Diario, viernes por la noche.
Hoy es de esos días que me dejan pensando en cómo la vida, en un instante, puede dar la vuelta. Llevo tres años y medio casada con Álvaro y, en todo ese tiempo, apenas he ido a casa de sus padres en Valladolid unas cuatro veces, y siempre por Navidad, cumpleaños o algún otro compromiso familiar de los importantes. Siguiendo la costumbre, pasábamos un rato y luego volvíamos a Madrid, a nuestra zona de confort.
Pero esta vez, no pude escapar. Álvaro llevaba toda la semana comentando que su madre, Carmen, no paraba de llamarle. Que si echa de menos vernos, que si su padre Miguel se ha fastidiado la espalda arreglando el tejado del cobertizo, que si el huerto se le ha llenado de maleza Lo típico.
Así transcurrió la semana, y hoy en la cena, mientras comíamos macarrones con chorizo, Álvaro me miró con esos ojos suplicantes de niño bueno.
Isa, mi madre ha llamado otra vez. Dice que ni nos acordamos de su cara y que va a preparar albóndigas y torrijas me dijo, depositando los cubiertos con una seriedad imposible de esquivar. ¿Y si vamos este finde? Solo tres días, ¿vale?
Pero si el sábado tengo cita con la peluquera intenté excusarme, aún sabiendo que no tenía argumentos de peso.
¡Anda! Retrásalo. Sabes cómo es mamá, se pondría triste. ¡Venga, que te va a recibir con sus mejores platos! me insistió, dando por hecho la respuesta.
A estas alturas ya sé que debatir con Álvaro cuando algo se le mete en la cabeza es como discutir con una pared. Mejor asentir y apañarse como se pueda.
Al final, resignada, acepté el plan. El viernes pusimos una maleta en el maletero, una bolsa con detallitos y regalos. Álvaro le compró a Carmen una manta de esas suaves, y a Miguel, una botella de brandy bueno. Las dos horas de carretera se me hicieron largas, mirando por la ventanilla los campos de Castilla, los álamos azotados por el viento, los bares de carretera con nombres imposibles. Mientras, Álvaro tarareaba canciones de la radio y yo me repetía a mí misma que tres días tampoco iban a matarme. Que Carmen, a diferencia de otras suegras, es afable y cariñosa.
Llegamos ya de noche. En el pueblo, la manzana final de la calle iluminada por un farol y la silueta del viejo chalet de los suegros al fondo. Aparcamos y, casi al instante, se encendió la luz del porche y salió Carmen, bajita y redonda, con mandil de flores y una sonrisa capaz de partirle la cara de lo enorme.
¡Álvarito! chilló al verle, corriendo al coche. ¡Pensé que ya no veníais! Llevo cocinando desde la mañana; espérate a probar lo que he hecho. Isa, hija, entra, entra, ¿qué haces en el frío?
Me asaltó con su abrazo caloroso, oliendo a cebolla frita y ese dulzor intenso y casero que siempre hay en las casas de abuelas. Sentí un cosquilleo en la nariz.
El calor dentro del salón era de bochorno. Desde la cocina llegaba el chisporroteo de algo friéndose. Sobre la mesa, embutidos, pan de hogaza, pepinillos en vinagre y una jarra de compota roja. Mi suegro Miguel, viendo el telediario, se levantó, se notaba que había estado esperando y que la tardanza le tenía nervioso.
Ya habéis llegado nos saludó, dándole la mano a Álvaro y a mí una palmadita en el hombro. Pasa, hija, ponte cómoda, que hay que cenar.
Os he hecho albóndigas soltó Carmen nada más vernos, recolocando tazas y platos con esos gestos asmáticos de manos inquietas. Con patatas, salsita, cebollita. ¡Álvarito, tus favoritas!
Mamá, ¡me vuelven loco! respondió él, yendo directo a las cazuelas como un niño grande.
Respiré hondo y colgué la chaqueta en la entrada. La cocina de Carmen era estrecha, pero rebosante de ese caos entrañable: botes de especias, tarros de legumbres, trapos, latas de conservas… Todas las repisas ocupadas hasta el último rincón.
Siéntate, Isa, debes de venir agotada dijo la suegra, arrastrando una silla mientras la limpiaba con la esquina del mandil.
Admito que el aroma a carne me abrió el apetito. En el coche solo habíamos tomado café de un termo. Caminé hasta la mesa y entonces lo vi.
Carmen se plantó ante la encimera donde había un enorme bol con carne picada. Había alineado como un regimiento unas veinte albóndigas: todas redondas, perfectas, cubiertas de pan rallado, preparadas para la sartén. Cogió un poco de carne, formó otra bola con destreza, la aplastó Y de repente, con la misma mano, se metió los dedos bajo la axila izquierda. No fue un simple roce: se rascó a conciencia, con aire de alivio, hurgando bien unos segundos Al terminar, volvió a la carne sin lavarse, ni siquiera a limpiarse mínimamente. Siguió amasando con naturalidad.
Sentí un vuelco en el estómago y ganas de salir corriendo. No podía apartar la vista de esa escena: la mano, la axila, la carne. Estos años Carmen nos ha mandado bandejas congeladas de albóndigas; yo las he cocinado, las he elogiado, incluso le he pedido la receta. Y siempre lo decía de corazón: son deliciosas.
Mamá, ¿tienes té? se oyó a Álvaro desde el salón. Venimos helados.
Sí, sí, en breve, acabo con esto y cenamos respondió ella, moldeando otra albóndiga con la misma mano.
Vi cómo sobre la tabla de cortar quedaron unas pequeñas manchas grises donde apoyaba los dedos. ¿Realmente era suciedad de la axila o imaginación mía? Parpadeé, intentando volver a la realidad. Carmen seguía amasando, concentrada.
¿Le echo una mano? pregunté, casi en un susurro. Si quiere, termino yo, Carmen, y usted pone el té
¡Ay, qué cosas dices! No, no, tú descansa, eres la invitada rechazó mi ofrecimiento agitando las manos (lo cual me impresionó aún más).. Siéntate tranquila, que ya acabo.
Terminó la última albóndiga, se lavó deprisa las manos tres segundos bajo el grifo sin jabón, las sacudió y se las secó en el mandil, tan campante. Sentí vergüenza ajena y asco a partes iguales, aunque intenté racionalizar la escena: muchas abuelas y madres de mi infancia cocinaban igual, tocando cosas y luego la masa. Nadie enfermó nunca, ¿no? Pero la imagen no se me borraba.
La cena se sirvió en el salón, sobre un hule floreado, con la bandeja de albóndigas humeantes, el puré de patata bañado en aceite de oliva, pepinos del huerto y pan de pueblo. Las albóndigas tenían un aspecto espectacular; Álvaro se sirvió dos bien hermosas, las cubrió de puré y se las metió a la boca con auténtico placer.
Mamá, están geniales.
Ay, qué alivio, pensaba que me habían quedado sosas ella sonreía satisfecha, sentándose frente a mí.
Miguel, el suegro, comía en silencio, asintiendo de vez en cuando.
Isa, ¿no comes nada? me preguntó Carmen, mirándome alarmada.
Sí, sí, están riquísimas pero vengo regular del estómago, un poco mareada del viaje mentí, sabiendo lo que se venía si rechazaba más.
Corté un trocito mínimo del borde, donde el rebozado estaba más crujiente, lo llevé al labio, pero al recordar la mano que hace media hora se había paseado por la axila y luego al bol, me costó horrores tragarlo. Apreté la mandíbula y logré esconder las ganas de vomitar.
Buenísimas. Pero mejor solo el puré y verdura, Carmen, gracias, de verdad.
Ay, mi niña, tú tranquila, que de aquí no te vas sin un táper se lamentó con cariño. Álvaro no le dio más vueltas y se hinchó a comer.
Intenté distraerme, diciéndome que era hipersensible, que a saber qué pasaba en otras cocinas del mundo y que, quizás, lo mío era paranoia. Pero la imagen seguía. Siempre la mano.
Tras la cena, Carmen recogió la mesa. Álvaro se fue con su padre al garaje, y yo me quedé en la cocina con la suegra, que preparó el té en la tetera con el pico medio roto.
Isa, disculpa que me pusiese pesada pidiendo venir me dijo, mientras vertía el agua. Pero para una madre es una alegría veros, saber que todo va bien.
Sí, Carmen, le entiendo. El trabajo, la casa, ya sabe cómo va esto.
Y menos mal que os gustan mis albóndigas, ¿eh? soltó muy ufana. Álvarito siempre me pide que le mande raciones para el congelador. Aquí todo casero, de la carnicería de confianza. La carne, picada siempre por mí, nada industrial.
Bebí un sorbo, me quemé la lengua, y sentí cómo me volvía el malestar. Miré la taza y pensé: ¿se habrá lavado las manos para hacer este té? ¿Para limpiar estos vasos? Si sigo así, voy a volverme loca.
¿Me deja que me vaya a descansar? De verdad, me empieza a doler la cabeza
Sí, hija, sí, en la habitación de invitados tienes ropa de cama limpia. Si necesitas algo, grita.
Fui a la habitación, me senté en la cama, y tuve que correr al baño; el estómago no aguantó más. Lloré un poco, en silencio, para vaciar el malestar.
Cuando Álvaro volvió del garaje, me encontró sentada como si no fuera conmigo la vida.
¿Qué te pasa? ¿Tan mal estás?
Álvaro, necesito decirte algo, pero prométeme que escucharás sin reírte.
Le conté todo: el bol, la axila, las manos lo que sentí. Hablé bajo, para que nadie nos oyese.
Se me quedó mirando como quien no sabe si ponerme una mano en la espalda o salir pitando. Después de un silencio, habló:
Isa, hombre, mi madre no lo hace a propósito. Se la habrá olvidado bah, ¿quién no se rasca cuando cocina? Nuestras abuelas, seguro, menos higiene que ahora y aquí estamos.
Pero ni se lavó las manos, Álvaro. Luego en el bol otra vez. Y siempre igual, con la comida congelada que nos manda. No puedo.
¿Y qué hago? ¿Le digo que cocina mal? ¿Que es sucia? ¿Sabes la decepción? Ella lo hace con amor, para nosotros.
No quiero decírselo. Solo que no puedo más con esas albóndigas.
Álvaro pateó el suelo, nervioso.
Te lo tomas a la tremenda, de verdad Si te obsesionas, no podrás comer nada. En la vida real la gente se rasca, se toca No somos un quirófano.
Yo sí lavo las manos dije bajito.
Muy bien, pero mi madre siempre lo ha hecho así. Y mira qué bien estoy.
Es que ahora lo sé. Antes, no.
Déjalo estar, en serio. No digas nada y punto. Si no quieres, no comas, le digo que tienes el estómago mal. Pero no menciones nada, por favor.
Apreté los labios y asentí, agotada. Decidimos irnos antes de tiempo, usando la excusa de mi enfermedad.
A la mañana siguiente, después de escuchar las voces bajas en la cocina, salí, lavada con agua fría.
Isa, cariño, ¿te encuentras mejor? preguntó Carmen, ya con el té y mermelada casera de frambuesa. Dicen que el estómago de los jóvenes no aguanta nada fuera de casa. Si vosotros coméis en esas cafeterías
No, Carmen, de verdad. Mejor. Es solo que me apetece estar en casa, en mi cama por si acaso.
Se notó entristecida. Yo sólo pensaba en irme y no mirar el táper con las albóndigas cubierto con una gasa blanca contra las moscas.
En la despedida, Carmen metió una bolsa de congelados en el coche: albóndigas, tarrina de mermelada, un poco de lomo en conserva. Miguel me abrazó fuerte y dijo: Recupérate, hija. Venid cuando te mejoren las cosas.
En la carretera, ni Álvaro ni yo dijimos nada. Sentía el paquete en el maletero como un peso físico, una amenaza silenciosa entre los dos. Cuando llegamos, me atreví a decirle:
Puedes comértelas tú. No tengo problema. Yo no.
Isa, la madre lo ha pillado todo. Sabe que te pasó algo y por qué nos fuimos. Está dolida.
¿Y tú piensas en lo que siento yo? le solté, casi al borde de las lágrimas.
No respondió. Subí a la cocina, contemplé el orden, la limpieza, las tablas relucientes, el jabón junto al fregadero. Sentí alivio al comprender que ese era, de verdad, mi espacio seguro. Aquí se lavan las manos.
Álvaro guardó la bolsa en el arcón, cerrando la tapa con gesto serio.
¿No las comerás?
No respondí, gracias.
Me fui al salón, puse la tele, y subí el volumen. No quería escuchar cómo Álvaro, en unos días, las freiría para cenar.
Lo más extraño es que esta visita ha dejado cicatrices que no sé si se curarán. Veo mi relación con Álvaro resquebrajada y no por una pelea, sino por una mano, una simple mano, que decidió calmar el picor de una axila y volver a la masa. ¿Se puede olvidar algo así? No lo sé.
Solo sé que, hoy, yo no puedo. Mejor dejar de pensar y, poco a poco, tal vez, aprender a aceptar que las manos que cocinan también traen historias, buenas y malas Pero nunca más me llevaré una albóndiga de Carmen, por mucho que me lo pidan.




