Las mujeres felices siempre lucen fabulosas Lola sufrió mucho la traición de su marido. A los cuare…

Las mujeres felices siempre lucen radiantes

María del Mar acariciaba el aire frío de la madrugada, despertando en la soledad de su piso madrileño. A los cuarenta años, le temblaba el corazón por la traición de su marido, Ricardo. Su hija, Carmela, estudiaba en la universidad de Salamanca, y Ricardo, hace dos meses, regresó de la oficina y dijo, sin sombra en la voz:

Me voy, estoy enamorado.

¿Enamorado? ¿De quién? balbuceó María del Mar, intentando atar los cabos de lo inconcebible.

Como se van los hombres de sus mujeres. Me he enamorado de otra. Con ella olvido que existes. Ni me insistas, está decidido respondió Ricardo, como si relatara la rutina de ir a comprar una barra de pan.

Él se largó con rapidez, pero luego, repasando los detalles, María del Mar se dio cuenta de que Ricardo no lo había decidido en un día; llevaba tiempo preparando su escapada, doblando camisas a escondidas, haciendo la maleta a ráfagas, hasta que cerró la puerta tras de sí.

María del Mar lloró hasta quedarse seca. Pensó que ya nada bueno le pasaría, que su vida había quedado detenida. No quería ver ni oír a nadie, hablaba apenas e ignoraba el móvil, aunque sonaba sin parar, la hija llamando, la amiga también; contestaba monótonamente, cortando la llamada. En la oficina evitaba la mirada de los compañeros, algunos se condolían, otros la observaban con una chispa maliciosa.

A veces María del Mar soñaba:

Quizá a Ricardo le aburra pronto esa otra, vuelva arrepentido y yo lo perdone porque jamás dejaré de amarlo.

Una mañana de domingo, despertó aferrada a la sábana, sin prisa alguna por levantarse, hasta que se obligó a salir del lecho. Cerca de las once sonó el teléfono.

¿Quién llama tan temprano? No quiero hablar con nadie se dijo, ignorando la llamada, aunque miró la pantalla por inercia y vio un número extraño. ¿Será Ricardo, habrá perdido el móvil y cambiado de número? ¿Estará regresando? Debería contestar

Mientras divagaba, el móvil insistió.

¿Sí? dijo con brusquedad.

¡María, qué voz! ¿No reconoces a una vieja amiga? Soy Aurora.

María del Mar se hundió: esperaba, absurdo, oír la voz de Ricardo.

Bueno, ¿y qué?

¡María, cómo estás, te noto rara!

No estoy bien respondió, colgando mientras las lágrimas volvían como la lluvia sobre las ventanas.

Se dejó caer al sofá. Al rato, timbró el portero. Se agitó, ilusionada, ¿sería Ricardo arrepentido?

Quizá ha recapacitado Pensando eso, fue a abrir.

¡Hola! cantó una mujer de labios rojos y perfume de azahar, apenas reconocible: Aurora, la compañera del colegio, amiga de discotecas y confidencias.

Aurora, ¡qué guapa estás! exclamó María del Mar sin poder contenerse.

Ay, amiga, siempre fui igual, tú en cambio La miró de arriba abajo ¿Me dejas entrar o prefieres que charlemos en el rellano?

Pasa cedió María del Mar pasivamente.

Aurora traía un paquete que desembaló en la cocina: una botella de vino de La Rioja, una tarta de San Marcos y unas mandarinas.

Saca los vasos, celebremos este reencuentro, que casi ni recuerdo la última vez que charlamos. Debió de ser en otra vida hablaba Aurora sin pausa. María del Mar cortó la tarta y puso los copas.

Aurora sirvió el vino y levantó su copa:

Por nosotras.

Después del segundo vaso, a María del Mar le nacieron ganas de confesarlo todo. Aurora escuchaba, y al acabar, encogió los hombros.

Madre mía, yo creía que era tu fin del mundo.

¿No lo es? Tú no entiendes, tu marido jamás te dejó susurró María del Mar.

¡Qué va! Yo fui quien soltó el ancla. En cuanto supe que había ligues por ahí, solicité el divorcio. Él se quedó pasmado como una estatua, seguramente pensaba que nunca me enteraría.

Quizá tú no lo amabas

Lo amaba muchísimo replicó Aurora, pero odio que me hieran. El amor duele cuando dejan de respetarte.

Por Dios, Aurora, lo ves todo tan sencillo.

Siempre complicaste todo, María. ¿Y Carmela?

Estudia fuera, en Salamanca, vive con mi tía Pilar.

Vaya, ese Ricardo dejó a su propia hija, y tú aquí, sufriendo.

Perolo amo.

Ya está bien, te voy a ‘recetar’ algo: nada de pastillas, lo que necesitas es renovar tu estilo, irnos de compras, y abrirte a un nuevo amor.

Uy, Aurora

Anda, ponte guapa, vamos al centro comercial, luego a la peluquería. ¿Tienes algo guardado, euros del colchón?

Una reserva, ahorrábamos para comprarle el coche nuevo a Ricardo.

Que se apañe con el viejo. Solicita el divorcio y no vuelvas la mirada atrás. Es más, podrías reclamarle la mitad de ese coche.

Pues mira, que se lo quede respondió María, sorprendida de sí misma Aurora, ¿te has mudado a Madrid definitivo? Ni lo mencionaste.

Para siempre, el bullicio ya no me llama. Anda, sácate el pijama, vamos de tiendas, que por cierto, Rita Salgado me llamó para decir que en una semana habrá el reencuentro de la promoción; vendrán muchos, y algunos chicos están solteros otra vez. ¿Te acuerdas de Víctor, que te seguía desde séptimo?

Quién me va a querer, ya soy un trasto viejo

¡Qué cosas dices, María! No puedes odiarte así. Te vamos a transformar en pura alegría reía Aurora, dejándola sin opción Ah, por cierto, ¿sabes mi tía Catalina, la que vive cerca de tu madre? Se casa por quinta vez, y sigue dudando entre dos caballeros.

Y tras unas horas, María del Mar se miraba en el espejo sin reconocerse.

¡Qué cambio! Pelo rubio ceniza, corte mini, nunca imaginé que me sentaría tan bien. Aurora, eres mi hada madrina. Si no, seguiría hundida en mi rincón.

La noche de la reunión de antiguos alumnos transcurría entre risas y música en una cafetería del centro. Solo faltaron los que vivían lejos. Muchos no identificaron a María del Mar, pero Víctor, elegante y confiado, no apartaba los ojos de ella.

No te reconocí. Siendo sinceros, estás más bella aún que en el cole. Siempre me gustaste, pero elegiste a Ricardo. ¿Dónde anda?

Ya no está, me dejó respondió María, ligera, como si fuera ajena a esa tristeza.

¿Te dejó? No me lo creo ¿A quién se le ocurre dejar a una mujer así? se asombró Víctor.

Ya ves, ocurre. Y resulta que ha sido para mejor.

No lo dudo, María. Yo también estoy divorciado, dos años ya. Compartíamos buena vida, un hijo ya adulto, pero ella me abandonó cuando el negocio flaqueó, se fue con uno más joven. Yo remonté en un año y ahora me va de lujo.

Unos meses después, al salir del Teatro Real cogida del brazo de Víctor, paseaban por la ribera del Manzanares bajo el cielo lucido de Madrid. De repente, apareció Ricardo, desmejorado, caminando solo. No la reconoció al principio.

¿Le estará haciendo mal la comida esa otra mujer? pensó María del Mar.

Al cruzarse, Ricardo clavó los ojos en ella, buscando certeza. Al pasar, musitó:

¿María del Mar?

Ella se volteó despacio, sonrió y dijo:

Ah, hola, eres tú Víctor, te presento a Ricardo, fue mi marido.

No te había reconocido respondió Víctor, extendiendo la mano, y yo, el futuro marido de María del Mar.

Ricardo enmudeció, abriendo la boca incrédulo. María se sorprendió también, pues Víctor no le había propuesto todavía nada.

¿Y tú, cómo te va? preguntó ella, animada.

Bien normal contestó Ricardo ¡Has cambiado tanto! Estás estupenda.

María sonrió más, tomó la mano de Víctor y caminó segura:

Las mujeres felices siempre lucen radiantes.

Entonces te va bien murmuró Ricardo.

Por supuesto. Y aún mejor irá dijo ella, alejándose, sintiendo el fuego de la mirada de Ricardo quemándole la espalda, mientras su paso era firme y la ciudad, de pronto, la abrazaba con aire nuevo.

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