Dame, Clara, esto no puede seguir así…
Es decir, si ya al principio de nuestra vida en común tu madre se comporta así cuando tengamos hijos, ¡no va a salir jamás de nuestro piso!
¡Nos va a asfixiar vivos! protestaba Nacho, tras escuchar que Clara le contaba, no sin cierto desgano, que su madre seguía dispuesta a irrumpir en su casa sin preguntar.
Bueno, Nacho, pero mamá es mi madre, no es una cualquiera. Antes o después acabará teniendo una copia de las llaves. ¿Vas a cambiar la cerradura cada vez? ¡Se va a sentir fatal si ve que lo hacemos! Hay que buscar un modo más diplomático, que entienda sin enfrentamientos que esas invasiones no se hacen le detuvo Clara.
Pues si tu madre no entiende palabras ni gestos, ni siquiera mis aspavientos en los sueños, tendremos que hacer algo más drástico replicó Nacho, muy serio.
¿Pero qué tienes en mente? preguntó Clara, con los ojos como platos.
Espera, ¿me dices que si tu madre tiene unas llaves de nuestro piso, tú tienes llaves del de tus padres? respondió él con una sonrisa cómplice.
Aquella mañana de sábado, Matías y Rosario se habían levantado temprano para ir a la feria municipal, que con motivo del 8 de marzo habían montado en el centro de Salamanca. Los jubilados no tenían reparo en madrugar para ahorrarse unos euros en las ofertas de los agricultores de los alrededores. Huevos, carne, pescado… todo parecía flotar en aquella mañana neblinosa, y la voz de Rosario retumbaba extraño mientras inspeccionaba su bolsa de la compra como quien acaricia un tesoro.
Qué bien, Matías, hemos pillado una falda de ternera buenísima y mira qué carpas, aún se mueven dentro de la bolsa. Ahora le llevo una a Clara, seguro que la cena con Nacho. Imagínate la cara del chico cuando oiga chapotear a Carpito desde la encimera… ¡no va a entender nada! decía Rosario, medio soñando despierta con la escena.
Anda, mujer, déjalos respirar. Ya son mayores de sobra y quieren su vida sin tu lupa examinándolo todo. Vas husmeando bajo las sillas para ver dónde ha dejado Nacho los calcetines. ¿No tienes nada más entretenido? intentaba razonar Matías.
Shhh ¿escuchas? ¿Has dejado tú la ducha abierta? Se oye agua correr murmuró Rosario, entrando sin pensar al baño. Salió chillando como una urraca asustada.
¡Ay, madre! ¡Pero quién hay ahí! ¡Desnudo! ¡En nuestro baño! gritaba, recorriendo el pasillo con los pelos de punta.
Pero quién ¿quién está desnudo? preguntó Matías, indeciso, sin atreverse a entrar.
¡Nacho! ¡Nuestro yerno! ¿Qué hace aquí? bramaba Rosario.
Nada, que en mi casa no sale más que agua oxidada y, después del turno, no me apetece meterme sudado en la cama, así que pensé que si tú puedes venir a la nuestra sin avisar, yo podría hacerme una ducha aquí. Espero que no te importe contestó Nacho, saliendo tan cómodo en batín y zapatillas, como si fuera su salón.
Rosario, permíteme un consejo: una mujer como tú no debería tender la ropa íntima sobre el radiador o el toallero del baño… Si fueran de encaje, todavía, podría comprenderlo, pero esto… En fin, Matías, no sabes cuánto te compadezco y Nacho se paseaba como amo absoluto hacia la cocina, donde puso la cafetera favorita de su suegra mientras silbaba Asturias, patria querida.
¡Pero será posible! ¡En mi casa hago lo que quiero con mi ropa! se ofendía Rosario, con el rostro encarnado.
Y la cafetera, Rosario, que Clara y yo te compramos hace seis meses, ya la tienes hecha un asco. Más limpio tienen las cerdas su abrevadero en Extremadura. ¿No la podías limpiar de vez en cuando? sentenciaba Nacho.
Nacho, ya está bien… quiso intervenir Matías.
¡Cómo que ya está bien! ¡El desorden de esta cocina es de concurso, y lo de la nevera es para escribir un cuento de terror! La nata y la mayonesa caducadas, el queso sin protección… ¡estaba ya como una mojama! sentenció, tirando todo al cubo.
Y esa tarde el plato de trigo que dejaste a medias… ¡menuda infracción! ¿Crees que porque tienes lavavajillas ya puedes dejar todo por ahí tirado? iba a curiosear en el lavavajillas, pero Rosario se plantó delante.
¡Basta ya! ¡Fuera de mi casa ahora mismo! ¡O llamo a la Policía y denuncio allanamiento de morada! ¡No me importa que seas mi yerno! ¡Vas a acabar en comisaría, Nacho! ¡Esta es mi casa, mi cocina, mis bragas, y nadie te ha dado derecho a entrar como Pedro por tu casa a criticarme! gritaba Rosario, tan alterada que parecía a punto de levitar.
Matías, sentado de brazos cruzados, sonreía para sus adentros; ya había adivinado la jugada de Nacho, y todo le parecía una extraña coreografía. Pero Rosario, presa de su indignación, aún no hilaba nada.
Pues aquí tienes, Rosario: eso mismo es lo que llevas meses haciéndonos a Clara y a mí. Entrar cuando te da la gana, revisar todo sin avisar, como si tuvieras poderes mágicos para supervisar nuestras vidas… Si vuelves a pasarte de la raya, yo tampoco miraré que seas mi suegra aclaró Nacho, mientras se vestía con calma y calzaba sus zapatos para salir.
Por cierto, felicidades por el Día de la Mujer. Te he dejado en la cocina una botella de vino bueno y un frasco de tu perfume favorito, y a Matías su coñac preferido. ¡Todo de parte de Clara, que dice que son vuestros favoritos! añadió, transformando la sonrisa en otra mucho más amable mientras cerraba la puerta con cariño y desaparecía como una sombra de la siesta.
Rosario, todavía temblando, descorchó la botella de coñac y se sirvió una copa, tragándosela de un trago y persiguiéndola con un café recién hecho en la cafetera que Nacho había dejado reluciente.
Ay, Rosario, pero tu yerno es un auténtico diplomático. Menuda escena ha montado, y la ha rematado con elegancia: una lección amarga pero eficaz, y el regusto no está nada mal… decía Matías, acariciando el cuello de la botella y el frasco de perfume, junto con una botella de tinto semi-seco.
Bueno, mujer, ¡feliz 8 de marzo! Resulta que el primero que te ha felicitado ha sido tu yerno Y por todo lo alto: función incluida, copa, perfume y hasta te puedes acicalar para ir al teatro. ¡Mira! Aquí tienes dos entradas para “Las Aventuras del Tenorio”. Algo hará tu marido también, ¿no? bromeó guiñando el ojo.
Desde aquel sábado, Rosario no volvió a presentarse en el piso de Clara y Nacho sin avisar. Pero tampoco se lo tomó a mal; supo apreciar la creatividad del chico.
Los límites quedaron marcados, pero nadie se sintió herido. Y Nacho pudo, por fin, dormir tranquilo tras el trabajo, sin temer encontrar a Rosario rebuscando en su cajón de calcetines en mitad de algún extraño, larguísimo, domingo de feria.






