Te cuento la historia de Lucía, porque a veces las cosas de familia parecen sacadas de una novela antigua. Resulta que Julián nunca creyó que Lucía fuera su hija. Su esposa, Carmen, trabajaba en el supermercado del barrio. Las malas lenguas decían que a veces se encerraba en el almacén con otros hombres, y por eso Julián dudaba que la pequeña y menuda Lucía fuera realmente suya. Lo cierto es que nunca la quiso; pero el abuelo Antonio sí que la adoraba, y fue él quien le dejó en herencia la casita donde todo empezó.
Desde niña, Lucía siempre estaba enferma. Además, era muy frágil y bajita. “Ni en mi familia ni en la tuya hay gente tan menuda,” decía Julián. “Ese crío es más pequeño que una aceituna.” Con los años, la indiferencia del padre hacia Lucía se le pegó también a la madre.
El único que realmente la quería era el abuelo Antonio. Su casa estaba en el extremo del pueblo, justo al lado del pinar. Antonio había sido guarda forestal toda la vida, y aunque ya estaba jubilado, no había día que no se adentrara en el bosque: recogía bayas, buscaba hierbas medicinales y, durante el invierno, llevaba algo de comer para los animales. Dicen que era un poco raro, que hasta daba respeto, porque a veces lo que decía, se cumplía. Sin embargo, no faltaba quien acudía a él cuando necesitaba un remedio para las dolencias.
La esposa de Antonio había fallecido hacía ya años, y para él sólo quedaban el pinar y su nieta. Cuando Lucía empezó el colegio, pasó a vivir casi siempre con el abuelo. Él le hablaba de las plantas y de la magia que guardaban los bosques. Lucía era lista y todo lo entendía al vuelo. Cuando le preguntaban qué quería ser, decía: “Voy a curar a la gente.” Pero Carmen le decía que no tenía dinero para sus estudios. El abuelo, en cambio, la animaba: “No te preocupes, niña; si hace falta, vendo la vaca, pero tú estudias.”
Un día, Carmen apareció en la casa de Antonio hacía siglos que no iba porque necesitaba dinero urgentemente. Su hijo mayor, Álvaro, había perdido todo en una partida de cartas en Madrid y le apretaban para que devolviera el dinero como fuera. Lo habían apaleado para que no se olvidara de la deuda.
“¿Sólo vienes cuando el agua te llega al cuello?” le soltó Antonio, serio. “¡Pues llevas años sin pasar por aquí! No pienso pagar las deudas de Álvaro. Mi prioridad ahora es la educación de Lucía.” Carmen se fue de allí hecha una furia: “No quiero veros más a ninguno. ¡Para mí no sois ni padre ni hija!” gritó mientras salía corriendo de la casa.
Cuando Lucía ingresó en la escuela de enfermería, sus padres no le dieron ni un céntimo. Solo el abuelo seguía apoyándola. Además, la beca le ayudaba porque era una estudiante excelente.
Poco antes de terminar sus estudios, Antonio cayó enfermo. Sintiendo que el final estaba cerca, le dijo a Lucía que le dejaba la casa en herencia. Le pidió que buscara trabajo en la ciudad, pero que nunca olvidara la casita del pueblo “Una casa sigue viva mientras alguien la habita,” le dijo el abuelo. “Enciende la chimenea en invierno, no tengas miedo de quedarte sola. Aquí te espera tu destino, y aquí, seguro, serás feliz.” Algo sabía el abuelo, de verdad.
Y sí, Antonio se fue aquel otoño. Lucía empezó a trabajar de enfermera en el hospital comarcal y los fines de semana iba a cuidar la casa del abuelo. Encendía la chimenea y estaba a gusto con el silencio del campo. El abuelo había dejado pilas de leña para varias temporadas. Los días de descanso prefería no quedarse en el pisito donde alquilaba una habitación a unos familiares mayores de una compañera de clase.
Una noche, cuando llegó al pueblo, empezó una nevada intensa. Por la mañana la ventisca era más leve, pero el camino había desaparecido bajo la nieve. De repente, oía golpes en la puerta. Al abrir, se encontró con un chico desconocido: “Buenas, ¿tendrás una pala? Me he quedado atascado frente a tu casa,” le dijo. “Está junto a la entrada, si quieres tómala. ¿Te ayudo?” respondió Lucía. Pero el chico alto y de sonrisa irónica la miró de arriba abajo y dijo: “No faltaba más, que encima te quedaras tú enterrada en la nieve.”
Él se puso enseguida con la pala y logró arrancar el coche, pero al avanzar dos metros, volvió a atascarse. Después de intentarlo otra vez, Lucía lo invitó a entrar y tomar un té calentito. Total, pensó, “la tormenta no puede durar para siempre y aquí pasan coches a menudo.”
El chico, que se llamaba Sergio, acabó aceptando y entró en la casa. “¿Nunca te da miedo vivir sola junto al bosque?” le preguntó. Lucía le explicó que sólo estaba allí los fines de semana, porque trabajaba en la ciudad. “Y si no pasa el autobús, ¿cómo harás?” Sergio le ofreció llevarla, ya que también vivía en el centro médico de la ciudad.
Un día, de vuelta del trabajo, Lucía decidió ir andando a casa y de repente Sergio la sorprendió junto a la senda. “Debe ser que tu té de hierbas tiene algún hechizo bromeó, porque no podía dejar de pensar en volver a verte. ¿Me invitas a otro té?”
Al final, nunca hicieron boda porque Lucía no quiso. Sergio insistió al principio, pero acabó aceptando. Lo que sí tuvieron fue un amor auténtico y profundo. Lucía comprobó que lo que dicen en los libros es cierto: hay hombres que llevan a sus mujeres en volandas. Cuando nació su primer hijo, en el hospital todos se quedaron boquiabiertos de que una mujer tan menudita hubiera tenido un niño tan fuerte. Cuando le preguntaron el nombre, Lucía respondió con una sonrisa: “Se llamará Antonio, como ese gran hombre que le enseñó a su madre el valor de la vida.”





