«¡Libérenlo!: Solo acepté…»

—¿A dónde vas? —preguntó Juana con voz contenida, observando cómo su marido se abrochaba la camisa recién planchada.

—Quedé con los colegas. Tomar unas cervezas, charlar un rato —respondió Diego sin siquiera mirarla.

—¿Y cuándo piensas pasar tiempo conmigo? —Intentó sonreír, pero solo consiguió una mueca amarga.

—¡Pero si siempre estás trabajando! ¿Cómo iba a saber que hoy te librarías antes?

La excusa sonaba razonable. Pero últimamente todas lo eran: lógicas, cómodas, repetidas. Juana estaba cansada. Harta de entender, de perdonar… y de pagar.

Al principio, creyó haber encontrado al hombre perfecto. Diego era atento, humilde, algo más joven, pero ¿qué importaba la edad cuando las almas se entendían? Se conocieron por amigas de su madre, celebraron una boda íntima y se mudaron a su amplio piso en Madrid. Él trabajaba… a medias. Pero a ella le bastaba. O eso creía.

Las primeras señales llegaron al año. Una aventura. Luego otra, y otra más. Disculpas, lágrimas, promesas. Y tras ellas, los gastos: una consola, un ordenador, un móvil nuevo… Ahora, un coche.

—Juanita, ¡será práctico! Te recojo del trabajo, llevo al niño al cole… —fantaseaba él.

—Primero empieza por aparecer por casa —cortó ella. Pero el hábito de perdonar pesaba más.

Hasta que llegó la llamada. Un domingo al amanecer.

—¡Déjale ir! —exigió una voz femenina al otro lado.

—Perdone, ¿quién es?

—Nos queremos. Y tú… ¡tú solo estorbas!

Juana escuchó en silencio.

—¿Tan seguro estás de que vuestro amor vale más que el dinero? —preguntó al fin.

—¡Claro!

—Pues comprobémoslo.

—¿Qué?

—Llévatelo. Para siempre.

Colgó y, con calma, empezó a meter sus cosas en una maleta.

Diego apareció diez minutos después. Se quedó paralizado en el umbral, mirando el equipaje.

—¿Nos… vamos de viaje?

—Tú sí. Adonde quieras.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes. Nos divorciamos.

—¿Por una tonta? ¡Era una broma, Juana! ¡Queríamos formar una familia! ¡El coche!

—Sí. Ahora me compraré mi propio coche. Sacaré el carnet. Y si quiero un hijo, lo tendré sin ti. Gracias por la motivación.

Él forcejeó con palabras: ruegos, manipulaciones, gritos. Pero ella permaneció serena.

Un año después, Juana bajó de su flamante vehículo en el parking de un centro comercial. Permiso de conducir en la cartera, mirada firme, sonrisa ligera. Y un vestido nuevo, del color que tanto le gustaba a su actual pareja: un hombre maduro, seguro, sin pretensiones vacías.

Al distinguir a Diego entre la multitud, contuvo la respiración un instante.

—¿Compraste ese modelo? Pero… yo quería el negro.

—Yo preferí el rojo. Y lo compré.

Siguió caminando, dejándolo atrás en la sombra. Sin palabras. Sin remordimientos. Sin él.

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MagistrUm
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