– ¿Crees que voy a estar detrás de ti? Tengo más gente como tú que pelos en la cabeza.
– Pues compra tu bolita de chicle y déjame en paz.
– ¿A quién le sirves?
Hay un dicho: lo que el sobrio tiene claro, lo tiene el borracho en la práctica. Pero Begoña, que ha vivido toda su vida en el barrio de la Torre de la Sal y que en su casa tiene un armario lleno de botellas, le daría la vuelta a ese refrán. Diría algo como: lo que el sobrio piensa, lo hace el borracho. Porque después de unas copas la gente no solo dice lo que piensa, a veces actúa totalmente distinto.
Y como el alcohol derriba cualquier límite interior, se puede decir que, tras dos o tres vasos, uno no se pierde, sino que se vuelve más él mismo.
Mira a su padre, Antonio. Nunca ocultó nada a la familia, nunca gritó ni se enfadó; bebía tranquilo, a su manera, y aun en estado etílico lograba mantener el orden. Cuando se marchaba a la casa de campo con una caja de aguardiente, pasaba una semana en modo se despierta, se pone a hablar, se vuelve a dormir. Al volver, como si nada hubiera pasado, la vida seguía su curso.
En el edificio de al lado, el marido de la vecina, Ramiro, se paseaba como un torbellino con la mujer. La gente se quejaba porque la madre de Begoña, Carmen, había tenido que refugiarse en su casa con sus dos hijos. Menos mal que mi marido es tranquilo, decía la vecina, mientras Begoña sabía que el anterior novio de su madre se había ido porque bajo el efecto del alcohol se había portado fatal.
Begoña siempre le repetía a su hija: Si el chico se emborracha, no es grave; hoy todos se ponen a beber, a jugar o a buscar alguna otra adicción para liberar el estrés. Pero si bajo los efectos hace algo indebido, tienes que cortarle el paso de una vez, sin segundas oportunidades.
Así, Begoña dejó de dar posibilidades. Con el tiempo, la gente empezó a verla como una mujer que no tolera el alcohol en lo esencial. Cuando ella, cada dos meses, aceptaba tomar una copa por una buena razón, los cotillas lo ignoraban y ni siquiera lo consideraban. No se bebe cerca de ella, punto. Por eso su tercer novio, tras romper con los dos anteriores por sus arranques borrachos, juró que nunca bebía.
Y eso resultó genial, porque Begoña, con la experiencia de su infancia, había visto todo tipo de beberiles. Pero, por supuesto, siempre quedaba la duda de qué pasaría si el nuevo compañero tenía sus propios vicios. Eso se descubriría viviendo juntos, y si algo no gustaba, siempre se podía salir. No había prisa por lanzarse al altar.
Al final, Begoña evaluó y descubrió a Nicolás, que le pareció mejor que no beba. Todo empezó en una reunión por aprobar la convocatoria. Begoña terminaba la carrera, y Nicolás, que se había licenciado un año antes, tenía a muchos compañeros en común con ella, así que se coló en el grupo. Donde hay estudiantes, hay copas, bocadillos escasos y rápidas ideas que brotan en la cabeza, como juguemos a los retos.
Uno de sus compañeros la obligó a cantar en karaoke, diciendo que siempre se negaba y que nunca había tomado el micrófono. ¡Ay, chicos, yo os cuidaba, os preocupaba, que no os quedase la voz en Halloween!, pensó Begoña. Pero el argumento triunfó y tuvo que cantar un par de versos, hasta que el mismo que la había retado le quitó el micrófono. ¿Qué? ¿Yo qué? ¡Yo no pedí la culpa!, les respondió.
Al final, un alumno propuso copia la tarea y Begoña, con el corazón apretado, fue a su habitación a buscar apuntes. Mientras unos se ponían a graznar y otros bailaban encorvados, algo se salió de control, pero ella ni siquiera recuerda cuándo. El perdedor de la noche fue el mismo Nicolás, que seguía sobrio como una botella de agua, cuando de repente su amiga Marina le pidió que besara a Marta, la chica que estaba enamorada de él.
Nicolás, con una sonrisa, se acercó a Marta, la tomó de la mano y empezó a besarla largamente, hasta que ella le respondió. Begoña, atónita, miró a sus compañeros sin comprender y sintió que dentro suyo una especie de resorte se disparaba. De pronto, una botella de refresco con gas derramado cayó sobre la pareja besándose, y Begoña, soltando una palabrota, salió disparada de la habitación como bala.
Afuera, tomó aire frío y amargo, y casi se parte en llanto como un niño ofendido. ¡Begoña! ¡Begoña, espera!, gritó Julián al ver pasar un taxi justo al lado. Saltó al asiento trasero y, sin pensarlo, dio la dirección de la casa de sus padres, aliviada de haber agarrado su bolso, su cartera y su móvil a toda prisa.
Su madre, al verla, supo al instante que algo raro pasaba. No le hizo preguntas, solo le sirvió una taza de té caliente y se sentó a su lado mientras Begoña bebía y se frotaba la nariz. Todo se arreglará, se molerá y saldrá harina, le repetía siempre. La harina que iba a moler en la vida de Begoña ya sería suficiente para hornear hasta el final de sus días, si todo siguiera así.
Mamá, vuelvo a casa. Mañana recojo mis cosas del piso de él y me mudaré. ¿Vale? preguntó.
¿Por qué preguntas permiso? Este es tu hogar, nadie te ha echado. Puedes volver cuando quieras, la habitación está libre, todo el mobiliario sigue allí. Ni yo ni tu padre nos hemos puesto a arreglar nada.
Quizá la madre la empujara con el culo, diciéndole vete a la vida adulta, vive sola y no vuelvas, y entonces ella tendría que volver con Nicolás y tratar de olvidar lo ocurrido. Pero ahora, con el respaldo silencioso de sus padres, se sentía en la cima y no iba a tolerar ese comportamiento.
¿Dónde has estado toda la noche? le lanzó Nicolás al abrir la puerta con su llave.
Eso ya no es asunto tuyo, replicó ella con la voz firme.
Se dirigió al dormitorio y empezó a guardar sus cosas en una gran mochila a cuadros. Dos bolsas bastarán, luego llamará un taxi y se olvidará de esas relaciones como si fuera una pesadilla.
¿Qué vas a hacer, huir de mí? ¿Así no me despides? le espetó Nicolás.
¿De qué me hablas? Te vas a la cara de mi compañera y la besas como si fuera nada. ¿Qué te hace sentir traidor?
Tienes los bichos en la cabeza. No fue una traición, solo un beso y el encargo que me dieron.
¿Y si me hubieran pedido que me sentara en el regazo de alguien o que bailara con mínima ropa, estaría bien?
No compares. No te han dado esas misiones. Lo que me tocó lo cumplí.
No tienes que reaccionar exageradamente. Te inventas cosas y ahora intentas romper la relación. Pues hazlo. Crees que voy a correr tras ti? Tengo más de tu tipo que pelos en la cabeza.
Compra tu chicle y déjame en paz.
¿A quién le sirves?
Resultó que sí la necesitaba. Se volvió a enamorar a los seis meses y, por fin, el chico resultó ser bastante decente. Solo tuvo mala suerte la cuarta vez
Mientras tanto, Julián sigue cruzándose con ella en la calle, intentando convencerla de que todo fue su imaginación, que ella destruyó la relación sin razón y que va a sufrir por ello. Pero él, buenazo, siempre está dispuesto a perdonarla y aceptarla de nuevo.
Y al final, ¿quién sufre de verdad? Tú, Julián, porque no debías besar a otros; el asunto no era excusa. Begoña hizo lo correcto al alejarse.






