Diario de Iria
Todavía me sigue asombrando la firmeza con la que mi padre, León, se negaba a creer que yo era su hija de verdad. Mi madre, Verónica, trabajaba en una tienda del barrio de Tetuán, y los rumores siempre pululaban, decían que a veces se encerraba con hombres en el almacén. Por eso, papá se negaba a aceptar que esta hija menuda y algo enclenque pudiera ser suya. Nunca llegué a caerle bien. Solo mi abuelo fue mi refugio y mi verdadero apoyo. Él fue quien me dejó en herencia su casa en la aldea, al borde del monte.
La única persona que me quería de verdad era mi abuelo Matías. De pequeña, solía estar enferma con frecuencia. Era muy delgadita y bajita. “En mi familia nadie ha sido tan canija, esto no lo he visto ni en la tuya ni en la mía”, repetía mi padre León, casi con desprecio. Al final, hasta mi madre comenzó a distanciarse de mí.
Menos mal que siempre tuve a mi abuelo Matías. Su casita estaba en las afueras de la aldea, junto al monte. Toda la vida había trabajado como guarda forestal, con sus botas de cuero y su bastón de madera, recogiendo setas y tomillo, y hasta en invierno sacaba trozos de pan duro y fruta para dejar a los animales entre la nieve. En el pueblo decían que Matías era un poco raro, hasta le temían, porque cuando decía que algo iba a pasar, acababa sucediendo. Lo curioso era que todos venían a pedirle remedios: infusiones y ungüentos para el reuma, para el insomnio, para los males del alma.
Mi abuela murió hace mucho tiempo. Así que el monte y yo éramos su alegría. Desde que empecé en primaria, pasaba más días en casa de mi abuelo que en la mía. Me enseñaba cuáles hierbas servían para sanar la tos, con qué corteza hacer una pomada para las heridas. Yo lo aprendía todo sin esfuerzo, como si ya lo llevara dentro. Cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, contestaba sin dudar: “Voy a curar a la gente.” Mamá se limitaba a decir que no tenía dinero para que yo estudiase. Pero el abuelo me consolaba, y siempre me repetía: “Tampoco somos unos muertos de hambre, hija. Si hace falta, vendemos la vaca.”
La herencia que importaba
Mi madre apenas visitaba a su padre. Solo se presentó un día para pedirle dinero; mi hermano mayor, Andrés, había perdido hasta la camisa jugando a las cartas en Madrid y debía un buen pico. Además, le habían dado una paliza y amenazado para conseguir el dinero a toda costa.
“¿Ahora sí recuerdas el camino, que te aprieta el zapato?”, le soltó el abuelo Matías a mi madre con dureza. “Llevas años sin venir a verme.” Se negó en redondo a ayudarle: “No pienso pagar lo que Andrés deba. Yo solo me preocupo de la educación de mi nieta.”
Mi madre rabió de furia, gritó que no quería saber nada más de ninguno de nosotros, que nos borraba de su vida, y salió corriendo, dando un portazo que todavía resuena en mi cabeza. Cuando logré entrar en la escuela de enfermería en Salamanca, ni mi padre ni mi madre aportaron ni un euro. Solo Matías estaba a mi lado. Me bastaba la beca, porque sacaba buenas notas.
Poco antes de que terminara mis estudios, el abuelo enfermó gravemente. Yo sentía que se acercaba su final, y él mismo me anunció que me dejaba su casa en herencia. Me pidió que buscara trabajo en la ciudad, pero que la casa jamás la olvidara, porque una casa vive mientras haya calor humano en ella. “No tengas miedo de quedarte aquí sola”, me dijo. “Es aquí donde tu destino te encontrará. Vas a ser feliz, Iria.” Siempre pensé que algo vio o supo aquel día.
El tiempo le dio la razón a Matías.
Y así fue. El abuelo se fue en otoño. Yo trabajaba ya como enfermera en el hospital comarcal, y los fines de semana regresaba a la aldea. Encendía la chimenea y pasaba allí las noches frías. Matías había dejado leña suficiente para varios inviernos. El pronóstico del tiempo no era bueno, pero yo disponía de dos días libres. No quería quedarme en la habitación que alquilaba a unos parientes de una amiga en Salamanca. Prefería sentir el crujido de la madera en el fuego.
Llegué al pueblo al anochecer, justo cuando comenzó la ventisca. Pasó la noche y al amanecer la nieve seguía cayendo, cada vez con más brío. De repente, unos golpes en la puerta me alarmaron. Al abrir, me encontré a un joven desconocido, cubierto de nieve hasta más arriba de las botas.
“Buenos días”, dijo, tiritando de frío. “A ver si pudiera coger una pala. He dejado el coche atascado justo enfrente.” Le señalé la pala junto al porche y me ofrecí a ayudarle. Él me miró de arriba abajo y sonrió: “No hace falta, no sea que acabemos los dos enterrados bajo la nieve.”
Sacó el coche de milagro, pero no llegó a avanzar ni tres metros, otra vez atascado. Le invité a entrar para esperar a que amainara la nevada y tomar un té bien caliente. El chico, tras pensarlo un instante, aceptó y pasó al salón.
“¿No tienes miedo de estar aquí sola, al borde del bosque?”, me preguntó. Le conté mis visitas de fin de semana, mi trabajo en la ciudad, y mis dudas sobre cómo conseguiría volver si el autobús no llegaba. Me dijo que se llamaba Santiago y que también iba hacia la capital de comarca, donde vivía. Me propuso ir juntos el lunes si las cosas seguían igual, y acepté.
Otro día, decidí ir andando a casa después de mi turno. Al girar en una esquina, apareció Santiago sonriéndome. “Tienes algo en tu té de hierbas, lo admito”, bromeó. “No podía dejar de pensar que quería verte otra vez… ¿me invitas a otra taza?”
No hubo boda, y así lo quise yo. Santiago lo discutió un par de veces, pero al final lo aceptó. A cambio, teníamos un amor honesto y sin fisuras. Por fin entendí aquello de que los hombres llevaban a sus mujeres en palmitas. Cuando nació nuestro primer hijo, en el hospital se extrañaron de que una mujer tan diminuta hubiera traído al mundo a semejante mozo. Cuando me preguntaron por el nombre, respondí sin dudar: “Se llamará Matías, como alguien muy especial.”







