Las nietas ofendidas
Cuando Laura llegó a casa con sus hijas, ambas se echaron a llorar. Las niñas acababan de volver de casa de su abuela, y estaban destrozadas.
—Mamá, la abuela no nos quiere… —lloriqueaban al unísono—. A Iván y a Carlota les permite todo, pero a nosotras nada. A ellos les da regalos y caramelos, y a nosotras solo nos dice: «No toques eso», «No molestes», «Id a otra habitación».
Laura apretó los labios. El dolor le oprimió el corazón. Lo había sentido muchas veces antes, pero escucharlo de sus hijas era aún más duro.
Su suegra, Carmen Martínez, nunca había mostrado mucho cariño por las hijas de Laura. Sin embargo, adoraba a los hijos de su hija biológica, sus nietos Iván y Carlota. A ellos les daba todo, y a las demás, migajas. O menos.
Al principio, Laura intentó ignorarlo. Se consolaba pensando que su suegra tenía un carácter difícil, que la vida no había sido fácil para ella. Pero con los años, la verdad se hizo más evidente: para Carmen, había nietos «de verdad» y «los otros». Ni siquiera la sangre importaba si venía de «la mujer equivocada».
Las niñas contaron cómo su abuela las regañó por reírse fuerte, y cinco minutos después dejó que Iván hiciera ruido con sus coches por el suelo. O cómo puso una tarta en la mesa y se la ofreció a «los invitados», mientras que a ellas solo les dio té.
Lo peor ocurrió cuando la abuela mandó a las niñas solas a casa. Fue por un camino frío y solitario, con apenas siete años. Temblaban de miedo a los perros y del frío. Y Carmen ni siquiera llamó a sus padres.
Cuando Laura se enteró, no pudo contener las lágrimas. Llamó a su suegra, pero esta solo soltó un bufido:
—Hay que aprender a ser independientes. A su edad, yo ya iba sola al mercado.
Después de esa conversación, su marido, Javier, discutió con su madre por primera vez en serio. No gritó. Solo dijo:
—Mamá, si no puedes ser abuela para todos, mejor no serlo para ninguno.
Pasaron los años. Las niñas crecieron, inteligentes y amables, y dejaron de pedir ver a su abuela. Carmen, envejecida, pasaba los días entre médicos, pastillas y la televisión.
Intentó llamar a sus nietos. Iván estaba ocupado, Carlota con los estudios. Entonces, se acordó de «las otras».
—Que vengan, que me ayuden con la casa, que me traigan comida. Al fin y al cabo, soy su abuela…
Laura escuchó, guardó silencio y respondió:
—¿Usted es su abuela? ¿Y ellas para usted qué son? ¿Recuerda cuando les dijo: «Yo no os he llamado»? Pues no vendrán. Porque lo recuerdan demasiado bien.
El teléfono enmudeció. Y en casa de la abuela, el silencio volvió. Pero esta vez, era definitivo. Y desolador.





