Lista de mis deseos

En el pasillo apretaba las cajas. Yo, con el rostro colorado por el esfuerzo, metía una tras otra en el altillo. El polvo se posaba en mi calva como escarcha gris.

¿Y para qué guardas todo eso? Es puro trasto refunfuñé mientras bajaba por la escabelita tambaleante.

No es trasto contestó Enriqueta con voz bajita pero firme. Sentada en el suelo, revisaba una maleta vieja repleta de papeles. Es recuerdo.

Recuerdo bufó yo. Con tanto recuerdo me está doliendo la espalda. Lo tirarás al año y no habrá sitio.

Enriqueta no respondió. Sus dedos rozaron la cubierta de cuero gastado de un álbum antiguo y lo abrió.

Mira dijo, sin prestar atención a mi gruñido la niña de primero. ¿Te acuerdas?

Yo me acerqué a regañadientes. En la foto amarillenta, bajo el sol, una chiquilla llevaba lazos blancos.

Sí, recuerdo gruñí, más suave ahora. Llorabas porque el delantal te picaba.

Y allí está el campamento de los pioneros

«Aldea del Niño» asentí, mirando por encima de su hombro. Trajiste esa concha de allí. La que todavía está por ahí.

Volví a hurgar entre las cajas, pero sin el ímpetu de antes. Enriqueta pasaba página tras página. Juventud, universidad, su boda: yo con un traje estrafalario, ella con un vestido de encaje de mi madre. Jóvenes, lisos, felices. Sonreían a la cámara sin saber lo que les depararía dentro de veinte años: este apartamento estrecho, mi incesante refunfuño, su silenciosa molestia porque la romántica quedó en el papel.

¡Cuidado! gritó de pronto Enriqueta.

Yo rozé una caja de cartón y su contenido se esparció por el suelo. Mientras seguía refunfuñando y recogiendo libros, ella sacó del linóleo una pequeña cajita de terciopelo. Abrió la tapa.

Dentro, sobre algodón, reposaba la concha de la «Aldea del Niño», varios insignias descoloridas, una ramita marchita de mimosa y una hoja de cuaderno escolar doblada en cuatro.

¿Qué es esto? pregunté al terminar de ordenar.

Enriqueta desplegó la hoja. Con la mano temblorosa de niña, había escrito: «Lista de mis deseos. 1. Ser doctora. 2. Tocar la guitarra. 3. Ir a París. 4. Casarme por gran amor».

Me la tendió sin decir palabra. La leí, me suavicé, y luego gruñí:

Pues no te convertiste en doctora. Tampoco tocas la guitarra. París no lo persigues Y en cuanto al amor me trabé, sin atreverse a terminar la frase, y me acaricié la espalda. No fuiste doctora, pero ahora me duele la espalda como a un viejo, por tanto de tus archivos.

Enriqueta tomó la hoja de mis manos, la miró detenidamente, especialmente el punto cuatro, y después miró a su marido. A su rostro cansado y polvoriento, a sus manos que acaban de mover cajas pesadas para liberar espacio en su armario.

Casarse por gran amor no significa vivir en constante romance, Íñigo. Significa que cuando el marido tiene la espalda adolorida, la esposa le hace un masaje. Y él, a cambio, lava los platos.

Doblé con cuidado la hoja, la volví a meter en la cajita y cerré la tapa.

Vale, suspiró ella. Tal vez tienes razón. Algunas cosas se pueden arreglar.

Dejé la cajita a un lado, en la pila de lo más valioso que nunca se tirará. Luego me acerqué, la abracé y apoyé mi mejilla contra su barba áspera.

Gracias susurró ella. Por todo.

Yo, sorprendido, me quedé inmóvil un instante y luego, torpemente, le acaricié el cabello.

Vamos, no te pongas así… ¿Qué pasa? dije en voz baja. ¿Me vas a masajear la espalda?

Claro que sí sonrió Enriqueta, apoyándose en mi hombro.

Yo entendía que París y la guitarra se quedaban en el pasado, en aquella hoja amarillenta. Pero aquí, en el pasillo polvoriento y estrecho, se respiraba vida, no sueños. Y eso también era felicidad. Esa felicidad que no se captura en fotos ni se pega en álbumes, simplemente existe. Y bastó.

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