Las mujeres felices siempre lucen radiantes Lidia sufrió mucho tras la traición de su marido. A los cuarenta años se quedó sola, con una hija estudiando en una universidad de otra ciudad. Hace dos meses, Igor llegó del trabajo y anunció: ––Me voy, me he enamorado. ––¿Cómo? ¿De quién? ––Lidia se quedó sin palabras. ––Como se van los hombres de sus esposas. Me enamoré de otra, me siento bien con ella, a tu lado me olvido de todo. Así que ni lo intentes, ya lo he decidido ––contestó Igor de manera cotidiana, como si nada importante hubiese ocurrido. Se marchó rápidamente. Después, tras analizar la situación, Lidia comprendió que su marido no había decidido marcharse de un día para otro: fue recogiendo sus cosas poco a poco, y ese día las metió rápidamente en la maleta antes de cerrar la puerta tras él. Lidia lloró, sufrió y pensó que nada bueno le pasaría nunca más. Parecía como si la vida hubiera terminado, o simplemente detenido. No quería ver ni oír a nadie. No tenía fuerzas para hablar, aunque el teléfono no paraba de sonar: la llamaba su hija, la llamaba su amiga, pero respondía de mala gana y cortaba enseguida. En el trabajo tampoco quería interactuar con nadie, mientras los compañeros la miraban de diversas maneras: unos con lástima, otros con mala intención. Incluso esperaba: ––Quizá Igor se canse de esa mujer que lo alejó de mí, quizá regrese, y yo lo perdone y lo acepte, porque aún lo amo. Un sábado, Lidia se despertó como siempre temprano, pero permaneció tumbada, sin ganas de levantarse ni prisa por hacerlo. Finalmente se levantó. Cerca de las once de la mañana sonó el teléfono. ––¿Quién me está llamando tan pronto? No quiero hablar con nadie ––decidió y no contestó, aunque miró el número por curiosidad. Era desconocido. “¿Y si es Igor?”, pensó, “se le perdió el móvil o le robaron y ha cambiado de número… ¿Y si quiere volver? Debería haber contestado.” Mientras pensaba esto, el teléfono sonó de nuevo. ––¿Diga? ––contestó en voz alta. ––¡Hola! ––escuchó una voz femenina, alegre y vibrante. ––¿Quién es? ––preguntó Lidia, con voz apagada y molesta. ––¡Lidia! ¿Eres tú? ¡Qué voz tan rara! No puedes ni reconocer a tus viejas amigas. Soy yo, ¡Ksenia! Lidia se decepcionó, pues esperaba oír la voz de Igor. ––¿Y qué…? ––Lidia, ¿de verdad eres tú? ¿Estás bien? ––No estoy bien ––respondió, y colgó, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Se sentó en el sofá para calmarse un poco. Al cabo de un rato, llamaron a la puerta. Lidia se sobresaltó, se levantó de golpe y sintió aquella absurda esperanza de nuevo. ––¿Y si Igor ha recapacitado? ––pensó y abrió la puerta. ––¡Hola! ––le saludó con alegría una mujer guapa, a la que apenas reconoció como su antigua amiga y compañera de clase, Ksenia. Ksenia lucía cuidada, con pintalabios llamativo y ropa elegante, y su delicado perfume devolvió a Lidia a la realidad. Tras acabar el instituto, Ksenia se mudó a Madrid y desde entonces solo se habían visto una vez, quince años atrás. En el colegio eran muy amigas, iban juntas a los bailes, salían con chicos y compartían confidencias. ––¡Ksenia, qué guapa estás! ––exclamó espontáneamente Lidia. ––Hola, amiga. Siempre he sido así, eres tú… ––la miró de arriba abajo críticamente––. ¿Me dejas pasar o me quedo aquí fuera? ––Pasa, ––cedió Lidia, dejando entrar a su amiga. Ksenia no venía con las manos vacías. Se fue directa a la cocina y sacó de una bolsa una botella de vino español, una tarta y unas naranjas. ––Venga, saca las copas, vamos a celebrar este reencuentro; ni me acuerdo de la última vez que hablamos, ¡hace mil años! ––dijo, mientras Lidia colocaba dos copas en la mesa y cortaba la tarta. Ksenia no hizo más preguntas; abrió la botella, sirvió el vino y brindó: ––Por nosotras ––bebió de un trago, y Lidia la siguió. Al segundo brindis, Lidia necesitó desahogarse. Ksenia la escuchó sin interrumpir y, al terminar, se encogió de hombros. ––Madre mía, Lidia. Yo pensaba que te había ocurrido una tragedia de verdad. ––¿No es una tragedia? Tú no lo entiendes, a ti tu marido nunca te ha dejado ––murmuró tristemente Lidia. ––¿Qué dices? No me dejó mi marido, yo lo dejé a él, y le di el golpe primero cuando descubrí que tenía un lío con otra. Le pedí el divorcio sin pensármelo, creía que podría tenerlo todo y tú no te enterarías… ––No sé, quizá no le amabas. ––Claro que sí, ––respondió Ksenia–– pero no aguanto que me humillen. De ese amor hay que desprenderse cuando te engañan; eso no es amor. ––Dios mío, Ksenia, ¡qué sencillo te parece todo! ––Sí, eres tú quien lo complica; en fin, siempre has sido así. ¿Dónde está tu hija? ––Es universitaria, estudia en otra ciudad, vive con una tía. ––Ya veo. Ese “donjuán” tuyo abandonó a las dos y tú aún sufres por él. ––Pero le amo… ––Ya basta, Lidia. Te voy a curar ese bajón. ––¿Cómo? Las pastillas no me van a ayudar. ––¿Qué pastillas? Nada de eso, amiga. Para tu mal sólo valen remedios clásicos: cambio de imagen, compras, y amor nuevo. ––¡Uf, Ksenia…! Venga, prepárate, nos vamos al centro comercial y luego a la peluquería ––anunció Ksenia animada––, y sin excusas. Por cierto, ¿tienes alguna reserva de dinero? ––¿Reserva? Bueno, sí, ahorrábamos para comprarle a Igor un coche nuevo. ––Que se aguante tu Igor, ¡que disfrute de su coche viejo! Deberías pedir el divorcio y dejar de esperarle. Y olvídate de perdonarle… Es más, si quieres, peleamos esa mitad por el coche viejo. ––No, que lo disfrute él ––respondió Lidia de repente––. Ksenia, ¿has vuelto a España para quedarte? Porque no me has contado nada. ––Sí, para siempre, Madrid no es para mí… Pero tú, ¡venga, cámbiate esa ropa casera! Hoy haremos una maratón de compras. Por cierto, me llamó Rita la semana pasada diciendo que tenemos reunión de exalumnos, así que vamos juntas. Habrá muchos, y algunos de nuestros chicos están divorciados. Hay que fijarse… ¿Te acuerdas cómo Víctor te perseguía desde séptimo? ––Madre mía, Ksenia, ¿a quién puedo interesar, ya soy una “cabra vieja”? ––¡Qué cosas dices, Lidia! Prohibido pensar así. Hay que quererse y mimarse. Pronto te convertiremos en pura juventud ––rió la amiga, saliendo del piso––. Por cierto, ¿te acuerdas de mi tía Cati, la que vive cerca de tu madre? Pues se va a casar por quinta vez y no sabe elegir entre dos pretendientes. Un poco más tarde, Lidia no se reconocía en el espejo. ––No me lo puedo creer; ¡menudo cambio! El color de pelo, el corte corto… jamás creí que me favorecería tanto. ¡Pareces joven y guapa! Menos mal que Ksenia me rescató, de otro modo seguiría aquí hundida. La noche de la reunión de exalumnos fue en una cafetería, y casi todos acudieron salvo algunos que vivían lejos. Muchos no reconocieron a Lidia, y Víctor, hecho todo un caballero seguro de sí mismo, no apartaba la mirada. ––Lidia, no te reconocí al principio: ¡qué guapa eres, y aún más que en el colegio! Siempre me gustaste, pero preferiste a Igor, el de la clase paralela… ¿Dónde está, por cierto? ––Ya no está, me dejó ––sonrió Lidia con ligereza. ––¿Te dejó? No me lo creo, ¿quién dejaría a una mujer como tú? ––dijo Víctor sorprendido. ––Bueno, resulta que sí, pero ha sido para mejor. ––No lo dudo, Lidia. Yo también estoy divorciado, desde hace dos años. Mi esposa me dejó cuando tuve problemas en el negocio; se fue con otro, quizás más joven, o más exitoso. Pero en un año recuperé todo y ahora me va mejor que nunca. Cuando paseaba con Víctor por el paseo marítimo tras salir del teatro, Lidia vio acercarse, solo y demacrado, a Igor. Al parecer no la reconoció de primeras. ––¿Será que su nueva pareja no le cuida mucho…? ––pensó. Al cruzarse, Igor la miró, dudando si era ella. Siguió adelante, pero de repente oyó: ––¡Lidia? Ella se giró despacio, sonrió y presentó: ––Ah, hola, eres tú… Te presento a Igor, mi exmarido, ¿no lo reconoces? ––dijo a Víctor. ––Hola, no lo reconocí ––contestó Víctor––, yo soy el futuro marido de Lidia. Igor se quedó boquiabierto, y Lidia también se sorprendió, pues nunca le había hablado de matrimonio. ––¿Qué tal te va? ––le preguntó Lidia alegremente. ––Bien, todo bien… te has cambiado mucho. Estás estupenda. Lidia le sonrió de nuevo y, agarrando la mano de Víctor, añadió: ––Las mujeres felices siempre lucen radiantes. ––Entonces te va bien ––musitó Igor. ––Por supuesto. Y irá aún mejor ––dijo Lidia, volviéndose y marchándose con Víctor, sintiendo la mirada ardiente de su exmarido en la espalda.

Las mujeres felices siempre lucen estupendas

María estaba atravesando el dolor tras la traición de su esposo. A sus cuarenta años, se quedó sola, su hija estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid y vivía en la capital. Hace dos meses, Fernando llegó a casa una tarde y le soltó, sin previo aviso:

Me voy. Me he enamorado.

¿Cómo? ¿De quién? preguntó María, sorprendida y angustiada.

Ya sabes… como pasa con los hombres casados. Me enamoré de otra persona, junto a ella me olvido de todo. No me lo pidas, ya lo tengo decidido contestó Fernando, con una normalidad fría, como si estuviera diciendo cualquier cosa.

Rápidamente recogió sus cosas y salió. María, al analizar todo después, se dio cuenta de que él no había decidido irse en un solo día: poco a poco fue reuniendo sus pertenencias, y ese día sólo acabó de meter lo último en la maleta y cerrar la puerta tras de sí.

María lloró sin consuelo, convencida de que nada bueno volvería a ocurrirle. Pensaba que la vida se detuvo de pronto. No quería ver ni oír a nadie, ni hablar, aunque el teléfono no cesaba de sonar. Llamaba su hija, llamaba su amiga, pero María respondía de mala gana, y colgaba enseguida. En el trabajo tampoco quería hablar con los compañeros; unos la miraban con pena, otros con cierta malicia.

A veces, María tenía una ligera esperanza:

Quizá Fernando se canse de la que se lo llevó, vuelva a casa, y yo lo perdone porque sigo amándolo pensaba.

Un sábado María se levantó temprano, como de costumbre, pero permaneció tumbada, sin ganas de hacer nada ni de salir. Finalmente se obligó a ponerse en pie. Hacia las once de la mañana sonó el móvil.

¿Quién llama tan pronto? No quiero hablar con nadie se dijo, ignorando la llamada, aunque miró de reojo la pantalla: un número desconocido. ¿Será Fernando? ¿Habrá cambiado de número porque perdió el móvil o se lo robaron? se le pasó por la cabeza súbitamente. ¿Y si quiere volver? Quizá debería contestar.

El móvil sonó de nuevo mientras pensaba.

¿Sí? dijo María, intentando parecer interesada.

¡Hola! escuchó una voz femenina, alegre y llena de vitalidad.

¿Quién es? respondió, fastidiada.

¡María! ¿Ya no reconoces a tus amigas de toda la vida? Soy yo, Lucía.

María se sintió decepcionada. Qué absurdo: aún había deseado escuchar la voz de Fernando.

¿Y…?

María, ¿todo bien? ¿Qué te pasa?

No estoy bien contestó, y colgó, rompiendo en lágrimas.

Se sentó en el sofá para calmarse. Al poco tiempo, llamaron al timbre. María se sobresaltó, con ese estúpido resquicio de esperanza.

¿Será Fernando que ha recapacitado? abrió la puerta.

¡Hola! saludó, radiante y feliz, una mujer guapa y elegante que María tardó en reconocer como Lucía, su amiga y compañera de clase de toda la vida.

Se veía cuidada, con labios pintados de rojo, ropa moderna y un perfume exquisito que despejó la cabeza de María. Desde que Lucía se fue a estudiar a Barcelona, sólo se habían visto una vez hace quince años; en el instituto, eran inseparables, salían de fiesta, charlaban y compartían secretos.

Lucía, qué guapa estás le dijo María, casi sin querer.

Hola, amiga. Siempre he sido así, pero tú… Lucía la miró, de arriba abajo, bueno, ¿me vas a invitar a pasar o…?

Claro, pasa dijo María, y la dejó entrar.

Lucía no venía con las manos vacías. Sacó de su bolsa una botella de vino tinto de Rioja, una tarta y mandarinas frescas.

Saca las copas, celebremos el reencuentro. ¿Cuántos años hace que no hablamos? ¡Una eternidad! charlaba Lucía, mientras María cortaba la tarta y ponía copas en la mesa.

Sin hacer más preguntas, Lucía abrió el vino, sirvió en las copas y propuso:

Brindemos por el reencuentro bebió de golpe, y María la siguió, vaciando su copa.

La segunda copa fue a la salud de ambas. Y entonces, María sintió la necesidad de desahogarse. Lucía la escuchó sin interrumpir, y al final, sólo se encogió de hombros.

Vaya, María… pensé que realmente era una tragedia.

¿Y no lo es? Tú no lo entiendes, a ti tu marido nunca te dejó respondió María, cabizbaja.

¿Cómo que no? Yo fui quien dejó a mi marido. Cuando descubrí que se veía con una jovencita, pedí el divorcio sin pensármelo, y él se quedó de piedra. Creía que yo no me enteraría…

Quizá tú no lo amabas como yo amo a Fernando.

Sí que lo amaba, María, y mucho. Pero odio que me traten mal. Cuando te traicionan, no es amor verdadero.

Ay, Lucía, para ti todo es muy fácil.

Tú siempre te complicas la vida. ¿Dónde está tu hija?

En Madrid, vive con mi tía mientras estudia en la universidad.

Lo que faltaba. Fernando te dejó a ti y a su hija, y tú sufriendo.

Pero lo amo…

Basta, María, voy a curarte la tristeza.

¿Y cómo? Las pastillas no me sirven…

¿Pastillas? Nada de eso. Con lo tuyo, lo mejor es cambiar de imagen, salir de compras y abrirte a nuevos amores.

Ay, Lucía…

Vamos, arréglate, nos vamos al centro comercial, luego a la peluquería Lucía dijo animada y no acepto excusas. Por cierto, ¿tienes algo ahorrado?

¿Ahorros? Sí, habíamos guardado dinero para comprarle a Fernando un coche nuevo.

Que se apañe, que disfrute con el viejo. Debes pedir el divorcio y olvidarte de él. Ni se te ocurra perdonarlo… O mejor, reclamamos la mitad del dinero del coche.

No, que se lo quede dijo María, repentinamente firme. Y tú, ¿has vuelto de Barcelona para quedarte?

Sí, definitivamente. No quiero vivir allí… Ahora, deja el chándal y prepárate. Hoy vamos de tiendas. Ah, me llamó Rita Hernández: la semana que viene hay cena de antiguos alumnos. Tenemos que ir. Muchos estarán solteros ahora. ¿Te acuerdas de cómo Pedro te perseguía desde primero de la ESO?

Ay, Lucía, ¿a quién le voy a interesar? Estoy vieja.

Eso jamás, María. Hay que quererse y cuidarse. Pronto estarás hecha una joven potra rió Lucía, saliendo del piso. ¿Recuerdas a mi tía Carmen, la que vive cerca de tu madre? Se va a casar por quinta vez, y aún no decide entre dos pretendientes.

Al cabo de poco tiempo, María no se reconocía frente al espejo.

No me lo puedo creer pensaba, cambio de color, corte ultracorto, jamás pensé que me sentaría tan bien. Parezco joven y guapa. Menos mal que Lucía me obligó a espabilar, si no, me habría marchitado aquí.

La noche de la cena fue en una cafetería céntrica, reunidos casi todos los compañeros, excepto algunos de fuera. Muchos no reconocían a María; Pedro, ahora un hombre seguro y elegante, no le quitaba la vista de encima.

No te reconocí, María, ¡estás preciosa! Incluso más que en el instituto. Siempre me gustaste, pero tú elegiste a Fernando, ¿y dónde está él ahora?

Ya no está, me dejó sonrió María.

¿Que te dejó? No puede ser, mujeres como tú no se dejan se sorprendió Pedro.

Sí, resulta que sí. Pero todo ha sido para mejor.

No lo dudo, María. Yo también estoy divorciado desde hace dos años. Tenía un buen negocio, hijo adulto, pero cuando el negocio fue mal mi esposa me trató de fracasado y se marchó con otro más joven. Pero remonté, y ahora todo va mejor que nunca.

Se topó de frente con el exmarido, que no la reconoció al principio.

Tras dos meses, María paseaba del brazo con Pedro por el Paseo del Prado, saliendo del teatro y disfrutando del ambiente nocturno. De repente, vio a Fernando, más delgado, caminando solo. Tardó en reconocerla.

¿Le estará malalimentando la otra? pensó.

Fernando se cruzó con ellos, la miró con dudas. Al pasar, preguntó:

¿María?

María se giró despacio, sonrió y dijo:

Ah, hola, eres tú. Mira, este es Pedro, mi futuro marido, ¿no lo conocías? le dijo María a Pedro.

Hola, pues no, no te reconocí respondió Pedro, pero soy el futuro marido de María.

A Fernando se le puso cara de sorpresa. María también se sorprendió; Pedro no le había propuesto nada aún.

¿Cómo estás? preguntó ella, divertida.

Bien… normal… has cambiado mucho, ¡estás estupenda! respondió él.

Sonriendo, María tomó la mano de Pedro y respondió:

Las mujeres felices siempre lucen estupendas.

Entonces te va todo bien balbuceó Fernando.

Claro, y va a ir aún mejor contestó María, alejándose del brazo de Pedro, sintiendo la mirada ardiente de su exmarido atrás.

A veces, la vida nos empuja a empezar de nuevo. El dolor puede ser el impulso hacia el renacimiento, pero sólo aceptando el cambio y el amor propio podemos alcanzar la felicidad. Al final, la mejor forma de brillar, es no perder nunca la esperanza en uno mismo.

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MagistrUm
Las mujeres felices siempre lucen radiantes Lidia sufrió mucho tras la traición de su marido. A los cuarenta años se quedó sola, con una hija estudiando en una universidad de otra ciudad. Hace dos meses, Igor llegó del trabajo y anunció: ––Me voy, me he enamorado. ––¿Cómo? ¿De quién? ––Lidia se quedó sin palabras. ––Como se van los hombres de sus esposas. Me enamoré de otra, me siento bien con ella, a tu lado me olvido de todo. Así que ni lo intentes, ya lo he decidido ––contestó Igor de manera cotidiana, como si nada importante hubiese ocurrido. Se marchó rápidamente. Después, tras analizar la situación, Lidia comprendió que su marido no había decidido marcharse de un día para otro: fue recogiendo sus cosas poco a poco, y ese día las metió rápidamente en la maleta antes de cerrar la puerta tras él. Lidia lloró, sufrió y pensó que nada bueno le pasaría nunca más. Parecía como si la vida hubiera terminado, o simplemente detenido. No quería ver ni oír a nadie. No tenía fuerzas para hablar, aunque el teléfono no paraba de sonar: la llamaba su hija, la llamaba su amiga, pero respondía de mala gana y cortaba enseguida. En el trabajo tampoco quería interactuar con nadie, mientras los compañeros la miraban de diversas maneras: unos con lástima, otros con mala intención. Incluso esperaba: ––Quizá Igor se canse de esa mujer que lo alejó de mí, quizá regrese, y yo lo perdone y lo acepte, porque aún lo amo. Un sábado, Lidia se despertó como siempre temprano, pero permaneció tumbada, sin ganas de levantarse ni prisa por hacerlo. Finalmente se levantó. Cerca de las once de la mañana sonó el teléfono. ––¿Quién me está llamando tan pronto? No quiero hablar con nadie ––decidió y no contestó, aunque miró el número por curiosidad. Era desconocido. “¿Y si es Igor?”, pensó, “se le perdió el móvil o le robaron y ha cambiado de número… ¿Y si quiere volver? Debería haber contestado.” Mientras pensaba esto, el teléfono sonó de nuevo. ––¿Diga? ––contestó en voz alta. ––¡Hola! ––escuchó una voz femenina, alegre y vibrante. ––¿Quién es? ––preguntó Lidia, con voz apagada y molesta. ––¡Lidia! ¿Eres tú? ¡Qué voz tan rara! No puedes ni reconocer a tus viejas amigas. Soy yo, ¡Ksenia! Lidia se decepcionó, pues esperaba oír la voz de Igor. ––¿Y qué…? ––Lidia, ¿de verdad eres tú? ¿Estás bien? ––No estoy bien ––respondió, y colgó, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Se sentó en el sofá para calmarse un poco. Al cabo de un rato, llamaron a la puerta. Lidia se sobresaltó, se levantó de golpe y sintió aquella absurda esperanza de nuevo. ––¿Y si Igor ha recapacitado? ––pensó y abrió la puerta. ––¡Hola! ––le saludó con alegría una mujer guapa, a la que apenas reconoció como su antigua amiga y compañera de clase, Ksenia. Ksenia lucía cuidada, con pintalabios llamativo y ropa elegante, y su delicado perfume devolvió a Lidia a la realidad. Tras acabar el instituto, Ksenia se mudó a Madrid y desde entonces solo se habían visto una vez, quince años atrás. En el colegio eran muy amigas, iban juntas a los bailes, salían con chicos y compartían confidencias. ––¡Ksenia, qué guapa estás! ––exclamó espontáneamente Lidia. ––Hola, amiga. Siempre he sido así, eres tú… ––la miró de arriba abajo críticamente––. ¿Me dejas pasar o me quedo aquí fuera? ––Pasa, ––cedió Lidia, dejando entrar a su amiga. Ksenia no venía con las manos vacías. Se fue directa a la cocina y sacó de una bolsa una botella de vino español, una tarta y unas naranjas. ––Venga, saca las copas, vamos a celebrar este reencuentro; ni me acuerdo de la última vez que hablamos, ¡hace mil años! ––dijo, mientras Lidia colocaba dos copas en la mesa y cortaba la tarta. Ksenia no hizo más preguntas; abrió la botella, sirvió el vino y brindó: ––Por nosotras ––bebió de un trago, y Lidia la siguió. Al segundo brindis, Lidia necesitó desahogarse. Ksenia la escuchó sin interrumpir y, al terminar, se encogió de hombros. ––Madre mía, Lidia. Yo pensaba que te había ocurrido una tragedia de verdad. ––¿No es una tragedia? Tú no lo entiendes, a ti tu marido nunca te ha dejado ––murmuró tristemente Lidia. ––¿Qué dices? No me dejó mi marido, yo lo dejé a él, y le di el golpe primero cuando descubrí que tenía un lío con otra. Le pedí el divorcio sin pensármelo, creía que podría tenerlo todo y tú no te enterarías… ––No sé, quizá no le amabas. ––Claro que sí, ––respondió Ksenia–– pero no aguanto que me humillen. De ese amor hay que desprenderse cuando te engañan; eso no es amor. ––Dios mío, Ksenia, ¡qué sencillo te parece todo! ––Sí, eres tú quien lo complica; en fin, siempre has sido así. ¿Dónde está tu hija? ––Es universitaria, estudia en otra ciudad, vive con una tía. ––Ya veo. Ese “donjuán” tuyo abandonó a las dos y tú aún sufres por él. ––Pero le amo… ––Ya basta, Lidia. Te voy a curar ese bajón. ––¿Cómo? Las pastillas no me van a ayudar. ––¿Qué pastillas? Nada de eso, amiga. Para tu mal sólo valen remedios clásicos: cambio de imagen, compras, y amor nuevo. ––¡Uf, Ksenia…! Venga, prepárate, nos vamos al centro comercial y luego a la peluquería ––anunció Ksenia animada––, y sin excusas. Por cierto, ¿tienes alguna reserva de dinero? ––¿Reserva? Bueno, sí, ahorrábamos para comprarle a Igor un coche nuevo. ––Que se aguante tu Igor, ¡que disfrute de su coche viejo! Deberías pedir el divorcio y dejar de esperarle. Y olvídate de perdonarle… Es más, si quieres, peleamos esa mitad por el coche viejo. ––No, que lo disfrute él ––respondió Lidia de repente––. Ksenia, ¿has vuelto a España para quedarte? Porque no me has contado nada. ––Sí, para siempre, Madrid no es para mí… Pero tú, ¡venga, cámbiate esa ropa casera! Hoy haremos una maratón de compras. Por cierto, me llamó Rita la semana pasada diciendo que tenemos reunión de exalumnos, así que vamos juntas. Habrá muchos, y algunos de nuestros chicos están divorciados. Hay que fijarse… ¿Te acuerdas cómo Víctor te perseguía desde séptimo? ––Madre mía, Ksenia, ¿a quién puedo interesar, ya soy una “cabra vieja”? ––¡Qué cosas dices, Lidia! Prohibido pensar así. Hay que quererse y mimarse. Pronto te convertiremos en pura juventud ––rió la amiga, saliendo del piso––. Por cierto, ¿te acuerdas de mi tía Cati, la que vive cerca de tu madre? Pues se va a casar por quinta vez y no sabe elegir entre dos pretendientes. Un poco más tarde, Lidia no se reconocía en el espejo. ––No me lo puedo creer; ¡menudo cambio! El color de pelo, el corte corto… jamás creí que me favorecería tanto. ¡Pareces joven y guapa! Menos mal que Ksenia me rescató, de otro modo seguiría aquí hundida. La noche de la reunión de exalumnos fue en una cafetería, y casi todos acudieron salvo algunos que vivían lejos. Muchos no reconocieron a Lidia, y Víctor, hecho todo un caballero seguro de sí mismo, no apartaba la mirada. ––Lidia, no te reconocí al principio: ¡qué guapa eres, y aún más que en el colegio! Siempre me gustaste, pero preferiste a Igor, el de la clase paralela… ¿Dónde está, por cierto? ––Ya no está, me dejó ––sonrió Lidia con ligereza. ––¿Te dejó? No me lo creo, ¿quién dejaría a una mujer como tú? ––dijo Víctor sorprendido. ––Bueno, resulta que sí, pero ha sido para mejor. ––No lo dudo, Lidia. Yo también estoy divorciado, desde hace dos años. Mi esposa me dejó cuando tuve problemas en el negocio; se fue con otro, quizás más joven, o más exitoso. Pero en un año recuperé todo y ahora me va mejor que nunca. Cuando paseaba con Víctor por el paseo marítimo tras salir del teatro, Lidia vio acercarse, solo y demacrado, a Igor. Al parecer no la reconoció de primeras. ––¿Será que su nueva pareja no le cuida mucho…? ––pensó. Al cruzarse, Igor la miró, dudando si era ella. Siguió adelante, pero de repente oyó: ––¡Lidia? Ella se giró despacio, sonrió y presentó: ––Ah, hola, eres tú… Te presento a Igor, mi exmarido, ¿no lo reconoces? ––dijo a Víctor. ––Hola, no lo reconocí ––contestó Víctor––, yo soy el futuro marido de Lidia. Igor se quedó boquiabierto, y Lidia también se sorprendió, pues nunca le había hablado de matrimonio. ––¿Qué tal te va? ––le preguntó Lidia alegremente. ––Bien, todo bien… te has cambiado mucho. Estás estupenda. Lidia le sonrió de nuevo y, agarrando la mano de Víctor, añadió: ––Las mujeres felices siempre lucen radiantes. ––Entonces te va bien ––musitó Igor. ––Por supuesto. Y irá aún mejor ––dijo Lidia, volviéndose y marchándose con Víctor, sintiendo la mirada ardiente de su exmarido en la espalda.