Diario de Sergio, lunes
Siempre he pensado que Inés era mala. Muy mala, pobrecilla, hasta me daba pena de lo mala que llegaba a ser esa Inés. Todo el mundo intentaba hacérselo ver, que era mala de verdad. Mala y, además, desgraciada.
Claro, sin maridoel suyo se largó hace añosy su hijo, ya hombre hecho y derecho, vive por su cuenta en Valencia. Inés vive sola, nadie la necesita. El lunes llegó al despacho y allí estaban todas presumiendo de cómo se habían pasado el fin de semana limpiando, lavando ropa o ayudando en la casa del pueblo. Una traía tarros de mermelada casera, otra contaba cómo había pintado la habitación de los críos Inés callaba, ¿y qué iba a decir? No tenía nada que compartir: sin pareja, el hijo criado y volando, Inés guardaba silencio como quien mastica un trapo viejo.
Hoy pidió salir del trabajo antes de hora, algo que hace un par de veces al mes. Todas lo saben y, claro, mueven la cabeza reprobando porque también saben, o creen saber, a dónde va: a verse con sus múltiples amantes. Todas en la oficina están convencidas de que Inés tiene un ejército de amantes. Es lo que pasa cuando te consideran mala. Muy mala.
Ellas, parabienes, casadas, ocupadas siempre en mil cosas, perfectas amas de casa y madres. Pero Inés, mala. Muy mala.
Inés le dice su madre por teléfono, ¿pero qué voy a hacer contigo?
¿Qué pasa, mamá?
Que eres una mujer desordenada, hija. Bueno sería que te buscaras un hombrecillo y asentases la cabeza. Todavía podrías tener otro hijo, que ahora todas dan a luz después de los cuarenta
Mamá, ¿para qué quiero yo un hombre? ¿Para qué quiero otro hijo de cualquiera? Ya tengo a Pablo, y con Pablo tengo suficiente. ¿Y el “hombrecillo”, para qué me sirve? ¿Qué haría yo con él? Si ya tengo a Óscar.
¡Inés! suspira su madre Óscar no es tu pareja.
¿Que no? ¡Claro que sí! ríe Inés. Me saca de cena una vez por semana, me regala cosas, me ayuda a preparar las vacaciones, no me da la lata, no me manda limpiar la casa de su madre en el pueblo, ni me obliga a lavar calcetines ni calzoncillos, ni me exige la cena lista ni me agobia con sus dramas. Y nunca se queda en el sofá todo el día. Una bendición, mamá.
Una bendición, dice Todo eso lo soportará su pobre esposa.
¿Y querrías que todo eso me tocara a mí? No, gracias, mamá, que ya he corrido demasiado. Tengo poco más de cuarenta años y estuve casada dos veces, ¿recuerdas? Dos veces he huido corriendo y dejando las zapatillas por el camino.
Mi primer marido, el padre de Pablo, si no lo has olvidado, fue idea tuya: que si era mayor que yo, más serio, que me quería, que tenía dinero Y así me pasé cinco años encerrada, sin poder estudiar, sin amigas, ni siquiera con Pablo me dejaban estar. Solo trabajo para él y para su madre. Ah, eso sí, llena de oro, sí. Me sacaba de paseo una vez al mes, como quien enseña a su perra de pedigrí.
Y después, cuando por fin salí y pedí el divorcio, gracias a la abuela bendita sea, me reclamó hasta los pijamas.
La segunda vez, lo hice por amor. Estudiaba por las mañanas, trabajaba por las tardes para no convertirme en una carga para vosotros ¿te acuerdas mamá?
¡Inés! ¿Pero cómo puedes decir eso? ¿Acaso alguna vez te reproché nada? ¿Te negué el pan o un plato de sopa, a ti o a Pablo?
Tú no, mamá. Pero es que tú no eras la única. Papá, por ejemplo, y mi hermano Daniel, que se sentaban tranquilamente mientras tú hacías todo Tú siempre doblando el lomo en dos trabajos, cosiendo, cocinando, y ellos tan panchos
Por eso, creí que la segunda vez iba a ser distinto. Pero no. Seguía todo igual: amargo para mí, ligero para él. Se tumbaba en el sofá mientras yo corría de la oficina a la guardería, después al súper, todo con Pablo a cuestas porque, claro, faltaría más, a él no había que molestarle.
Volvía y tenía que preparar la cena, poner la mesa, lavar, planchar, y aún por encima darle lo suyo, no vaya a ser que se enfade y le dé por mirar hacia otro lado. Si faltaba dinero, la culpa para Pablo, nunca para su hijo. Y claro, el coche era para él, ¿qué iba a hacer, ir al trabajo en metro?
Y, por supuesto, todo esto porque así viven todas las mujeres, como decía. ¿Cansada? Nadie preguntaba, solo importaba el siguiente plato o la siguiente camisa limpia.
Intentar cambiar de vida y pedirle ayuda eran palabras mayores.
Al final, cuando me fui, me echó en cara que, claro, a ver quién me iba a querer con un hijo a cuestas. Nadie te va a querer, Inés, con un crío. Así fue la cosa, mamá. Lo intenté con uno que ganaba más, con otro que ganaba menos. Da igual: para todos, bien; para mí, mal.
Todas vivimos así, Inés me dice, cansada.
Pues yo no quiero, mamá. Que vivan así las que quieran.
¿Cómo fue tu sábado?
Pues Daniel y Marta me dejaron a sus gemelos todo el día, los llevé al parque, hice tortitas, limpié la casa, puse la lavadora y cociné algo para tu padre. En cuanto los críos se durmieron, caí rendida en el sofá Madrugué el domingo para más tortitas y luego asé un pollo
Mamá, no recuerdo que te ofrecieras mucho a cuidar a Pablo, ni que yo te lo dejara todos los fines de semana. Siempre fui independiente ¿Por qué cargas tú ahora con Daniel y su familia?
Tú te apañabas sola, hija. Estos otros no sé.
¿Quieres que te cuente cómo pasé yo el fin de semana pasado, mamá? El viernes por la noche me llamó Pablo para ver si podía quedarme con Rosco, el gato de Marina, su novia. Pues claro que sí, cómo no. Si no estuvieras tan liada con Daniel y compañía, igual sabrías qué hace tu nieto mayor
El caso es que me trajeron el gato, una pizza y se fueron. Me puse las botas con la pizza y vi series hasta las tantas. El sábado por la mañana, café, barrer y una lavadora. Te llamé para invitarte a un museo, o a charlar, pero papá cogió el teléfono y, claro, me llamó vividora, que tú te dejas la piel y yo me dedico a pasear como una marquesa.
En fin, no le hice caso. Fui al museo, la expo de aquel pintor que tanto te gusta. Luego café, compras, volví a casa y el gato tan pancho, dormido. El domingo dormí hasta tarde, quise proponerte un paseo en barco pero Marta contestó, que estabas ocupada limpiando otra vez Por la tarde, Óscar me invitó a cenar. ¿Por qué iba a decir que no? Yo vivo mi vida, mamá, él su matrimonio; no nos complicamos ni nos pedimos explicaciones.
Lo pasé bien y dormí de maravilla. El lunes, de vuelta al curro, relajada.
Creéme que he intentado quedar con hombres solteros. Todo un poema. Los que buscan a una madre, o los despechados, divorciados con hijos y cargas. Uno hasta quiso imponerme sus niños porque, según él, las mujeres amamamos a todos los niños por naturaleza Y su ex, claro, a mantenerla porque madre de sus hijos es. Y su sueldopara la pesca, su gran pasióny a mí me daría pescaíto. Pero pregunté si ayudaría a Pablo y se ofendió. Eso es cosa del padre.
Justo, sí señor. Por eso no valen. Pablo tiene una madre, y esa soy yo.
Por todo esto, mamá, tengo a Óscar. Claro que soy mala, según vosotros, pero no me avergüenzo en absoluto de la vida que llevo. Lo que siento es pena de que tú no puedas descansar ni un poco, y por eso insisto tanto en sacarte de casa, como hoy, ¿te acuerdas? Os mentí a ti y a papá para que me acompañaras; te necesito para ti, no para mí, mamá. Vamos a darnos un respiro juntas, a pasar tiempo de calidad.
Estás loca, Inés, ¿y papá?
¿Qué le pasa a papá? ¿Está enfermo?
No, pero la comida
¡Anda ya! Seguro que tienes la comida hecha.
Sí, pero hay que calentarla, y Daniel
Mamá, de verdad ¡Déjame ser buena por un rato! Vamos a desconectar, te lo pido.
El lunes, en la oficina, las compañeras contaban lo que habían trabajado en casa y sus fatigas. Inés les sonríe picarona, todas la miran convencidas de que es mala. Pero ella camina con paso ligero y una sonrisa misteriosa, porque hay cosas que sólo ella sabe.
Hoy, al escribir estas líneas, entiendo que ser malo no es sino vivir a mi manera, sin hacer daño, y que cada cual elige su cruz. Mi lección es clara: prefiero ser el malo y vivir en paz conmigo, que bueno y vivir preso de los demás.







