Leandro jamás logró convencerse de que Inés era su hija. Su mujer, Verónica, trabajaba en una tienda del barrio. Las malas lenguas decían que a menudo se encerraba con otros hombres en el almacén. Por eso, Leandro no acababa de creerse que la menudita Inés fuese suya. Desde el principio, no tragaba a la niña. Tan solo el abuelo fue quien se volcó con la nieta, al punto de dejarle en herencia la casa.
Solo el abuelo adoraba a Inesita
Cuando era pequeña, Inesita vivía malucha. Siempre estuvo enclenque, con una estatura que parecía de bolsillo. “En nuestras familias no ha habido nunca gente tan diminuta,” resoplaba Leandro. “¡Esta niña es más baja que un borriquillo recién nacido!”. La desgana del padre fue contagiando también a Verónica con los años.
Solo el abuelo Mateo la quiso de verdad. Vivía en el extremo del pueblo, casi tocando el monte. Mateo fue guarda forestal toda la vida, y aun jubilado, casi a diario paseaba entre pinares. Recogía setas, plantas medicinales. Y en invierno, traía pan duro para los corzos y alguna manzana para los zorros. Todos en el pueblo pensaban que Mateo se le iba un poco la olla, hasta le tenían cierto respeto. Decía algo y ¡zas!, antes o después se cumplía. Pero a sus remedios y ungüentos acudía el vecindario a la mínima.
La esposa de Mateo murió hace ya mucho. Él encontró consuelo en el monte y en su nieta. Cuando Inés empezó a ir al colegio, se mudó casi por completo a casa del abuelo. Mateo le enseñaba sobre las hierbas, los secretos de las raíces y la ciencia casera del campo. A la niña le entraba todo en la cabeza como si fueran galletas. Cuando le preguntaban qué quería ser, respondía: “Curaré a la gente”. Pero la madre replicaba que ni soñar con enviar a la niña a estudiar, que no había un euro. Y Mateo, con una sonrisa tuerta, la consolaba: “No somos ricos, pero si hay que vender la vaca, se vende. Ya veremos”.
Le dejó la casa y una profecía de felicidad
Verónica, la hija, apenas pisaba la casa paterna, hasta que, por sorpresa, un día apareció de improvisto. Venía a pedirle dinero porque su hijo, Álvaro, perdió hasta los calcetines jugando a las cartas en Madrid. Le habían dado tal paliza que le exigieron que rastrease el dinero, aunque fuera vendiendo azucarillos en la Puerta del Sol.
Solo vienes cuando te queman los pies le espetó Mateo, muy serio. ¡Años sin asomar la cara! Se negó en redondo: No pienso saldar las deudas de Álvarito. Lo mío es para que Inés estudie.
Verónica entró en cólera. ¡Ni padre ni hija! ¡No quiero volver a veros! gritó, saliendo a toda prisa y casi derrumbando la puerta.
Y cuando Inés se matriculó en la escuela de enfermería, ni un céntimo pusieron sus padres. Solo Mateo le ayudó en todo. La beca también venía bien, porque Inés era de sacar matrículas.
Un tiempo antes de acabar, Mateo cayó enfermo. Sintiéndose ya de salida, le contó a Inés que la casa era suya. Le encargó buscar trabajo en la ciudad pero no olvidar el hogar. Una casa permanece viva mientras alguien la habite. “No temas dormir aquí sola. Incluso aquí te espera la felicidad,” le auguró el abuelo. “Serás muy feliz, niña.” Sin duda, sabía más de lo que decía.
La predicción de Mateo se hizo realidad
Mateo murió en otoño. Inés trabajaba de enfermera en el hospital comarcal. Los fines de semana iba a casa del abuelo. Encendía la chimenea cada frío y daba vida a la estancia, porque Mateo le había dejado leña para parar un tren. El tiempo no acompañaba para dar paseos. Inés, que alquilaba una habitación a unos viejitos amigos de la familia, no tenía ganas de encierros.
Llegó atardeciendo al pueblo. Esa noche, nieve y ventolera. Amaneció con el mundo sepultado bajo un manto blanco, el camino impracticable. Unos golpes en la puerta la hacían desconfiar. Abre: un muchacho, alto y de buenos andares, ante el umbral.
Buenos días. Mi coche está enterrado frente a su casa. ¿Tiene una pala, por casualidad? preguntó, mojándose los pies.
Junto al porche tiene una. Si quiere le echo un cable, contestó Inés, con voz de petardo.
El mozo echó una ojeada a la diminuta muchacha y contestó con una sonrisa socarrona:
No quiero terminar desenterrando a los dos, señorita.
Con la pala se manejó con arte. Logró arrancar el coche, pero a la tercera patinada volvía a quedarse encallado. Inés le invitó a entrar a tomarse un té caliente mientras lo de la nevada se arreglaba. El joven, tras dudar dos segundos, aceptó y entró en la humilde casa.
¿No le asusta vivir sola junto al bosque? le preguntó.
Ella le respondió que solo iba los fines de semana; el curro era en la ciudad, y que ya vería cómo se las arreglaba si el bus se pondría en huelga como siempre. Aquél, que se presentó como Santiago, ofreció llevarla al pueblo al día siguiente, porque él también iba a la capital de la comarca. A Inés le pareció un plan estupendo.
Días después, a la salida del trabajo, Inés decidió darse un paseo. Y ¡zas!, allí estaba Santiago de nuevo:
Creo que tu té tenía algún hechizo bromeó él. Me han entrado unas ganas tremendas de verte otra vez. ¿Te queda un poco más de aquel té mágico?
No hubo boda. Inés no quiso, y Santiago al final se rindió. Pero amor del bueno sí que les sobró. Inés pudo comprobar, a fuerza de abrazos, que lo de los hombres llevando a sus mujeres en brazos aún pasa aunque la mayoría solo lo lean en los libros. Y cuando nació su primogénito, el hospital entero alucinaba de cómo esta chicuela dio a luz a tal mozo. Cuando le preguntaban cómo llamaría al hijo, Inés respondía:
Mateo. Por alguien verdaderamente excepcional.







