Luz era mala.
Mala de verdad, hasta daba pena lo terrible que era Luz.
Todo el mundo intentaba hacérselo ver, que era mala.
Mala, y además infeliz.
Por supuesto, sin marido, el hijo ya mayor e independiente.
Luz estaba sola, y nadie la necesitaba.
Llegó el lunes al trabajo, las compañeras presumiendo de cómo habían lavado y limpiado toda la casa durante el fin de semana.
Unas trabajando el huerto en el pueblo, otras preparando mermelada.
Luz callada, ¿qué iba a decir? No tenía nada de lo que presumir: sin hombre, el hijo criado, y callaba, como si no pintara nada.
Pidió salir antes, todos sabían que un par de veces al mes salía un poco antes del trabajo.
Negaban con la cabeza, juzgando, porque todos sabían a dónde iba: a verse con sus numerosos amantes.
En la oficina estaban convencidos de que Luz se veía con un montón de hombres, claro, ¡si era tan mala!
Luz mala, muy mala.
Ellas eran las buenas, todas casadas, ocupadas, y Luz la mala.
Luz decía su madre, ¿por qué eres así?
¿Así cómo, mamá?
Tan desarreglada, hija, por Dios, podías haberte buscado un hombre cualquiera Aún puedes tener otro niño, que ahora todas tienen hijos después de los cuarenta.
Mamá, ¿y para qué quiero yo a un hombre cualquiera? ¿Para qué quiero un hijo más de un cualquiera? Mamá se extrañaba Luz de verdad, ¿para qué? Tengo a mi hijo Pablo, me basta con él
¿Y el hombrecito ese, como tú dices? ¿Para qué lo querría? ¿Qué hago yo con él? Si tengo a Óscar.
¡Luz! saltaba la madre, ¡Luz, recapacita! ¡Óscar no es tu hombre!
¿Cómo que no es mío? ¡Claro que sí! se reía Luz, me invita a cenar una vez por semana, me trae regalos, me ayuda a ir de vacaciones, no me da la lata, no me manda a limpiar la casa de su madre ni a fregar cristales, no me obliga a lavar calcetines ni calzoncillos, no exige cena, no me carga con problemas, no ocupa sitio en el sofá.
Una maravilla.
¡Claro, una maravilla! Y todo eso lo aguanta su pobre mujer.
¿Y tú querrías que eso me tocara a mí? Ni hablar, mamá, que tengo más de cuarenta años, estuve casada dos veces te recuerdo, dos y de esa felicidad salí corriendo.
Mi primer marido, padre de Pablo, ¿te acuerdas? Por tu empeño me casé apenas con dieciocho, porque era mayor, serio, decía que me quería y respetaba, además tenía dinero, ¿verdad, mamá?
Cinco años, cinco años pasé en esa cárcel, sin poder estudiar, ni salir con amigas, ni siquiera ocuparme de Pablo a mi manera: no tienes experiencia, lo vas a hacer mal; solo quedarme en casa, para él y su madre.
Eso sí, de oro iba vestida, según tú.
Me sacaba una vez al mes, como a un perrito, para lucirme: mirad, qué esposa joven y perfecta, y luego él detrás de las imperfectas.
Cuando por fin huí y pedí el divorcio gracias a mi abuela que me ayudó, lo reclamó todo ¡hasta los calzoncillos!
La segunda vez me casé por amor, estudiaba y trabajaba, ¿te acuerdas, mamá?
Trabajaba como loca para poder recuperar el tiempo perdido, y por las noches curraba para no ser una carga para ti y papá.
¡Luz! Eso no lo digas nunca, ¿cómo crees que yo podía reprocharte un trozo de pan o un plato de sopa a mi hija, a mi nieto?
Tú no, mamá, pero hay más gente Está papá. Y mi hermano Daniel, el mimado, que ni quería buscarse la vida porque ya está mamá.
Tú trabajando en dos sitios, corriendo a casa y a comprar, para que tus polluelos no pasaran hambre: uno en el sofá, otro en el ordenador Cocinabas, limpiabas, lavabas
Por eso yo, por amor, corrí a casarme otra vez. Porque sin amor, ya vivía yo antes.
¿Y qué cambió? Nada. Más líos: de ser Luz, pasé a ser Luz, la que lo hace todo.
Él tumbado en el sofá, yo trabajando, luego a por el niño al cole, porque ojo con molestar al hombre, ese no es tu hijo aunque lo fuera, eso no es cosa de hombres, que bastante se cansan.
Iba a la compra cargada, niño y bolsas, porque, ¿qué iba a tener yo coche? El coche es para el marido, ¿va a irse él en metro a trabajar? Así vivimos todas, ¿qué es eso de que estás cansada? ¿Y quién va a hacer la cena?
Hacía la cena, ponía la mesa, lavaba, planchaba, y luego a mimarle, que no se quedara sin cariñitos y se fuera con otra, el tesoro
¿Que falta dinero? Es tu hijo el que lo necesita; si hubiera sido mío, otro cantar: igual hasta ayudaba. Pero así, que busque otra pringada que le aguante a ti y a tu crío.
No diste con el hombre adecuado, hija
¿Que no te doy dinero para arreglar el coche? Da igual que sea mío, somos una familia.
Mira tú la comparación: lo que tú cobras sin hacer nada y lo que trabajo yo.
Tú sí que vives bien
¿Que te vas? Vete, a ver quién te quiere con un hijo a cuestas, jajajá.
Así que, mamá, he vivido con uno que ganaba más que yo, y con otro que ganaba menos: da igual.
Ellos todos estaban bien, menos yo, mamá, yo era la que no estaba bien.
Luz, todos vivimos así, hija.
Pues que sigan viviendo, mamá. Yo no quiero.
¿Cómo pasaste el sábado?
Pues nada, Daniel con Marta, me dejaron a los niños, salí con ellos al parque, hice crepes, limpié un poco, lavé, cené y a planchar; les acosté, di de cenar a papá, y a la una me fui a la cama.
Por la mañana los peques pidieron crepes otra vez, la abuela a la cocina, Daniel y Marta trajeron luego el pollo, ensalada y pizza hice, cenamos, limpié un poco y me desplomé en el sofá a eso de las once, rendida, y papá me despertó de noche para ir a la cama.
Mamá, ¿y tú recuerdas hacerte cargo de Pablo así? ¿O elegí alguna vez largarme y dejarte al niño para descansar?
Eras demasiado independiente, esos en fin
¿Quieres que te cuente mi otro fin de semana, mamá? El viernes me llamó Pablo, que si le podía cuidar a Tomás el fin de semana, que se iban a la Sierra.
Por supuesto que sí. Tomás es el gato de Marina, la novia de Pablo; si no estuvieses tan ocupada con Daniel y familia, sabrías en qué anda tu nieto mayor.
Vinieron Pablo y Marina, dejaron el gato, me trajeron pizza y se fueron.
Cené pizza y me tumbé a ver una serie. Porque no tenía que madrugar el sábado.
Me levanté cuando quise, di de comer a Tomás, café para mí, quité un poco el polvo, puse una lavadora y te llamé, quería proponerte ir al museo o tomar un café.
Cogió el teléfono papá, estabas ocupada fregando. Me llamó vaga, que su madre se mata trabajando, liada con los nietos, y yo de señora al museo.
Pensé enfadarme, pero ¿para qué? Si papá siempre tiene razón.
Fui al museo, había una exposición de tu pintor favorito, lo recuerdo
Luego, café en una terraza, un paseo de tiendas, regresé, Tomás dormía.
No me apetecía salir más, y me puse otra serie.
El domingo dormí con Tomás hasta las once, quería invitarte a pasear por el río en el barco, pero contestó Marta, la boca llena, dijo que estabas liada, seguro que fregando platos.
Por la tarde me llamó Óscar, me invitó a cenar fuera. Fui, ¿por qué no iba a ir?
Soy una mujer libre, no le pregunto qué tal está su mujer ni qué problemas tienen, nosotros no hablamos de eso, no nos molestamos.
Pasé una velada estupenda, dormí bien y fui descansada al trabajo.
He intentado quedar con solteros, mamá. Es un desastre.
Se acercan solo críos que buscan madre o divorciados con hijos de tres matrimonios distintos, rebotados, con mucho equipaje.
¿Qué miras así, mamá? El mundo ha cambiado, ¿sabes?
Uno me dijo que yo debía cuidar de sus hijos, que es natural porque todas las mujeres llevan el amor infantil innato.
Que él, además de la pensión, tiene que mantener a sus hijos y a la ex, porque madre es madre.
Que viviremos con mi sueldo, lo suyo va para sus aficiones, es pescador. A cambio, me dará pescado.
Le pregunté si ayudaría con mi hijo. Se indignó mucho: Pablo tiene a su padre, que se encargue él.
¿Es justo? ¡Claro que lo es! Por eso lo mandé a paseo: Pablo, además de padre, tiene madre… y soy yo.
Así me convertí en mala, calculadora, mañosa Quiero enganchar a un pobrecito y vivir de él con mi hijo.
Por eso, mamá, apareció Óscar.
Soy mala a vuestros ojos, pero no me da vergüenza vivir así.
Me duele, sí, ver cómo vives tú, por eso intento sacarte un rato de casa. Hoy, por ejemplo, mentí, te dije a ti y a papá que necesitaba ayuda.
Mamá, yo estoy bien, ahora vamos a dedicarnos un rato a nosotras, tú y yo, tu hija, aprovecharemos el momento para cuidarnos.
Estás loca, Luz, ¿y papá?
¿Qué pasa con papá? ¿Está enfermo?
No, pero la comida
No me creo que no tengas la comida hecha.
Pero hay que calentarla y, además, Daniel
¡Mamá! Me puedo enfadar, en serio Ya sé que soy mala, pero déjame un rato ser buena, vamos a descansar te lo pido por favor
El lunes en la oficina, las mujeres comentan lo agotadas que están de descansar.
Y Luz sonríe con picardía, todos saben que Luz es mala, que camina como bailando y sonríe por algo sólo suyo.
Es que está clarísimo lo que pasa por la cabeza de Luz, seguro que son cosas malasCuando termina la jornada, Luz camina sola hacia casa, la cabeza alta, las manos en los bolsillos, observando cómo el sol de la tarde incendia los tejados del barrio. Ni un solo reproche pesa ya en su espalda; ni la voz de su madre preocupada, ni los ojos de sus compañeras midiendo su escasez de heroicidades domésticas.
En casa la espera Tomás, el gato, acurrucado sobre el sofá, dejando justo el hueco para Luz. Se descalza y, por primera vez en mucho tiempo, siente el silencio como un abrigo tibio, no como un castigo. Cuelga el bolso, pone agua para el té y, mientras la tetera silba, se asoma a la ventana: afuera corre un aire fresco, ligero, como si hoy el mundo le diera permiso.
Antes de sentarse a cenar, Luz revisa el móvil: un mensaje de Pablo con una foto de él en la montaña, feliz, despeinado, libre. Otro, escueto, de Óscar: “Espero que tu semana empiece igual de bien que terminó.” Sonríe, y piensa que sí, definitivamente sí.
Después, Luz se sienta con su taza caliente y apoya los pies en la mesa, Tomás ronroneando al lado. Mira el reloj: tiene horas por delante, todas enteras para ella. Los minutos pasan lentos y dulces, y por primera vez, Luz no siente que falte nada, ni nadie.
Cierra los ojos, estira las piernas y piensa, quizás, en llamar a su madre mañana para proponerle ir juntas al mar, como antes, cuando las dos eran demasiado jóvenes para ser buenas. Tal vez, se dice Luz, la felicidad no sea tan complicada. Basta con tener un poco de espacio, una pizca de descaro y, sobre todo, la valentía de ser una misma.
Y así, en el rumor tranquilo de la noche, se duerme la mala, la libre, la dueña de todos sus fines de semana.






