¿Pero qué haces aquí? gritó mi suegra en medio de los bancales de verduras. Nunca ha habido tanta vergüenza en esta casa. Y no vengas a excusarte con el niño, que yo tuve siete, ¡y ni una mala hierba en el huerto!
A su grito acudieron los vecinos. Se apiñaron en la valla como gorriones, cuchicheando al instante sobre todo lo que escuchaban. Viendo que tenía público, mi suegra elevó todavía más la voz, disfrutando. Yo, mientras tanto, seguía parada y muda, sin saber qué decir. Finalmente, cansada de gritar, respiró hondo y exclamó, para que todos los vecinos la oyeran:
No respondí nada.
Pasé junto a mi suegra, abrazando aún más fuerte a mi hijo contra mi pecho. Al entrar en casa, fui directa al armario, separé cuidadosamente todas las cosas que mi suegra iba a necesitar durante esa noche y la siguiente mañana, colocándolas en una caja especial. Sin doblar, puse en una bolsa la ropa de mi niño y la mía. Salí sin cruzar una sola palabra con ella.
Tres días después, sonó el teléfono. Era mi suegra:
¿Qué has hecho con todas esas cosas que el doctor me mandó? Le pedí a la vecina que me trajera unas cuantas, pero dice que un pote es carísimo. Hay otros que están en un idioma raro, que aquí ni los vendemos ni los intercambiamos. ¿Qué se supone que haga ahora? Te has ido, y por alguna tontería, y aquí estoy yo, a punto de entregar la alma a Dios
No le respondí. Apagué el teléfono y saqué la tarjeta SIM. Hasta aquí podía llegar, no me quedaban fuerzas, ni del cuerpo ni del alma.
Hace un año, justo antes de nacer mi hijo, mi marido perdió el control del coche en una carretera mojada. Apenas recuerdo cómo le di el último adiós, cómo se lo llevó la ambulancia y cómo, a la mañana siguiente, me convertí en madre… Nada me importaba. Sin mi querido esposo, todo carecía de sentido. Alimentaba y acunaba al pequeño por pura costumbre, porque así me decían que debía hacerlo.
Un día, me sacó de mi abulia una llamada de teléfono.
Tu suegra está muy mal. Dicen que no resistirá mucho tras la muerte de tu marido.
Tomé la decisión en un instante. Tras empadronarme, vendí enseguida mi piso en Madrid. Con parte del dinero, invertí en construir una nueva casa, para que mi hijo tuviera algo propio más adelante. Y me marché al pueblo a cuidar de mi suegra.
Ese año no viví: sobreviví.
No dormía, pues entre la atención de mi suegra y los cuidados del recién nacido, mis días se desdibujaban. El bebé estaba intranquilo y la señora exigía mi presencia constante. Por suerte, tenía algo de dinero. Llamé a los mejores médicos de toda España para que vinieran a examinarla. Compré hasta el último medicamento recomendado, y finalmente mi suegra recuperó la vida cotidiana. Al principio la paseaba por la casa, después por el patio. Con el tiempo, recuperó las fuerzas y volvió a caminar sola… y entonces pasó lo que pasó.
Ya no quiero saber nada de ella ni oír su nombre. Si necesita algo para seguir adelante, que lo busque sola. Por lo menos tuve el sentido de no gastarme en ella todos mis ahorros. Nos mudamos con mi hijo al nuevo piso. Nunca imaginé que las cosas terminarían así.
Yo soñaba con tener una familia junto a la madre de mi marido, porque soy huérfana. Pero ahora solo tengo a mi hijo. Y a él debo enseñarle: no todo el mundo merece nuestros desvelos y cuidados. Hay personas que dan más importancia a las malas hierbas del huerto que al cariño de la gente. Esa es la lección más valiosa que he aprendido.







