Le conocí en el instituto: los dos teníamos 15 años y al poco tiempo fuimos novios. En el penúltimo …

Le conocí cuando cursábamos el Bachillerato en Madrid. Ambos teníamos quince años y, tras unos meses compartidos de miradas extrañas y pasillos teñidos de luz blanca, decidimos ser novios, aunque todo parecía una decisión tomada bajo el agua de un sueño muy raro. En penúltimo curso, apareció una chica nueva; su nombre flotaba en el aire como el nombre de una estatua mojada bajo la lluvia de Toledo. Aquella primavera, él olvidó su móvil en mi casa un aparato tibio, lleno de ecos. Cuando leí los mensajes que intercambiaba con ella, todas las piezas de mi cabeza comenzaron a girar, como engranajes dorados en una torre de Segovia. Recordé los llantos de ella en sus brazos, mientras yo pensaba que eso era sólo amistad. Era como una cinta invisible colgando entre nosotros tres, hecha con hilos de presentimientos.

Era demasiado joven y tenía miedo de perder al único chico que creía que me amaba, así que preferí callar, dejando palabras en la garganta como monedas en un pozo de León. Así pasamos a la mitad del último año. Justo cuando estaba decidida a dejarle, descubrí que estaba embarazada. Lloré con el sonido sordo de los trenes en la estación de Atocha. Sabía que el tiempo que venía iba a ser duro; mis estudios postergados como frascos de perfume olvidados, mi familia dura como la piedra de Ávila… así fue.

Terminamos el instituto y nació nuestra hija, a quien llamamos Inés. Él empezó la universidad enseguida; apenas nos visitaba cada quince días. Yo cocinaba lentejas en soledad, miraba por la ventana buscando un futuro más allá de los cerros de Castilla, sintiéndome nada más que madre.

Pensé que, tras acabar los estudios, la historia con aquella chica acabaría, pero hoy, diez años después, sigue siendo el origen de muchísimos sueños turbios e insomnios. Ella le escribía todo el tiempo. Peor aún: él siempre le respondía con esa ternura pálida que se reserva para lo prohibido. En cada evento, cada graduación o fiesta, él encontraba alguna excusa para dejarme con nuestra hija siempre la custodia, nunca el deseo y escapaba a su mundo de reflejos. Sé que jamás hubo infidelidad física, no por falta de deseo, sino porque a ella le bastaba sentirse dueña de su atención, jugando siempre a ignorarle justo en el borde del abismo.

Cansada de diálogos sin fin, de promesas flotantes y de monólogos internos, en 2021 decidí terminar la relación. Empecé terapia, trabaje desde casa entre el rumor de la lavadora y algunas monedas de euro que no alcanzaban para mucho, e Inés y yo hicimos del salón nuestro imperio pequeño. Pensaba que, al dejarle, todo terminaría; pero él, de forma insistente, empezó a buscarme como quien persigue una sombra en la Plaza Mayor. Al cabo de seis meses, y tras muchos silencios, decidí darle otra oportunidad. Para medir su compromiso, le propuse que viviéramos juntos. Él aceptó; juntos ahorramos y compramos una cama nueva, tazones con dibujos y cortinas azules de Ikea.

Al principio era feliz; al fin los tres bajo el mismo techo, como en los cuadros de Sorolla cuando soñaba raro. Pero en febrero de 2025, una noche caí en la cama con un mal presentimiento, como si el aire oliese a azafrán chamuscado. Sin saber exactamente por qué, cogí su móvil y lo revisé, abriendo puertas secretas en pasillos que no recordaba.

Ese instante fue el más doloroso de todo mi vida onírica. Saltó ante mis ojos un chat oculto. No buscaba nada en concreto solo llevada por el impulso de los sueños febriles, y de pronto allí estaban las palabras, el vacío en mi estómago como un pozo sin eco. Descubrí que llevaban meses escribiéndose y que, sobre todo, él le pedía que se vieran.

Empecé a atar cabos. Dos meses antes de juntarnos, en una reunión de antiguos alumnos, bailó toda la noche con ella, la acompañó hasta su puerta y, ante el dintel, le pidió un beso y ella le negó el acceso al otro lado del sueño. También leí cómo le confesaba a su mejor amigo que a ella la deseaba como algo imposible, mientras a mí me quería como a su familia y su hogar en una casa de campo. Pero lo peor fue la carta escrita en diciembre de 2024; una carta que nunca hubiera escrito para mí.

En esa carta le decía que sus años escolares fueron hermosos gracias a ella; que de 3.000 noches, en más de 2.000 había soñado con sus ojos. Expresaba su deseo de haber sido pareja de ella, de sentir su cuello, de ver su ropa en el suelo, de amar como dos adolescentes hechizados. Que nada de esto ocurrió sólo porque eligió ser padre conmigo, por primera vez.

Al leer todo aquello, quedé en shock sentí el frío de las catedrales y el temblor en las manos, como si no fuera yo sino una actriz en un escenario de Salamanca. Sentí que era la sustituta, la figura que debía acompañarle, no la que él había querido desde siempre. Junto a la carta había casi quince minutos de audios que no logré escuchar, pues mi cuerpo temblaba tanto que la cama se llenó de sombras. Le desperté y le pedí que se marchara. Era medianoche.

En los días posteriores, yo funcionaba por inercia: trabajaba, hacía mis tareas y cuidaba de Inés, que ya tenía nueve años, mientras él vivía como un autómata andaluz. Se disculpó una y otra vez, comenzó terapia, y yo decidí perdonar intentando cruzar ese río de fuego, afrontando juntos una reconstrucción que parecía una ciudad tras la siesta. Conseguí aclarar muchas cosas, superando parte del dolor; sin embargo, el suceso dejó cicatrices que aún duelen. Mi autoestima quedó hecha polvo, como las estatuas del Retiro en invierno. Me cuesta mirarme en el espejo, no reconozco a la misma mujer de entonces.

Ahora salimos juntos más que nunca y, a veces, es agradable como el olor del pan en la plaza. Pero algo dentro de mí se ha torcido. No sé si es prudencia o miedo, pero me niego a ilusionarme igual que antes. No recupero el fuego interno que tenía ese fuego se apagó y él parece no notarlo. Vivimos juntos, apenas discutimos y, si ocurre, hablamos de inmediato, casi siempre a iniciativa de ambos, como si fuésemos dos personajes suspendidos en un cuadro de Dalí. Pero nada revive aquel primer estremecimiento.

Hoy somos una pareja estable, cariñosa y atenta, pero aún siento un hueco dentro. Durante once años sentí esa llama y, desde hace uno, se ha ido. Estoy extraviada en mi propio sueño.

Él trabaja incansablemente, con metas y ambiciones. Es muy atento con Inés, cuida de su mundo invisible, la escucha, juega, nos invita a salir los domingos por el Rastro, nos hace reír y reparte con nosotros el tiempo, los gastos y hasta algún capricho unas tapas o entradas para el cine cuando el euro lo permite. Vivimos, casi como todos en Madrid, intentando despertar.

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