Diario personal
Tenía yo 6 años cuando falleció mi querida esposa. Desde aquel día nada volvió a ser igual. En su funeral, le hice una promesa: cuidaría de nuestra hija y la amaría por los dos hasta el final de mis días. Mi hija, Lucía, creció siendo una chica muy inteligente. Se esforzaba en los estudios, me ayudaba en casa y cocinaba igual de bien que su madre: todo le salía a pedir de boca, para chuparse los dedos.
Con el paso de los años, Lucía empezó la universidad. Sus notas bajaron bastante, pero eso ya no me importaba tanto porque mi hija, además de estudiar, trabajaba y seguía ayudándome muchísimo. Al poco tiempo conoció a Sergio. No tardó en presentármelo. Parecía buen muchacho y la verdad, sentí una enorme alegría cuando ambos decidieron casarse y quedarse a vivir conmigo después de la boda.
Sin embargo, tras la boda, todo empezó a torcerse. Mi yerno era cada vez más borde, maleducado, me faltaba al respeto y me gritaba sin venir a cuento…
Por eso, cuando Lucía propuso vender nuestra casa de dos habitaciones en Valladolid y comprar un piso más grande en Madrid, le puse una sola condición: que la nueva vivienda quedara a mi nombre. Como era de esperar, Sergio montó en cólera, acusándome de no confiar en él. Pero yo no tenía nada que ocultar. Se lo dije muy claro: necesitaba una garantía de que en la vejez no me iba a ver en la calle. Cuando ya no estuviera, el piso sería suyo y podrían hacer con él lo que quisieran.
Tras este planteamiento, mi hija y su marido recogieron sus cosas, me llenaron de reproches y dos días después se marcharon a la ciudad.
Desde entonces Lucía prácticamente se olvidó de mí. En mi fuero interno, esperaba que con el tiempo comprendiera mis motivos, que se le pasara el enfado. Pasaron los meses y llegó mi cumpleaños, el sexagésimo. Estaba convencido de que Lucía aparecería, quería darme una sorpresa. Me pasé la mañana limpiando la casa, preparando sus platos favoritos, me arreglé y me senté a la mesa a esperar.
Pasé el día entero mirando por la ventana, aguardando a que el portón se abriera y por fin verla. La esperé hasta la caída de la noche. Al final, me cambié de ropa, me metí en la cama dejando toda la comida en la mesa, lloré, le hablé a la foto de mi esposa y ni sé cómo me dormí. ¿Será posible que mi hija esté tan dolida conmigo que ni siquiera quiera llamarme para felicitarme? ¿O le habrá ocurrido algo malo? No puedo creer que mi Lucía se haya olvidado de su viejo padre de esta manera…




