Elena era mala.
Muy mala, de verdad, hasta daba pena lo mala que era esa Elena.
Todos intentaban convencer a su madre de que su hija era así de mala.
Mala y, para colmo, desdichada.
Claro, no tenía marido, su hijo ya era mayor y vivía por su cuenta.
Elena, sola, sin que nadie la necesitara.
Llegó el lunes al trabajo y todas las compañeras no dejaban de presumir de lo mucho que habían limpiado y fregado el fin de semana.
Unas habían estado en la casa del pueblo, otras haciendo mermeladas.
Pero Elena callaba, ¿para qué iba a decir nada? No tenía nada que contar; no tenía hombre, el hijo ya era mayor, así que guardaba silencio.
Ese día pidió salir antes, como hace un par de veces al mes.
Todas sabían por qué: en el trabajo estaban convencidas de que Elena salía antes para verse con alguno de sus numerosos amantes.
Estaban seguras, porque Elena era mala.
Muy mala.
Ellas, en cambio, eran todas señoras de bien, casadas y atareadas con sus cosas, y Elena era mala.
Elena le decía su madre, ¿pero por qué eres así?
¿Así cómo, mamá?
Tan desarreglada, hija, oye, podías haberte buscado aunque fuera cualquier hombre, de verdad… y todavía es buen momento para tener otro hijo; ahora todas tienen hijos pasados los cuarenta.
¿Pero para qué quiero yo un hombre cualquiera, mamá? ¿Para qué quiero un segundo hijo de un hombre cualquiera? preguntaba Elena, sincera. Tengo a mi hijo Álvaro, no necesito más.
¿Y un hombre, como tú dices, mamá, para qué me serviría? ¿Qué haría yo con él? Si ya tengo a Óscar.
¡Elena! exclamaba la madre ¡Óscar no es tu hombre!
¿Cómo que no? Más mío que ninguno reía Elena; me invita a cenar una vez por semana, me hace regalos, me ayuda a irme de vacaciones, no me da la lata, no me manda a casa de su madre a limpiar cristales, ni me hace lavar calzoncillos y calcetines, ni exige cenas ni me agobia con sus problemas. No tengo que encontrarle sitio en el sofá.
Esto es el paraíso.
¡Claro, el paraíso! Todo eso lo sufre su pobre mujer.
¿Pero tú querrías que fuera yo la que lo sufre, mamá?
No, querida, que yo tengo más de cuarenta años; recuerda que he estado casada dos veces, dos veces, y de esa felicidad huía con lo puesto.
Mi primer marido, que era padre de Álvaro, si no lo has olvidado, fue porque tú insististe en que me casara nada más cumplir los dieciocho, porque era mayor, más serio, me quería, me respetaba y encima tenía dinero, ¿verdad, mamá?
Cinco años, cinco enteros, me pasé en ese encierro: no podía estudiar, ni tener amigas, ni siquiera cuidar bien a Álvaro, de tan joven que era. Solo era trabajar para él y su madre.
Eso sí, oro no me faltaba, claro.
Y me sacaba una vez al mes, como a un animalito, para enseñar al vecindario que tenía una esposa joven, y encima decente, no como las demás.
Él, por supuesto, no tenía reparos en visitar a esas otras.
Y cuando me escapé y pedí el divorcio, bendita mi abuela, que me ayudó, aquel quiso reclamarlo todo hasta la ropa.
La segunda vez me casé por amor, estaba estudiando y trabajando a la vez, ¿te acuerdas, mamá?
De día estudiaba como una condenada, intentaba recuperar el tiempo perdido, y por la tarde trabajaba para no ser una carga para ti y papá
¡Elena! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Acaso te faltó nunca un plato de comida, te negué un techo a ti o a tu hijo?
Tú no, mamá Pero no eres la única. También estaba él, que temía que os cayera encima la responsabilidad de mantenerme a mí y a mi hijo.
¿De quién hablas?
De papá, ¿de quién va a ser? Y mi hermano Gabriel, siempre protegido, que para entonces no había movido un dedo en la vida, ¿para qué? Estabas tú.
Tú trabajando todo el día, corriendo a casa para pasar por el supermercado a comprar algo, porque tus hijos tenían hambre, uno tirado en el sofá y el otro pegado al ordenador.
Tú cocinando, limpiando, planchando
Por eso a la mínima me casé de nuevo por amor; por amor, porque por lo otro ya había pasado.
¿Qué cambió?
Nada. Más líos, más trabajo. Antes era Elena la independiente, ahora Elena la que lo hacía todo.
El amor en el sofá viendo la tele, Elena al trabajo, y después guardería, porque el niño era mío, que el hombre no debía cargar con lo que no era suyo, ni aunque lo fuera, que para eso él trabajaba mucho.
Corría, hacía la compra, cargaba con todo, el niño, las bolsas, porque yo no tenía coche.
¿Para qué? Que el coche lo necesitaba el marido, que él no iba a ir en tranvía, qué cosas tienes. Lo normal. ¿Que estaba cansada? ¿Y quién hacía la cena?
Pues la hacía, ponía la mesa, lavaba la ropa, planchaba, y después a cumplir como esposa, no fuera a ser que se quedara sin su ración de cariño y se fuera con otra, el tesoro
¿No había dinero? Eso era problema mío y de mi hijo, que si fuera suyo, si el niño fuera de él, sería otra cosa, que entonces igual sí, pero así no, que lo buscara en otro sitio, que quién iba a quererme a mí y mi lastre.
Perdona no era el hombre adecuado.
¿Que no le daba dinero para su coche? ¿Qué más daba que el coche era mío? Eso era la familia.
Comparaba cuánto ganábamos sin hacer nada y cuánto se esforzaba él.
Que tenía suerte yo
¿Que me iba?
Pues vete, ¿quién te va a querer con un hijo? Ja, ja, ja.
Así fue, mamá, estuve casada con quien ganaba más, con quien ganaba menos. Ninguna diferencia.
Todos estaban bien, menos yo, mamá. Yo era la única que no estaba bien.
Elena, hija, todas vivimos así, no exageres.
¡Pues que vivan así, mamá! Que yo no quiero.
¿Y cómo fue tu sábado?
Pues mira, Gabriel y Marta nos dejaron a sus hijos, Olivia y Pablo, y yo me pasé el sábado con ellos en el parque, hice tortitas, limpié un poco, pasé la aspiradora y lavé el suelo, lavé ropa, acosté a los niños, di de cenar a papá, planché un poco, y me acosté cerca de la una.
Por la mañana los niños, que no pueden dormir más, me pidieron de nuevo tortitas, eso hice, y cuando llegaron Gabriel y Marta, les hice pollo al horno, preparé ensaladas, una pizza, cenamos, recogí y me caí rendida en el sofá, y a medianoche papá me despertó para que me fuera a la cama.
Mamá, yo no recuerdo que tú te ofrecieras a cuidar a Álvaro de esa manera, ni que te dejara el niño con la confianza de poder salir corriendo a descansar.
Hija, tú siempre fuiste muy independiente, estos chicos qué se yo
¿Quieres que te cuente cómo pasé el fin de semana pasado, mamá? El viernes por la noche Álvaro llamó para preguntarme si podía cuidar a Tomás el fin de semana, que se iban a la sierra.
Claro que sí, ¿por qué no?
Tomás es el gato de Marina, la novia de Álvaro, y mamá, si no estuvieras tan ocupada con Gabriel y los suyos, igual sabrías qué hace tu hijo mayor.
Así que el viernes por la noche me dejaron al gato y me trajeron pizza. Yo me la comí tranquilamente viendo series, porque no tenía que saltar de la cama a primera hora del sábado.
Por la mañana le di de comer al gato, me hice café, limpié el polvo, metí ropa en la lavadora y te llamé para ver si te apetecía venir conmigo al museo o tomar algo y charlar.
Me atendió papá, que me llamó vaga y me dijo que mientras mi madre sudaba cuidando a los nietos, yo paseaba por los museos como una marquesa.
Me iba a molestar, pero ¿para qué? Papá siempre tiene razón.
Fui al museo, habían puesto una exposición de tu pintor favorito, me acordé de lo mucho que te gustaba antes.
Luego café, unos recados por el barrio, me acordé de Tomás y al volver a casa, el gato estaba tan tranquilo.
No me apetecía salir más, así que estuve en casa viendo series.
El domingo dormimos hasta las once, quería llamarte para invitarte a dar un paseo por el río, pero contestó Marta, con la boca llena, diciendo que estabas ocupada, que seguramente lavando los cacharros.
Por la tarde llamó Óscar para invitarme a cenar, y fui. ¿Por qué no iba a aceptar?
Soy una mujer libre, no le pregunto por su matrimonio, ni por sus problemas, yo no le agobio con los míos.
Pasé una noche estupenda y el lunes fui a trabajar descansada y tranquila.
He intentado salir con solteros, mamá.
Eso sí que es un desastre.
Se me pegan chicos que buscan una madre, o divorciados cargados de hijos y traumas.
¿Qué cara pones, mamá?
El mundo ha cambiado, ¿lo sabes?
Uno incluso pretendía que yo aceptara a sus hijos sí o sí, porque soy mujer y se supone que tenemos amor para todos los niños.
Él, por su parte, mantendría a sus hijos y a su ex mujer, porque por mala que fuera, era madre de sus hijos.
Vivíamos de mi sueldo, claro, porque el suyo lo gastaría en su afición: la pesca.
A cambio, me traería buen pescado.
Le pregunté si pensaba ayudar a mi hijo, se indignó y dijo que para eso Álvaro tenía padre, que se apañara.
¿Es justo?
Por supuesto, por eso lo mandé a paseo: Álvaro tiene madre, que soy yo.
Así que claro que he acabado siendo mala, egoísta, calculadora, interesada. Que quería cargar a mi hijo en las espaldas de un pobre hombre y vivir del cuento
Por eso apareció Óscar.
Sí, soy mala para vosotros, pero no me avergüenzo de vivir así.
Lo que me da pena y rabia es cómo vives tú, mamá. Por eso, cuando te saco de casa, como hoy, te miento a ti y a papá diciendo que necesito ayuda.
Mamá, yo estoy bien. Ahora vamos a dedicarnos un poco a nosotras, vamos a pasar un buen rato, juntas, para que disfrutes de verdad.
Estás loca, Elena, ¿y papá?
¿Qué pasa con papá? ¿Está enfermo?
No, pero… la comida…
No me creo que no hayas dejado la comida hecha.
Hay que calentarla, y además Gabriel…
¡Mamá! Que me enfado ya sé que soy mala, pero déjame ser buena un día contigo. Salgamos, por favor
El lunes en el trabajo las mujeres compiten a ver quién está más agotada después del descanso.
Y Elena sonríe, pícara, porque todas saben que Elena es la mala, y camina por el pasillo moviéndose con ritmo, feliz con algo que sólo ella sabe.
A nadie le sorprende. Está claro que algo malo estará pensado esa ElenaY mientras se aleja entre los murmullos y miradas cruzadas, Elena piensa en el secreto placer de saber que no le deben nada, que no le piden cuentas, que la vida que tanto critican es solo suya. Por la tarde, al cruzarse en el ascensor con una de las compañeras, le regala una sonrisa cómpliceno de esas que buscan aprobación, sino de quien baila a su propio compás. Cuando llega a casa, Tomás, el gato, la recibe con un maullido perezoso y ella se ríe en voz alta, dándose el lujo de dejar los zapatos tirados en la entrada. Abre la ventana, respira hondo, y brinda con un vaso de agua al último atardecer de la semana.
Malasusurra, mirándose al espejo, y en sus labios la palabra se transforma en un brillo indomable.
Ya no hay culpa ni prisa, sólo un leve temblor de libertad. Afuera el mundo sigue girando, apurado y repleto de deberes. Elena, sin embargo, se sienta a cenar con su libro favorito, segura al fin de algo sencillo: le gusta ser quien es. Y justo antes de cerrar los ojos, piensa que tal vez, en secreto, muchas quisieran atreverse a ser tan mala como ella.







