablase a un compañero.
Me quedé helada. Por un instante quise decir: «Sí, tráeme la verdad». En su lugar susurré:
Ven. Tenemos que hablar.
Al día siguiente llegó el camión y se detuvo frente al bloque. Yo observaba por la ventana mientras él descendía, cansado, ajeno a que aquella casa ya no era su hogar. Entró, me abrazó por reflejo. Yo me alejé.
Me llamó una mujer de Alemania le dije. Me dijo que tiene un hijo con usted.
Vi cómo la sangre se le escapaba del rostro. No intentó negar nada. Se sentó, miró al suelo unos segundos y, al fin, empezó a hablar.
No quería que lo supieras así. Fue un error. Todo se salió de control. Su voz se quiebra. Al principio sólo era una amistad. Un café, una charla. En el aparcamiento. A veces el hombre necesita que alguien lo escuche.
Y luego la dejaste embarazada interrumpí, firme. Ya basta.
Guardó silencio. No negó nada. No había defensa que quedara.
No sabía que estaba casado añadió después de una pausa. Cuando quedó embarazada le dije que tenía que ordenar todo. Que pediría un préstamo, que ayudaría. Pero no supe cómo explicártelo.
Pasé de la rabia al frío. Lo miraba y sólo sentía vacío. Al hombre con quien había compartido más de veinte años lo veía como a través de un cristal.
¿Por qué? pregunté al fin. Teníamos todo.
Exactamente por eso contestó bajo. Había demasiada rutina y poco de nosotros.
Entendí entonces que la infidelidad no siempre nace de la pasión; a veces surge del silencio, de la falta de conversación, de los años sin palabras. Eso no alivia el dolor.
Salió de la cocina dejando tras de sí el olor a frío y a gasolina. La puerta se cerró y yo caí en la silla. La casa se inundó de silencio. En la mesa quedó su taza, aún tibia. Por un instante quise romperla, destruir todo lo que me recordara a él, pero sólo la aparté a un lado.
Al día siguiente no volvió a llamar. Ni al siguiente. Después llegó un SMS: «Necesito reflexionar. Por favor, no cierres la puerta». No respondí.
Esa noche encendí el ordenador y busqué su perfil. Era una joven, corriente, con una foto sosteniendo a un niño: un chico de ojos oscuros, tan parecidos a los de Miguel, que me apretó el corazón como puño.
No podía apartar la mirada. Entonces comprendí que su dolor era distinto al mío, pero también real. Ella vivía en una mentira, era parte de la misma historia que él había escrito sin nuestro permiso.
Cerré el portátil. No lloré. No quedaban lágrimas, sólo una enorme fatiga, como si todos esos años cayeran sobre mí de golpe.
Pasaron dos semanas. La casa estaba demasiado silenciosa y la cama demasiado ancha. Al principio esperaba que llamara, que viniera, que apareciera en la puerta con esa mirada que siempre desarmaba cualquier ira. Pero esa vez no vino. En su lugar llegó una carta, una simple sobre, escrita con su puño irregular, como si fuera apresurada.
No pido perdón comenzaba. Solo quiero que sepas que no lo planeé. No quería vivir una doble vida. Sucedió. Me avergüenza no haber tenido el valor de decirte la verdad. El niño es mío. Les ayudaré, pero no quiero su vida. Quiero volver, si me lo permites.
Leí la carta varias veces. Cada frase sonaba distinta: a veces como culpa, a veces como excusa. No sé qué dolió más, «el niño es mío» o «quiero volver». Porque, ¿cómo volver a un lugar que uno mismo ha incendiado?
Unos días después volvió. Apareció en la puerta, más delgado, con canas en las sienes. Me miró con la misma mirada con la que una vez conquistó el mundo. Llevaba una mochila, como listo para cualquier cosa.
Sé que no merezco nada dijo. Pero no sé vivir sin ti.
No contesté. Lo dejé entrar. Se sentó a la mesa, la misma en la que siempre tomábamos el café matutino. Guardamos silencio largo. Finalmente pregunté:
¿Y ella?
Sabe que he vuelto a casa respondió bajo. No quiso detenerme.
No surgió ninguna decisión, ninguna promesa. Sólo un vacío que flotaba entre nosotros, como algo imposible de nombrar.
Desde entonces dormimos en habitaciones distintas. Él sigue intentando, cocina, limpia, repara pequeños objetos que nunca había notado. Yo aprendo a vivir con la idea de que no todo puede volver a juntarse, por mucho que uno lo desee.
A veces, al apagar la luz por la noche, pienso en ese niño, en el chico con los ojos de Miguel. Me pregunto si algún día querrá conocer a su padre. Y si entonces podré perdonarle, antes de que él lo haga.
No sé si aún puedo amar a ese hombre. Sólo sé que ya no puedo vivir en una mentira. Y eso, aunque duela, es el inicio de algo verdadero.







