Llamada del pasado: el regreso del padre
Javier cerró la puerta de la nevera, secándose las manos con un trapo.
—Bueno, ahora debería funcionar. Congelará, pero hay que comprobarlo —dijo a la clienta—. ¿Tiene un táper vacío? Lo llenamos de agua y lo metemos en el congelador. Esta noche le llamo; si el agua se ha congelado, todo está bien.
En ese momento, el teléfono volvió a sonar. Otro cliente, pensó Javier, y contestó:
—¿Dígame? Sí, reparación de electrodomésticos. ¿Qué necesita? Sí, soy Javier Martínez Serrano, si le importa. Perdone, ¿qué ha dicho? ¿Padre? —Casi se le cae el móvil de la mano.
La voz al otro lado se presentó: Víctor Martínez Pacheco. Javier lo entendió al instante: era su padre, al que no veía ni sabía de él desde hacía más de veinte años. El corazón le latió con fuerza y en su mente desfilaron recuerdos fragmentados.
—¿Y qué… quiere usted? —Javier dudó, sin saber cómo dirigirse a aquel hombre—. ¿Quedar y hablar? Claro, solo han pasado veinte años. Lo siento, estoy trabajando, le llamo luego —colgó y murmuró con sarcasmo—: Vaya, mira por dónde…
¡Aparecer después de tanto tiempo! Seguro que venía a pedir algo. ¿El qué? Su hijo ya era mayor, él ya viejo, y ahora necesitaba ayuda. ¿Cuántos años tendría? Más de cincuenta, seguro. Dinero, sin duda. Javier resopló y volvió al trabajo.
—Bueno, ¿quedamos así? —dijo a la clienta—. Esta noche le llamo y comprobamos el táper. Si se congela, la nevera está bien.
La clienta le dio las gracias y Javier se marchó a su siguiente trabajo. Una anciana necesitaba arreglar la lavadora, que perdía agua. La abuela era charlatana y lo invitó a un café con magdalenas. La avería era nimia: el sellador de la puerta se había soltado. Javier lo ajustó y dejó de gotear. Otro técnico le había pedido un dineral, pero él solo cobró lo justo; estafar a los jubilados iba contra su conciencia. La mujer estaba encantada, repitiendo que hacía mucho que no conocía a gente tan amable. Javier sonrió incómodo, tomó el café y prometió volver si se estropeaba algo más.
Pero su mente estaba en otra parte: en la llamada de su padre. Recuerdos borrosos acudieron a su memoria. Sus padres se divorciaron cuando él tenía cinco años. Su padre bebía, había perdido el trabajo. Su madre lloraba pero creía en sus promesas. Un día, mientras ella trabajaba, su padre lo recogió de la guardería. Se sentaron en un banco del parque y su padre sacó una cerveza, quejándose a su hijo de que su madre no lo respetaba. Luego se emborrachó y se quedó dormido. Javier, avergonzado, intentó despertarlo, pero este se limitó a apartarlo. La gente miraba, y él, sintiendo que a su padre no le importaba, se fue solo. La calle le pareció eterna, perdido hasta que una vecina lo encontró.
Su madre no gritó esa noche. Solo dijo con voz queda:
—Vete. Dejaste a tu hijo solo. ¿Qué clase de padre eres?
Su padre se mudó a otra ciudad. A veces enviaba dinero o juguetes. Su madre se reía:
—Estamos bien sin él, ¿verdad, Javi?
Cuando cumplió diez, su madre conoció a tío Luis.
—Cariño, Luis quiere casarse conmigo. Cuidará de nosotros. ¿Vamos a por una bici nueva? Luis era buena persona, pero nunca fue su padre. Parte del amor de su madre ahora era para él, y Javier se sentía de más.
Esa noche, con reticencia, Javier buscó el número de su padre y llamó. Contestó al instante:
—Javier, quedemos. Hay que hablar. En el bulevar de antes, junto a la fuente, mañana a las siete. ¿Puedes?
—Vale, puedo —gruñó Javier.
Su madre había dicho una vez que Luis quería adoptarlo, darle su apellido. «Somos familia». Pero él se negó. Quería seguir siendo Javier Martínez Serrano, mantener ese hilo invisible con su padre. Su madre quería borrar el pasado, pero él esperaba. Sin saber qué. Hasta que entendió que no había nada que esperar.
Al día siguiente, camino del bulevar, decidió: si su padre pedía dinero, se lo daría, y se acabó. Al fin y al cabo, él envió regalos y dinero alguna vez. Su madre tenía a Luis; a ella no le importaba.
—Le da vergüenza, por eso manda cosas —decía al recibir los paquetes.
Junto a la fuente, vio a un hombre mayor. Se levantó del banco y se acercó. «Nada de cursilerías como “hijo mío, al fin nos reunimos”», pensó Javier. Y esperaba que no oliera a alcohol.
—Buenas tardes, Javier —el hombre le tendió la mano.
—Buenas —la estrechó, notando que tenía fuerza.
—Te lo digo claro —empezó su padre—. Prometí a tu madre ayudar, pero no entrometerme mientras fueras pequeño. Le daba asco, y tú me tenías miedo. Me fui. Al principio no encontraba trabajo y bebía. Tras una borrachera, acabé en el hospital. Una enfermera me cuidó y se convirtió en mi mujer. Tenía una hija, Lucía, y la crié como mía. Monté un taller, reparaba de todo. Ahora tengo equipo. Pero tú ya no eres un niño. Quería verte. Eres mi única sangre. Ne—Y de verdad, Javier, lo único que quiero es tener una segunda oportunidad contigo.





