Le echó el ojo a la esposa ajena Al convivir juntos, Dudnikov demostró ser un hombre de carácter débil y sin voluntad propia. Todos sus días dependían del humor con el que se levantaba. A veces amanecía animado y bromista, pero la mayor parte del tiempo estaba sumido en pensamientos pesados, bebía café en exceso y deambulaba por la casa tan sombrío como el cielo de Madrid en un día de lluvia: típico de los artistas. Y así él se consideraba, pues Víctor Dudnikov trabajaba en una escuela rural, enseñando dibujo, trabajos manuales y, de vez en cuando, música, si la profesora de música caía enferma. Siempre tirando hacia el arte, en la escuela no lograba desarrollar su potencial artístico, así que tomó la mayor y más luminosa habitación de la casa —que Sofía había soñado convertir en cuarto infantil— y montó allí su estudio. Pero como la casa era suya, Sofía no protestó. Dudnikov llenó la sala de caballetes, esparció tubos de pintura y barro por el suelo y se puso a crear: pintaba, esculpía, modelaba… Pasaba días enteros empeñado en pintar un bodegón raro, o moldeando figurillas incomprensibles durante todos los fines de semana. No vendía ninguna de sus “obras maestras”, sino que las colgaba en casa, y las paredes estaban abarrotadas de cuadros que a Sofía, para más inri, tampoco le gustaban. Los armarios y estantes rebosaban de figuritas de barro y esculturas varias. Y si por lo menos fueran cosas bonitas, pero nada de eso. Los pocos amigos artistas y escultores que, en su día, estudiaron con Víctor y a veces iban de visita, guardaban silencio, apartaban la mirada y suspiraban al ver los cuadros y las figuras. Ninguno le halagó nunca. Solo León Gerasímovich Pécherkin, el mayor del grupo, exclamó —tras apurar una botella de licor de endrinas, como buen ruso igualmente adaptado a las costumbres castizas—: —¡Madre mía, qué sarta de disparates! ¿Pero esto qué es? En toda la casa no he visto nada que merezca la pena… salvo, por supuesto, a la maravilla de anfitriona. A Dudnikov la crítica le cayó como un jarro de agua fría: gritó, pataleó y mandó a su mujer a que echara de casa al grosero invitado. —¡Fuera de aquí!—gritaba—. ¡Enemigo! ¡Si aquí el que no sabe de arte eres tú! ¡Ah, ya lo entiendo! Te duele no poder sostener el pincel con tus manos temblorosas de tanto beber, y ahora me tienes envidia, por eso lo desprecias todo. …León Gerasímovich bajó de las escaleras casi rodando y se detuvo en la verja. Sofía le siguió para disculparse: —No le tome en serio; no debería haber criticado sus trabajos… Ni yo supe frenarlo a tiempo. —No te disculpes por él, niña —León asintió apresurado—. Todo bien, pediré un taxi y me marcho. Me das pena. Tienes una casa preciosa, pero los cuadros de Víctor lo estropean todo. Y esas figuras horrendas… Deberías esconderlas, pero él presume de ellas. Sabiendo cómo es Víctor, imagino que no es fácil vivir con él. ¿Sabes? Para nosotros, los artistas, lo que creamos refleja el alma. Y la de Víctor está tan vacía como todos sus lienzos. Le dio un beso en la mano y abandonó la inhóspita casa. …Durante todo este tiempo, Sofía jamás le llevó la contraria a su marido. Decidió que algún día tendrían hijos, y entonces él ya dejaría sus tonterías artísticas, convertiría el taller en un cuarto infantil y, mientras tanto, que se entretuviera con sus bodegones. Al principio, tras la boda, Víctor se hacía el marido ejemplar, traía fruta fresca y el sueldo a casa, cuidaba de su joven esposa. Pero pronto aquello se acabó. Se enfrió hacia Sofía, dejó de compartir su sueldo y toda la carga doméstica, el huerto, el gallinero y hasta la suegra recayeron sobre ella. La noticia de que estaban esperando un hijo a Víctor le alegró mucho, pero la alegría duró poco: Sofía enfermó y perdió al bebé al poco tiempo. Al enterarse, Víctor cambió por completo: se puso melancólico y nervioso, le gritó a su joven esposa y se encerró en casa. Cuando Sofía pudo salir del hospital, parecía una sombra. Nadie la esperaba, pero lo peor estaba por llegar: Víctor la dejó fuera de casa. —¡Abre, Vitín! —¡No quiero!—lloriqueó Víctor tras la puerta—. Debías haber dado a luz a mi hijo, y no fuiste capaz. ¡Hoy, por tu culpa, mi madre está en el hospital del infarto! ¿Para qué me casé contigo? ¡Solo has traído desgracia! No te pares en la puerta, lárgate, no quiero verte más. La mujer, desmayada de dolor, se sentó en el escalón. —Pero Vitín… yo también estoy mal, yo también sufro, ¡abre la puerta! Él no respondía a sus lágrimas y Sofía se quedó allí hasta que anocheció. Al fin, la puerta se abrió; salió Víctor, demacrado y delgado de pena, intentó cerrar con la tranca, pero no encontró la cerradura. Siempre era Sofía quien llevaba todo. Sin mirarla, se fue sin más. Cuando desapareció de la vista, Sofía abrió la puerta y cayó deshecha sobre la cama. Esperó toda la noche. A la mañana siguiente la vecina trajo la peor noticia: la suegra de Sofía no había sobrevivido al infarto. Eso acabó con Víctor, que dejó el trabajo y se metió en cama, confesando a su joven esposa: —Nunca te amé. Me casé porque mi madre me lo pidió, quería nietos. Pero tú nos has destrozado la vida y jamás te lo perdonaré. Palabras que la golpearon, pero aun así Sofía pensó que no podía abandonar a su esposo. Pasaba el tiempo y nada mejoraba. Dudnikov se negaba a salir de la cama, solo bebía algo de agua y comía a duras penas. Había recaído en una vieja úlcera, había perdido el apetito y la voluntad, y pronto ya ni se levantaba. Finalmente pidió el divorcio y Sofía lloró mucho. Intentó abrazar a Víctor, besarlo, pero él la apartaba y susurraba que en cuanto mejorara la echaría de casa, que ella le había arruinado la vida. Sofía no podía irse sencillamente porque no tenía a dónde. Su madre, encantada de haberla casado tan joven, se fue con un viudo al sur, cerca del Mediterráneo, vendió la casa deprisa y corriendo y dejó a su hija sin ningún sitio al que regresar. Así fue como se vio atrapada por las circunstancias. Llegó el día en que ya no quedaba comida. Sofía coció el último huevo, alimentó a Víctor con lo poco que quedaba y pensó: “Debería estar dando de comer a mi hijo… y aquí estoy cuidando a un hombre que no me valora”. —Voy un rato a la feria del pueblo de al lado, a ver si consigo vender la gallina o cambiarla por algo para comer. Víctor, mirando al techo, preguntó: —¿Para qué venderla? ¡Hazme un caldo, que ya estoy harto de purés! Sofía, con su vestido de seda —el único que tenía, el de su graduación, boda y ahora de diario— sostuvo la gallina y dudó: —Sabes que no tengo valor… Prefiero cambiarla o venderla. Los vecinos compraron las anteriores, pero ésta me da pena; es muy de la casa. Víctor soltó una risotada despreciativa: —¿Es que les pones nombre a las gallinas? ¡Qué tontería de mujer…! Sofía mordió el labio. —¿Vas a la feria? —pareció animarse él—. Pues llévate también un par de mis cuadros y figuras… ¡A ver si alguien los compra! Ella prefirió solo cargar un par de silbatos y la cerdita hucha, la favorita de Víctor, para no dar la nota en el mercado con los cuadros, tan feos que le daba vergüenza. Y así, bajo el fuerte sol, llegó a la feria, donde el ambiente era festivo y animado, los puestos llenos de miel, pañuelos de colores y dulces para niños. En la última tienda, una anciana la tentó con bisutería, pero Sofía quería vender la gallina. Un joven, desconocido —y apuesto—, se interesó por el animal, la compró junto con las figuras de barro y prometió regalar la gallina ¡y nombre propio!—a su madre, que también criaba aves. Camino a casa, él mismo la alcanzó en coche y le preguntó si tenía más figuras de barro, que serían buenos regalos. —¡Pues sí, en casa hay muchas!—respondió Sofía con una tímida sonrisa. Al llegar, cuando el joven —llamado Denis, nombre perfectamente común en España— entró a la casa de Dudnikov haciéndose pasar por entusiasta del arte, Víctor experimentó un milagroso “cambio de salud”. Mientras el marido presumía y enseñaba sus obras, Denis lanzaba miradas a Sofía. Al final, la visita del joven se hizo cotidiana: compraba cuadros y figuras, pero la razón era Sofía. —Me enamoré de ti desde que te vi en la feria con tu vestido—confesó Denis más adelante—. Supe que eras mi destino. Se hicieron pareja y, cuando Denis dejó de comprar “obras” y se llevó a Sofía, Dudnikov por fin se dio cuenta de que jamás encontraría otra mujer tan atenta, trabajadora y cariñosa. Pero ya era tarde. Así fue cómo Denis le echó el ojo a la esposa ajena —y terminó llevándosela, justo por quien realmente llegó a aquella casa.

Al descubrirse un amor prohibido

Durante la convivencia, Víctor Díaz mostró ser un hombre débil de carácter y sin determinación.

Todos sus días dependían del humor con que se despertaba. En ocasiones, amanecía lleno de energía y alegría, bromeando y riendo durante toda la jornada.

No obstante, la mayor parte del tiempo vivía sumido en pensamientos sombríos, se preparaba café sin descanso y deambulaba por la casa con el ceño fruncido, como cabía esperar de los que, como él, se consagraban a la creación artística. Víctor enseñaba dibujo, tecnología y, a veces, música (si la profesora de música se ausentaba por enfermedad) en una escuela rural de las afueras de Segovia.

Amaba el arte. Como en el colegio no podía desplegar su potencial creativo, la casa fue quien lo sufrió: habilitó la sala más amplia y luminosa como taller habitación que, por cierto, Carmen había soñado adaptar como dormitorio para los futuros hijos.

Pero la casa pertenecía a Víctor, así que Carmen no protestó.

El taller pronto se llenó de caballetes, lienzos, tubos de pintura y trozos de barro. Embelesado, Víctor pasaba tardes enteras pintando extraños bodegones, modelando figurines o esculpiendo cualquier ocurrencia…

Podía pasarse noches ante un cuadro incomprensible, y fines de semana enfrascado en una figurilla sin sentido.

Jamás vendía sus obras. Todo iba a adornar las paredes de la casa, aunque a Carmen no le gustaban en absoluto. Estantes y vitrinas rebosaban de figuritas de barro hasta que casi se caían.

Y si al menos fueran verdaderamente bellas pero no.

Los pocos amigos pintores y escultores con quienes Víctor había estudiado, al visitarle, callaban y apartaban la mirada ante aquel despliegue colgado de las paredes.

No hubo ni un halago.

Sólo don Eugenio Morales, el mayor de todos y con cierta fama, se atrevió a gritar, tras terminar una botella de aguardiente de hierbas de la sierra:

¡Madre mía, qué despropósito de manchas! ¿Pero esto qué es? ¡No he visto nada digno en este hogar! Salvo, por supuesto, a la encantadora anfitriona.

Víctor encajó la crítica como una puñalada, chilló y zapateó, ordenando con rabia que su esposa echara al grosero de la casa.

¡Fuera de aquí! gritaba sin consuelo ¡Indigno! ¡El que no tiene sensibilidad artística eres tú! Ya lo veo todo claro: ¡te carcome la envidia porque tus manos, destrozadas por el alcohol, ya no pueden sostener ni el pincel! Por eso menosprecias todo a tu alrededor…

Don Eugenio, tropezando en las escaleras del porche, estuvo a punto de caerse mientras Carmen lo alcanzaba para disculparse:

Por favor, don Eugenio, no le dé importancia. No debí dejar que hablara usted así de sus cuadros. Es culpa mía tampoco haberle avisado.

No te excuses por él, hija asintió el hombre. Me volveré en taxi a Segovia, no quiero ser más problema. Te compadezco, Carmen: una casa tan bonita arruinada por esos horrores de cuadros y figuras feas… Deberías esconderlas, y él las exhibe con orgullo. Pero, conociendo a Víctor, sospecho que contigo no es fácil la vida. Los artistas expresamos el alma en lo que creamos, y la de Víctor es tan vacía como todos sus lienzos.

Beso la mano de Carmen y abandonó la casa hostil.

Víctor pasó días fuera de sí: gritó, destrozó algunas esculturas, rompió cuadros y se dejó arrastrar por la rabia durante semanas antes de calmarse.

***

Y, aún así, Carmen jamás contradecía a su marido.

Decidió que el tiempo pondría todo en su lugar: llegarían los hijos y su esposo olvidaría las obsesiones, adaptando el taller para los pequeños.

Los meses posteriores a la boda, Víctor posó como marido modelo: traía fruta fresca, entregaba su sueldo en euros y cuidaba de su joven esposa.

Pero no duró. Pronto perdió todo interés por Carmen, dejó de compartir el dinero y las tareas domésticas recayeron por completo en ella, sumando el huerto, las gallinas y, sobre todo, la suegra.

La noticia del embarazo, lejos de apaciguar el desaliento de Víctor, lo llenó de euforia pasajera. Pero la felicidad se desvaneció en días: Carmen cayó gravemente enferma, ingresó en el hospital y perdió al bebé.

Cuando Víctor supo lo ocurrido, dio un vuelco radical. Lloró, se mostró irritable, chilló a su esposa y se encerró en la casa, negándose a verla.

El estado de Carmen al recibir el alta era lamentable: una sombra pálida cruzó los portones, cargando su desesperanza.

Nadie la esperaba. Lo peor aún le aguardaba: Víctor la dejó fuera.

¡Ábreme, Víctor!

No pienso abrir respondió con voz temblorosa tras la puerta. ¿A qué vienes? Tenías una misión: darme un hijo, y has fallado. Hoy, por tu culpa, mi madre ha caído enferma y está en el hospital.

¡Nunca debí casarme contigo! ¡Has traído desgracia! Lárgate, no quiero tenerte en casa.

Carmen se sentó en el peldaño, dominada por la negrura:

¿Pero qué es esto, Víctor? Yo también sufro, ¡ábreme, por favor!

No hubo respuesta. Carmen permaneció al intemperie hasta que cayó la noche.

Por fin, la puerta chirrió y Víctor emergió, demacrado, cerrando con pestillo sin hallar la llave. Jamás sabía dónde estaba nada: siempre preguntaba a Carmen.

Sin mirarla, marchó hacia la verja. Cuando dobló la esquina, Carmen pudo entrar y se desplomó sobre la cama.

Esperó a su marido toda la noche. Por la mañana, la vecina trajo la mala noticia: la suegra de Carmen no sobrevivió al infarto y había fallecido.

El suceso quebró a Víctor: dejó el trabajo, se hundió en la cama y confesó a su joven mujer:

Nunca te he querido. Me casé obligado por mi madre, ella quería tener nietos. Pero tú lo has arruinado todo; jamás te lo perdonaré.

A Carmen aquellas palabras le desgarraron el alma, pero aún así decidió no abandonarlo.

Pasaron semanas y nada mejoraba: Víctor se negaba a levantar cabeza, subsistía con agua, casi sin comer.

Ya no era cuestión de tristeza: su úlcera se agravó, la apatía se adueñó de él y, pronto, simplemente dejó de moverse, quejándose de debilidad y de falta de fuerzas.

Y para colmo, solicitó el divorcio.

Carmen lloró sin consuelo.

Intentó abrazar a Víctor, besarle en la frente, pero él la rehuía y repetía, susurrante, que tan pronto mejorara la echaría a la calle porque le había destrozado la vida.

***

Carmen no podía permitirse irse: no tenía adónde ir.

Su madre, que con prisa la casó en cuanto cumplió la mayoría de edad, se había marchado tras su boda con un viudo en Málaga.

Allí empezaron a construir su nueva vida. Tras vender la antigua casa familiar de la que Carmen esperaba poder volver alguna vez y tras embolsar unos pocos miles de euros, la madre partió sin mirar atrás.

Así fue como Carmen se quedó atrapada en la tormenta.

***

Llegó el día en que se agotaron víveres y dinero. Carmen extrajo del armario el último paquete de arroz, coció el único huevo recogido bajo la gallina y preparó para Víctor una papilla líquida con el grano y la yema triturada.

Así era su rutina: podría estar alimentando a su hijo, fruto de aquel embarazo tan deseado si las semanas no se hubiesen llenado de cargar cubos de agua y desvelos, pero tenía que cuidar, cucharada a cucharada, a un hombre incapaz de valorarla.

Me voy un momento. En el pueblo de al lado hay feria. Probaré suerte vendiendo una gallina o la cambio por algo de comida.

Víctor, echado en la cama y mirando el techo con la mirada perdida, levantó apenas la voz:

¿Para qué venderla? Haz un buen caldo. Ya me cansa tanta papilla; quiero comer caldo de verdad.

Carmen jugó con el dobladillo de su único vestido de seda aquel que lució en la graduación, en su propia boda y, ahora, en los días más calurosos, porque otro no tenía.

Sabes que no puedo Siento que no debo matarla. La cambiaré por comida o la venderé. Podría dársela a los vecinos, pero Pinta se encariñó demasiado conmigo, vendrá siempre a buscarme.

Pinta musitó Víctor, burlón, ¿pues no que hasta nombre has puesto a cada gallina? Qué tontería… pero qué puedo esperar de ti…

Carmen mordió el labio, bajando la vista.

¿Vas al mercadillo? medio animado preguntó su marido, pues lleva un par de mis cuadros y figuras. Igual alguien los compra.

Carmen miró de reojo el aparador y escogió dos silbatos modelados, imitando torpemente la cerámica de Talavera, y una hucha gorda en forma de cerdito, de la cual Víctor solía presumir.

Salió corriendo, esperando que Víctor no saliera tras ella exigiendo llevar más cuadros.

Las figuras quizás pudiera intentar venderlas; los cuadros, jamás. Eran horribles y confusos, nadie querría comprarlos.

Y le daba vergüenza exhibirlos por el pueblo.

***

El día apretaba con calor. Aunque Carmen sólo llevaba su viejo vestido, el sudor recorría su rostro. Su melena pegajosa a la frente.

Era día de fiesta mayor.

Carmen no recordaba cuándo fue la última vez que salió al bullicio. Se sorprendía viendo a las gentes, entre los tenderetes de los mercaderes forasteros.

Y había mucho que ver: miel de todos los destinos, pañuelos de seda de infinidad de colores, dulces y caramelos para niños. Los chorizos chisporroteaban en las brasas, el humo oliendo a gloria, la música, las risas…

Carmen se detuvo en una esquina, apretando la tela de su bolsa, acariciando a su gallina.

En el fondo le dolía venderla. Había criado esa pequeña cuando era polluelo: un accidente la dejó coja, y Carmen la cuidó en casa. Pinta se convirtió en mascota, la seguía chisporroteando tras ella dando saltitos.

Ahora, la gallina se asomaba curiosa al interior del bolso, picoteando los dedos de Carmen con ternura.

***

Una vendedora mayor le ofreció bisutería:

Mira, guapa, tengo collares de acero, de plata, y hay una cadena chapada en oro bien bonita.

Gracias, señora, pero vengo a vender esta gallina ponedora. Da huevos grandes y sanos dijo Carmen con humildad.

¿Una gallina? Hija, ¿y qué voy a hacer yo con ella?

Un joven a su lado, mirando una caseta, levantó la voz:

¿Puedo verla?

Claro.

Carmen puso la gallina en manos del muchacho un desconocido.

¿Cuánto pides? ¿Tan poco? ¿Dónde está el truco?

Carmen sintió la mirada escrutadora del joven, se puso aún más nerviosa.

Cojea un poco, pero es dulce, sana y pone bien.

Me la quedo. Y, ¿y esas figuras que llevas?

El chico cogió la hucha, sonrió al verla:

Vaya, hechas a mano.

Sí, artesanía. Necesito venderlas, me urgen unos euros.

Pues te las compro todas. Me gustan las cosas diferentes.

La vendedora de bisutería resopló:

¿Qué haces, Diego? ¿Aún con juguetes? Anda, ve a ayudar a tu hermano con el bar de pinchos.

Carmen, al recibir los billetes, se inquietó:

¿Vas a vender pinchitos? Entonces no te vendo la gallina, ¡no quiero que la mates!

Intentó recuperar a Pinta, pero Diego la esquivó y retrocedió.

Te devuelvo el dinero si quieres explicó con dulzura, pero la gallina es para mi madre; ella cría sus propias aves.

¿Me lo prometes?

Claro sonrió Diego. Si quieres venir a verla, serás bienvenida. Ni sabía que a las aves se les ponía nombre.

***

Al regresar a casa, un coche se paró a su lado: Diego asomó la cabeza desde la ventanilla.

Disculpe, señorita, ¿tiene más de esas figuras en casa? Las compraría, son perfectas para regalos.

Carmen, cegada por la luz, sonrió tímidamente:

¡Pues sí! En casa tengo decenas, todas distintas.

***

Víctor, oyendo voces, rezongó desde la cama:

¿Quién está ahí, Carmen? Acércame un vaso de agua.

El invitado en la puerta echó un vistazo a Víctor y luego miró detenidamente los cuadros en la pared.

Increíble susurró. ¿Quién los pintó? preguntó a Carmen, que pasaba con un vaso.

¡Yo! saltó Víctor. ¡Y no los pinté, los creé! Pintar es de niños, yo hago arte.

Se incorporó, apoyándose en una mano, midiendo con los ojos al desconocido.

¿Por qué le interesan mis cuadros? gruñó.

Me han gustado. Quiero comprarlos. ¿Y esas figuras?

¡También son mías! chilló Víctor, quitando de un manotazo el vaso que Carmen le ofrecía. ¡Todo en esta casa es mío!

Al ponerse de pie, Víctor, cojeando ligeramente, continuó con su discurso ante el visitante.

Tienes estudios curiosos murmuró Diego, mirando furtivamente a Carmen y notando la calidez en sus mejillas, en su incertidumbre serena.

Epílogo

Carmen no salía de su asombro: la milagrosa curación de Víctor era una farsa.

De repente, en cuanto apareció alguien realmente interesado por sus cuadros, se le pasaron todos los males.

Diego, el visitante, cada día compraba un cuadro o una figura.

Cuando terminaron las pinturas, siguió con las esculturas.

Víctor, viendo que su taller iba quedando vacío, trabajaba desesperado con la esperanza de impresionar al comprador.

Demasiado insensato para comprender que el cliente sólo venía por su ex mujer, por Carmen.

Cada vez que salía con una obra, Diego se detenía en la puerta y charlaba con Carmen mucho rato.

Brochazos de complicidad surcaron entre ellos. El afecto fue inevitable.

La historia terminó como debía: Diego se llevó de aquella casa lo que realmente le importaba, a Carmen, la exmujer.

Por quien todo comenzó.

Ya cuando regresaba a su pueblo natal, Diego arrojaba los cuadros comprados a la chimenea. Las esculturas, las almacenaba, sin saber muy bien qué hacer con ellas.

Rememoraba el rostro luminoso de Carmen.

Había decidido conquistarla el mismo día de la feria, al verla con su vestido ligero y la gallina en brazos.

Bastó ese instante para que Diego supiera que había encontrado a la mujer de su vida.

No tardó en descubrir las penurias que sufría la joven con un hombre perdido en su farsa artística.

Así, Diego visitó a diario a los Díaz, comprando cuadros para poder verla. Hasta que, al final, Carmen comprendió lo que pasaba.

***

Víctor jamás imaginó que ocurriera así.

Diego, el cliente que se lo había llevado todo, dejó de aparecer en cuanto se marchó con Carmen.

Pronto corrió la noticia en el pueblo: la pareja se había casado.

Víctor sintió la amargura de la derrota; se supo engañado y la verdad se le impuso con crudeza: encontrar una mujer así es un milagro, y él la había perdido para siempre.

Ya nadie lo cuidaría, ni le traerían el vaso de agua o el huevo molido, ni cargarían con la casa o el jardín…

Y fue entonces, sólo entonces, cuando comprendió con una punzada en el pecho aquello que más valor tenía en su vida y que había dejado escapar.

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MagistrUm
Le echó el ojo a la esposa ajena Al convivir juntos, Dudnikov demostró ser un hombre de carácter débil y sin voluntad propia. Todos sus días dependían del humor con el que se levantaba. A veces amanecía animado y bromista, pero la mayor parte del tiempo estaba sumido en pensamientos pesados, bebía café en exceso y deambulaba por la casa tan sombrío como el cielo de Madrid en un día de lluvia: típico de los artistas. Y así él se consideraba, pues Víctor Dudnikov trabajaba en una escuela rural, enseñando dibujo, trabajos manuales y, de vez en cuando, música, si la profesora de música caía enferma. Siempre tirando hacia el arte, en la escuela no lograba desarrollar su potencial artístico, así que tomó la mayor y más luminosa habitación de la casa —que Sofía había soñado convertir en cuarto infantil— y montó allí su estudio. Pero como la casa era suya, Sofía no protestó. Dudnikov llenó la sala de caballetes, esparció tubos de pintura y barro por el suelo y se puso a crear: pintaba, esculpía, modelaba… Pasaba días enteros empeñado en pintar un bodegón raro, o moldeando figurillas incomprensibles durante todos los fines de semana. No vendía ninguna de sus “obras maestras”, sino que las colgaba en casa, y las paredes estaban abarrotadas de cuadros que a Sofía, para más inri, tampoco le gustaban. Los armarios y estantes rebosaban de figuritas de barro y esculturas varias. Y si por lo menos fueran cosas bonitas, pero nada de eso. Los pocos amigos artistas y escultores que, en su día, estudiaron con Víctor y a veces iban de visita, guardaban silencio, apartaban la mirada y suspiraban al ver los cuadros y las figuras. Ninguno le halagó nunca. Solo León Gerasímovich Pécherkin, el mayor del grupo, exclamó —tras apurar una botella de licor de endrinas, como buen ruso igualmente adaptado a las costumbres castizas—: —¡Madre mía, qué sarta de disparates! ¿Pero esto qué es? En toda la casa no he visto nada que merezca la pena… salvo, por supuesto, a la maravilla de anfitriona. A Dudnikov la crítica le cayó como un jarro de agua fría: gritó, pataleó y mandó a su mujer a que echara de casa al grosero invitado. —¡Fuera de aquí!—gritaba—. ¡Enemigo! ¡Si aquí el que no sabe de arte eres tú! ¡Ah, ya lo entiendo! Te duele no poder sostener el pincel con tus manos temblorosas de tanto beber, y ahora me tienes envidia, por eso lo desprecias todo. …León Gerasímovich bajó de las escaleras casi rodando y se detuvo en la verja. Sofía le siguió para disculparse: —No le tome en serio; no debería haber criticado sus trabajos… Ni yo supe frenarlo a tiempo. —No te disculpes por él, niña —León asintió apresurado—. Todo bien, pediré un taxi y me marcho. Me das pena. Tienes una casa preciosa, pero los cuadros de Víctor lo estropean todo. Y esas figuras horrendas… Deberías esconderlas, pero él presume de ellas. Sabiendo cómo es Víctor, imagino que no es fácil vivir con él. ¿Sabes? Para nosotros, los artistas, lo que creamos refleja el alma. Y la de Víctor está tan vacía como todos sus lienzos. Le dio un beso en la mano y abandonó la inhóspita casa. …Durante todo este tiempo, Sofía jamás le llevó la contraria a su marido. Decidió que algún día tendrían hijos, y entonces él ya dejaría sus tonterías artísticas, convertiría el taller en un cuarto infantil y, mientras tanto, que se entretuviera con sus bodegones. Al principio, tras la boda, Víctor se hacía el marido ejemplar, traía fruta fresca y el sueldo a casa, cuidaba de su joven esposa. Pero pronto aquello se acabó. Se enfrió hacia Sofía, dejó de compartir su sueldo y toda la carga doméstica, el huerto, el gallinero y hasta la suegra recayeron sobre ella. La noticia de que estaban esperando un hijo a Víctor le alegró mucho, pero la alegría duró poco: Sofía enfermó y perdió al bebé al poco tiempo. Al enterarse, Víctor cambió por completo: se puso melancólico y nervioso, le gritó a su joven esposa y se encerró en casa. Cuando Sofía pudo salir del hospital, parecía una sombra. Nadie la esperaba, pero lo peor estaba por llegar: Víctor la dejó fuera de casa. —¡Abre, Vitín! —¡No quiero!—lloriqueó Víctor tras la puerta—. Debías haber dado a luz a mi hijo, y no fuiste capaz. ¡Hoy, por tu culpa, mi madre está en el hospital del infarto! ¿Para qué me casé contigo? ¡Solo has traído desgracia! No te pares en la puerta, lárgate, no quiero verte más. La mujer, desmayada de dolor, se sentó en el escalón. —Pero Vitín… yo también estoy mal, yo también sufro, ¡abre la puerta! Él no respondía a sus lágrimas y Sofía se quedó allí hasta que anocheció. Al fin, la puerta se abrió; salió Víctor, demacrado y delgado de pena, intentó cerrar con la tranca, pero no encontró la cerradura. Siempre era Sofía quien llevaba todo. Sin mirarla, se fue sin más. Cuando desapareció de la vista, Sofía abrió la puerta y cayó deshecha sobre la cama. Esperó toda la noche. A la mañana siguiente la vecina trajo la peor noticia: la suegra de Sofía no había sobrevivido al infarto. Eso acabó con Víctor, que dejó el trabajo y se metió en cama, confesando a su joven esposa: —Nunca te amé. Me casé porque mi madre me lo pidió, quería nietos. Pero tú nos has destrozado la vida y jamás te lo perdonaré. Palabras que la golpearon, pero aun así Sofía pensó que no podía abandonar a su esposo. Pasaba el tiempo y nada mejoraba. Dudnikov se negaba a salir de la cama, solo bebía algo de agua y comía a duras penas. Había recaído en una vieja úlcera, había perdido el apetito y la voluntad, y pronto ya ni se levantaba. Finalmente pidió el divorcio y Sofía lloró mucho. Intentó abrazar a Víctor, besarlo, pero él la apartaba y susurraba que en cuanto mejorara la echaría de casa, que ella le había arruinado la vida. Sofía no podía irse sencillamente porque no tenía a dónde. Su madre, encantada de haberla casado tan joven, se fue con un viudo al sur, cerca del Mediterráneo, vendió la casa deprisa y corriendo y dejó a su hija sin ningún sitio al que regresar. Así fue como se vio atrapada por las circunstancias. Llegó el día en que ya no quedaba comida. Sofía coció el último huevo, alimentó a Víctor con lo poco que quedaba y pensó: “Debería estar dando de comer a mi hijo… y aquí estoy cuidando a un hombre que no me valora”. —Voy un rato a la feria del pueblo de al lado, a ver si consigo vender la gallina o cambiarla por algo para comer. Víctor, mirando al techo, preguntó: —¿Para qué venderla? ¡Hazme un caldo, que ya estoy harto de purés! Sofía, con su vestido de seda —el único que tenía, el de su graduación, boda y ahora de diario— sostuvo la gallina y dudó: —Sabes que no tengo valor… Prefiero cambiarla o venderla. Los vecinos compraron las anteriores, pero ésta me da pena; es muy de la casa. Víctor soltó una risotada despreciativa: —¿Es que les pones nombre a las gallinas? ¡Qué tontería de mujer…! Sofía mordió el labio. —¿Vas a la feria? —pareció animarse él—. Pues llévate también un par de mis cuadros y figuras… ¡A ver si alguien los compra! Ella prefirió solo cargar un par de silbatos y la cerdita hucha, la favorita de Víctor, para no dar la nota en el mercado con los cuadros, tan feos que le daba vergüenza. Y así, bajo el fuerte sol, llegó a la feria, donde el ambiente era festivo y animado, los puestos llenos de miel, pañuelos de colores y dulces para niños. En la última tienda, una anciana la tentó con bisutería, pero Sofía quería vender la gallina. Un joven, desconocido —y apuesto—, se interesó por el animal, la compró junto con las figuras de barro y prometió regalar la gallina ¡y nombre propio!—a su madre, que también criaba aves. Camino a casa, él mismo la alcanzó en coche y le preguntó si tenía más figuras de barro, que serían buenos regalos. —¡Pues sí, en casa hay muchas!—respondió Sofía con una tímida sonrisa. Al llegar, cuando el joven —llamado Denis, nombre perfectamente común en España— entró a la casa de Dudnikov haciéndose pasar por entusiasta del arte, Víctor experimentó un milagroso “cambio de salud”. Mientras el marido presumía y enseñaba sus obras, Denis lanzaba miradas a Sofía. Al final, la visita del joven se hizo cotidiana: compraba cuadros y figuras, pero la razón era Sofía. —Me enamoré de ti desde que te vi en la feria con tu vestido—confesó Denis más adelante—. Supe que eras mi destino. Se hicieron pareja y, cuando Denis dejó de comprar “obras” y se llevó a Sofía, Dudnikov por fin se dio cuenta de que jamás encontraría otra mujer tan atenta, trabajadora y cariñosa. Pero ya era tarde. Así fue cómo Denis le echó el ojo a la esposa ajena —y terminó llevándosela, justo por quien realmente llegó a aquella casa.