Reglas para el verano
Cuando el Cercanías frenó al llegar a la pequeña estación, Ángeles López ya estaba en el andén, pegada al borde, apretando contra el pecho su bolsa de tela. Dentro, rodaban manzanas, un tarro de mermelada de cereza y un tupper con empanadillas. Todo eso, en realidad, no era necesario: los nietos venían bien comidos, de la ciudad, con mochilas y bolsas, pero las manos se le iban solas a preparar algo.
El tren se sacudió; las puertas se abrieron, y salieron de un brinco los tres: Sergio, alto y larguirucho; su hermana pequeña, Carmen; y una mochila tan grande que parecía vivir por su cuenta.
¡Abu! Carmen la localizó la primera, saludando con una mano, haciendo sonar sus pulseras.
Ángeles sintió cómo una calidez le subía al pecho. Bajó la bolsa con cuidado, para no dejarla caer, y abrió los brazos.
Ay, qué Iba a decir mayores, pero se mordió la lengua a tiempo. Ellos ya lo sabían.
Sergio se acercó más despacio, la abrazó con un brazo, sujetando la mochila con el otro.
Hola, abuela.
Era casi una cabeza más alto que ella. Tenía ya pelusilla en el mentón, unas muñecas huesudas, y por debajo de la camiseta asomaban los cables de los auriculares. Ángeles se sorprendió buscándole al chavalillo que corría por la finca con botas de goma; pero sólo encontraba gestos de otro, adulto.
El abuelo está abajo, esperándoos dijo ella. Venga, vamos ya, que se me enfrían las croquetas.
Espera, que hago una foto ya Carmen había sacado el móvil y, en dos clics, inmortalizó el andén, el tren, a Ángeles. Para mis historias.
La palabra historias le pasó por el oído como el vuelo de un gorrión. Se lo había preguntado a su hija en invierno, y la explicación se le había esfumado después. Lo importante era que la nieta sonreía.
Bajaron las escaleras de cemento. Al pie del camino los esperaba Julián Martín, el abuelo. Se acercó, le dio una palmada a Sergio en el hombro, un abrazo a Carmen, un gesto comedido a Ángeles. Era más, ella lo sabía, de lo que parecía a simple vista.
¿Qué tal, ya estáis de vacaciones? preguntó.
De vacaciones respondió Sergio, echando la mochila al maletero del Seat Panda.
Durante el trayecto, los niños se quedaron tranquilos. Fuera desfilaban casitas, huertos, algún rebaño de cabras. Carmen revisó el móvil de vez en cuando; Sergio soltó una carcajada mirando la pantalla. Ángeles se sorprendió observando sus manos, los dedos siempre toqueteando aquellos rectángulos negros.
No pasa nada se repitió. Lo importante es que sientan que aquí están en casa. Lo demás pues como quiera la época.
La casa los acogió oliendo a croquetas recién fritas y a eneldo. En la terraza, la mesa de madera estaba cubierta con un hule de limones. En la cocina chisporroteaba la sartén; en el horno, terminaba de hacerse una empanada de verduras.
Madre mía, ¡menudo festín! comentó Sergio, asomándose.
No es festín, es la comida contestó de carrerilla Ángeles, pero se corrigió. Bueno, vosotros id a lavaros las manos, ahí en el lavadero.
Carmen ya tenía el móvil fuera otra vez. Mientras Ángeles colocaba la ensalada, el pan, las croquetas y el agua, la veía, de refilón, sacando fotos de los platos, de la ventana, de la gata Nena, que asomaba con cautela de debajo de la mesa.
En la mesa, nada de móviles soltó como de pasada, cuando se sentaron.
Sergio alzó la vista.
¿Cómo?
Lo que oyes intervino Julián. Coméis y luego hacéis lo que queráis.
Carmen vaciló, luego dejó el móvil boca abajo al lado del plato.
Era solo para la foto
Ya la has hecho añadió tranquila Ángeles. Ahora a comer, luego ya compartirás.
Dijo compartir con inseguridad: no sabía si era esa la palabra, pero le valía por ahora.
Sergio, con reticencia, dejó también su móvil. Puso cara de astronauta descabezado sin casco.
Aquí prosiguió ella, sirviendo el zumo, tenemos horario: comida a la una, cena a las siete, y por la mañana, antes de las nueve hay que estar en pie. Después, haced lo que queráis.
¿Antes de las nueve? Pero si por la noche veo pelis protestó Sergio.
Por la noche se duerme zanjó Julián sin levantar la vista.
Ángeles sintió una tensión fina nacer entre ellos. Se apuró diciendo:
Aquí no es un cuartel, claro. Sólo que si dormís hasta mediodía, luego no veis nada del día. Tenemos el río, el pinar, las bicis.
¡Yo quiero ir al río! saltó Carmen. Y con la bici. ¡Y hacer una sesión de fotos en el jardín!
Sesión de fotos ya le resultaba habitual al oído.
Estupendo asintió Ángeles. Pero primero hay que echar una mano. Hay que quitar malas hierbas de las patatas y regar las fresas. Aquí no hemos venido a pasar el verano en un hotel.
Pero abuela, que son vacaciones inició Sergio, hasta que Julián le lanzó una mirada.
De vacaciones, sí. Pero no de balneario.
Sergio suspiró y se calló. Carmen, por debajo de la mesa, empujó su zapatilla contra la de su hermano, y Sergio esbozó una sonrisa fugaz.
Tras la comida, los niños subieron a deshacer maletas. Ángeles entró un rato después. Carmen ya tenía las camisetas en la silla, el estuche de maquillaje en la ventana; en la repisa, bottles de perfumes. Sergio estaba en la cama, apoyado en la pared, absorto en el móvil.
Os cambié las sábanas les dijo. Si algo no os gusta, decídmelo.
Todo bien, abuela sin apartar la vista de la pantalla, respondió Sergio.
A ella le chirrió ese todo bien. Pero solo asintió.
Esta noche haremos una barbacoa dijo. Cuando descanséis, salid al jardín, que echamos un par de horas.
Vale respondió Sergio.
Cerró la puerta y se quedó un momento en el pasillo. Dentro, se escuchaba la risa de Carmen, que hablaba con alguien en videollamada. Ángeles se sintió vieja, pero no de espalda, sino de otra forma: como si la vida de sus nietos fuera una corriente paralela y lejana.
No pasa nada pensó. Se resolverá. Lo principal es no forzar.
Al atardecer, los tres estaban en el huerto. La tierra estaba tibia, la hierba crujía bajo los pies. Julián le señalaba a Carmen lo que era hierba y lo que era zanahoria.
Esto lo arrancas; esto lo dejas explicaba.
¿Y si me confundo? Carmen se puso de cuclillas, con cara de asco.
No pasa nada se rió Ángeles. Aquí no somos de cooperativa, ¡ya saldrá adelante!
Sergio, apartado, apoyaba los brazos en la azada. Miraba de reojo a la casa, desde cuya ventana parpadeaba la luz azulada del monitor.
¿No te pierdes sin móvil? le planteó Julián.
Lo dejé en la habitación gruñó Sergio.
Por extraño que resultara, eso alegró a Ángeles profundamente.
Los primeros días pasaron en tensa armonía. Por las mañanas, ella tocaba la puerta para despertarlos, respondían protestando, pero antes de las diez estaban en la cocina. Ayudaban algo, luego Carmen se dedicaba a sesiones de fotos con Nena y las fresas, Sergio leía, oía música, salía en bici.
Las reglas dependían de los detalles: móviles fuera de la mesa, por la noche silencio. Solo una vez, a la tercera noche, Ángeles se desveló por una risa apagada tras la pared. Miró el reloj: la una menos cuarto.
¿Aguanto o entro?, pensó.
La risa se repitió, después un mensaje de voz que le resultaba familiar. Suspiró, se puso la bata y llamó suavemente:
Sergio, ¿duermes?
La risa cesó.
Espera se oyó un susurro.
Él abrió la puerta, achinando los ojos con la luz del pasillo. Tenía los ojos rojos, el pelo erizado y el móvil en la mano.
¿No duermes? preguntó ella, intentando sonar tranquila.
Estaba viendo una peli.
¿A estas horas?
Que quedé con mis amigos para verla a la vez y comentar
Se imaginó a otros chavales en otras casas, mirando el mismo filme en la oscuridad y escribiéndose.
Mira, hagamos un trato dijo. No me importa que veas películas. Pero si trasnochas, luego no sirves para el huerto. Antes de las doce, vale. Después, a dormir.
Puso mala cara.
Pero ellos
Ellos están en la ciudad, tú aquí. Aquí tienen que valer nuestras normas. No te digo que te acuestes a las nueve.
Sergio calló, se rascó la cabeza.
Vale, hasta las doce.
Y cierra la puerta, que la luz molesta. Baja el volumen.
Volviendo a la cama, Ángeles pensó que quizá había sido blanda. Con su hija fue más firme. Pero algo por dentro se lo impedía. Estos tiempos son otros.
Los roces iban en aumento. Una mañana de calor, pidió a Sergio ayudar a Julián a llevar maderas al cobertizo.
Ahora voy respondió, sin apartar la vista del móvil.
Diez minutos después, seguía sentado en la terraza. Las maderas, igual.
Sergio, el abuelo está cargando solo le dijo con voz más dura.
En cuanto acabe, voy contestó, molesto.
¿Siempre con el móvil? se le escapó. Como si el mundo te esperara.
Él saltó.
Es importante dijo, cortante. Estoy en un torneo.
¿Torneo de qué?
De videojuegos. Somos un equipo. Si me voy ahora, perdemos.
Estuvo a punto de decir que hay cosas más importantes, pero vio sus hombros tensos, la boca apretada.
¿Cuánto más te queda?
Veinte minutos.
De acuerdo. Pero en veinte minutos, ayudas. ¿Sí?
Él asintió y volvió al móvil. Justo veinte minutos después, cuando salió, Sergio ya se estaba calzando.
Ya voy, ya voy dijo, antes de que ella hablara.
Esos acuerdos le hacían sentir que aún podían dirigir las cosas. Pero un día todo explotó.
Pasó a mediados de julio. Aquella mañana, iban a ir al mercado a por plantones y víveres. Julián necesitaba ayuda para las bolsas y con el coche.
Sergio, te vas con el abuelo mañana dijo Ángeles durante la cena. Yo con Carmen nos quedamos a hacer mermelada.
No puedo dijo él enseguida.
¿Por qué?
Hemos quedado para ir a Madrid. Hay un festival, música, muchas cosas buscó apoyo en Carmen, pero ella solo se encogió de hombros. Ya lo avisé.
Ángeles no recordaba que lo hubiera dicho. Quizás sí, se le habría pasado.
¿A qué zona de Madrid? Julián frunció el ceño.
Cerca de Atocha, vamos en Cercanías.
Eso de cerca no le convencía.
¿Y sabes volver?
Sí. Y no voy solo, son varios amigos. Y ya tengo dieciséis años.
Ese dieciséis sonó definitivo.
Tu padre y yo acordamos que no ibas solo por ahí replicó Julián.
¡Pero no voy solo! Y menos aún
El ambiente se cargó. Carmen acabó los macarrones y apartó el plato.
Podríamos ir al mercado al final de la tarde, y así él va mañana intentó mediar Ángeles.
El mercado es solo por la mañana cerró Julián. Y necesito ayuda. No aguanto solo tanto saco.
Yo voy sorprendió Carmen.
Tú te quedas con la abuela respondió Julián de costumbre.
Puedo hacerlo sola, Julián dijo Ángeles. La fruta puede esperar; Carmen te ayuda.
Julián la miró, sorprendido y agradecido a la vez.
¿Y el otro qué, todo el día de señorito? miró a Sergio.
Pero yo empezó él.
Aquí no estamos en la ciudad. Y somos responsables de ti.
Siempre estáis encima, como si no pudiera decidir nada saltó Sergio. ¿Ni una vez puedo decidir yo solo?
Se hizo un silencio denso. A Ángeles le dolía dentro. Quiso decirle que lo entendía, que ella también soñaba con independencia una vez, pero oyó su voz seca:
Mientras vivas aquí, vives según nuestras reglas.
Él desplazó violentamente la silla.
Pues nada, no voy.
Salió dando un portazo. Desde arriba se oyó un golpe: o la mochila lanzada, o el chaval cayendo en la cama.
La tarde fue tensa. Carmen intentaba bromear sobre una influencer, pero nada salía natural. Julián masticaba en silencio. Ángeles fregaba distraídamente, pensando en su frase sobre nuestras reglas.
Por la noche, le despertó el silencio abrupto. Normalmente la casa cruje, a veces una rata, un coche lejano Ese silencio total la inquietó. Miró que bajo la puerta de Sergio no había luz.
Al menos dormirá se consoló.
Por la mañana, a las nueve menos cuarto, Carmen ya desayunaba. Julián leía el periódico.
¿Y Sergio? preguntó Ángeles.
Dormirá todavía repuso Carmen.
Subió, llamó a la puerta.
Sergio, arriba.
Nada. Abrió. Cama medio hecha como sólo la hacían los chicos a regañadientes, pero ni rastro del chaval. En la silla su sudadera; la mesa con el cargador. El móvil, no.
Sintió un vacío dentro.
No está dijo, bajando.
¿Cómo que no? Julián se levantó.
La cama está vacía. Se llevó el móvil.
Igual salió al jardín apuntó Carmen.
Revisaron el terreno, el cobertizo, el huerto. La bici seguía ahí.
Hay un Cercanías a las ocho cuarenta susurró Julián, mirando el camino.
Ángeles sintió las manos heladas.
Lo mismo está con algunos chicos del pueblo
¿Qué chicos? Aquí no conoce a nadie.
Carmen sacó el móvil.
Le escribo.
Tecleó, entre miradas. Al minuto, negó con la cabeza.
No contesta. Solo me sale un tick azul.
Eso de los ticks no le decía nada a Ángeles, pero le bastó ver la expresión de su nieta para saber que la cosa iba mal.
¿Qué hacemos? preguntó a Julián.
Él dudó.
Me paso por la estación dijo. A ver qué cuentan.
¿Y si se le ocurre volver mientras?
Se ha ido sin avisar zanjó él. Eso ya es serio.
Rápido se vistió y tomó las llaves del coche.
Quédate dijo a Ángeles. Por si aparece. Carmen, si te contesta, llámame al momento.
Ángeles se quedó en la terraza con una bayeta entre las manos, imaginando escenas. Sergio en el andén, subiendo al tren, entre empujones, perdiendo el móvil, cualquier cosa Paró. Tranquila. Es mayor. No es tonto.
Durante una hora, y otra más, esperaron. Carmen repasaba el móvil: nada.
No está ni online repetía.
A las once volvió Julián, con cara agotada.
Nadie lo ha visto dijo. Fui hasta Atocha. Nada
No terminó la frase. Ángeles entendió.
Igual fue al festival ese murmuró. A Madrid.
¿Sin dinero ni nada?
Tiene en la tarjeta y en el móvil intervino Carmen.
Se miraron: para ellos el dinero era la cartera; para los chicos, algo etéreo.
¿Avisamos a su padre? sugirió Ángeles.
Llámale asintió Julián. Ya se va a enterar igual.
La conversación fue dolorosa. El hijo primero calló, luego maldijo, luego preguntó por qué no le vigilaban. Ángeles, cansadísima, se sentó en el taburete, la cara entre las manos.
Abu Carmen susurró, no está perdido. De verdad. Solo está enfadado.
Enfadado y se va respondió ella. Como si fuéramos enemigos.
El día pasó interminable. Fingían actividad: Carmen ayudaba en la cocina, Julián trasteaba en el cobertizo, pero todo era forzado. El móvil de Carmen callaba.
Al atardecer, cuando el sol apenas rozaba las copas de los almendros, escucharon la puerta chirriar. Ángeles, que estaba con un té, se sobresaltó. Al fondo del caminillo, apareció Sergio.
Seguía con la misma camiseta, vaquero polvoriento, mochila a la espalda, cara cansada pero ilesa.
Hola saludó con voz baja.
Ángeles se levantó. Por un segundo quiso abrazarlo, pero algo la detuvo.
¿Dónde has estado?
En Madrid bajando los ojos. En el festival.
¿Solo?
Con unos amigos bueno, casi solo. Gente de otro pueblo. Lo había apañado…
Julián salió, secándose las manos.
¿Te crees que esto es normal? empezó, pero se le quebró la voz.
Escribí dijo rápido Sergio. Luego me quedé sin red. Y sin batería, además.
Carmen estaba ya junto a él, apretando su móvil.
Yo también te escribí le dijo. Solo veíamos un tick.
No era a mala idea los miró de uno en uno. No lo pensé bien. Solo… pensé que si pedía permiso no me dejaríais. Y ya lo tenía todo apalabrado. Y
Se detuvo.
Y preferiste no pedir acabó Julián.
El silencio volvió, pero era otro: mezcla de cansancio y alivio.
Entra y come algo dijo Ángeles.
Sergio obedeció y se sentó en la cocina. Ella le puso plato de sopa, pan, zumo. Comía con hambre de todo el día.
Es carísimo allí, los puestos esos de comida rápida farfulló.
Esos vuestros sonó raro, pero Ángeles dejó pasar.
Cuando acabó, volvieron afuera. El sol ya desaparecía, el ambiente fresco.
Mira, dijo Julián. Quieres libertad, vale. Lo entendemos, pero somos responsables. Mientras estéis aquí, no podemos hacer la vista gorda.
Sergio callaba.
Si quieres ir a algún lado prosiguió, avísanos con tiempo. Lo hablamos: buscamos viaje, vuelta, quién te recoge. Si acordamos que sí, vas. Si no, pues te toca fastidiarte. Pero irte sin más, eso no sentenció.
¿Y si decís que no? preguntó Sergio.
Entonces protestas, pero te quedas añadió Ángeles. Y nos llevamos al mercado igual de enfadados.
Le miró. Había en él rabia, diversión reprimida, desorientación, todo.
No quería preocuparos murmuró. Solo decidir algo yo mismo.
Decidir está bien dijo Ángeles, pero aceptar las consecuencias también es decidir.
Le sorprendió oírse: más una constatación que un sermón.
Él suspiró.
Vale. Lo he entendido.
Y si te quedas sin batería, busca cómo cargarlo. En un bar, estación, donde sea. Y lo primero, nos avisas añadió Julián. Aunque creas que vamos a reñir.
Está bien asintió Sergio.
Se quedaron un rato callados. Ladró un perro a lo lejos; Nena maulló perezosa en el huerto.
¿Y el festival qué tal? preguntó Carmen.
Bien. La música regulera, pero comimos de lujo.
¿Me enseñas fotos?
Es que se me apagó el móvil.
Así ni pruebas ni contenido bromeó ella.
Él sonrió, débil, pero sonrió.
Después de eso, las cosas cambiaron sutilmente. Las normas seguían, pero se volvieron más blandas y flexibles. Aquella noche, Ángeles y Julián tomaron papel y boli y escribieron: levantarse antes de las diez, ayudar en casa al menos dos horas al día, avisar antes de irse o viajar, móviles fuera de la mesa. Lo colgaron en la nevera.
Como en el campamento bromeó Sergio.
Pero este es familiar dijo ella.
Carmen propuso sus normas:
Vosotros tampoco me llaméis todo el rato si bajo al río, ni entréis en mi cuarto sin llamar.
Si nunca entramos se sorprendió Ángeles.
Apúntalo avisó Sergio. Para que sea justo.
Añadieron dos líneas más. Julián resopló, pero firmó.
Se reconciliaron con las rutinas: las tareas dejaban de ser obligación. Un día, Carmen sacó un viejo juego de mesa de la terraza.
¿Jugamos luego?
Yo jugaba cuando era crío se animó Sergio.
Julián protestó que tenía faena en el garaje, pero acabó sentado y resultó ser el que más sabía las reglas. Hubo risas, discusiones, piques. Los móviles, apartados.
Otra rutina fue la cocina. Una vez, harta del ¿qué hay para cenar?, Ángeles les dijo:
El sábado cocináis vosotros. Solo os oriento dónde están las cosas.
¿Nosotros?
Vosotros. Lo que queráis, pero que se pueda comer.
Carmen buscó una receta sofisticada en el móvil; Sergio cortó verduras, ambos discutiendo. Olía a cebolla frita y especias, la cocina llena de cacharros, y el ambiente tenía algo de fiesta.
Como acabemos todos de carrera al baño gruñó Julián. Pero no dejó ni rastro en el plato.
El huerto también se volvió divertido. En lugar de obligar a desyerbar todos los días, Ángeles marcó “parcelas personales”:
Este pasillo, Carmen, es tuyo le indicó el de las fresas. Y este, Sergio, el de zanahorias. Riega o no riegues, tú sabrás; pero luego no te quejes si no recoges nada.
Un experimento dijo Sergio.
Control y experimento secundó Carmen.
Ella revisaba a diario sus fresas, hacía fotos, las subía en el móvil bajo mi jardín; Sergio regó su zona una vez y luego se olvidó. Al final del verano, la cosecha era manifiesta: el cesto de Carmen rebosante, Sergio con dos zanahorias raquíticas.
¿Conclusiones? preguntó Ángeles.
Que la huerta no es mi fuerte admitió él.
Rieron sin tensión.
Al final del verano, la casa funcionaba acompasada: desayunaban juntos, el día se ramificaba en actividades, y al caer la noche, se reunían de nuevo. Sergio seguía trasnochando a ratos, pero antes de las doce paraba y, paseando Ángeles por el pasillo, oía solo su respiración. Carmen salía con una amiga al río, pero siempre decía cuándo volvía.
Las discusiones continuaban. Por música, por la sal de la sopa, por si lavar los platos enseguida o al día siguiente. Pero ya no eran guerras de generaciones. Era la convivencia bajo el mismo techo.
La última noche, Ángeles horneó una tarta de manzana. La casa olía dulce, la terraza fresca, los bultos preparados a un lado.
Vamos, hagamos una foto propuso Carmen cuando partieron el dulce.
Otra vez con esas cosas vuestras empezó Julián, pero no siguió.
Solo para nosotros aclaró ella. No hace falta compartir.
Salieron al jardín. Cayendo el sol sobre los olivos, Carmen puso el móvil sobre un cubo al revés, activó el temporizador y corrió con ellos.
La abuela en el medio, abuelo a la derecha, Sergio izquierda ordenó.
Se juntaron, un poco incómodos, rozando hombros. Ángeles notó a Sergio presionando su codo. Julián, a su vez, se acercó. Carmen los rodeó con los brazos.
¡Sonreíd!
Click. Y otro click.
Carmen fue a ver la pantalla y soltó una risa.
¡Perfecta!
A ver pidió Ángeles.
En la foto salían graciosos: ella con el delantal todavía atado, Julián en camisa vieja, Sergio con el pelo caótico, Carmen con camiseta chillona. Pero había algo conjunto, familiar.
¿Me la imprimes? pidió ella.
Claro dijo Carmen. Te la mando por WhatsApp.
Pero ¿cómo la imprimo si está en el móvil? se desconcertó Ángeles.
Yo te ayudo intervino Sergio. Venid a visitarnos, y la hacemos juntos. O la traigo yo en otoño.
Ella asintió. Sintió paz. No porque ya se entendieran a la perfección: seguramente discutirían mil veces más. Pero percibía que, entre sus reglas y la libertad de los chicos, se había abierto un sendero por el que podían ir y venir.
Esa noche, cuando los niños dormían, salió a la terraza. El cielo negro, las estrellas mortecinas sobre los tejados. La casa en silencio. Se sentó en la escalera.
Julián salió enseguida y se le unió.
Mañana se van dijo él.
Se van confirmó ella.
Callaron un rato.
Oye añadió él, al final, todo bien.
Todo bien asintió. Y hasta hemos aprendido algo.
¿Quién a quién, eh? bromeó.
Ella sonrió. La ventana del cuarto de Sergio, oscura. La de Carmen también. En la mesilla de Sergio seguro que estaba el móvil, enchufado, cogiendo fuerzas para el día siguiente.
Ángeles cerró la puerta, miró el papel de las normas en la nevera. Las esquinas ya dobladas, el boli a un lado. Pasó un dedo por las firmas, propias y ajenas, y de pronto pensó que el verano que viene, quizá, escribirán otras reglas. Añadirán, quitarán. Lo importante permanecerá.
Apagó la luz, fue a la cama, y sintió cómo la casa respiraba tranquila, recogiendo cada día vivido, dejando sitio para lo nuevo.







